Este año se cumplen cien años del inicio de la
Gesta Cristera. Lamentablemente, poco se está hablando de esta gran hazaña
católica; en la cual se vuelve a poner de manifiesto que hay motivos justos y
santos para desenvainar la espada, por el honor de Dios y de su santa religión.
Trascribiremos el relato del martirio de Anacleto
González Flores, tal como lo narra el P. Alfredo Sáenz, gran maestro argentino
de numerosos sacerdotes y de multitud de laicos; tal como lo narra en «La
Gesta de los Cristeros», en la Serie “La Nave y las Tempestades”, t. XII,
edición Gladius, Buenos Aires, 2012, 310-319.
«La muerte del héroe
Anacleto se sintió permanentemente hostigado por
la policía de Guadalajara viviendo a salto de mata y debiendo cambiar
constantemente de domicilio. Se podría decir que no conoció día sin sobresalto.
En diversas ocasiones fue encarcelado. Pero cuantas veces salía de la prisión
continuaba como antes, sin retroceder un milímetro en su designio. No podía
ignorar, por cierto, que estaba jugando con la muerte. Varias veces la vio muy
cerca, pero jamás la esquivó, dejando de hacer, por temor, lo que debía. La idea
del sacrificio de su vida no le era extraña ni remota. Uno de los capítulos de
la última y más importante de sus obras lleva por título: “Reina de los
Mártires, ruega por nosotros.” Ya anteriormente había sostenido que si las
acciones encaminadas a la salvación de la Iglesia y de la Patria fallasen,
sería preciso votar, no con papeletas, de las que se burlaban los enemigos,
sino con las propias vidas, en un plebiscito de mártires: “Porque lo que se
escribe con sangre, según la frase de Nietzsche, queda escrito para siempre, el
voto de los mártires no perece jamás.”
Llegó un momento en que el acoso de sus enemigos
lo obligó a esconderse. Por algunas infidencias se había enterado de que el
Gobierno estaba decidido a acabar con él, en la idea de que así la resistencia
se debilitaría sustancialmente. Una familia amiga, la de los Vargas González,
le abrió las puertas de su casa, conscientes del grave peligro al que se
exponían.
Allí se guarneció, disfrazándose de obrero; dejó
crecer la barba, enmarañó su cabello, y siguió su actividad como antes. El 29
de marzo de 1927, pasó la noche con su familia, castigada por la miseria,
alternando con su esposa, y rezando y jugando con sus tres hijitos. Fue la
última vez que los vería. El 31 del mismo mes estaba, como de costumbre, en la
casa de los Vargas González. Allí se confesó con un sacerdote que se encontraba
de paso, y después se quedó comentando con él una reciente Pastoral del
arzobispo de Durango, donde se aprobaba plenamente la defensa armada. “Esto es
lo que nos faltaba –dijo Anacleto–. Ahora sí podemos estar tranquilos. Dios
está con nosotros.”
Era de noche. Se retiró a su cuarto, y allí se
puso a escribir para la revista Gladium un artículo de tres páginas,
papel oficio, con excelente letra aún hoy perfectamente legible. La noticia de
la que acababa de enterarse sobre la decisión del obispo de Durango fue lo que
inspiró su pluma: “Bendición para los valientes, que defienden con las armas en
la mano la Iglesia de Dios. Maldición para los que ríen, gozan, se divierten,
siendo católicos, en medio del dolor sin medida de su Madre; para los
perezosos, los ricos tacaños, los payasos que no saben más que acomodarse y
criticar. La sangre de nuestros mártires está pesando inmensamente en la
balanza de Dios y de los hombres. El espectáculo que ofrecen los defensores de
la Iglesia es sencillamente sublime. El Cielo lo bendice, el mundo lo admira,
el infierno lo ve lleno de rabia y asombro, los verdugos tiemblan. Solamente
los cobardes no hacen nada; solamente los críticos no hacen más que morder;
solamente los díscolos no hacen más que estorbar, solamente los ricos cierran
sus manos para conservar su dinero, ese dinero que los ha hecho tan inútiles y
tan desgraciados.”
Llegó la media noche, y Anacleto seguía
escribiendo. Había empezado el día de su sacrificio, y, como dice Gómez
Robledo, iba a pasar casi sin transición de la palabra a la sangre. Escribió
entonces las palabras finales de su vida: “Hoy debemos darle a Dios fuerte
testimonio de que de veras somos católicos. Mañana será tarde, porque mañana se
abrirán los labios de los valientes para maldecir a los flojos, cobardes y
apáticos.” Nos impresiona este hoy. ¿Era un presentimiento? “Todavía es
tiempo de que todos los católicos cumplan su deber; los ricos que den, los
críticos que se corten la lengua, los díscolos que se sacrifiquen, los cobardes
que se despojen de su miedo y todos que se pongan en pie, porque estamos frente
al enemigo y debemos cooperar con todas nuestras fuerzas a alcanzar la victoria
de Dios y de su Iglesia.” Eran las tres de la mañana y se aprestó a tomar un
breve descanso.
Una hora antes, un grupo de soldados había entrado
por un balcón en la casa de Luis Padilla, brazo derecho del Maestro,
deteniéndolo. Luego, hacia las cinco, movido por la delación de algún traidor,
golpean la puerta de los Vargas. Hay soldados sobre las paredes y la azotea.
Tras un cateo de la casa, se llevaron a las mujeres, la madre y sus hijas, por
un lado, y a los varones que allí se encontraban, Anacleto y los tres hermanos
Vargas González, Ramón, Jorge y Florencio, por otro. Todo esto nos lo contó personalmente,
con más detalles, por supuesto, María
Luisa Vargas González, una de las hermanas, en una entrevista emocionante que
mantuvimos con ella en la propia casa donde sucedió lo relatado.
Llegados los varones a destino, comenzó enseguida
el interrogatorio. Lo que buscaban era que Anacleto reconociera su lugar en la
lucha cristera y denunciase a los que integraban el movimiento armado católico
de Jalisco; asimismo que revelase el lugar donde se ocultaba el obispo Orozco y
Jiménez. Anacleto no podía negar su participación en la epopeya cristera. Bien
lo sabían sus verdugos, ni era Anacleto hombre que rehuyera la responsabilidad
de sus actos. Reconoció, pues, totalmente su papel en el movimiento desde la
ciudad, pero nada dijo de sus camaradas ni del paradero del prelado. Entonces
comenzó la tortura, lenta y terrible. En presencia de los que habían sido
detenidos con él, lo suspendieron de los pulgares, le azotaron, mientras con
cuchillos herían las plantas de sus pies.
– Dinos, fanático miserable, ¿en dónde se oculta
Orozco y Jiménez?
– No lo sé.
La cuchilla destrozaba aquellos pies. Como dice
Gómez Robledo, “el hombre que ha vivido por la palabra va a morir por el
silencio.”
– Dinos, ¿quiénes son los jefes de esa maldita
Liga que pretende derribar a nuestro jefe y señor el General Calles?
– No existe más que un solo Señor de cielos y
tierra. Ignoro lo que me preguntan…
El cuchillo seguía desgarrando aquel cuerpo.
“Pica, más, más”, le decía el oficial al verdugo. De manera semejante
torturaban a los hermanos Vargas, por lo que Anacleto, colgado todavía, gritó:
“¡No maltraten a esos muchachos! ¡Si quieren sangre aquí está la mía!”. Los
Vargas, abrumados por el dolor, parecían flaquear; pero Anacleto los sostenía,
pidiendo morir el último para dar ánimo a sus compañeros.
Tras descolgarlo, le asestaron un poderoso
culatazo en el hombro. Con la boca chorreando sangre por los golpes, comenzó a
exhortarlos con aquella elocuencia suya, tan vibrante y apasionada. Seguramente
que nunca ha de haber hablado como en aquellos momentos… Se suspendieron las
torturas. Simulóse entonces un “consejo de guerra sumarísimo”, que condenó a
los prisioneros a la pena de muerte por estar en connivencia con los rebeldes.
Al oír la sentencia, Anacleto respondió con estas
recias palabras: “Una sola cosa diré y es que he trabajado con todo desinterés
por defender la causa de Jesucristo y de su Iglesia. Vosotros me mataréis, pero
sabed que conmigo no morirá la causa. Muchos están detrás de mí dispuestos a
defenderla hasta el martirio. Me voy, pero con la seguridad de que veré pronto
desde el cielo el triunfo de la religión en mi Patria.”
Eran las 3 de la tarde del viernes 1° de abril de
1927. Anacleto recitó el acto de contrición. Aún de pie, a pesar de sus
terribles dolores, con voz serena y vigorosa se dirigió al general Ferreia, que
presenciaba la tragedia: “General, perdono a usted de corazón; muy pronto nos
veremos ante el tribunal divino; el mismo Juez que me va a juzgar será su Juez;
entonces tendrá usted un intercesor en mí con Dios.”
Los soldados vacilaban en disparar sobre él.
Entonces el General hizo una seña al capitán del pelotón, y éste le dio con un
hacha en el lado izquierdo del torso. Al caer, los soldados descargaron sus
armas sobre el mártir.
La revista Gladium así recuerda las últimas
palabras del héroe invicto:
Nuestro muy digno e
inolvidable Presidente, con aquella gallardía cristiana con que siempre se
distinguió en presencia de los perseguidores de la Iglesia, a pesar de lo
exhausto de fuerzas, y después de ocho horas de terrible martirio, ya para
morir y enfrente de los verdugos, que pronto le quitarían la vida, se irguió, y
haciendo un supremo esfuerzo, pronunció estas sublimes palabras, que habrán de
servir de maldición para los tiranos y para los católicos indiferentes, y como
ejemplo para los que seguimos bregando por la santa Causa: Por segunda vez
oigan las Américas este santo grito: Yo muero, pero Dios no muerte. ¡Viva
Cristo Rey!
Se refería al grito que en el siglo anterior había
lanzado García Moreno en el momento de ser asesinado. García Moreno, presidente
católico del Ecuador, era uno de sus héroes más admirados, cuya historia
conocía al dedillo.
Anacleto murió siete meses antes que el padre Pro.
Tenía 38 años. Sus compañeros, Luis Padilla y dos hermanos Vargas González,
fueron torturados y fusilados en el Cuartel Colorado, actual Museo del
Ejército. Al tercero de los hermanos Vargas, Florencio, lo dejaron libre por
creer erróneamente que era menor de edad, pero en el entretanto fue demorado en
un salón del cuartel, para que allí esperara. Cuando la admirable madre vio a
Florencio que regresaba solo, entendió que sus otros dos hijos habían sido
fusilados, y entonces exclamó: “Ay, hijo, qué cerca estuvo de ti la corona del
martirio y no la alcanzaste. Necesitas ser más bueno para merecerla.” ¡Singular
madre ésta, de dos hijos mártires, que hubiera querido serlo de tres!
Florencio, habiendo sido testigo ocular de lo acontecido en el cuartel, pudo
luego relatar lo que allí había sucedido.
Los cadáveres fueron transportados en ambulancia a
la Inspección de Policía, y allí arrojados al suelo para que sus familiares los
retiraran. Por la noche se instaló una capilla ardiente en el humilde domicilio
de la familia González Flores. La joven viuda acercó a sus hijitos al cadáver:
“Mira –dijo, dirigiéndose al mayor–, ése es tu papá. Ha muerto por confesar la
fe. Promete sobre este cuerpo que tú harás lo mismo cuando seas grande si así
Dios lo pide.” Guadalajara entera desfiló ante los despojos mortales de
Anacleto, pese a los obstáculos puestos por las autoridades. Algunos mojaban
sus pañuelos en los coágulos que quedaron en la palangana cuando el aseo del
cuerpo, otros tijereteaban su ropa para llevarse consigo alguna reliquia. Alguien
le preguntó a uno de los hermanitos sobre la causa de la tragedia, y el niño,
de tres años, contestó, señalando el cadáver de su padre: “Unos hombres malos
lo mataron porque quería mucho a Dios.” Una multitud acompañó sus restos así
como los de sus compañeros hasta la tumba. De Anacleto diría monseñor Manríquez
y Zárate: “En el firmamento de la Iglesia Mexicana, entre la inmensa turba de
jóvenes confesores de Cristo, se destaca como el sol la noble y gallarda figura
de Anacleto González Flores, cuya grandeza moral desconcierta y cuya gloria
supera a todo encomio.”
A su muerte, así cantó el poeta:
¡Patria, Patria del alma!
Patria agobiada, sí, mas no vencida.
La sangre de tu hijo
Es tu manjar de fortaleza y vida.
¡Anacleto!
Trigo de Dios fecundo
Plantado en la llanura sonriente
De Jalisco, no has muerto para el mundo.
Ayer humilde grano…
Eres ya espiga de oro refulgente
Y alimentas al pueblo mexicano.
Grande fue nuestra emoción cuando pudimos
arrodillarnos delante de las lápidas que cubren los cuerpos de dos héroes de la
fe: Miguel Gómez Loza, el mejor amigo de Anacleto, y el propio González Flores,
en el Santuario de Guadalupe de Guadalajara. Sobre la de Anacleto leímos esta
frase imperecedera:
Verbo
Vita
Et Sanguine docuit.
Enseñó con la palabra, con la vida y con la
sangre. He aquí el martirio en su sentido plenario. Porque martirio significa
testimonio. Y cabe una triple posibilidad de dar testimonio: con la palabra,
mediante la confesión pública de la fe; mediante la vida, por las obras
coherentes con lo que se cree; y, finalmente, mediante la sangre, como
expresión suprema de la caridad y de la fortaleza. Anacleto dio testimonio con
la palabra, y en qué grado; por las obras, y con cuánta abundancia; con la
sangre, y tras cuáles torturas. Es, pues, mártir en el sentido total de la
palabra.
El 20 de noviembre del año 2005, Anacleto González
Flores fue beatificado por Benedicto XVI, juntamente con Miguel Gómez Loza,
Luis Padilla, Jorge y Ramón Vargas González.»

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