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viernes, 14 de junio de 2024

Elogio del Maestro Cristiano

 

Discurso de acción de gracias de San Gregorio Taumaturgo dirigido a Orígenes, después de asistir a sus lecciones durante muchos años, pronunciado en Cesarea de Palestina, cuando iba a marchar para su patria[1]

 

“Me propongo, en efecto, hablar de un hombre que parece y aparece realmente como un hombre; mas para quienes son capaces de contemplar la grandeza de su espíritu, hombre dotado ya de dotes superiores que lo acercan a la divinidad.”

“Ahora tengo que recordar lo que hay de más divino en este hombre, lo que en él hay de emparentado con Dios, encerrado, desde luego, en la apariencia mortal, pero que tiende con la mayor violencia a asemejarse a Dios; ahora tengo que tocar de un modo u otro cosas superiores, y dar por ello gracias a la divinidad de que me hiciera merced de encontrarme con hombre tal, contra toda esperanza de hombres, de los otros y de mí mismo, que jamás me propuse ni soñé cosa semejante.”

“También nos hincó el aguijón de la amistad, y no un aguijón fácil de arrancar, sino agudo y eficacacísimo, el de su propia destreza y buena voluntad, que nos parecía patente en sus propias palabras cuando hablaba y conversaba con nosotros. Y es así que no trataba de envolvernos vanamente con sus discursos, sino de salvarnos con hábil, humana y bondadosísima intención, y de hacernos partícipes de los bienes de la filosofía, y señaladamente de aquellos otros de que a él solo, con ventaja sobre muchos y tal vez sobre todos los hombres que hoy viven, le hizo merced la divinidad: el maestro de la piedad, la palabra saludable, que a muchos llega y subyuga a todos los que llega… Así, pues, como una centella, caída en medio de nuestra alma, se encendió e inflamó el amor al Logos mismo sagrado y amabilísimo, que, por su inefable hermosura, lo atrae todo, y el amor a este hombre amigo e intérprete suyo.

Herido yo principalmente de este amor, me decidí a renunciar a todo lo que parecía atraerme, cosas y estudios, entre ellos los de mis hermosas leyes, así como a mi patria y parientes, a los que aquí estaban y a los que dejé en mi viaje. Sólo una cosa me era ya cara y amada, la filosofía, y este hombre divino, maestro de ella. Y se pegó el alma de Jonatás a David (1 Rey. 18, 1).”

“A estilo muy socrático nos impresionaba a veces, y otras nos derribaba al suelo con su discurso, si alguna vez nos veía de todo punto desenfrenados, como caballos salvajes que saltábamos fuera del camino y corríamos desbocados de acá para allá, hasta que, con persuasión y fuerza, como por un freno, que es la palabra de nuestra boca, con él nos sujetaba y apaciguaba. La cosa no fue fácil ni sin dolor al principio, pues dirigía sus discursos a quienes no estaban aún acostumbrados ni ejercitados en seguir la razón; pero, a la postre, nos purificaba.”

“Educaba racionalmente aquella parte de nuestra alma, a la que atañe juzgar sobre dicciones y razones; no según los juicios de los buenos retóricos u oradores, sobre si la dicción es helénica o bárbara; ésa es enseñanza mínima e innecesaria.”

“Pero nos inculcaba sobre todo lo que es culminación de todas las cosas, lo que constituye el blanco a que apunta todo el trabajo de la casta de los filósofos, que, como de plantación varia, que son las otras disciplinas todas y el largo estudio de la filosofía, recoge los buenos frutos de las divinas virtudes morales, de las que nace la disposición tranquila y constante de las mociones del alma. Así se esforzaba por hacernos insensibles al dolor e indiferentes a los males todos, disciplinados y constantes y semejantes a Dios y realmente bienaventurados.”

“Éste [el Maestro Orígenes]… no se contentaba con explicarnos con sus palabras la teoría de las virtudes, sino que nos exhortaba también a su práctica, y nos exhortaba más con su ejemplo que con sus palabras.”

“Este… fue el primero que me exhortó con sus palabras, pero a la exhortación de palabra había precedido la de los hechos… Yo quería decir que de sí mismo sacaba un ejemplar del sabio; pero nuestro discurso prometió desde el comienzo decir verdad, y no pompa o afectación; por eso no hablo aún de ejemplar de sabio, por más que lo quisiera decir y es verdad… A las obras encaminaba también los discursos, y no pequeña parte de la virtud y hasta, si lo comprendimos bien, tal vez la virtud entera poníala en la teoría o contemplación misma; pero también forzaba, si cabe decirlo así, a obrar rectamente, a obrar justamente por la acción propia del alma que nos persuadió a seguir.”

“Así nos educaba, forzándonos, si cabe así decirlo, a practicar la justicia. Y no menos a ser también prudentes, por la concentración del alma en sí misma y por la voluntad y empeño de conocernos a nosotros mismos; obra ésta óptima de la filosofía, que se atribuye, como imperativo sapientísimo, al más adivino de los démones: Conócete a ti mismo. Y que esto sea realmente la obra de la prudencia y ésta sea la prudencia divina, bellamente lo dicen los antiguos; la misma dicen ser la virtud de Dios y del hombre, dado que el alma se ejercite en mirarse a sí misma como en un espejo y reflejar la mente divina en sí misma, si se ha hecho digna de esta comunión y sigue el rastro de cierto camino, misterioso para ella, de esta divinización.”

“La piedad… dicen –y dicen bien– ser madre de las virtudes. Esta es, en efecto, principio y fin de todas ellas, y, partiendo de ésta, con la mayor facilidad adquiriríamos todas las otras. Si deseamos y tenemos empeño en poseer para nosotros mismos lo mismo que todo hombre que no sea un ateo y voluptuoso debe ser: amigo y abogado de Dios, trabajemos por adquirir las otras virtudes.”

“Todo lo que de provechoso y verdadero hallaba en cada filósofo, lo recogía y nos lo exponía; pero sabía deslindar todo lo falso; sobre todo lo que atañía a la piedad de los hombres.”

“Sobre esto nos aconsejaba no prestar atención a nadie, por más que fuera por todos los hombres celebrado como sapientísimo, sino a solo Dios y a sus profetas. El mismo nos interpretaba y esclarecía cuanto de oscuro y enigmático se nos ofrecía, como se da frecuentemente en las sagradas letras… Como quiera que sea, si se trataba de enigmas, él los aclaraba y sacaba a la luz, por ser oyente fuerte e inteligentísimo de Dios... Es así que el autor de todas las cosas, el mismo que habla a los profetas amigos de Dios y les inspira toda profecía y discurso místico y divino, honrándolo a él por modo igual, lo constituyó intérprete de aquellos oráculos.”

“Él era realmente para nosotros un paraíso, imitación del gran paraíso de Dios, en que no teníamos que cultivar esta tierra de abajo ni alimentar nuestros cuerpos para engordar, sino sólo acrecentar, con alegría y placer, las excelencias de nuestra alma, plantándonos nosotros mismos como árboles hermosos o plantados para nosotros por el que es autor de todas las cosas.”

“¡Qué hermosamente vivía oyendo, en silencio, la palabra de mi maestro! Así debiera haber aprendido a callar también ahora, y no dar el extraño espectáculo de convertir en oyente a mi maestro.”

“¿A qué me lamento de este modo [ante la partida]? Está el salvador de todos, que recoge también y cura a los que están medio muertos y a todos los que han caído en manos de bandoleros, el Verbo, custodio vigilante de todos los hombres. Tenemos también las semillas, tanto las que tú nos hiciste ver que ya teníamos como las que de ti recibimos, que son los hermosos consejos, con que nos marchamos, llorando, desde luego, como quienes parten de viaje, pero llevando con nosotros esas semillas (cf. Ps. 125, 6).”

“Tú, cara cabeza, levántate y, después de orar, despídenos ya, y, pues me has salvado, presente, con tus sagradas enseñanzas, sálvame también, partido, con tus oraciones. Y entréganos y encomiéndanos; pero más bien entréganos al Dios que nos trajo a tu lado; dale gracias por nosotros por sus beneficios pasados y ruégale, para lo por venir, que nos asista en todo momento, inspire a nuestra mente sus mandamientos y nos infunda su divino temor, que será nuestro mejor pedagogo, pues no le obedeceremos, salidos de aquí, con la misma libertad que a tu lado. Ruégale nos conceda algún consuelo por esta separación tuya, y nos mande un compañero bueno, el ángel caminante. Pídele que nos haga volver y nos conduzca de nuevo a tu lado, y éste será nuestro mayor consuelo.”



[1] Extracto tomado de: Apéndices – I, en Orígenes, Contra Celso, BAC, Madrid, 1967, 587-615 [Trad.: Daniel Ruiz Bueno].

miércoles, 14 de marzo de 2018

El Matrimonio según los Padres de la Iglesia (5 de 5)


Con este texto terminamos nuestra traducción de las enseñanzas patrísticas sobre el matrimonio contenidas en el Enchiridion Patristicum, de Rouët de Journel, sj [1]. Las primeras partes del mismo trabajo pueden encontrarse aquí, aquí, aquí y aquí. Debido a otras ocupaciones, esta última parte no pudo ser presentada anteriormente.
Sobre una introducción a los Padres de la Iglesia, quiénes son y su importancia decisiva de su enseñanza manifestando la Tradición Católica, tanto como la obra citada y la repetición de algunos números, remitimos a los artículos anteriores. Sólo recordar lo que nos explica el p. Alfredo Sáenz: “Llámanse Santos Padres aquellos varones ilustres de los seis primeros siglos a quienes la Iglesia honra como testigos de la Tradición y maestros de la ciencia divina, en atención al nivel que alcanzaron con su doctrina, santidad y venerable antigüedad.”[2]
Escribió el Papa Pablo VI: “La Iglesia, en su función de «columna y fundamento de la verdad»[3], siempre se ha referido a la enseñanza de los Padres considerando su acuerdo como una regla de interpretación de la Sagrada Escritura. San Agustín en su tiempo había formulado esta regla[4] y la había aplicado[5]. Vicente de Lérins, en su entorno, la había largamente expuesto en su Commonitorium Primum[6]. Ella fue vuelta a proponer y solemnemente proclamada por el Concilio de Trento[7] y por el primer Concilio del Vaticano[8].”[9]
Como explicita el Papa León XIII: “La autoridad de los Santos Padres, que después de los apóstoles «hicieron crecer a la Iglesia con sus esfuerzos de jardineros, constructores, pastores y nutricios»[10], es suprema cuando explican unánimemente un texto bíblico como perteneciente a la doctrina de la fe y de las costumbres; pues de su conformidad resulta claramente, según la doctrina católica, que dicha explicación ha sido recibida por tradición de los apóstoles. La opinión de estos mismos Padres es también muy estimable cuando tratan de estas cosas como doctores privados; pues no solamente su ciencia de la doctrina revelada y su conocimiento de muchas cosas de gran utilidad para interpretar los libros apostólicos los recomiendan, sino que Dios mismo ha prodigado los auxilios abundantes de sus luces a estos hombres notabilísimos por la santidad de su vida y por su celo por la verdad. Que el intérprete sepa, por lo tanto, que debe seguir sus pasos con respeto y aprovecharse de sus trabajos mediante una elección inteligente.”[11]
Hizo también lo mismo el Papa Benedicto XVI: “También quiero expresar mi anhelo ardiente de que los Padres de la Iglesia «en cuya voz resuena la constante Tradición cristiana»[12], sean cada vez más punto firme de referencia para todos los teólogos de la Iglesia.”[13]
Por ello, como dice el p. Sáenz: “De todo lo dicho, pensamos que se concluye con suficiente claridad la vigencia permanente de los Padres de la Iglesia. Sus escritos, «llenos de sabiduría y perenne juventud»[14], serán siempre un punto de referencia insoslayable.”[15]
Por haber abandonado los teólogos y los predicadores este locus theologicus (en palabras de Melchor Cano), o por manipularlo a su antojo, gran parte de los miembros de la Iglesia están en una confusión sin precedentes en la historia. El matrimonio, que hoy exponemos, es sólo un punto en crisis de tantos otros. Volvamos, entonces, a beber del agua pura “que salta hasta la vida eterna[16], “como el ciervo ansía las corrientes de aguas[17].


A la Iglesia compete determinar los impedimentos del matrimonio

S. Basilio, cerca de 330 – 379
Epístolas
918      Epístola 160 [A Diodoro, cerca del año 373], 2. Así, en primer lugar, lo que en estas cosas [matrimoniales] es máximo, podemos exponer nuestra costumbre, para que teniendo la fuerza de la ley, las cuales sean para nosotros nuestras reglas, entregadas por los hombres santos. Aquella costumbre es de este modo, en cuanto que, si alguna vez el que vence incide en la conjunción ilícita de dos hermanas en el vicio de la impureza, ni se lo tenga como matrimonio, ni se admitan completamente en la reunión de la Iglesia antes que sean dirimidos mutuamente de esto.

S. Gregorio I Magno, 540 – 604
Epístolas
2299   (L. 11), epístola 64 [a San Agustín, Obispo de los Anglos]. Respuesta de san Gregorio a seis preguntas de san Agustín. Sin duda la ley terrena en la república romana permite, que se mezclen tanto el hermano y la hermana, o dos hermanos de los hermanos, o el hijo y la hija de dos hermanas. Pero conocemos por experiencia que de tal matrimonio no puede nacer la prole, y la ley sacra prohíbe revelar las vergüenzas de los parientes. De donde es necesario que ya la tercera o la cuarta generación de los fieles debe unirse lícitamente entre sí. Pues la segunda generación que hemos predicho debe abstenerse de ello completamente. Pues mezclarse con la madrastra es también un crimen grave.
2301    (L. 14), epístola 17 [A Félix, Obispo de Mecina]. Lo que he escrito a Agustín [cf. n. 2299], Obispo de la población de los Anglos, mi discípulo, para que lo recuerdes tú mismo y la población de los Anglos, los cuales recientemente han venido a la fe, acerca de la conjunción de la consanguinidad, para que no retrocedan del bien por miedo los que comienzan con los bienes austeros, para que conozcas lo que yo he escrito a otros especialmente y no genéricamente. De donde también creo que se levanta como testigo toda la comunidad romana (aunque mandé estas cosas a aquéllos sin esta intención), en cuanto que, después que estén firmemente afianzados en la fe, si dentro de la propia familia fuera encontrada la consanguinidad no se separen, o se unan dentro de la línea de afinidad, esto es, hasta la séptima generación.


No importa lo que en este caso establezca la ley humana

S. Juan Crisóstomo, 349 – 407
Homilías sobre algunos lugares del Nuevo Testamento
1212   Sobre aquello: “La mujer está ligada por la ley”, etc, o acerca del libelo de repudio, 1. ¿Pues es cierta para nosotros aquella ley que Pablo estableció? Dice: “La mujer está ligada por la ley” [1 Cor. 7, 39]. Por lo tanto, es necesario que no se separe mínimamente, viviendo su marido, ni se añada otro esposo, ni se dirija a las segundas nupcias. Y observa con cuánta diligencia sea apropiado el uso de estas palabras. Pues no dice: “Cohabite con su marido mientras viva”; sino: “La mujer está ligada por la ley tanto tiempo mientras viva su esposo”; y por lo tanto aunque le dé el libelo de repudio, aunque deje su casa, aunque se adhiera a otro hombre, está ligada y es adúltera según la ley… Para que tú no dejes para otros redactando leyes, mandando dar libelos de repudio, y separando a los esposos violentamente. Pues no serás juzgado por Dios en aquel día según aquellas leyes, sino según las que Él mismo estableció.

S. Ambrosio, cerca de 333 – 397
Exposición del Evangelio según san Lucas, 385/389
1308   8, 5. Pues tú expulsas a tu mujer casi como de derecho, sin crimen; y piensas que para ti es lícito lo que la ley humana no prohíbe; pero la ley divina sí. Lo que es elogiado por los hombres, es despreciado por Dios. Escucha la ley del Señor, a la que deben obedecer también los que hacen las leyes: “Lo que Dios ha unido no lo separe el hombre” [Mt. 19, 6].

S. Jerónimo,  cerca de 342 – 419
Epístolas
1352    Epístola 77 [A Océano, año 399], 3. Unas son las leyes del César, otras las de Cristo; unas las que nos mandó Papiniano, otras Pablo. Para aquellas los frenos de la pureza son relajados en sus esposos, y estando condenado sólo el estupro y el adulterio, son permitidos indistintamente los deseos sexuales por lupanares y con esclavas; pues la dignidad hace casi a la culpa, no la voluptuosidad. Por el contrario, para nosotros, que no nos es lícito ni las mujeres, ni tampoco los varones; y la misma esclavitud [del pecado] es juzgada con idéntica condición.


S. Agustín, 354 – 430
Sobre las nupcias y la concupiscencia, 419 / 420
1867   L. I, c. 10, n. 11. Porque realmente no sólo la fecundidad, cuyo fruto es la prole, ni tampoco sólo la castidad, cuyo vínculo es la fe, sino también el verdadero sacramento de las nupcias es encomendado a los fieles cónyuges, de donde dice el Apóstol: “Maridos, amad a vuestras mujeres, como también Cristo ama a la Iglesia” [Ef. 5, 25]; lejos de dudas, es la realidad de este sacramento, en cuanto que el varón y la mujer unidos en matrimonio mientras viven perseveran unidos inseparablemente, y no le es lícito, excepto en caso de fornicación, a un cónyuge separarse de otro [Mt. 5, 32]… Lo que si alguno lo hizo, no con la ley de este mundo, es concedido sin crimen con la intervención del repudio con otros unirse a otros matrimonios, lo que también el Señor ha testificado al santo Moisés que permitiera a los israelitas, a causa de la dureza de sus corazones, aunque con la ley del Evangelio es reo de adulterio, como también aquella que se casa con otro [Mt. 19, 8-9]… Así permanece entre los vivientes tal bien conyugal, que ni la separación ni con otra cópula puede ser arrancada. Y permanece la pena de la culpa, no el vínculo de la ley; del mismo modo que el alma del apóstata, alejándose del yugo de Cristo, incluso con la pérdida de la fe, no pierde el sacramento de la fe, que aceptó con el lavado de la regeneración.

S. Gregorio I Magno, 540 – 604
Epístolas
2299   (L. 11), epístola 64 [a San Agustín, Obispo de los Anglos]. Respuesta de san Gregorio a seis preguntas de san Agustín. Sin duda la ley terrena en la república romana permite, que se mezclen tanto el hermano y la hermana, o dos hermanos de los hermanos, o el hijo y la hija de dos hermanas. Pero conocemos por experiencia que de tal matrimonio no puede nacer la prole, y la ley sacra prohíbe revelar las vergüenzas de los parientes. De donde es necesario que ya la tercera o la cuarta generación de los fieles debe unirse lícitamente entre sí. Pues la segunda generación que hemos predicho debe abstenerse de ello completamente. Pues mezclarse con la madrastra es también un crimen grave.



El voto de castidad impide el matrimonio subsiguiente

S. Cipriano, cerca del 200 – 258
Epístolas
568      Epístola 4 [A Pomponio, año ?], 4. Si de entre todas ellas [las vírgenes consagradas a Dios] alguna fuese encontrada corrompida, que haga penitencia plena, porque, la que cometió este crimen, es adúltera no de marido sino del Señor y por esto luego de estimado justo tiempo y posteriormente a la exomologesis[18], que vuelva a la Iglesia. Por lo que si obstinadamente perseveran y no se separan mutuamente, sepan ellos que con esta su impúdica obstinación nunca pueden ser admitidos por nosotros en la Iglesia, para que su ejemplo no comience a llevar a otros a sus mismos delitos, empujándolos a las ruinas.

S. Basilio, cerca de 330 – 379
Epístolas
921     Epístola 199 [Canónica 2, a Anfiloquio, año 375], canon 18. Del mismo modo que llamamos adúltero al que está con otra mujer, y no lo admitimos a la comunión hasta que haya cesado su pecado, del mismo modo establecemos para el que se marcha y se lleva consigo a una virgen. Pues es necesario ahora para aquel que fue establecido por nosotros anteriormente (el que era llamado virgen por haberse ofrecido espontáneamente al Señor), que sea liberado de su promesa por las nupcias, y así sea abrazado en la institución de la pureza.

S. Juan Crisóstomo, 344 – 407
Al lapso Teodoro, 371/378
1115   L. II, n. 3. El matrimonio es justo, y así lo confieso: «Es honorable, dice, el matrimonio, y el lecho, inmaculado; pero a los fornicadores y a los adúlteros los juzgará Dios.» [Heb. 13, 4]; pero tú ya no puedes guardar para ti las cosas justas del matrimonio. Pues a aquel que para siempre se ha unido al celestial esposo (el cual miles lo llaman como las mismas nupcias), si por él mismo fue arrancado y se condujo hacia una mujer, es cierto que comete un adulterio; más aún, es un adulterio tanto más grande, cuanto mayor es la excelencia de Dios sobre los hombres.


S. Ambrosio, cerca de 333 – 397
Sobre la caída de la virgen consagrada[19]
1335   C. 5, n. 21. Alguno dice: «Mejor es estar casado que arder» [1 Cor. 7, 9]. Esto así dicho pertenece a la que todavía no fue propuesta, ni tampoco velada. De las otras que han sido prometidas solemnemente a Cristo, ya están casadas, y han sido unidas inmortalmente a su esposo. La cual si quisiera casarse con la común ley del matrimonio, perpetuaría un adulterio, haciéndose esclava de la muerte.

S. Jerónimo, cerca de 342 – 419
Contra Joviniano, cerca de 393
1378      L. I, n. 13. «Pues si recibes a tu esposa, no has pecado.» [1 Cor. 7, 28]. Una cosa es no pecar, otra es hacer el bien. «Y si la virgen se casa, no peca» [1 Cor. 7, 28]. No aquella virgen, que se dedicó a sí misma para siempre al culto de Dios; pues, de éstas, la que se casa, se atraerá la condenación, porque ha provocado la primera fe.

S. Agustín, 354 – 430
Sobre el bien de la viudez
(1789) C. 9, n. 12. Puesto que si se ha conservado la castidad en el vínculo conyugal, no se ha de temer la condenación; pero la excelencia del don es escogida más ampliamente en la continencia viudal y virginal; por la cual es escogida, elegida y ofrecida por el voto prometido, ya no sólo el dirigirse hacia las nupcias, sino incluso, aunque no se case, es vergonzoso el querer casarse.

S. Inocencio I, Papa, 401 – 407
Epístolas
2015   Epístola 2, 13, 15 [A Victricio, escrita en el año 404]. Del mismo modo que los que se han casado espiritualmente en Cristo, y merecieron ser velados por el sacerdote, si después o públicamente se casan o a escondidas rompen entre ellos, no les está permitido hacer penitencia, sino sólo a los que, después de haberse unido entre sí, se hubieran separado según el siglo. Si, pues, esta razón es custodiada por todos, en cuanto que, viviendo su esposo se case con cualquier otro, será tenida como adúltera, ni se le conceda licencia para hacer penitencia, salvo que uno de los dos fuese difunto. ¡Cuánto más ha de ser tenida aquella que, uniéndose con su propio esposo ante el Inmortal, luego se muda hacia las nupcias humanas!


Aunque el matrimonio sea lícito y bueno

Dídimo de Alejandría, cerca de 313 – 398
Contra los maniqueos
1077   8. Nuevamente si [Cristo] hubiese recibido su cuerpo por la cópula, no tendría separación, y se estimaría que también Él estaba manchado por este pecado, que también todos contraen desde Adán por sucesión. Pero si dicen [los maniqueos]: «Si la carne de pecado es causada por la conjunción del varón y de la mujer, las nupcias son malas», oigan que antes de la venida del Salvador, que quitó el pecado del mundo, todos los hombres, como otros obraban con malicia, así también tenían las nupcias con pecado. De donde hay que entender los cuerpos engendrados por las nupcias; y así, porque después del pecado la sociedad se hizo desde Adán y Eva, por esto se le ha dicho carne de pecado… Pero viniendo el Salvador, como de las demás cosas realizó la quita del pecado, así también de las nupcias… 9. De otro modo se dice también más naturalmente: «La virginidad es cosa divina, y así ha de presentarse entre las virtudes.» Pues el que la ha guardado consigo hasta las nupcias dicen que ha pecado contra ella, pero en realidad no es pecado de ninguna manera.

S. Juan Crisóstomo, 344 – 407
Al lapso Teodoro, 371/378
1115   L. II, n. 3. El matrimonio es justo, y así lo confieso: «Es honorable, dice, el matrimonio, y el lecho, inmaculado; pero a los fornicadores y a los adúlteros los juzgará Dios.» [Heb. 13, 4]; pero tú ya no puedes guardar para ti las cosas justas del matrimonio. Pues a aquel que para siempre se ha unido al celestial esposo (el cual miles lo llaman como las mismas nupcias), si por él mismo fue arrancado y se condujo hacia una mujer, es cierto que comete un adulterio; más aún, es un adulterio tanto más grande, cuanto mayor es la excelencia de Dios sobre los hombres.

S. Jerónimo, cerca de 342 – 419
Epístolas
1349    48 [A Pamaquio, año 392/393], 9. Que se avergüence mi calumniador que dice que yo condeno los primeros matrimonios, cuando lee: «No lo decimos con daño, si no en la trigamia y si puede decirse en la octogamia.» [Adv. Iovin. 1, 15 (ML 23, 234)]. Una cosa es no dañar, y otra predicar; una cosa es conceder la venia, y otra alabar la virtud. Si pues a él le parece duro, porque dije: «En cualquier cosa que se necesita equidad, debe ser pensada en una balanza justa.» [Ibidem], pienso que no me juzgará cruel ni rígido, porque en algunos lugares lee las cosas preparadas para la virginidad y las nupcias, y en otros lugares sobre los trigamos, los octogamos y los penitentes.

Sobre la perpetua virginidad de la Santísima Virgen, contra Helvidio, cerca del 383
1361     19. Creemos que Dios ha nacido de Virgen, porque lo leemos; no creemos que María se haya desposado después del parto; porque no lo leemos. Esto lo decimos no porque condenemos las nupcias: como quiera que la misma virginidad es fruto de las nupcias… Tú dices que María no permaneció Virgen; yo la reivindicó aún más, pues también el mismo José fue virgen por María, para que desde el matrimonio virginal naciera el Hijo virgen.

Contra Joviniano, cerca de 393
1378      L. I, n. 13. «Pues si recibes a tu esposa, no has pecado.» [1 Cor. 7, 28]. Una cosa es no pecar, otra es hacer el bien. «Y si la virgen se casa, no peca» [1 Cor. 7, 28]. No aquella virgen, que se dedicó a sí misma para siempre al culto de Dios; pues, de éstas, la que se casa, se atraerá la condenación, porque ha provocado la primera fe.

San Agustín, 354 – 430
Sobre las nupcias y la concupiscencia, 419 / 420
1876     L. II, c. 26, n. 43. No son las nupcias la causa del pecado, que lleva consigo al que nace y es purificado el que renace; sino que la causa del pecado es el pecado original voluntario del primer hombre… 27, 44. ¿Qué es, pues, lo que [Juliano] busca en nosotros: A causa de qué se encuentra el pecado en el párvulo, si por propia voluntad, o por las nupcias, o por sus padres?… 45. A todo esto aquí responde el Apóstol, que ni la propia voluntad inculpa al párvulo, que propiamente en aquel todavía no está inclinado al pecado; ni las nupcias en cuanto que las nupcias son, no sólo las que tienen la institución por Dios, sino también su verdadera bendición; ni los padres en cuanto que son padres, los cuales al estar desposados lícita y legítimamente de modo recíproco procrean a sus hijos; sino más bien: “Por un solo hombre, dice, entró el pecado en este mundo, y por el pecado la muerte; y así pasó a todos los hombres, en el que todos pecaron” [Rom. 5, 12].

Teodoreto de Ciro, cerca de 386 – 458
Compendio de fábulas heréticas, después de 451
2155    L. V, c. 25. Si fuese malo el matrimonio, de ningún modo a aquel lo hubiese constituido desde el principio el Señor Dios, ni sería llamado bendición la recepción de los hijos. Por esta causa, pues, a los antiguos no prohibió tener muchas esposas, para que aumentara el género humano… El mismo Señor no sólo no prohibió el matrimonio, sino que también fue invitado a las nupcias y les dio el vino producido sin cultivar como don para las nupcias. Más adelante, pues, confirma la ley del matrimonio (como si alguien quisiera desatarlo a causa de la fornicación), conteniéndolo con otra ley, pues dice: “Cualquiera que despide a su esposa, salvo por fornicación, la hace adulterar” [Mt. 5, 32].

S. Juan Damasceno, fin del siglo VII – Antes del 754
La fe ortodoxa
2374      L. IV, c. 24. La virginidad es un género de vida angélico, señal peculiar de toda naturaleza incorpórea. Lo que decimos no lo hacemos para denigrar al matrimonio, ¡qué esté ausente tal idea! Pues sabemos que el Señor ha bendecido con su presencia a las nupcias, y tenemos presente a Aquel que dijo: “El matrimonio es honorable y el lecho, inmaculado” [Heb. 13, 4], sino porque conocemos que la virginidad es preferible a las nupcias, por muchos bienes que ellas contienen.



Aunque es preferible el celibato y máximamente la virginidad

S. Ignacio de Antioquía, † 107
Epístola a Policarpo
67         5, 1. Recomienda a mis hermanas que amen al Señor y que se contenten con sus maridos, en la carne y en el espíritu. Igualmente, predica a mis hermanos, en nombre de Jesucristo, “que amen a sus esposas como el Señor a la Iglesia” [Ef. 5, 25. 29]. 2. Si alguno se siente capaz de permanecer en castidad para honrar la carne del Señor, que permanezca en humildad. Si se engríe, está perdido, y si se estimare en más que el obispo, está corrompido. Respecto a los que se casan, esposos y esposas, conviene que celebren su enlace con el conocimiento del obispo, a fin de que el matrimonio sea conforme al Señor y no por el solo deseo. Que todo se haga para honra de Dios.

Dídimo de Alejandría, cerca de 313 – 398
Contra los maniqueos
1077   8. Nuevamente si [Cristo] hubiese recibido su cuerpo por la cópula, no tendría separación, y se estimaría que también Él estaba manchado por este pecado, que también todos contraen desde Adán por sucesión. Pero si dicen [los maniqueos]: «Si la carne de pecado es causada por la conjunción del varón y de la mujer, las nupcias son malas», oigan que antes de la venida del Salvador, que quitó el pecado del mundo, todos los hombres, como otros obraban con malicia, así también tenían las nupcias con pecado. De donde hay que entender los cuerpos engendrados por las nupcias; y así, porque después del pecado la sociedad se hizo desde Adán y Eva, por esto se le ha dicho carne de pecado… Pero viniendo el Salvador, como de las demás cosas realizó la quita del pecado, así también de las nupcias… 9. De otro modo se dice también más naturalmente: «La virginidad es cosa divina, y así ha de presentarse entre las virtudes.» Pues el que la ha guardado consigo hasta las nupcias dicen que ha pecado contra ella, pero en realidad no es pecado de ninguna manera.

S. Juan Crisóstomo, 344 – 407
Sobre la virginidad
1116      10. Buena es la virginidad, y esto proclamo; y también es mejor que el matrimonio, y esto profeso. Y si quieres, es tanto mejor que añado: cuanto el cielo sobre la tierra, cuanto los ángeles sobre los hombres; más aún, en cuanto algo se diga más fuerte, tanto mejor.

S. Ambrosio, cerca de 333 – 397
Epístolas
1253       42 [Al Papa s. Siricio, cerca del año 392], 3. Ni nos negamos a que lo santificado por Cristo sea llamado matrimonio, pues dice la divina voz: “Serán ambos una sola carne” [Mt. 19, 5] y un solo espíritu, pero antes es lo que somos por nacimiento, que lo que somos por efecto; y contiene mayor excelencia el misterio de la obra divina que el remedio de la humana fragilidad. Es alabada con derecho la buena esposa, pero es preferida por mejor la piadosa virgen.

S. Jerónimo, cerca de 342 – 419
Epístolas
1349   48 [A Pamaquio, año 392/393], 9. Que se avergüence mi calumniador que dice que yo condeno los primeros matrimonios, cuando lee: «No lo decimos con daño, si no en la trigamia y si puede decirse en la octogamia.» [Adv. Iovin. 1, 15 (ML 23, 234)]. Una cosa es no dañar, y otra predicar; una cosa es conceder la venia, y otra alabar la virtud. Si pues a él le parece duro, porque dije: «En cualquier cosa que se necesita equidad, debe ser pensada en una balanza justa.» [Ibidem], pienso que no me juzgará cruel ni rígido, porque en algunos lugares lee las cosas preparadas para la virginidad y las nupcias, y en otros lugares sobre los trigamos, los octogamos y los penitentes.

S. Agustín, 354 – 430
Sobre las herejías, 428
1975       82. Junto a éstos se encuentran también los jovinianos, a los cuales ya conocía. Desde cierto monje llamado Joviniano esa herejía ha nacido en nuestra época, cuando todavía éramos jóvenes. Decía que aquí son engendrados todos los pecados, como los filósofos estoicos, ni podía pecar el hombre que aceptaba el lavado de la regeneración, ni aprovechaba a alguno ni el ayuno ni la abstinencia de algunos alimentos. Destruía la virginidad de María, diciendo que ella al parir ha quedado corrompida. Igualaba también la virginidad casta y la continencia del sexo viril en los santos a los que elegían la vida célibe de los cónyuges castos y a los méritos de los fieles. 

S. Juan Damasceno, fin del siglo VII – Antes del 754
La fe ortodoxa
2374      L. IV, c. 24. La virginidad es un género de vida angélico, señal peculiar de toda naturaleza incorpórea. Lo que decimos no lo hacemos para denigrar al matrimonio, ¡qué esté ausente tal idea! Pues sabemos que el Señor ha bendecido con su presencia a las nupcias, y tenemos presente a Aquel que dijo: “El matrimonio es honorable y el lecho, inmaculado” [Heb. 13, 4], sino porque conocemos que la virginidad es preferible a las nupcias, por muchos bienes que ellas contienen.



[1] Este texto originariamente fue publicado en la página Adelante la Fe, el día 4 de marzo de 2016, como puede verse aquí.
[2] P. Alfredo Sáenz, Mikael nº 32, Año 11, Segundo Cuatrimestre de 1983, p. 33. La negrita pertenece al original.
[3] 1 Tim. 3, 15.
[4] Cf. S. Agustín, De baptismo, 4, 24, 31; MIGNE, PL 43, 174.
[5] Cf. S. Agustín, Contra Julianum, 2, 10, 33; MIGNE, PL, 44, 697.
[6] Cf. MIGNE, PL 50, 637-673.
[7] Cf. Concilium Trident., ed. Goerresiana, V, Acta II, 91 sq.
[8] Cf. Collectio Lacensis, 7, 251.
[9] Pablo VI, Carta al Card. Michele Pellegrino con ocasión de las celebraciones por el centenario de la muerte del p. Jacques-Paul Migne, 10 de mayo de 1975.
[10] San Agustín, Contra Iulianum 2, 10, 37.
[11] León XIII, Carta Encíclica Providentissimus Deus, 18 de noviembre de 1893, n. 32.
[12] Benedicto XVI, Catequesis durante la audiencia general del miércoles 9 de noviembre de 2005: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 11 de noviembre de 2005, p. 20.
[13] Benedicto XVI, Carta con ocasión del XVI Centenario de la muerte de S. Juan Crisóstomo, 10 de agosto de 2007, n. 4.
[14] Juan Pablo II, Carta Apostólica “Patres Ecclesiae”, 2 de enero de 1980, con ocasión del XVI centenario de la muerte de San Basilio, I- Introducción.
[15] P. Alfredo Sáenz, Mikael nº 32, Año 11, Segundo Cuatrimestre de 1983, p. 50.
[16] Jn. 4, 14.
[17] Ps. 41, 2.
[18] Este nombre indica el sacramento de la Confesión, según la usanza patrística. [N. del T.]
[19] Este opúsculo no hay que atribuirlo quizás a Ambrosio, sino a Nicetas Remesiana.