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sábado, 2 de septiembre de 2017

Oración de los nuevos fariseos progresistas


Completando el texto publicado anteriormente, nuevamente el p. Castellani nos ilustra acerca del terrible mal del fariseísmo en la Iglesia actual[1].
Hoy los nuevos fariseos son los progresistas, que bien podrían apropiarse la siguiente oración…
Habla de los católicos  “post-Concilio Vaticano II”, pero podríamos también agregar “post-Sínodo para la Familia 2014 – 2015”…



LA NUEVA ORACIÓN DEL FARISEO


Publicación de una revista literaria de Cartagena. España – Septiembre de 1968.

SEÑOR: Aquí nos tienes, de pie y a la vanguardia de tu Iglesia. Somos los practicantes del catolicismo auténtico, el impoluto, el primi­tivo, renacido con el post-Concilio Vaticano II.
SEÑOR: Gracias te damos porque nosotros no somos como esos católicos miopes, cerrados, inquisitoriales y supersticiosos que todavía nos rodean postrados y sumidos a la tradición caduca, y a las Jerar­quías perimidas. Nosotros somos los que ahora sabemos solo del “Cristo Cósmico”, el que junta y mezcla a todos los hombres, sea cual fuere su fe y su ideología.
SEÑOR: Nosotros somos los que evitamos la “inflación Mariana” y nos apena tanto fetichismo de medallas y rosarios, imágenes y ex­votos, mensajes celestiales y milagrería barata. Nosotros somos los que queremos, acaso, los templos de paredes lisas y peladas, crucifijos de hierros, ininteligibles y retorcidos, de imágenes sublimadas en un puro simbolismo que no estorben nuestra cristocéntrica oración salmódica, o mental inexistente.
SEÑOR: Nosotros tenemos compasión de las viejas beatas y sus inútiles monsergas. Definimos como beaterías insoportables y monólo­gos sosos: la acción de gracias en la Comunión, la monotonía de las novenas, y todas las inoperantes devociones medioevales. Ahora ha lle­gado la hora de la acción-orante convertida en Bienestar Social.
SEÑOR: ¡Qué bien entendemos las exigencias de nuestro moderno cristianismo! Aborrecemos, por tanto, todo triunfalismo en tu Pura, aérea, invisible e insustancial Iglesia: tal como Tú la fundaste, exenta de juridicismo, escolasticismo y ostentosos formalismos litúrgicos. Comprendemos que tu Iglesia debe ser totalmente espiritual, sin pesado moralismo y con una dogmática simbólica, asistemática a toda ascética. Nosotros, Señor, vamos a borrar de tu Esposa los estigmas de la funesta era Constantiniana, y del fatídico Concilio de Trento y el de Nicea.
SEÑOR: Nosotros somos los que creemos que el ideal es el Estado laico y socialista, la Escuela sin religión obligatoria, el cura sin sotana, el Templo sin campanas, la evangelización sin conversiones, el Bautismo en edad madura, la Misa dominical facultativa, la disimulada suspensión total y paulatina de la Eucaristía; todo ello, en pro de un Ecumenismo fraternal y pleno con nuestros hermanos los comunistas, masones, ju­díos ateos, y todos los hermanos separados.
SEÑOR: No podemos tolerar a los Integristas, que tanto daño ha­cen a tu Iglesia con su cerrazón contra-reformista, viviendo todavía en las tinieblas del “Syllabus” al que, en ciertas expresiones, desgraciada­mente, ahora parecería acercarse nuestro venerado Paulo VI.
SEÑOR: ¡Danos católicos con mentalidad nueva! ¡Danos jerarquía y clero en pleno “aggiornamento’’! Católicos que no den importancia al Sexto Mandamiento (¿o es el Séptimo?) y solamente se inflamen con la caridad, es decir, que sepan callar caritativamente los dogmas estan­cados en las caducas fórmulas escolásticas, para devenir en un continuo mundo evolutivo y progresista. Fieles católicos de mentalidad abierta y dialoguista, de moral flexible y ecumenista, de testimonio sin palabras evangélicas y sí con hechos prácticos.
SEÑOR: ¡Líbranos de los católicos con espíritu de Cruzada! ¡Lí­branos de los curiosos y pedantes católicos Apocalípticos! ¡Líbranos de los teólogos pesimistas y aguafiestas! ¡Concédenos, Señor, más bien, el signo de la pobreza más eficiente en nuestra hora, que es el despojo y desmantelamiento de nuestros templos, y que nuestros Obispos sean elegidos democráticamente por el pueblo laical, con los votos de los militantes y seguidores de Congar y Teilhard de Chardin, en esta era venturosa que ha nacido para tu Santa Iglesia.
SEÑOR: Te rogamos que pronto, nuestros sacerdotes celebren la Misa sin ornamentos, o que no la celebren, si les place. Que resuenen en nuestros templos, pronto, las alegres estridencias de la música que es grata al corazón de nuestras juventudes “hippies”: guitarras, pan­deretas, saxofones y matracas; castañuelas, bombos y bandoneones. ¡Que caigan Señor, los últimos restos de arcaicas maniguncias!
SEÑOR: Escucha nuestra oración, la de tus católicos “aperturistas y modernistas”, los únicos católicos sinceros, los que han existido en todos los siglos —aunque dormidos— empeñados en la purificación de tu Iglesia, cargada con tantos lastres inútiles, mientras nosotros, ento­namos desde ahora el “mea culpa” gratuito por sus manchas y pecados.
SEÑOR: Para que nuestro testimonio sea más tangible, permite Señor, que este ardiente himeneo entre tu Iglesia y el Mundo se vea coronado, ya sin hipocresía, con la supresión del celibato eclesiástico, que se legalice universalmente el divorcio, se canonice al onanismo y al homosexualismo, y que en las puertas de tus templos se regalen las píldoras anti-conceptivas. Esto será Señor, la puesta al día de tu inma­culada Esposa, en cálida amistad con el Comunismo y Capitalismo como mancebos aliados a tu gloria, en pacífica coexistencia con todas las confesiones y credos, suprimida toda exterioridad que separa, borrados los Santos y las beatitudes que molesten, y eliminados de su seno a todos los católicos negativos: los de la moral del “no” y los anatemas.
ENTONCES, SEÑOR: Será el Paraíso en la tierra; frenado y anu­lado para siempre el dogma cavernícola de la infalibilidad pontificia, tu Iglesia será pura, repura, ¡recontrapura! y habremos llegado así a la cosmovisión plena del Señor, al punto Omega, a la integración con la Divinidad, hasta desaparecer todos, en el Todo.
AMEN

“Ibis ad Epistolam Alternam”
Revista “Jauja” – Nº 25, 26 y 27 – Marzo 1969




[1] El siguiente artículo fue publicado originalmente en la página Adelante la Fe, el día 15 de marzo de 2015, como puede verse aquí.

El pecado de fariseísmo


Recientemente, nos hemos enterado que el Papa Francisco ha nombrado un Obispo Coadjutor, con derecho a sucesión, en la diócesis italiana de Albenga – Imperia, cuyo Obispo Diocesano es Mons. Mario Oliveri[1].
Frente al revuelo que suscitó el nombramiento, el Obispo, en señal de obediencia a la Santa Sede, escribió un comunicado, pidiendo la aceptación del mismo.
La diócesis es conocida mundialmente por promover la liturgia tradicional, ya sea tanto de parte del Obispo, como de parte de los sacerdotes.
Sin embargo, se han demostrado graves acusaciones de faltas contra el sexto mandamiento de la Ley de Dios entre algunos miembros del clero. En esto no demostraron seguir las normas tradicionales de la Iglesia…
Muy bien en este caso el Santo Padre, al intervenir con su autoridad, para poner en orden la Casa de Dios.
Pero este caso tiene que suscitar un continuo examen de conciencia para todos los que amamos la Liturgia tradicional de la Iglesia.
Y nada mejor que analizar estos hechos de mano del padre Leonardo Castellani. Este gran sacerdote argentino nos recuerda que el pecado que más fustiga Nuestro Señor en el Evangelio es el del fariseísmo. «Toda la biografía de Jesús de Nazareth como hombre se puede resumir en esta fórmula: “Fue el Mesías y  luchó contra los Fariseos” – o quizá más brevemente todavía: “Luchó contra los Fariseos”.»[2]
Comentando la parábola del fariseo y del publicano (Lc. 18, 9-14), nos dice: «Sin el fariseísmo, Cristo no hubiera muerto en la cruz; y la Humanidad no sería esta Humanidad; ni la Religión, esta religión. El fariseísmo es el gusano de la religión; y parece ser un gusano ineludible, pues no hay en este mundo fruta que no tenga su gusano, ni institución sin su corrupción específica. Todo lo que es mortal muere; y antes de morir, decae. El fariseísmo es el “decay” de la religión, Míster George Box… perdone usted, profesor de religión.
Es la soberbia religiosa: es la corrupción más grande de la verdad más grande: la verdad de que los valores religiosos son los más grandes. Eso es verdad; pero en el momento en que nos los adjudicamos, los perdemos; en el momento en que hacemos nuestro lo que es de Dios, deja de ser de nadie, si es que no deviene propiedad del diablo. El gesto religioso, cuando toma conciencia de sí mismo, se vuelve mueca. No quiere decir que uno debe ignorar que es un gesto religioso; quiere decir que su objeto debe ser Dios y no yo mismo. El publicano decía: “Oh Dios, apiádate de mí, pecador”. El fariseo pensaba: “Estoy rezando: conviene que rece bien porque yo soy yo; y hay que dar buen ejemplo a toda esta canalla.” “No oréis a gritos, como los fariseos, ni digáis a Dios muchas cosas, como los paganos; vosotros cerrad la puerta y orad en lo escondido; y vuestro Padre, que está en lo escondido, os escuchará”.
Decía don Benjamín Benavídez que el fariseísmo, tal como está descrito en los Evangelios, tiene como siete grados: 1º, la religión se vuelve exterior y ostentatoria; 2º, la religión se vuelve rutina y oficio; 3º la religión se vuelve negocio o “granjería”; 4º, la religión se vuelve poder o influencia, modo de dominar al prójimo; 5º, aversión a los que son auténticamente religiosos; 6º, persecución a los que son religiosos de veras; 7º sacrilegio y homicidio. Esto me fue dicho, ahora recuerdo, en San Juan, la noche de Navidad de 1940, tres o cuatro años antes del Terremoto, cuando yo sabía teóricamente que existía el fariseísmo, pero todavía no me había topado con él en cuerpo y alma… De modo que en suma, el fariseísmo abarca desde la simple “exterioridad” (añadir a los 613 preceptos de la Ley de Moisés como 6.000 preceptos más y olvidarse de lo interior, de la misericordia y la justicia) hasta la “crueldad” (es necesario que Éste muera, porque está haciendo muchos prodigios y la gente lo sigue; y que muera del modo más ignominioso y atroz, condenado por la justicia romana) pasando por todos los escalones del fanatismo y la hipocresía. Este es el pecado contra el Espíritu Santo, el cual de suyo no tiene remedio. Aquel que no vea la extrema maldad del fariseísmo (que realmente es fácil de ver) que considere solamente esto: “la religión suprimiendo la misericordia y la justicia”. ¿Puede darse algo más monstruo?»[3]
«Como de hombres observantes, celosos y dedicados al estudio de la Ley pudo salir este horror, es cosa difícil de precisar pero no imposible de concebir. Primero apareció la “casuística”. Todo código completo postula una casuística, que es el ejercicio de aplicar los preceptos generales a los casos particulares. Nada malo hay en eso, al contrario. Pero la casuística degenera fácilmente por exceso y por perversión: se hace demasiado frondosa, se corta de la ley y de su espíritu, se vacía por dentro, y entonces fácilmente entra dentro de sí el demonio, que es “el espíritu de las cosas vacantes”, y le gusta, como a las chinches, los baúles vacíos. En las “cisternas agrietadas que dejan salir el agua”, como llamó Jeremías a los fariseos de su tiempo, se refugian toda clase de bichos. La casuística farisea, el Talmud, el comentario de la ley, la tradición de los doctores no dejaba de contener alguna fruta entre la hojarasca, como que está hecho coleccionando los “dichos” de los profetas y doctores; pero la hojarasca había crecido en inmenso y se había podrido: “mandato de hombres”. […] Siendo así que los más capaces de estas “observancias” prolijas y sutiles son los caracteres pueriles o neuróticos, si se llega a la desgracia de reponer la santidad en la “observancia regular”, como no deja de suceder, ayúdeme a pensar lo que pasa en una comunidad religiosa. Cualquier cosa puede pasar. […]
En esta vaciedad de la casuística farisea entró primero el engreimiento religioso, después el ideal del mesianismo político, y después la soberbia, madre de la mentira y de la crueldad. […]
El engreimiento religioso trajo el mesianismo político, podemos colegir. Los fariseos necesitaban ser vengados de sus quemantes humillaciones, de sus revolcones y derrotas. La religión era humillada en ellos y el Mesías debía vindicar la religión. Y si el Mesías había de ser político, naturalmente había que preparar su venida haciendo política. Cien años antes de Cristo los fariseos sostuvieron contra el rey Alejandro Janneo una guerra de seis años que costó 50.000 víctimas; durante el reinado siguiente, de la reina Salomé, fueron los verdaderos gobernantes pues la Reina se sometió a su arbitrio, cuenta Josefo. Los saduceos fueron dominados sin piedad. Se refugiaron en las grandes familias sacerdotales y en la adulación de los poderosos. Los fariseos tenían de su parte el pueblo, sobre todo las mujeres devotas, que formaban una tribu numerosa, entremetida y temible.
Cuando la política entra dentro de la religión se produce una corrupción extraña. En estas condiciones el poder se vuelve temible, porque puede obligar en conciencia. Con una abjuración religiosa obligó Caifás a Cristo a proferir la “blasfemia” que le costó la vida, a saber: que Él era “el Hijo del Hombre” de Daniel. La corrupción llega al máximo cuando lo religioso se ha reducido a mero instrumento y pretexto de lo político. “Amáis los primeros puestos en la Sinagoga… buscáis el vano honor que dan los hombres” – les imprecaba Cristo. La crueldad, cuya condición y primer grado es la dureza de corazón, es infalible en consecuencia de la soberbia religiosa. Ya es bastante cruel “devorar las casas de las viudas y los huérfanos con pretexto de largas oraciones”; pero la crueldad de los fariseos que hizo su ostentación en la pasión de Cristo, se ejercitaba habitualmente en desterrar y matar a sus enemigos, casi siempre por medio de intrigas solapadas. […]
La política farisea se manifiesta enseguida. Al principio del segundo año de predicación, en el primer viaje a Jerusalén (cuentan acordes Mateo, Marcos y Lucas) “entraron en tratos los fariseos con los herodianos y empezar a conferir como harían para perderlo”. El eliminarlo estaba ya decidido, la cuestión era el cómo. ¿No eran enemigos los fariseos con los herodianos? Sí lo eran, pero eran enemigos “políticos”, désos que se ponen de acuerdo cuando surge un adversario no político, désos que perturban el funcionamiento de los partidos, o “el libre juego de las instituciones democráticas”; como se dice ahora. El acuerdo tuvo éxito: eliminarlo de algún modo que no los dejara mal y no conmoviera al pueblo; y los encargados de hallarlo fueron los más religiosos, naturalmente: los fariseos.
Y ahí andaban ellos, haciendo fiesta y grandes discursos, prodigándose adulaciones y zalamerías unos a otros, excitando a todos a la defensa de la religión contra la impiedad saducea, es decir, a la defensa de ellos: retrancados, duros, implacables, cerrados de mollera, hostiles a la vida y a la belleza; metidos en todo, orgullosos, rencorosos, ilusos, astutos, tortuosos, solemnes, aparateros, floripóndicos, atrevidos, presuntuosos, caraduras, olvidados de Dios y temidos de los hombres como el Evangelio nos los muestra. […] No se pudre el agua si no es estancada; los gusanos sólo prosperan en la carne muerta.»[4]
«Dondequiera hay un exceso de “reglamentismo”, una proliferación de mandatos, reglas, costumbres, glosas, formalidades y trámites, no solamente hay peligro de olvidar el espíritu y el fin de la ley, sino señal clara de que ese espíritu ha claudicado. Y entonces son posibles y fáciles tres cosas: el necio aparecer perito, el hipócrita pasar por santo y ser condenado el inocente.»[5]
Tristemente, esto es lo que ha ocurrido en Albenga – Imperia: han guardado perfectamente las formas litúrgicas, pero han descuidado lo esencial: la justicia, la misericordia y la fidelidad, dejando de lado lo fundamental de la Ley. Este puede llegar a ser un peligro para todos los que amamos la Liturgia tradicional, el canto gregoriano y en general la adecuada música sagrada, los buenos ornamentos, el respeto de las rúbricas, etc. Debemos aprender de errores ajenos, y nunca olvidarnos que cada día debemos convertirnos hacia Dios. No debemos filtrar el mosquito y tragarnos el camello. El Señor, por el contrario, nos dice: «Hay que practicar esto, sin descuidar aquello.» (Mt. 23, 23)
Aprovechando esta ocasión, los progresistas oponen la misericordia a la ley, y afirman que es inútil la defensa de la Tradición de la Iglesia. Y el Señor puede volvernos a decir su reproche: «Porque el Nombre de Dios es blasfemado por causa de vosotros entre los gentiles» (Rom. 2, 24; Is. 52, 5; Ez. 36, 20-22). De esta manera, los modernistas ocultan que ellos son los también fariseos, postulando que se puede amar a Dios y al prójimo sin el cumplimiento de sus normas, y juzgando a los demás bajo capa de pluralismo y apertura al mundo, bajo la falsa perspectiva de una misión vaciada de contenido.
Por lo tanto, el fariseísmo es el pecado común de nuestra época, ya sea de aquellos que son fieles a la Tradición como de aquellos que dicen ser más abiertos al mundo. No por nada, comentando la famosa frase de Pablo VI: «El humo de Satanás ha entrado a la Iglesia de Dios», sostiene el gran jesuita expulsado de su Orden: «El humito del infierno es el fariseísmo.»[6]
La situación actual de la Iglesia pide un reformador, «un hombre que llamase la religión a lo interior; pero un reformador es un hombre que impone cargas y no que las arroja; que aprieta y no que afloja; que ata por todas partes nuevos lazos y lazos rotos y no que los relaja; para lo cual tiene que ser en alguna forma un mártir. Cosa que por desgracia estuvo lejos de ser Lutero. Lejos de volverse mártir, se volvió popular…»[7] Lutero son hoy sus discípulos, que de católicos sólo llevan el nombre («Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de Mí. Me rinden un culto vano, enseñando doctrinas que son mandamientos de hombres.» – Mc. 7, 6-7; Is. 29, 13), que quieren sustituir la Iglesia Católica, la única fundada por Jesucristo, por una nueva, hecha según el modo del mundo, aplaudidos por la prensa secular. 
¡Quiera Dios suscitar en estos momentos de la Iglesia a algún gran santo, que llame a las cosas por su nombre: "Pecado", al pecado; "Virtud", a la virtud; y que continuamente clame por la conversión, que debe ser verdadera, interior y personal, y que no tema a la demagogia del mundo! Quizá ya lo ha hecho, y nosotros, porque estamos dormidos, no hemos escuchado su voz... 


[1] El siguiente artículo fue publicado en Adelante la Fe el 21 de febrero de 2015, como puede verse aquí.
[2] P. Leonardo Castellani, Cristo y los Fariseos, Ediciones Jauja, 1999, p. 11.
[3] P. Leonardo Castellani, El Evangelio de Jesucristo, Itinerarium, Buenos Aires, 1957, pp. 235 - 236.
[4] P. Leonardo Castellani, Cristo y los Fariseos, Ediciones Jauja, Mendoza, 1999, pp. 78 – 83.
[5] P. Leonardo Castellani, Cristo y los Fariseos, Ediciones Jauja, Mendoza, 1999, p. 92.
[6] P. Leonardo Castellani, Catecismo para adultos, Ediciones del Grupo Patria Grande, Buenos Aires, 1979, p. 188.
[7] P. Leonardo Castellani, Cristo, ¿vuelve o no vuelve?, Vórtice, Buenos Aires, 2004, p. 263. Publicado también en Pluma en Ristre, Libros Libres, Madrid, 2010, p. 163.

viernes, 28 de julio de 2017

La perfecta consagración a Jesús por María


“Soy todo tuyo, mi Amada Señora, con todo lo que tengo”[1].
Luego de haber meditado en estos días los motivos de la verdadera consagración a la Virgen[2], es bueno recordar que nuestro fin último es sólo Jesucristo, y sólo por Él podemos salvarnos[3]. Hemos sido comprados “con la Sangre preciosa de Cristo, el Cordero sin mancha y sin defecto” (1 Ped. 1, 19). Ahora somos esclavos, no del demonio por el pecado, sino siervos por amor de Jesucristo[4]. Pero para pertenecer totalmente a Él debemos vaciarnos interiormente de nuestros propios defectos, y para ello necesitamos ser verdaderos devotos de la Virgen para morir a nosotros mismos[5]. Más aún, no sólo necesitamos de la única Mediación de Jesucristo, sino que necesitamos un mediador entre el mismo Mediador, para que la debilidad de nuestros ojos no quede enceguecida con “la Luz inaccesible” (1 Tim. 6, 16), que es Dios[6]. Esta mediación es la de la Santísima Virgen, Medianera de todas las gracias. Todavía más, siendo tan frágiles nosotros, por llevar “este tesoro en recipientes de barro” (2 Cor. 4, 7), menester es que alguien custodie nuestros pobres méritos del pecado mortal, que puede hacer perder el trabajo espiritual de años. Ese alguien también es nuestra Madre: poniéndonos en sus manos nuestros pobres tesoros se verán protegidos de las astucias del Tentador[7].
Pero es imprescindible no confundir esta devoción, con cualquier otra falsa, o con un espejismo[8]. Las tentaciones frente a ella son:
·         Los devotos críticos, que se creen a sí mismos justos y desprecian las prácticas de piedad de la gente sencilla[9];
·      Los devotos escrupulosos, que temen deshonrar al Hijo honrando a la Madre, siendo que en realidad Cristo fue el primero en cumplir los diez Mandamientos, entre los cuales se encuentra el cuarto: “Honra a tu padre y a tu madre” (Ex. 20, 12; Deut. 5, 16)[10];
·    Los devotos exteriores, que cifran su amor a la Virgen sólo en prácticas externas, pero realizadas sin atención, sin devoción, sin pureza del corazón[11];
·     Los devotos presuntuosos que esconden con el nombre de cristianos su amor al mundo y sus desórdenes pasionales, con sus vicios dominantes, sin combatirlos tenazmente[12], cayendo así en el pecado del fariseísmo que, como dice el p. Leonardo Castellani, “es el gusano de la religión… Todo lo que es mortal muere; y antes de morir, cae… Es la soberbia religiosa: es la corrupción más grande de la verdad más grande… No quiere decir que uno debe ignorar que es un gesto religioso; quiere decir que su objeto debe ser Dios y no yo mismo.”[13]
·       Los devotos inconstantes, que por momentos son fervientes, y luego tibios[14];
·       Los devotos hipócritas, que cubren sus malos hábitos bajo el  manto de María[15];
·       Los devotos interesados, que sólo le piden a la Virgen en momentos de necesidad, y luego se olvidan de que son sus hijos[16].
Esta verdadera devoción se nutre de prácticas interiores y exteriores. Interiores tales como honrar su  nombre; meditar sus virtudes; contemplar sus grandezas; rendirle actos de amor; invocarla de corazón; unirse a Ella; obrar en todo para agradarle; comenzar, continuar y concluir todo por Ella, en Ella, con Ella y para Ella, que es la esencia de la esclavitud mariana[17]. Prácticas exteriores pueden ser alistarse en la Legión de María u otras Cofradías u Órdenes marianas; publicar sus alabanzas; hacer limosnas o mortificaciones por Ella; llevar el Rosario, el escapulario o una cadenilla; rezar el Rosario, el Oficio Parvo u otras oraciones; cantar en su honor; vivir en su presencia; adornar sus estatuas; proclamar su devoción; consagrarse a Ella; etc.[18] Todo esto realizado con pureza de intención, con atención, piedad y modestia[19].
Con esto queda respondida la objeción de algunos que se hacen llamar esclavos de la Virgen, pero que en realidad se olvidan de la asistencia a la santa Misa, o de vivir en gracia de Dios, o descuidan sus deberes para con el prójimo. Como dice san Luis María: “Algunos se quedarán con lo que tiene de exterior, sin pasar más adelante, y éstos serán el mayor número; otros, que serán pocos, entrarán en lo más recóndito, pero no subirán más de un grado… ¿Quién será el que permanezca en él habitualmente? Solamente aquel a quien el Espíritu Santo revele este secreto.”[20]
“Consiste esta devoción en entregarse enteramente a la Santísima Virgen para ser todo de Jesucristo por medio de María”, dándole nuestro cuerpo con sus sentidos, nuestra alma con sus potencias, nuestros bienes exteriores e incluso los interiores, es decir, los méritos, las virtudes y buenas obras pasadas, presentes y futuras, es decir todo lo que tenemos en el orden de la naturaleza, de la gracia y de lo que tendremos en la gloria[21]. Los méritos se los damos para que ella los conserve, y las súplicas que hacemos en favor de los demás están supeditadas a su voluntad, porque Ella sabe mejor que nosotros lo que necesita nuestro prójimo[22]. Por esto, todo fiel esclavo de amor de María “no puede ya disponer del valor de ninguna de sus buenas acciones”, pero esta ofrenda se realiza “según el orden de Dios y los deberes del propio estado”[23], es decir, el sacerdote y el religioso cumpliendo su ministerio, los esposos amándose entre sí, engendrando muchos hijos y educándolos para Dios, etc.
Dicho de otro modo, esta devoción consiste en la renovación de las promesas bautismales, pues se renuncia para siempre al demonio y a sus engaños, y se toma a Jesucristo por el único Soberano del alma[24], con la diferencia que aquí incluso se renuncia por sí mismo, poniendo todo en manos de la Virgen expresamente. San Luis María se queja: “¿No hacen traición casi todos los cristianos a la fe prometida a Jesucristo en el bautismo?”[25] Esta es la causa de los males más profundos que se ven en la Iglesia y en el mundo, es la causa del oscurecimiento de la fe de cada vez más personas, de instituciones, de países, y de incluso en muchos ambientes eclesiásticos.
¿Qué debemos hacer?” (Hech. 2, 37) ¿Cómo perseverar? ¿Cómo no caer, cuando han caído tantos? “¿Quién podrá salvarse?” (Lc. 18, 26) “Si el justo apenas se salva, ¿qué pasará con el impío y el pecador?” (Prov. 11, 31; 1 Ped. 4, 18). San Luis María, siguiendo la enseñanza de la Escritura y de la Tradición de la Iglesia, prevé el surgimiento de bestias enemigas que “perseguirán a los que lean y pongan en práctica” esta devoción. Pero nos alienta frente a la persecución: “¿Qué importa? Tanto mejor. Esta perspectiva nos anima y hace esperar un gran éxito, es decir, un gran escuadrón de bravos y valientes soldados de Dios y de María, de uno y otro sexo, para combatir al mundo, al demonio y a la naturaleza corrompida en los tiempos, más que nunca peligrosos, que van a venir”[26], o que ya han llegado. Seamos de estos soldados, perseveremos en el combate, alistémonos en las tropas de la Virgen, resistamos la persecución del demonio y de sus hordas angélicas y humanas, que quieren callar la verdad y el bien que viene sólo de Dios, que quieren igualar la Iglesia de Cristo con la “sinagoga de Satanás” (Apoc. 2, 9), que “matan a los profetas y apedrean a los que le son enviados” (Lc. 13, 34) y que hoy este gran secreto permanecerá “oculto a sus ojos” (Lc. 19, 42). “Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios” (Mt. 5, 8). Sólo ellos conocerán, y practicarán íntegramente este secreto, que forjará a los más grandes santos al fin de los tiempos, a los que cada vez nos acercamos más vertiginosamente.


[1] S. Luis M. Grignion de Montfort, Tratado de la Verdadera Devoción, n. 266. En adelante, si no se indica el libro ni el autor, corresponde a esta obra de s. Luis María.
[2] La siguiente homilía fue predicada el sábado 21 de noviembre de 2014 en la parroquia Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, en el barrio Butaló, Santa Rosa (La Pampa), y fue publicada el 26 de noviembre del mismo año en la página Adelante la Fe; puede leerse aquí.
[3] N. 61 - 67.
[4] N. 68 - 77.
[5] N. 78 - 82.
[6] N. 83 - 86.
[7] N. 91.
[8] N. 92.
[9] N. 93.
[10] N. 94 - 95.
[11] N. 96.
[12] N. 97 - 100.
[13] P. Leonardo Castellani, El Evangelio de Jesucristo, Itinerarium, Buenos Aires, 1957, p. 235.
[14] N. 101.
[15] N. 102.
[16] N. 103 - 104.
[17] N. 115.
[18] N. 116.
[19] N. 117 - 118.
[20] N. 119.
[21] N. 121.
[22] N. 122 y 132.
[23] N. 124.
[24] N. 126.
[25] N. 127.
[26] N. 114.