sábado, 28 de octubre de 2017

La Beata Sor María Serafina Micheli tuvo la visión de Lutero en el infierno








Beata Sor María Serafina del Sagrado Corazón de Jesús
(en el siglo Clotilde Micheli), fundadora del
Instituto de las Hermanas de los Ángeles 







En 1883 la beata Sor María Serafina Micheli (1849-1911), fundadora del Instituto de las Hermanas de los Ángeles, pasaba por Eisleben, ciudad de Sajonia, lugar donde nació Lutero.






Ese día se celebraba el cuarto centenario del nacimiento del gran heresiarca (10 noviembre de 1483), que dividió a Europa y a la Iglesia, causando grandes guerras. Con motivo de la celebración las calles estaban adornadas y de los balcones colgaban banderas. Entre las autoridades presentes se esperaba, de un momento a otro, la llegada del emperador Guillermo I, que debía presidir las celebraciones.


















LUTERO 



La beata miraba el gran tumulto y agitación, pero no estaba interesada en saber por qué ocurría. Su interés era ir a una iglesia para orar y hacerle una visita a Jesús Sacramentado. Finalmente, halló una, pero las puertas estaban cerradas, pero se arrodilló en las escaleras de acceso para hacer sus oraciones. Por la oscuridad, no advirtió que estaba arrodillada delante de un templo protestante. Mientras oraba, se apareció el Ángel de la Guarda y le dijo: “Levántate, porque esta es una iglesia protestante”. Y añadió: “Yo quiero que veas el lugar donde Martín Lutero está condenado y la pena que paga en castigo de su orgullo”.






Entonces tuvo la visión de un horrible abismo de fuego, en el cual eran atormentadas una innumerable cantidad de almas. En el fondo vio a un hombre, Martín Lutero, que se distinguía entre los demás condenados pues estaba rodeado de demonios que lo obligaban a estar de rodillas y todos (los demonios), armados de martillos, mientras se esforzaba en vano, le clavaban en la cabeza una gran clavo.







La monja meditaba que si las personas que participaban en la fiesta vieran esta escena dramática, ciertamente no rendirían honores, ni memoria, ni conmemoraciones ni celebraciones a tan funesto personaje.

Desde entonces, cuando se le presentaba la oportunidad, recordaba a sus hermanas de religión sobre el deber de vivir en la humildad y el abandono de sí. Estaba convencida firmemente que Martín Lutero estaba condenado en el infierno sobre todo por el primer pecado capital: LA SOBERBIA. El orgullo lo hizo caer en pecado mortal, y lo condujo a la rebelión abierta contra la Iglesia Católica. Su conducta, su posición para con la Iglesia y sus herejías fueron determinantes para engañar y conducir a muchas almas superficiales e incautas a la perdición eterna.










Como en Alemania celebrarán en el 2017 el 500º aniversario del nacimiento del protestantismo y como consecuencia se realizarán homenajes a Martín Lutero, se habla ya de que algunos sectores "católicos" participarían en los mismos. Sepan éstos, desde ahora, que estarían homenajeando no sólo a un heresiarca sino también a un réprobo, si nos atenemos a las visiones de Sor María Serafina.



EL PADRE PÍO SOSTUVO QUE LUTERO ESTABA CONDENADO


Por su parte, el padre Stefano Manelli -fundador de los Franciscanos de la Inmaculada- ha recordado -en Il Settimanale di Padre Pio del 20 de Enero de 2013, p.1- que lo mismo señalaba el Padre Pío sobre la condenación eterna de Martín Lutero. Explicó que el P. Pío advertía que aquellos que creen poder comunicarse directamente con Dios -como Lutero-, también están en camino al infierno. El final de Lutero fue horrible y angustioso, escribió el P. Manelli, y señaló -fundamentándose en lo dicho por el padre Pío- que quienes lo siguen se arriesgan a ir al infierno como Lutero, por no escuchar las enseñanzas de la Iglesia Católica.






NOTA DE CATOLICIDAD: Luego, el verdadero ecumenismo es el que caritativamente busca solamente la conversión de los protestantes a la verdadera y única Iglesia de Cristo: la Católica romana. Nada tiene que hacer un católico -¡sea quien sea!- en un homenaje a quien con sus herejías desgarró miles de almas de la verdadera Arca de Salvación. Homenajearlo sería -aunque ello no se pretendiera- confirmar en el error a tantos errados, y tal acto constituiría un falso ecumenismo y una grave falta de caridad, aunque hipotéticamente se tuvieran las mejores -pero equivocadas- intenciones.













domingo, 22 de octubre de 2017

¿Por qué prefiero la Misa tradicional?


En la actualidad en el rito romano existen dos formas de celebración de la Santa Misa. Son la forma tradicional y el novus ordo. Sin entrar en discusiones litúrgicas más profundas, que dejaré, al menos por ahora, para los más entendidos en estos temas, quiero escribir, a petición de un amigo, por qué prefiero celebrar la Santa Misa en su forma tradicional.
Ante todo, en esta forma la Santa Misa siempre se celebra ad orientem. De este modo, nos recuerda que la celebración se realiza por y para Dios. Así, constatamos que la Misa es ante todo oración. No es creatividad o subjetividad de cada uno, sino vaciamiento interior. Es tener la actitud de Samuel: «Habla, Señor, que tu siervo escucha». Por esta misma forma de celebrar nos posicionamos en expectación de Jesucristo, Oriente de lo alto, que vendrá de la misma forma que lo han visto partir los Apóstoles. Mirarlo a Él es quedar transfigurado en la propia existencia. Por ello quien se convierte, en lenguaje patrístico, mira al Oriente y le da la espalda a Occidente. Así, el hombre vuelve a ser cabeza de la creación, ahora restaurada en Cristo, y por su voz, lo visible y lo invisible le tributa al Creador un culto en espíritu y en verdad.
En segundo lugar, esta Misa siempre se celebra en latín. Esto nos hace tener presente que siempre en la Misa habrá algo más que no podemos entender. «No se puede señalar una semejanza entre el Creador y la criatura de la cual no se pueda marcar una desemejanza aún mayor.» Por esto San Agustín decía: «Si comprehendis, non est Deus». El latín es preciso, es riguroso. Los textos de la Misa son milenarios; muchos de ellos han sido compuestos por santos y mártires. Por otra parte, como se dice en italiano, «traduttore, tradittore»: el traductor siempre es un traidor, porque es imposible expresar en un solo concepto en lengua vernácula la polisemia de conceptos del latín (hecho que sucede en cualquier traducción, y tanto más cuanto esté más alejada una lengua de otra). Todo esto además sin hacer referencias a las traducciones pésimas de las cuales tenemos que hacer uso en el novus ordo, que más que traslucir el misterio de la presencia real del Señor en el santo sacrificio, lo opacan y lo desdibujan.
En tercer lugar, se observa en esta forma de celebrar la Misa la prioridad del silencio. Por esto el sacerdote reza en voz baja: lo esencial siempre permanecerá ignorado por nuestra curiosa soberbia. Frente a la cultura actual del ruido ensordecedor, que impide al hombre pensar en la eternidad, es necesario este despojo primordial: si Dios es la Palabra, al hombre le corresponde el silencio para escuchar y aceptar su Voluntad. Recuerda además esto el misterio del arcano, por el cual se velaba de tal modo por los sagrados misterios que se cuidaba que lo santo no cayera en manos de los pecadores empedernidos, cumpliéndose así el mandato del Señor: «No deis lo santo a los puercos». La misma presencia del silencio, entonces, es un reproche al igualitarismo litúrgico que hoy quiere imponerse, y a los supuestos “derechos” a que todos reciban del mismo modo todos los sacramentos. Las distinciones son propias de los que se dejan inspirar por la Sabiduría Divina, porque «es propio del sabio ordenar», como dice Santo Tomás.
En cuarto lugar, y relacionado con este punto, en la forma tradicional de la Misa se distingue claramente el oficio propio del sacerdote del que le corresponde al fiel laico. Así, sólo el sacerdote prepara el cáliz y el copón para la santa Misa, sólo él reza el primer Confiteor, sólo él proclama el Evangelio e incluso las lecturas en la Misa rezada, sólo él reza en voz alta el Pater noster, sólo él reza solo el Domine, non sum dignus. Luego los fieles harán su parte, pero por separado. De esta forma, las funciones distintas en la liturgia manifiestan el oficio diferente que tiene cada uno: el sacerdote actúa identificándose con Jesucristo como Cabeza, y los feligreses participan de modo más remoto del mismo sacerdocio de Cristo.
En quinto lugar, en la forma tradicional se hace más hincapié en la necesaria preparación espiritual para acceder a los Divinos Misterios. Por ello tenemos, de parte de todos los fieles, muchos actos de contrición: desde el rezo del salmo 42 hasta el Confiteor, tanto del celebrante como de los demás fieles (que se repite antes de la recepción de la Santa Comunión), la antífona Ostende nobis, Domine, misericordiam tuam, y el Kyrie. Dicha actitud espiritual está acompañada de la correspondiente posición corporal, donde los fieles permanecen de rodillas durante todo el Canon Romano, durante el Domine, non sum dignus, para recibir la Santa Hostia, y, facultativamente, durante la acción de gracias, y la recepción de la bendición sacerdotal final; junto con el rezo, también optativo, de las oraciones leoninas.
En sexto lugar, las oraciones del ofertorio de la Misa tradicional demuestran ser un verdadero ofrecimiento, donde el sacerdote primero ofrece la hostia en reparación por sus propios pecados, luego por los circunstantes, y al final por todos los vivos y difuntos. De esta manera, el sacrificio será de aroma de suavidad en presencia de la Divina Majestad, pero sólo por la Encarnación, la Pasión, la Resurrección y la Ascensión de Jesucristo, a la cual esperamos asociarnos con la Santísima Virgen y los demás santos. Como se puede observar, todo ello dice mucho más que unas simples oraciones eucológicas, de tonalidad judía, propias del novus ordo Missae, sin tradición en la liturgia católica de la Iglesia.
En séptimo lugar, en la Misa tradicional se hace más evidente el valor exorcístico del santo sacrificio, desde la lectura de los dos Evangelios mirando hacia el Norte (símbolo del lugar donde provienen las tentaciones), hasta las oraciones leoninas del final de la Santa Misa, rezadas para que el demonio no humille a la Santa Iglesia, todo ello rogado por la intercesión de la gloriosa e inmaculada Virgen María.
En octavo lugar, en la forma tradicional se observa una perfecta armonía, entre las oraciones propias y las lecturas y el Evangelio que se proclama, de tal modo que es necesario conocer bien todos los textos antes de dirigir unas palabras de modo adecuado en la homilía. Ello no sucede en el novus ordo, en el cual hay tres ciclos de lecturas para los domingos y solemnidades, y dos ciclos para las lecturas diarias, dificultándose que se ensamblen de modo perfecto las lecturas de la Escritura con las oraciones del Misal.
En noveno lugar, en el calendario de la Misa tradicional se hace más hincapié en la necesidad de hacer penitencia para salvar nuestras almas. Ello se observa no sólo en la extensión del tiempo de cuaresma en las semanas de septuagésima, sexagésima y quincuagésima, sino también por la presencia de las témporas, ubicadas al inicio de las cuatro estaciones del año.
En décimo lugar, se observa el poder santificador de un único sacerdote en cada Santa Misa de la forma tradicional, de forma tal que no se permite la concelebración en la ceremonia. Así, resalta el poder mediador del único sacerdote, Jesucristo; por sobre una supuesta participación litúrgica mal entendida.

Por estas diez razones prefiero la Misa tradicional. Muchos sacerdotes o no lo ven, o tienen miedo de hacerlo, o están amenazados para no hacerlo. Sin embargo, hay un gran movimiento de restauración litúrgica, que Dios está colocando en los más jóvenes, que los manipuladores de la pastoral no pueden frenar. El mismo Señor les está regalando, ya aún hoy, en medio de las persecuciones de los falsos hermanos, sus mejores dones: la multitud de hijos en las familias numerosas, el don de las vocaciones sacerdotales y religiosas, y el llamamiento de Cristo Rey a sus soldados intrépidos para reconquistar para Él las almas, las familias, la sociedad, e incluso restaurar su misma Iglesia.

jueves, 5 de octubre de 2017

Importancia de la vida teologal en el cristiano


PRIMERA APARICIÓN DEL ÁNGEL DE PORTUGAL

¡Dios mío, yo creo, adoro, espero y os amo; os pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no os aman!
En la primera aparición del Ángel de la Paz, el Ángel de Portugal, a los pastorcitos de Fátima, les enseñó esta oración. Vemos aquí con claridad la importancia de la vida teologal para todo cristiano, dado que nos religa y nos hace elegir de nuevo al mismo Dios, como principio, ejemplo y fin de nuestra vida.
Hoy asistimos a una vida teologal falsificada: tiene “fe” en el hombre, en el progreso o en la técnica; se tiene “esperanza” en que se acabarán las enfermedades, o que el hombre por sus propias capacidades podrá llegar a un falso paraíso en la tierra, cayendo en utopismos irrealizables; se cree que se tiene “caridad” por practicar un puro asistencialismo chato y horizontal.
Frente a estos engaños, el Ángel nos recuerda lo esencial: la fe es creer en Dios, y en todo lo que Él nos ha revelado, porque es la Verdad misma, que no puede ni engañarse ni engañarnos; la esperanza es confiar en que poseeremos la Bienaventuranza con los auxilios divinos de la Divina gracia; la caridad es el amor a Dios sobre todas las cosas y al prójimo por amor a Dios. De este modo, si Dios no nos inspira, no sostiene y no lleva a término nuestras obras no puede haber fin último sobrenatural, y ni siquiera algo inocente en el hombre, como reza el Veni Sancte Spiritus.
Junto con la vida teologal, es necesaria la virtud de la religión. Ella no tiene por causa eficiente, ejemplar y final al mismo Dios, pero es la virtud más elevada entre las morales, pues, perteneciendo a la virtud de la justicia, que es dar a cada uno lo suyo, defecciona de su carácter de igualdad al darle a Alguien superior, al Ser máximo, lo que se le debe: es decir, todo. Por esto busca darle a Dios lo que se le debe en cuanto Primer y Último Principio del propio Ser.
El Ángel nos enseña que no es posible la vida teologal sin la virtud de la religión. De nada nos serviría decir que creemos, esperamos o amamos a Dios, si no le damos culto en espíritu y en verdad. La fe, la esperanza y la caridad auténticas sólo se dan en la verdadera religión, que es la fe católica.
Al insistir el Ángel con esta oración, nos enseña a luchar por vivir siempre en gracia de Dios. La verdadera desgracia es el pecado mortal. Sin la gracia es imposible agradar a Dios y, por tanto, alcanzar la Bienaventuranza. Es más, el Ángel nos dice que no son virtudes estáticas, que es necesario que sigan creciendo, haciendo actos más intensos, cooperando uno interiormente con la gracia actual. De este modo se crece en la unión con el mismo Dios. Se nos recuerda así que es necesario muchas veces en la vida repetir actos de fe, esperanza y caridad, como por ejemplo al tener uso de razón, al ser tentados en contra de estas virtudes, cuando el Santo Padre proclama un nuevo dogma de fe, y probablemente en el momento de la muerte.
Pero la oración no termina allí. No sólo dice: “Dios mío, yo creo, adoro, espero y os amo”, sino que agrega: “os pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no os aman”.
Esta segunda parte de la oración nos revela la extensión del pecado, sobre todo de la indiferencia e incluso el mismo odio contra Dios. Son los pecados contra las virtudes teologales y la virtud de la religión. Contra las virtudes teologales son la incredulidad, la desesperación, la presunción, el odio a Dios y la envidia contra el prójimo. Santo Tomás resume todos estos pecados en el pecado contra el Espíritu Santo, agregando la impenitencia y la dureza del corazón. Además de ello, vemos los pecados contra la virtud de la religión, tales como la irreligión.
Estos pecados, presentes en todos los tiempos, también en vida de los pastorcitos, abundan particularmente en nuestra época. Por esto ha dicho con tanta razón el Papa Benedicto XVI que se equivoca el que cree que los acontecimientos de Fátima pertenecen al pasado. Hoy se observa más que nunca estos pecados contra el Espíritu Santo y estos desprecios al culto divino.
En los estadios más elevados de la vida espiritual, el amor a Dios se funde en el dolor. Es lo que expresa San Juan de la Cruz al iniciar su poema Llama de amor viva:
“¡Oh llama de amor viva,
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro!
Pues ya no eres esquiva,
acaba ya, si quieres;
¡rompe la tela de este dulce encuentro!”
Por esta razón, el padre Pío decía que en la Santa Misa, en la consagración, experimentaba el más profundo amor y el más lacerante dolor[1]:
¿Muere Vd. en la Santa Misa?
Místicamente, en la Sagrada Comunión.
¿Es por exceso de amor o de dolor?
Por ambas cosas, pero más por amor.
La llama de amor viva, esto es el Divino Espíritu, hiere al amante, de tal modo que la caridad hace aumentar el dolor de los pecados, tanto propios como ajenos, y lo mueve a querer reparar semejante ingratitud. Por esto los santos abrazaron con gran caridad grandes penitencias para consolar al Señor. “El Amor no es amado”, gritaba san Francisco, y por ello aparecía como necio a los ojos de los hombres. Esto lo entendieron Lucía, Jacinta y Francisco, y por ello hasta se privaban de la bebida, usaban una cuerda durante el día e incluso al comienzo durante la noche, etc., además de los sufrimientos que tuvieron que pasar, aceptando lo que Dios les enviaba. “Tú, al menos, procura consolarme”, le dirá luego la Virgen a Sor Lucía, el 10 de diciembre de 1925. Que también nosotros procuremos consolar a Dios, “que ya está muy ofendido” (13 de octubre de 1917).
Que procuremos, entonces, vivir siempre en gracia de Dios, aumentar nuestra vida teologal y la virtud de la religión, e intentar consolar al Señor con nuestra oración y nuestra mortificación.



[1] Puede verse aquí la entrevista completa.

martes, 26 de septiembre de 2017

El Padre Pío, la Santa Misa y los Sacerdotes


Hoy, 23 de septiembre, celebramos la entrada en la eternidad de San Pío de Pietrelcina [1]. Su testimonio sacerdotal aún sigue motivando a los fieles, especialmente a los sacerdotes, para que no dejemos de ser fieles hasta el fin, yendo como el ciervo a las fuentes de agua viva, que saltan hasta la vida eterna.
El Padre Pío nos enseña la fidelidad a las pequeñas cosas, y a vivir de lo sobrenatural. Por esto nada mejor que volver a repasar su visión (que es la del mismo Dios), acerca de los sacramentos, en particular de la Santa Misa, y de las disposiciones que deben tener aquellos que la celebran, es decir, los sacerdotes.
Reproduzco, por esto mismo, una entrevista que le hiciera un hijo espiritual suyo, acerca de la renovación del sacrificio de la Cruz, publicada en “Así habló el Padre Pío” («Cosí parlò Padre Pio», San Giovanni Rotondo, Foggia, Italia), con el imprimatur de Mons. Fanton, obispo auxiliar de Vicenza.
«Padre, ¿ama el Señor el Sacrificio?
Sí, porque con él regenera el mundo.
¿Cuánta gloria le da la Misa a Dios?
Una gloria infinita.
¿Qué debemos hacer durante la Santa Misa?
Compadecernos y amar.
Padre, ¿cómo debemos asistir a la Santa Misa?
Como asistieron la Santísima Virgen y las piadosas mujeres. Como asistió San Juan al Sacrificio Eucarístico y al Sacrificio cruento de la Cruz.
Padre, ¿qué beneficios recibimos al asistir a la Santa Misa?
No se pueden contar. Los veréis en el Paraíso. Cuando asistas a la Santa Misa, renueva tu fe y medita en la Víctima que se inmola por ti a la Divina Justicia, para aplacarla y hacerla propicia. No te alejes del altar sin derramar lágrimas de dolor y de amor a Jesús, crucificado por tu salvación. La Virgen Dolorosa te acompañará y será tu dulce inspiración.
Padre, ¿qué es su Misa?
Una unión sagrada con la Pasión de Jesús. Mi responsabilidad es única en el mundo -decía llorando.
¿Qué tengo que descubrir en su Santa Misa?
Todo el Calvario.
Padre, dígame todo lo que sufre Vd. durante la Santa Misa.
Sufro todo lo que Jesús sufrió en su Pasión, aunque sin proporción, sólo en cuanto lo puede hacer una creatura humana. Y esto, a pesar de cada uno de mis faltas y por su sola bondad.
Padre, durante el Sacrificio Divino, ¿carga Vd. nuestros pecados?
No puedo dejar de hacerlo, puesto que es una parte del Santo Sacrificio.
¿El Señor le considera a Vd. como un pecador?
No lo sé, pero me temo que así es.
Yo lo he visto temblar a Vd. cuando sube las gradas del Altar. ¿Por qué? ¿Por lo que tiene que sufrir?
No por lo que tengo que sufrir, sino por lo que tengo que ofrecer.
¿En qué momento de la Misa sufre Vd. más?
En la Consagración y en la Comunión.
Padre, esta mañana en la Misa, al leer la historia de Esaú, que vendió su primogenitura, sus ojos se llenaron de lágrimas.
¡Te parece poco, despreciar los dones de Dios!
¿Por qué, al leer el Evangelio, lloró cuando leyó esas palabras: «Quien come mi carne y bebe mi sangre»...?
Llora conmigo de ternura.
Padre, ¿por qué llora Vd. casi siempre cuando lee el Evangelio en la Misa?
Nos parece que no tiene importancia el que un Dios le hable a sus creaturas y que ellas lo contradigan y que continuamente lo ofendan con su ingratitud e incredulidad. 
Su Misa, Padre, ¿es un sacrificio cruento?
¡Hereje!
Perdón, Padre, quise decir que en la Misa el Sacrificio de Jesús no es cruento, pero que la participación de Vd. a toda la Pasión si lo es. ¿Me equivoco?
Pues no, en eso no te equivocas. Creo que seguramente tienes razón.
¿Quién le limpia la sangre durante la Santa Misa?
Nadie.
Padre, ¿por qué llora en el Ofertorio?
¿Quieres saber el secreto? Pues bien: porque es el momento en que el alma se separa de las cosas profanas.
Durante su Misa, Padre, la gente hace un poco de ruido.
Si estuvieses en el Calvario, ¿no escucharías gritos, blasfemias, ruidos y amenazas? Había un alboroto enorme.
¿No le distraen los ruidos?
Para nada.
Padre, ¿por qué sufre tanto en la Consagración?
No seas malo... (No quiero que me preguntes eso...).
Padre, ¡dígamelo! ¿Por qué sufre tanto en la Consagración?
Porque en ese momento se produce realmente una nueva y admirable destrucción y creación.
Padre, ¿por qué llora en el Altar y qué significan las palabras que dice Vd. en la Elevación? Se lo pregunto por curiosidad, pero también porque quiero repetirlas con Vd.
Los secretos de Rey supremo no pueden revelarse sin profanarlos. Me preguntas por qué lloro, pero yo no quisiera derramar esas pobres lagrimitas sino torrentes de ellas. ¿No meditas en este grandioso misterio?
Padre, ¿sufre Vd. durante la Misa la amargura de la hiel?
Sí, muy a menudo...
Padre, ¿cómo puede estarse de pie en el Altar?
Como estaba Jesús en la Cruz.
En el Altar, ¿está Vd. clavado en la Cruz como Jesús en el Calvario?
¿Y aún me lo preguntas?
¿Cómo se halla Vd.?
Como Jesús en el Calvario.
Padre, ¿los verdugos acostaron la Cruz de Jesús para hundirle los clavos?
Evidentemente.
¿A Vd. también se los clavan?
¡Y de qué manera!
¿También acuestan la Cruz para Vd.?
Sí, pero no hay que tener miedo.
Padre, durante la Misa, ¿dice Vd. las siete palabras que Jesús dijo en la Cruz?
Sí, indignamente, pero también yo las digo.
Y ¿a quién le dice: «Mujer, he aquí a tu hijo»?
Se lo digo a Ella: He aquí a los hijos de Tu Hijo.
¿Sufre Vd. la sed y el abandono de Jesús?
Sí.
¿En qué momento?
Después de la Consagración.
¿Hasta qué momento?
Suele ser hasta la Comunión.
Vd. ha dicho que le avergüenza decir: «Busqué quien me consolase y no lo hallé». ¿Por qué?
Porque nuestro sufrimiento, de verdaderos culpables, no es nada en comparación del de Jesús.
¿Ante quién siente vergüenza?
Ante Dios y mi conciencia.
Los Ángeles del Señor ¿lo reconfortan en el Altar en el que se inmola Vd.?
Pues... no lo siento.
Si el consuelo no llega hasta su alma durante el Santo Sacrificio y Vd. sufre, como Jesús, el abandono total, nuestra presencia no sirve de nada.
La utilidad es para vosotros. ¿Acaso fue inútil la presencia de la Virgen Dolorosa, de San Juan y de las piadosas mujeres a los pies de Jesús agonizante?
¿Qué es la sagrada Comunión?
Es toda una misericordia interior y exterior, todo un abrazo. Pídele a Jesús que se deje sentir sensiblemente.
Cuando viene Jesús, ¿visita solamente el alma?
El ser entero.
¿Qué hace Jesús en la Comunión?
Se deleita en su creatura.
Cuando se une a Jesús en la Santa Comunión, ¿qué quiere que le pidamos al Señor por Vd.?
Que sea otro Jesús, todo Jesús y siempre Jesús.
¿Sufre Vd. también en la Comunión?
Es el punto culminante.
Después de la Comunión, ¿continúan sus sufrimientos?
Sí, pero son sufrimientos de amor.
¿A quién se dirigió la última mirada de Jesús agonizante?
A su Madre.
Y Vd., ¿a quién mira?
A mis hermanos de exilio.
¿Muere Vd. en la Santa Misa?
Místicamente, en la Sagrada Comunión.
¿Es por exceso de amor o de dolor?
Por ambas cosas, pero más por amor.
Si Vd. muere en la Comunión ¿ya no está en el Altar? ¿Por qué?
Jesús muerto, seguía estando en el Calvario.
Padre, Vd. ha dicho que la víctima muere en la Comunión. ¿Lo ponen a Vd. en los brazos de Nuestra Señora?
En los de San Francisco.
Padre, ¿Jesús desclava los brazos de la Cruz para descansar en Vd.?
¡Soy yo quien descansa en El!
¿Cuánto ama a Jesús?
Mi deseo es infinito, pero la verdad es que, por desgracia, tengo que decir que nada, y me da mucha pena.
Padre, ¿por qué llora Vd. al pronunciar la última frase del Evangelio de San Juan: «Y hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad»?
¿Te parece poco? Si los Apóstoles, con sus ojos de carne, han visto esa gloria, ¿cómo será la que veremos en el Hijo de Dios, en Jesús, cuando se manifieste en el Cielo?
¿Qué unión tendremos entonces con Jesús?
La Eucaristía nos da una idea.
¿Asiste la Santísima Virgen a su Misa?
¿Crees que la Mamá no se interesa por su hijo?
¿Y los ángeles?
En multitudes.
¿Qué hacen?
Adoran y aman.
Padre, ¿quién está más cerca de su Altar?
Todo el Paraíso.
¿Le gustaría decir más de una Misa cada día?
Si yo pudiese, no querría bajar nunca del Altar.
Me ha dicho que Vd. trae consigo su propio Altar...
Sí, porque se realizan estas palabras del Apóstol: «Llevo en mi cuerpo las señales del Señor Jesús» (Gal. 6, 17), «estoy crucificado con Cristo» (Gal. 2, 19) y «castigo mi cuerpo y lo esclavizo» (I Cor. 9, 27).
¡En ese caso, no me equivoco cuando digo que estoy viendo a Jesús Crucificado!
(No contesta).
Padre, ¿se acuerda Vd. de mí durante la Santa Misa?
Durante toda la Misa, desde el principio al fin, me acuerdo de ti.

La Misa del Padre Pío en sus primeros años duraba más de dos horas. Siempre fue un éxtasis de amor y de dolor. Su rostro se veía enteramente concentrado en Dios y lleno de lágrimas. Un día, al confesarme, le pregunté sobre este gran misterio:
Padre, quiero hacerle una pregunta.
Dime, hijo.
Padre, quisiera preguntarle qué es la Misa.
¿Por qué me preguntas eso?
Para oírla mejor, Padre.
Hijo, te puedo decir lo que es mi Misa.
Pues eso es lo que quiero saber, Padre.
Hijo mío, estamos siempre en la cruz y la Misa es una continua agonía.»

Tal visión interior y profunda que poseía el Padre Pío le había sido revelada directamente por el mismo Dios. Numerosas son las visiones místicas que tuvo. Por su especial relevancia con los sacerdotes, reproduzco la siguiente. Es una carta destinada a su director espiritual, datada el 19 de marzo de 1913, festividad de San José.
«En la mañana del viernes me encontraba todavía en el lecho cuando se me apareció Jesús. Se hallaba de mala traza y desfigurado, y me mostró una gran multitud de sacerdotes, religiosos y seculares, entre los cuales se hallaban varios dignatarios de la Iglesia. De todos ellos, unos estaban celebrando la Santa Misa, otros iban a celebrarla y otros más ya lo habían hecho.
La contemplación de Jesús así angustiado me causó mucha pena, por lo que quise preguntarle el motivo de tanto sufrimiento. No obtuve ninguna respuesta. Pero Él miraba a aquellos sacerdotes hasta que, como cansado de hacerlo, retiró la vista y, con gran espanto mío, pude apreciar que dos lágrimas le surcaban las mejillas. Se alejó de aquellos sacerdotes con expresión de gran disgusto y desprecio, llamándolos macellai [carniceros, en italiano]. [...]
Y vuelto hacia mí, dijo: “Hijo mío, no creas que mi agonía haya durado tres horas; no, yo estaré en agonía por motivo de las almas más favorecidas por mí hasta el fin del mundo. Durante el tiempo de mi agonía, hijo mío, no hay que dormir. Mi alma busca una gotita de compasión humana, pero ¡ay!, qué mal corresponden a mi amor. Lo que más me hace sufrir es que éstos, a su indiferencia añaden el desprecio y la incredulidad. ¡Cuántas veces estuve a punto de acabar con ellos, si no hubiesen detenido mi brazo los ángeles y las almas enamoradas!… Escribe a tu padre espiritual y refiérele esto que has visto y oído de mí esta misma mañana”.
Jesús continuó todavía, pero aquello que me dijo no podré manifestarlo a criatura alguna de este mundo. Esta aparición me causó tal dolor en el cuerpo, y mayor todavía en el alma, que durante todo el día sentí una gran postración, y hubiera creído morirme si el dulcísimo Jesús no me hubiese sostenido.
Estos desgraciados hermanos nuestros corresponden al Amor de Jesús arrojándose con los brazos abiertos en la infame secta de la masonería. Roguemos por ellos a fin de que el Señor ilumine sus mentes y toque sus corazones.»
Sobran comentarios al respecto, para describir el dolor de Nuestro Señor por la traición de los malos clérigos que lo manipulan, actuando como si no tuvieran fe, cosa que hoy vemos a diario. En particular, hay que nombrar los sufrimientos de Cristo por contemplar la infiltración de la masonería en el seno de la Iglesia, incluso en la cúspide de la jerarquía eclesiástica, donde no falta algún clérigo iluminado que quiere levantar la excomunión que cae ipso facto por pertenecer a ella.
San Pío de Pietrelcina vio venir esta crisis en la jerarquía eclesiástica, que hoy padecemos en nuestra Iglesia. Y, para ilustrarlo, valga esta anécdota de su vida, extraída de «La voce del Padre Pío», “Padre Pío de Pietrelcina” de Yves Chiron:
«El Padre Pío ya había expresado su descontento frente a los cambios introducidos por el Concilio Vaticano II cuando el cardenal Bacci fue a verlo a San Giovanni Rotondo. “¡Terminad con el concilio de una vez! ¡Por piedad, terminadlo pronto!”, le había dicho al cardenal.
Cuando el encargado de la Orden franciscana fue a San Giovanni Rotondo para pedirle oraciones al Padre para los “Nuevos Capítulos” el padre se enojó mucho. Apenas oyó el padre la palabra “nuevos capítulos” se puso a gritar: “¿Qué están combinando en Roma? ¡Ustedes quieren cambiar la regla de San Francisco! En el juicio final San Francisco no nos reconocerá como hijos suyos.” Y frente a la explicación de que los jóvenes no querían saber de nada con la tonsura ni con el hábito, el padre gritó: “¡Echadlos fuera! ¡Ellos se creen que le hacen un favor a San Francisco entrando en su Orden cuando en realidad es San Francisco quien les hace un gran don!”.
»

Como sabemos, la verdadera reforma pasa por la conversión de los corazones, no por el cambio de las estructuras. Si no abrimos el corazón a la gracia de Dios, todo lo demás es inútil.
Como me dijo un sacerdote amigo, el Padre Pío sufrió en su cuerpo lo que debemos sufrir espiritualmente aquellos que queremos ser fieles a lo que indignamente hemos recibido, y que queremos entregar a los que nos precederán.




[1] Este artículo fue publicado originalmente en la página Adelante la Fe, el día 23 de septiembre de 2017, como puede verse aquí.

jueves, 21 de septiembre de 2017

Congreso Summorum Pontificum



Se realizó en Roma, desde el jueves 14 al domingo 17 de septiembre de 2017, un Congreso por el décimo aniversario del Motu Proprio Summorum Pontificum, del Papa Benedicto XVI. La página oficial del evento puede consultarse aquí. Para consultar fotos y videos, puede verse aquí y aquí.
Las celebraciones que se llevaron a cabo fueron:
* Mons. Georg Gänswein presidió las vísperas de la Exaltación de la Cruz.
* Mons. Gilles Wach celebró una Misa solemnísima el 15 de septiembre. A continuación, el Cardenal Burke realizó una oración por el Cardenal Carlo Caffarra, fallecido la semana anterior.
* Mons. Guido Pozzo condujo la procesión de peregrinos por las calles de Roma hasta la basílica de San Pedro, donde celebró pontificalmente, el día sábado.
* El P. Dominique-Marie de Saint-Laumer celebra una Misa solemne en rito dominicano, como conclusión de dicho encuentro, el día domingo.


Se contó con exposiciones de Cardenales, Obispos y eruditos. El orden de las mismas fue el siguiente:
* Fr. Vicenzo Nuara, op: Palabras de acogida
* Mons. Guido Pozzo: Summorum Pontificum diez años después: balances y perspectivas
* Cardinal Gerhard Ludwig Müller: Dogma y Liturgia
* Don Marino Neri: Presentación de las Actas del cuarto coloquio romano sobre el motu proprio Summorum Pontificum de 2015
* Dom Jean Pateau: Los frutos de Summorum Pontificum para la vida monástica y sacerdotal
* Martin Mosebach: La santa rutina o el misterio de la repetición
* Cardinal Robert Sarah: El silencio y el primado de Dios en la santa liturgia
* Monseigneur Markus Graulich: Del indulto a una ley universal de la Iglesia: una lectura canónica del motu proprio
* Ettore Gotti Tedeschi: “La economía” de la liturgia

Aquí ofrecemos la conferencia del Cardenal Robert  Sarah, como continuación de la anterior, ya publicada aquí. Corrige falsas interpretaciones de su conferencia anterior, y vuelve a centrar en lo esencial: el primado de Dios en la vida litúrgica de la Iglesia.
La traducción es realizada desde aquí, haciendo la misma aclaración: que el texto ofrecido es provisional. Antes de extractos de esta conferencia (aquí, aquí y aquí). Ahora podremos tener acceso a la totalidad de la misma, gracias a la generosidad de Florencia Cabrera, a quien le agradezco su trabajo.


El silencio y el primado de Dios en la sagrada liturgia
Cardenal Robert Sarah


El primer sentimiento que quisiera expresar, a 10 años de la publicación del motu proprio Summorum Pontificum, es de profundo agradecimiento a Dios Todopoderoso. De hecho, con este texto Benedicto XVI quiso establecer un signo de reconciliación dentro de la Iglesia, uno que ciertamente ha dado muchos frutos y, que en la misma manera  el Papa Francisco, ha hecho suyo. Dios quiere la unidad de Su Iglesia, por lo cual rezamos en cada celebración Eucarística: nosotros estamos llamados a seguir persiguiendo este camino de reconciliación y unidad, para dar un testimonio cada vez más vivo de Cristo en el mundo de hoy.
Esta iniciativa del Papa Benedicto XVI encuentra plena correspondencia en una importante obra del entonces Cardenal Ratzinger. Menos de un año antes de su elección a la Cátedra de San Pedro, el cardenal se pronunció respecto a la «propuesta de algunos liturgistas católicos de adaptar definitivamente la reforma litúrgica al "cambio antropológico" de la época moderna y, así, construirla en sentido antropocéntrico». Ante esto expuesto el cardenal argumento:
«Si la Liturgia aparece como una construcción de nuestra propia actividad, entonces lo que es profundamente esencial está siendo olvidado: Dios. Porque la liturgia no es acerca de nosotros mismos, sino acerca de Dios. Olvidarse de Dios es el peligro más inminente de nuestra época. En contraposición a esto, la liturgia debe establecerse como un signo de la presencia de Dios. Sin embargo ¿Qué sucede si este hábito de olvidarse de Dios se acomoda dentro de la misma Liturgia y si en medio de ella nos encontramos pensando sólo en nosotros mismos? En cada reforma litúrgica, y en cada celebración litúrgica, el primado de Dios debe conservarse en el primer lugar.»
Olvidarse de Dios es el peligro más inminente de nuestra época”. Mis hermanos y hermanas, estas palabras, devastadoramente verdaderas cuando fueron escritas en Julio del 2004, se han ido convirtiendo en más y más mordaces, a medida que han pasado los años. Nuestro mundo de hoy está marcado por la plaga del terrorismo sin Dios, por el incremento de un secularismo cada vez más agresivo, un espíritu de consumismo individualista con respecto a la creación divina, bienes materiales e inclusive relaciones humanas, y finalmente de un increíble avance de la cultura de la muerte que pone en peligro el derecho a la vida, de nuestros hermanos y hermanas más vulnerables: los no nacidos, los enfermos y los ancianos.
En medio de este incremento de descreimiento de Dios, nosotros la santa Iglesia de Cristo, estamos llamados por la virtud de nuestro bautismo y por nuestra  vocación particular a anunciar y proclamar que “Cristo es la luz de las naciones” (Lumen Gentium, 1), e “invitar a todos los hombres al seno de la Iglesia” (Sacrosanctum Concilium, 1). Porque el camino de Cristo y su Iglesia, es el verdadero camino hacia la Verdad, la Belleza, la Bondad y por consecuencia, la última consumación, que es la vida eterna en comunión con Dios y todos los santos en el Cielo. Mientras que aquellos que quisieran caminar por el sendero trazado por el príncipe de las mentiras se arriesgan su entrada al infierno: el fruto prohibido del árbol de la sabiduría del bien y del mal, aceptando voluntariamente al pecado y al demonio, que conducen a la separación eterna de Dios y todos los santos.
Mis hermanos y hermanas, ¡nunca debemos olvidar estas verdades eternas! Nuestro mundo es más propenso a olvidarlas. En efecto, particularmente en occidente, nuestra sociedad busca esconder estas verdades de nosotros, para anestesiarnos con bienes aparentes  nos ofrece una interminable cacofonía de consumismo, para que no encontremos el tiempo ni el espacio para cuestionar sus supuestos y prácticas sin Dios. No debemos sucumbir a esto. Tenemos el deber incansable de anunciar la buena nueva del Evangelio: que el pecado y el mal han sido vencidos por nuestro señor Jesucristo, cuyo sacrificio en la Cruz nos ha permitido ganar el perdón que demandan nuestros pecados para así poder vivir gozosamente en este mundo con la esperanza de la vida eterna en el mundo venidero.
La Iglesia está llamada a anunciar esta buena notica en cada forma posible, a cada persona, en cada tierra y en cada época. Estos son los esfuerzos apostólicos y misioneros, que no son nada menos que el imperativo que se le ha dado a la Iglesia por nuestro Señor (Mt 28:19-20), están siendo predicados en una realidad mucho más grande: nuestro encuentro con nuestro Señor Jesucristo en la sagrada liturgia. Como el mismo Concilio Vaticano II enseñó: “La Liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza” (Sacrosanctum Concilium, 10).
Podríamos preguntarnos:  si la vitalidad misionera de la Iglesia ha disminuido en nuestros tiempos, si el testimonio de los Cristianos en un mundo cada vez más secularizado se ha debilitado cada vez más, si nuestro mundo directamente se ha olvidado de Dios, ¿acaso ocurre esto porque nosotros que estamos llamados a ser “ la luz del mundo” (Mt 5:14) no estamos participando en dirigir la actividad de la Iglesia que debería tener o no bebemos lo suficiente de la fuente de donde mana todo su poder y alegría que “se convertirá en manantial y brotara hasta la Vida Eterna”? (Jn 4:14)
Para el Papa Juan Pablo II, estas cuestiones no eran preguntas sino trágicos resultados de la crisis de Fe y además de nuestra traición al Concilio Vaticano Segundo. De hecho, el mismo dijo:
«En esta “nueva primavera” de la Cristiandad hay una innegable tendencia negativa, y el presente documento intenta ayudar a sobrepasar este hecho tan lamentable. La actividad misionera que está dirigida específicamente tanto “a todas las naciones” como (ad gentes) parece que mengua y esta tendencia ciertamente no está en línea con las directivas del Concilio y de los lineamientos subsiguientes del Magisterio. Dificultades tanto internas como externas han debilitado la verdad misionera de la Iglesia hacia las personas que no son cristianas, un hecho del cual debemos alertar a todas las personas que creemos en Jesucristo. Porque en la misma historia de la Iglesia, el impulso misionero siempre ha sido un signo de vitalidad, como su disminución es un signo de una crisis de Fe.»
Si esto es cierto, si la Iglesia de nuestro tiempo ha perdido tanto el celo como la eficacia para atraer a las personas a Cristo, una causa de esto,  puede llegar a ser nuestra falla en la manera en la que participamos en la Sagrada Liturgia de forma verdadera y eficaz, que tal vez ha llevado a una formación litúrgica deficiente e inadecuada – algo que ciertamente preocupa a nuestro Santo Padre, el Papa Francisco, quien ha expresado:
«Una Liturgia separada del culto espiritual corre el peligro de convertirse en algo vacío, alejándose del significado Cristiano del sentido sagrado, convirtiéndose en algo casi mágico y  estéticamente hueco. Como una acción del mismo Cristo, la Liturgia tiene un impulso interior de transformarse en los sentimientos de Cristo, y dentro de este dinamismo toda realidad es transfigurada”.»
«Nuestra vida cotidiana en nuestro propio cuerpo, en las pequeñas cosas, deben estar inspiradas, profusas, inmersas en la realidad divina, debe convertirse en una acción conjunta con Dios. Esto ni significa que debemos estar siempre pensando en Dios, pero que si debemos estar completamente penetrados por la realidad de Dios, de tal manera que toda nuestra vida, pueda llegar a ser una liturgia, una adoración continua…» (Benedicto XVI, Lectio Divina, en el Seminario de la Diócesis de Roma, 15 de febrero de 2012)
Es necesario reunir una voluntad renovada para continuar por el camino indicado por los padres conciliares, como vemos todavía hay mucho por hacer para una correcta y completa asimilación de la Constitución para la Sagrada Liturgia por parte de todos los bautizados como también de las comunidades eclesiales. Me estoy refiriendo, en particular, con el compromiso de una sólida y orgánica iniciación y formación litúrgica, tanto por parte de los fieles como así también del clero y personas consagradas.
Esto puede deberse, también, al hecho que a menudo la liturgia, tal como se celebra ahora, no se celebra con la fidelidad y la plenitud con la que quiere la Iglesia, sino que se celebra empobreciéndonos o privándonos de ese encuentro pleno con Cristo en la Iglesia, que es un derecho de todo bautizado. Muchas liturgias no son más que un teatro, una diversión mundana, con muchos discursos y gritos ajenos al misterio que se celebra, o con mucho ruido, danzas y movimientos corporales que se parecen a nuestras manifestaciones folclóricas. La liturgia debería ser, en cambio, el momento de encuentro personal e íntimo con Dios. África en especial, pero también Asia y América Latina, deberían reflexionar, con la ayuda del Espíritu Santo y con prudencia y la voluntad de llevar a los fieles cristianos a la santidad, acerca de su ambición humana de inculturar la liturgia, para así evitar la superficialidad, el folclore y la auto celebración cultural. Cada celebración litúrgica debe tener como centro a Dios, y solo a Dios, y nuestra santificación.
Hoy, en el décimo aniversario de la aplicación del Motu proprio Summorum Pontificum del Papa Benedicto XVI, surge a su vez la pregunta de la implementación de la reforma litúrgica que fue propuesta por el Concilio Vaticano II y que también uno podría llamar como la “caída” tanto litúrgica como pastoral de estos años. Porque, como el Cardenal Ratzinger escribió en 1997, “la verdadera celebración de la sagrada Liturgia es el centro de cualquier renovación dentro de la Iglesia”.

EL PRIMADO DE DIOS EN LA SAGRADA LITURGIA

En la cita del Card. Ratzinger con la cual inicie esta alocución, el mismo Cardenal pregunta: “¿Qué pasaría si el habito de olvidarse de Dios se acomoda en la Liturgia e inclusive si en la Liturgia solamente pensamos en nosotros mismos?”. Ésta pudiera parecer una pregunta muy extraña para hacer, pero pone al descubierto una tendencia cada vez en aumento en las recientes décadas, de planificar y celebrar celebraciones en las cuales el centro es en su mayoría la celebración de la comunidad, con la aparente exclusión de Dios de la misma. Y yo digo “aparente” porque no es mi intención juzgar las intenciones de aquellas personas que promueven o celebran este tipo de liturgias tan antropocéntricas: ellos mismos tal vez sean  las víctimas de una pobre e inclusive deficiente formación tanto teológica como litúrgica.
No obstante, este tipo de celebraciones son completamente inaceptables porque reducen algo que por su misma esencia es sobrenatural a algo meramente natural, lo cual es contrario a la enseñanza de la Constitución de la Sagrada Liturgia del Concilio Vaticano II (e inclusive antes de ésta, con la Encíclica Mediator Dei del Venerable Papa Pío XII) que:
“La Liturgia es considerada como un ejercicio del sacerdocio de Jesucristo. En ella los signos sensibles, significan y, cada uno a su manera, realizan la santificación del hombre, y así el Cuerpo Místico de Jesucristo, es decir, la cabeza y sus miembros, ejercen el culto público íntegro.
En consecuencia, toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdote y de su cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no iguala a otra acción de la Iglesia.» (Sacrosanctum Consillium, 7)
Como dije en la alocución de mayo del 2016 de Sacra Liturgia en Londres, Inglaterra:
«La liturgia católica es el lugar privilegiado en donde la acción salvadora de Cristo en el mundo de hoy se hace completamente evidente, mediante la participación real en donde recibimos su gracia y fuerza que son tan necesarias para nuestra perseverancia y crecimiento en la vida cristiana. Es el divino lugar instituido a donde vamos a cumplir nuestro deber ofreciendo un sacrificio a Dios, ofreciendo el Único y Verdadero sacrificio. Es en donde nos damos cuenta de nuestra profunda necesidad de adorar al Dios todopoderoso. La liturgia católica es algo sagrado, algo que es santo por su propia naturaleza. No es un encuentro ordinario y meramente humano.
… Dios, no el hombre, está en el centro de la Liturgia católica. Nosotros vamos a adorarlo a Él. La liturgia no es acerca de Ti o de Mí; no es el lugar donde celebramos nuestra identidad o nuestros logros o donde exaltamos o promovemos nuestra propia cultura y nuestras costumbres religiosas locales. La liturgia es principalmente y por sobre todas las cosas acerca de Dios y lo que Él ha hecho por nosotros. En su Divina Providencia, Dios Omnipotente fundo a la Iglesia e instituyo a la sagrada liturgia como un medio mediante el cual nosotros estamos llamados a ofrecerle una verdadera adoración de acuerdo a lo establecido en la Nueva Alianza por Cristo.
Por consiguiente, Dios debe estar en el primer lugar en cada elemento de nuestra celebración litúrgica. Por amor a Él y para rendirle culto de la manera más completa es por lo que separamos y consagramos a personas, lugares y cosas para Su servicio específico en la Sagrada Liturgia. Nuestro deseo de "osar lo más posible" (cf. Santo Tomás de Aquino, Secuencia de la Festividad del Corpus Christi: «Quantum potes, tantum aude: quia maior omni laude, nec laudare sufficis») para alabar y adorar a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo en la Sagrada Liturgia es, en sí mismo, un acto interior de culto. Naturalmente, esta disposición tiene que tener una expresión externa. Por esto, nuestras iglesias deberían ser bellas expresiones de nuestro amor a Dios; nuestros ministros -ordenados y laicos- deberían dedicar tiempo a probar y preparar todas sus acciones litúrgicas; del mismo modo, sus ornamentos deberían reflejar reverencia y estupor por los divinos misterios que tienen el privilegio de servir y administrar.
Todo lo que utilizamos en la liturgia debería, del mismo modo, resaltar el primado de Dios: nada es suficientemente bueno, hermoso y valioso para Su servicio. Incluso siendo humildes, según los medios que tengamos a nuestra disposición, nuestros vasos sagrados, ornamentos y demás objetos deberían ser de calidad, valiosos y hermosos, signos del amor y del sacrificio que ofrecemos a Dios Omnipotente por medio de ellos. Del mismo modo, nuestro canto y nuestra música deberían elevar los corazones y las mentes hacia Él y no -como sucede normalmente con demasiada frecuencia- reflejar meros sentimientos humanos y costumbres que prevalecen en nuestra sociedad y cultura actual.»
Ciertamente sabéis que en los últimos años he hablado a menudo de la importancia de restablecer la orientación hacia Oriente del sacerdote y los fieles; es decir, de dirigirse ad Deum o ad orientem durante la liturgia eucarística. Esta gestualidad está casi universalmente asumida en las celebraciones del usus antiquior -la forma antigua del Rito Romano- que, gracias al Motu proprio Summorum Pontificum del Papa Benedicto XVI, está libremente disponible para todos aquellos que deseen utilizar dicha forma. Pero esta antigua y hermosa práctica, que con tanta elocuencia manifiesta el primado de Dios Omnipotente en el corazón mismo de la Misa, no está restringuida al usus antiquior. Esta venerable práctica está permitida y es perfectamente apropiada e, insisto, es incluso pastoralmente recomendable y ventajosa, en las celebraciones del usus recentior, la forma más moderna del Rito Romano.
Alguno puede objetar que presto demasiada atención a los pequeños detalles, a las minucias, de la Sagrada Liturgia. Pero como cada marido y cada mujer saben, en toda relación de amor los detalles más minúsculos son importantes, porque en ellos y a través de ellos el amor se expresa y se vive día tras día. Las "pequeñas cosas" expresan y protegen, en la vida matrimonial, realidades más grandes. Lo mismo sucede en la liturgia: cuando sus pequeños rituales se convierten en rutina y ya no son actos de culto que expresan la realidad de mi corazón y de mi alma, cuando ya no presto atención a los detalles, cuando puedo hacer mucho más para preparar y celebrar la liturgia de manera más digna, más bella, pero no lo quiero hacer, entonces el gran peligro es que mi amor por Dios Omnipotente se enfríe. Tenemos que prestar mucha atención a esto. Nuestros pequeños actos de amor a Dios, cuando cuidamos con esmero lo que la liturgia necesita, son muy importantes. Si los descuidamos, si los rechazamos como detalles banales y puntillosos, podemos descubrir que casi sin darnos cuenta, como sucede a veces trágicamente en un matrimonio, que nos hemos separado de Cristo, sin siquiera darnos cuenta.
El Cardenal Ratzinger insistió que "en cada reforma litúrgica como así también en cada celebración litúrgica, el primado de Dios debe ser puesto como elemento principal". Si aplicamos este principio en cuestiones litúrgicas tanto las pequeñas como las grandes cosas, estarán empapadas del primado que Dios ciertamente se merece. Y de esta manera disfrutaremos la misma primacía en nuestros corazones y mentes. Ambos, nuestras celebraciones litúrgicas como nosotros mismos, nos convertiremos en bellos íconos de su presencia salvadora a través de la cual aquellos que no conocen a Cristo y a su Iglesia puedan encontrar el hermoso camino a la salvación.

LA LITURGIA ES SAGRADA
  
Esto de separar ciertas realidades para el culto a Dios Omnipotente, era algo demandado a nuestros ancestros judíos por el Señor, nuestro Dios, luego fue apropiado y adoptado por la Iglesia en los primeros siglos a medida que empezaba a gozar la libertad de celebrar el culto de manera pública. Usamos el término “consagrado” -que viene del verbo latino “sacrare”- para santificarse siendo utilizado o dedicado para un servicio en particular, describiendo a las personas, lugares o cosas y utilizándolas únicamente para la adoración a Dios Omnipotente.
Una vez que estos bienes que Dios ha creado fueron consagrados ya no se pueden utilizar para usos ordinarios o profanos; puesto que pertenecen a Dios. Esto hace referencia a los consagrados y consagradas, a los diáconos, sacerdotes y obispos, en los cuales, se debe (o al menos debería) verse reflejados en su vestimenta y comportamiento incluso cuando no están administrando la sagrada Liturgia. Uno de los tesoros del usus antiquior es el gran corpus de bendiciones y consagraciones de los elementos destinados al uso litúrgico como está dispuesto en el Rituale Romanum y en el Pontificale Romanum. Es tan conmovedor observar la revitalización de las costumbres de un seminarista pronto a ordenarse trayendo su cáliz y patena al obispo para la consagración antes de su ordenación. Y que hermosa expresión de Fe y amor, cuando nuevos ornamentos son generosamente ofrecidos para adorar a Dios Omnipotente, son traídos al sacerdote para que les dé la bendición de la Iglesia previamente a que sean utilizados.
Estos pequeños y muchas veces olvidados ritos y costumbres, nos enseñan elocuentemente que la Liturgia es, comprendido como un todo, algo esencialmente sagrado, algo que nos separa de nuestra forma de actuar diaria. De hecho, estos detalles nos hacen recordar que en la Sagrada Liturgia, como enseña el Concilio Vaticano II, es Dios quien actúa, no nosotros (Sacrosanctum Concilium, 7).
Es Él el que nos bendice con gracia, con la salvación, en nuestro propio medio, a través de la Sagrada Liturgia. Como el concilio enseña: “En consecuencia, toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia.” (Sacrosanctum Concilium, 7).
Entonces cuando una celebración condice con lo que debe ser constitutivamente, que es, para  “todo el culto público”  y una “acción sagrada por excelencia” (Sacrosanctum Concilium, 7), sólo puede manifestar y promover la adoración al Dios Uno y Trino, brillando en la majestuosidad de gestos y signos,  expresa como en realidad no es únicamente una acción humana, sino “ una obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Sacrosanctum Concilium, 7), educar al hombre para la vida eterna, que es fundamentalmente ordenado por Dios (ordo ad Deum). Este primado de lo Absoluto, de lo Eterno, es encontrado únicamente en la humilde vigilancia de los sacerdotes y laicos, que entienden que la Liturgia no es un lugar abierto a la creatividad o adaptación sino el lugar para lo que “ya ha sido dado”, donde el pasado, presente y futuro convergen en un instante que en realidad no tiene tiempo.
Antes de la teofanía de la zarza ardiente, el Señor instruyo a Moisés: “No te acerques hasta aquí. Quítate las sandalias, porque el suelo que estas pisando es una tierra santa” (Ex. 3:5). Este mismo requerimiento se aplica aún más específicamente en la presente teofanía de Dios hecho hombre para nuestra salvación que tiene lugar en cada parte del mundo cuando la Sagrada Liturgia es celebrada fielmente, acorde a las normas dispuestas por la Iglesia.
Pero hay una diferencia muy importante de la zarza ardiente: nosotros estamos invitados a “acercarnos”, estamos invitados a saciarnos del sagrado banquete sacrificial del Cuerpo y Sangre de nuestro Señor. ¡Esta  invitación sin precedentes no debe ser tomado tan a la ligera por nosotros! Profunda humildad y veneración ante Dios son requeridas si queremos participar plenamente en el banquete del Cordero, la fuente de la vida (Apoc. 19:9).
Esta invitación debe, sin embargo, suscitar nuestra generosidad. En respuesta de la invitación a la Cena del Cordero, estamos llamados a ofrecer al Señor nada menos que nuestras “bienes” (Prov. 3:9) tanto materiales como espirituales. Todos podemos contribuir, de acuerdo a nuestros medios, y a los talentos dados por Dios mismo, a la materia de la Liturgia. Pero no olvidemos nunca la enseñanza del sermón de la montaña, en que primero debemos reconciliarnos y liberarnos de todo resentimiento ante Dios antes de ofrecer nuestras ofrendas al altar (Mt 5:24). Ciertamente, todas nuestra ofrendas exteriores, incluyendo la que ofrecemos a través de cualquier ministerio litúrgico que ejerzamos, debe ser un reflejo de nuestra relación interior con el Señor. Deben presentarse con humildad al “sacrificio ofrecido” de “un corazón contrito y humillado” (Sal. 50:19). De otra manera, puede caerse en el riesgo de un ritualismo hueco, inclusive una forma de “materialismo litúrgico” o fariseísmo. Lo que le ofrecemos a Dios en la Sagrada Liturgia, lo que hacemos en servicio público a su Iglesia, debe ser el mejor del que seamos capaces, pero a su vez debe estar en completa armonía con nuestra vida cristiana tanto como de nuestra misión, de tal forma que nuestra acciones litúrgicas externas estén embebidas con una integridad que en sí misma es santa, sagrada, y que refleja el signo de la Gloria del Dios vivo trabajando por su Iglesia en el tiempo presente.

NUESTRA RESPUESTA EN EL ENCUENTRO CON LO SAGRADO: SILENCIO Y REVERENCIA
  
En el Apocalipsis, leemos que “cuando el Cordero abrió el séptimo sello, se produjo en el cielo un silencio, que duro alrededor de media hora” (Ap. 8:1). ¿Por qué este silencio, que viene después de la agitación cósmica que marco la apertura del sexto sello? Los eruditos nos dicen que es el silencio de la expectación, de la anticipación del Juicio de Dios a todos los mártires a lo largo de la historia de la Iglesia. Es el silencio del recogimiento, de la adoración, en la presencia silenciosa del Dios todopoderoso que está presente y a punto de actuar.
Cuando encontramos lo sagrado, cuando llegamos a estar cara a cara con Dios, espontáneamente nos quedamos en silencio y nos arrodillamos en adoración. Nos arrodillamos en señal de estupor y de humilde sumisión ante nuestro Creador. Con reverencia y anticipadamente esperamos su Palabra, su acción salvífica. Estas son disposiciones fundamentales cuando nos acercamos a la Sagrada Liturgia. Si estoy tan lleno de mí mismo y del ruido del mundo, si no hay espacio dentro de mí para el silencio, es prácticamente imposible que pueda rendir culto a Dios Omnipotente, que pueda escuchar su Palabra o dejar espacio para que ésta penetre en mi vida.
Como Romano Guardini dice: “si alguien me pregunta como empieza la vida litúrgica, yo debería contestar: aprendiendo de la quietud. Sin esto, todo permanece superficial, vano”. Pero ¿Qué es el silencio? El silencio es la calma de la vida interior, la profundidad de una corriente escondida, es la presencia creciente de  franqueza y disponibilidad. Únicamente el silencio puede construir lo que sustentara a la sagrada celebración, que es la comunidad litúrgica, y crear el espacio en donde la celebración dará fruto: la Iglesia. Puede decirse sin temor a exagerar que el silencio es el primer acto del servicio sagrado.
Ahora, sin embargo, considerémoslo desde otro punto de vista; el silencio involucra una relación muy cercana con el acto verbal y con la Palabra misma. Una palabra no adquiere la importancia y el poder que le son propios a menos que surjan del silencio, pero el caso opuesto también es cierto en este caso: para que el silencio sea fructífero y que adquiera su poder creativo, es necesario que la palabra sea expresada en una palabra hablada. Aunque, mucho de la Liturgia consiste en palabras expresadas por Dios o dirigidas a Él, siempre es muy necesario practicar el silencio por el beneficio de la palabra misma, y callar el ruido en cualquier celebración litúrgica. El ruido, de hecho, mata a la liturgia, mata a la oración, nos desgarra y exilia lejos de Dios, quien no habla en el viento impetuoso y en los terremotos, cuya fuerza y violencia quiebra montañas y rompe piedras, pero habla con la voz sutil del silencio (1 Rey. 19:12). La importancia del silencio para las celebraciones sagradas jamás debe ser subestimada, sea durante la preparación o la ejecución de la misma. El silencio revela la fuente interior, que engendra la palabra antes de hacerse oración, alabanza y adoración silenciosa.
El silencio es la clave: el silencio de la verdadera humildad ante mi Creador y Redentor, que expulsa el orgullo y aleja el clamor del mundo. Las exigencias de mi vocación pueden exigir mucha actividad por mi parte y pueden, también significar que estoy rodeado a diario del ruido del mundo. Dios me entrega unos dones que pueden proporcionarme sólo alabanzas por lo que he conseguido hacer a su servicio. Pero también en estas circunstancias es posible preservar el silencio de la verdadera humildad ante Dios. De hecho, dicha actitud es absolutamente necesaria si tengo que rendirle culto a Él y no a mi persona y, aún menos, a otros.
En cuanto a la realización y celebración de la Iglesia de las realidades más sagradas que podemos encontrar en esta vida, nuestros ritos litúrgicos deben estar embebidos, en sí mismos, de este silencio y reverencia hacia Dios. Me refiero más a la consistencia del luminoso, del trascendente que a la imposición de momentos específicos de silencio, que muchas veces pueden resultar artificiales. Así, puedo estar silencioso en el corazón, en la mente y en el cuerpo pero, al mismo tiempo, puedo estar preso del estupor de Dios en la Sagrada Liturgia, siempre que sea celebrada de manera excelente y con esa multiplicidad de ritos que lo facilita. La solemne celebración de la Santa Misa en el usus antiquior es un magnífico paradigma de esto porque con sus ricos contenidos y los diversos puntos de unión con la acción de Cristo, permite que alcancemos ese silencio. Todo esto es verdaderamente un tesoro, con el cual pueden enriquecerse algunas celebraciones del usus recentior, que a veces, por desgracia, son anodinas y ruidosas.
Del mismo modo, los ministros litúrgicos deben preparase y celebrar los ritos litúrgicos con la misma disposición de estupor, reverencia y silencio. Debemos ser humildes y manifestar un profundo respeto por la Sagrada Liturgia tal como la hemos recibido de la Iglesia. El Concilio Vaticano II insiste que, además de las autoridades pertinentes constituidas, «nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia en la Liturgia». No nos corresponde a nosotros reescribir los libros litúrgicos a causa de nuestro orgullo o del de los otros, que piensan que pueden hacer las cosas mejor que la Iglesia. Es menos probable encontrar esta tentación entre quienes usan los libros litúrgicos más antiguos, que entre quienes usan los nuevos. Las prácticas litúrgicas no autorizadas son como notas discordantes en la sinfonía de los ritos de la Iglesia y producen un ruido que trastorna las almas. Esto no es creatividad, ni siquiera es pastoral. No: una fidelidad fundada en la humildad, el estupor y el silencio del corazón, de la mente y del alma es todo lo que se requiere de cada uno de nosotros en relación a los ritos de la Iglesia. ¡No permitamos que el pecado de orgullo litúrgico arraigue en nuestras almas!
Cuando el profeta Elías fue llamado para conocer al Señor en Horeb, “Y en ese momento el Señor pasaba. Sopló un viento huracanado que partía las montañas y resquebrajaba las rocas delante del Señor. Pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento, hubo un terremoto. Pero el Señor no estaba en el terremoto. Después del terremoto se encendió un fuego. Después del fuego, se oyó el rumor de una brisa suave.” (1 Rey 19:11-12). Y fue en esa pequeña y casi imperceptible brisa que Elías encontró al Señor. Mis hermanos y hermanas, es completamente imperativo que atendamos a esta pequeña brisa, que nos habla tan suave, calmada y amorosamente en la Sagrada Liturgia de la Iglesia, con tanta humildad, silencio y reverencia hacia Dios, lo que nos permite a nosotros escucharla y vivir de esta manera, Su Palabra de manera más fructificante.

EL SILENCIO DEL CORAZÓN, MENTE Y ALMA: LA LLAVE PARA PARTICIPAR EN LA LITURGIA

Silencio del corazón, de la mente y del alma: ¿acaso no son estas las claves para alcanzar cuanto deseaban el movimiento litúrgico del siglo XX y los Padres del Concilio Vaticano II, es decir, la participación plena, consciente y activa en la Sagrada Liturgia? Entonces, ¿cómo puedo participar provechosamente en los Sagrados Misterios si mi corazón, mi mente y mi alma están bloqueados por la obstrucción del pecado, obscurecidos por el tumulto del mundo y pesan por cosas que no son de Dios?
Cada uno de nosotros necesita un espacio interior para acoger al Señor, que está obrando en los ritos de su Santa Iglesia. En el mundo moderno, esto requiere un esfuerzo por nuestra parte. En primer lugar, tengo que purificar mi alma o, mejor, dejar que Dios Omnipotente la purifique a través del sacramento de la Penitencia, celebrado con frecuencia, total y humildemente. Mientras el pecado reine en mi corazón, no puedo conseguir nada de la «fuente primaria y necesaria de donde han de beber los fieles el espíritu verdaderamente cristiano». (Sacrosanctum Concilium, 14). 
En segundo lugar, debo -de alguna manera- intentar apartar, aunque sea temporalmente, al mundo y sus continuos estímulos. No puedo participar plena y provechosamente en la Sagrada Liturgia si el centro de mi atención está desplazado hacia otro lugar. Todos nos hemos beneficiado de los progresos de la tecnología moderna, pero los muchos (¿tal vez demasiados?) medios tecnológicos de los que dependemos pueden dominarnos en un flujo constante de comunicación y de peticiones de respuesta inmediata. Debemos dejar atrás todo esto si queremos celebrar la liturgia correctamente. Tal vez rezar teniendo el breviario en el móvil, o en el IPad, sea muy cómodo y práctico, pero no es digno y desacraliza la oración. Este aparato no es un instrumento consagrado y reservado para Dios, ¡ pero lo utilizamos para Él y para las cosas profanas! Hay que apagar los instrumentos electrónicos o, mejor aún, hay que dejarlos en casa cuando vamos a rendir culto a Dios. He hablado antes de lo inaceptable que es hacer fotografías durante la Sagrada Liturgia y del escándalo que supone que sean clérigos vestidos para el servicio litúrgico quienes las hagan. No podemos centrar nuestra atención en Dios si estamos ocupados con otras cosas. No podemos escuchar a Dios, que nos habla, si estamos ocupados hablando con otro, o nos comportamos como un fotógrafo.
Tampoco podemos escuchar la voz de Dios, o prepararnos adecuadamente a hacerlo, si nuestros hermanos y hermanas están, en la iglesia, distraídos u ocupados y haciendo ruido. Ésta es la razón por la cual el silencio y la calma son tan importantes en nuestras iglesias antes, durante y después de las celebraciones litúrgicas. ¿Cómo podemos esperar en centrar nuestra atención, interiormente, en Dios si lo que experimentamos en nuestras iglesias es sólo distracción, agitación y ruido? Diciendo esto no pretendo excluir el órgano u otro tipo de música apropiada, que puede ayudar a la oración silenciosa y a la contemplación, y que puede servir para cubrir el ruido de fondo de gente que entra, etc. Pero estoy convencido que tenemos que hacer un esfuerzo para que nuestras iglesias, incluidos la sacristía y el presbiterio, no sean lugares para charlar, para prepararse de prisa y corriendo en el último minuto o, simplemente, para las relaciones sociales. Nuestras iglesias son lugares privilegiados en las que nuestra atención debe centrarse en lo que estamos a punto de celebrar. Podemos y, justamente, lo hacemos, socializar más tarde, en cualquier otro lugar. El silencio devoto en la iglesia y en la sacristía debería ser, en sí mismo, una escuela de participatio actuosa, en cuanto nos lleva a ese silencio del corazón, de la mente y del alma tan necesario si tenemos que recibir lo que Dios Omnipotente desea ofrecernos a través de la Sagrada Liturgia. Si realmente es necesario comunicar algo, hay que hacerlo con reverencia y respeto, tanto por el lugar en el que uno se encuentra, como por la acción que estamos a punto de realizar.
En tercer lugar, cuando me dispongo a acceder al altar de Dios, antes de llegar tengo que abandonar mis preocupaciones, por muy pesadas y mundanas que sean. Esto es, ante todo, un acto de fe en el poder y la gracia de Dios. Es posible que esté totalmente agotado y distraído por las tareas que debo llevar a cabo en el mundo. Es posible que esté profundamente preocupado por mí o por otra persona. Tal vez estoy sufriendo íntimamente a causa de una tentación o una duda; o estoy herido por el mal o por cualquier injusticia perpetrada contra mí o contra otros hermanos y hermanas en la fe. Ciertamente, es justo que persevere en soportar estas preocupaciones: ésta es una parte importante de mi vocación cristiana. Sin embargo, cuando llego a la Sagrada Liturgia, debo depositar con fe estas cosas a los pies de la cruz y dejarlas allí. Dios sabe la carga que debo soportar. Y sabe más que yo cuánto me cuesta llevarla. En el silencio que se crea cuando el alma pone a los pies del Señor las propias preocupaciones, Él desea comunicarme Su amor a través de los ritos en los que estoy a punto de participar. Él desea renovarme, incluso re-crearme, para que yo pueda cumplir con lo que mi vocación me pide con nueva fuerza y valor evangélico.
La participación plena, consciente y activa en la Sagrada Liturgia es predicada en nuestra misma capacidad de participar, en nuestra receptividad y aceptación de lo que Dios Omnipotente desea entregarme. Nuestra receptividad depende de nuestra propia docilidad, en el silencio de nuestra alma, mente y corazón. Alcanzar esto tanto personalmente como en los lugares donde celebramos los ritos de la Santa Iglesia, requiero muchísimo esfuerzo y disciplina desde nuestra parte como así también desde los pastores y rectores de la Iglesia. Si nosotros no hacemos este esfuerzo, el deseo del Concilio de una participatio actuosa se verá frustrado. Pero cuando estamos en presencia del silencio, cuando nuestros corazones, mentes y almas humildemente se vuelcan al trabajo del Señor en la Sagrada Liturgia, nuestro encuentro con El gozara de una intimidad que no puede hacer otra cosa que sacar fruto en nuestras vidas cristianas como también en nuestra misión en el mundo.

ALGUNAS REFLEXIONES ACERCA DEL DÉCIMO ANIVERSARIO DEL SUMMORUM PONTIFICUM

Antes de concluir quisiera ofrecer unas reflexiones específicas sobre lo que estamos celebrando hoy, el décimo aniversario de la ejecución del Motu proprio Summorum Pontificum.
La legislación que permite la puesta en práctica del usus antiquior del Rito Romano establecido por el Papa Benedicto XVI, en el Motu Proprio Summorum Pontificum, declara que la forma más antigua de la Santa Misa nunca fue “abrogado”, y establece en la Carta a los Obispos en ocasión de la publicación del mismo documento:
"En la historia de la Liturgia hay crecimiento y progreso pero nunca ruptura. Lo que para las generaciones anteriores era sagrado, también para nosotros permanece sagrado y grande y no puede ser de improviso totalmente prohibido o incluso perjudicial. Nos hace bien a todos conservar las riquezas que han crecido en la fe y en la oración de la Iglesia y de darles el justo puesto. Este asunto tiene como motivo principal llegar a una reconciliación interna en el seno de la Iglesia." (Benedicto XVI, Carta a los obispos con ocasión de la publicación del Summorum Pontificum, 7 de julio de 2007).
Ciertamente,  lo que estableció el Summorum Pontificum acerca de que los ritos antiguos de la Santa Misa así también como los sacramentos, están disponibles libremente para todos los fieles a Cristo que los requieran, sean laicos, clero y religiosos, lo que intentaba hacer, y ha logrado de sobremanera, es terminar con el escándalo y las terribles divisiones en el Cuerpo de Cristo que han surgido debido a la reforma litúrgica que siguió al Concilio. Como bien sabemos, todavía hay muchas cosas por hacer para alcanzar la plena reconciliación que el Papa Benedicto XVI tanto deseaba, y cuyo trabajo el Papa Francisco ha continuado, así también nosotros debemos rezar y trabajar conjuntamente para lograr esta reconciliación por el bien de las almas, por el bien de la Iglesia para que nuestro testimonio y misión como Cristianos, en este mundo sea cada vez más firme.
La carta del Papa Benedicto XVI que acompañó a la publicación del Summorum Pontificum también ha denotado otro fenómeno interesante: "se ha visto claramente que también personas jóvenes descubren esta forma litúrgica, se sienten atraídos por ella y encuentran en la misma una forma, particularmente adecuada para ellos, de encuentro con el Misterio de la Santísima Eucaristía." Este hecho es una verdad que se ha ido incrementando a lo largo de todo el mundo. Es un fenómeno que muchos de mi propia generación encuentran muy difícil de entender. Sin embargo, sé y puedo dar testimonio de la sinceridad así también como de la devoción de estos jóvenes hombres y mujeres, sacerdotes y laicos. Me regocijo ampliamente en las numerosas vocaciones hacia el sacerdocio y la vida consagrada que han surgido de comunidades que celebran el usus antiquior.
Para aquellos que todavía tienen dudas acerca de esto, les diré: que visiten estas comunidades y lleguen a conocerlos, especialmente a los jóvenes. Abran sus corazones y mentes a la Fe de estos jóvenes hermanos y hermanas nuestros, y al bien inmenso que hacen. Ellos no están ni nostálgicos, ni amargados, ni entorpecidos por las batallas eclesiales de las últimas décadas; ellos mismos están llenos del gozo de vivir una vida llena de Cristo en medio de los desafíos del mundo de hoy. Para aquellos que todavía encuentran esta realidad difícil de comprender, me gustaría recordar la enseñanza de Gamaliel “el doctor de la ley, respetado por todo el pueblo” hablando en el Senedrín ante el Senado y los Sumos Sacerdotes  cuando los Apóstoles estaban siendo perseguidos :”… No os metáis con esos hombres y dejadlos en paz, porque si lo que ellos intentan hacer viene de los hombres, se destruirá por sí mismo, pero si verdaderamente viene de Dios, vosotros no podréis destruirlos y correréis el riesgo de embarcarse en una lucha contra Dios.” (Hech. 5:38-39).
Me gustaría agregar una apelación a todos los pastores de almas y particularmente a mis hermanos obispos: estas personas, estas comunidades, tienen una gran necesidad de nuestro cuidado paternal. Po lo tanto, no debemos permitir que por nuestras preferencias personales o malentendidos pasados, mantengamos alejados a las personas de los ritos litúrgicos antiguos. Nosotros como sacerdotes y obispos, estamos llamados a ser ministros e instrumentos de la reconciliación y comunión en la Iglesia de todos los fieles  de Cristo, incluyendo a aquellos que deseen celebrar de acuerdo a la forma antigua del Rito Romano. Queridos hermanos sacerdotes, queridos hermanos en el episcopado, les pido humildemente y en comunión con nuestra Fe, que sigamos las palabras del Papa Benedicto XVI, "Abramos generosamente nuestro corazón y dejemos entrar todo a lo que la fe misma ofrece espacio." (Carta a los Obispos con la ocasión de la publicación del Summorum Pontificum, del 7 de julio de 2007).
El usus antiquior debe ser visto como una parte normal de la vida de la Iglesia del Siglo XXI. Estadísticamente puede llegar a permanecer como una pequeña parte de la vida de la Iglesia, como fue previsto por el Papa Benedicto XVI, pero esto no significa que  debe ser visto como algo inferior o de “segunda clase”. No debe haber una competencia entre las formas nuevas y las formas antiguas del Rito Romano: ambos deben comportarse como elementos naturales de la vida de la Iglesia de nuestros tiempos. ¡Cristo nos llama a la unidad, no a la división! ¡Todos somos hermanos y hermanas en la misma Fe no importando que forma del Rito Romano celebremos!
No obstante, puede haber una relación de enriquecimiento mutuo entre las dos formas. Permanece la cuestión de una más fiel implementación de la reforma litúrgica deseada por los Padres del Concilio Vaticano II, a la que hice referencia el año pasado en Londres. A veces a esto se le llama la cuestión de la "reforma de la reforma", si bien dicha expresión, a algunas personas, les infunde temor. Aunque reconozco la necesidad de estudiar y profundizar dichas cuestiones, prefiero hablar de un "enriquecimiento positivo" a través del cual los elementos positivos presentes en el usus antiquior puedan enriquecer al recentior, y viceversa.
Por ejemplo: el silencio orante de las oraciones del ofertorio y el Canon Romano, ¿podrían incluirse para enriquecer la forma ordinaria? En nuestro mundo tan lleno de palabras -y cada vez lo está más-, lo que se necesita es más silencio, también en la liturgia. El silencio ritual en estas partes de la Misa en la forma extraordinaria es fecundo: las almas de las personas son capaces de elevarse hacia las cosas celestes porque hay un espacio que permite hacerlo. La disciplina del "silencio" verbal y ritual, de la que está impregnado el usus antiquior del Rito Romano, que permite escuchar más claramente al Señor, es también un tesoro que hay que compartir y apreciar en nuestro modo de celebrar según el usus recentior. De igual manera, el misal antiguo se puede ver beneficiado de la adición de las Misas feriales en Adviento como así también de la expansión del leccionario en las ferias, no en forma de imposición de lo nuevo sobre lo viejo, sino como una especie de "puntos extras", que lleve a un enriquecimiento genuino y un desarrollo orgánico del rito para la gloria del Dios Omnipotente y la salvación de las almas.
Soy consciente que en esta área puede haber muchas sensibilidades en las cuales no debemos provocar más daños pastorales haciendo cambios litúrgicos sin el cuidadoso estudio y la debida preparación y formación. Estoy exponiendo estas cuestiones simplemente como posibilidades a tener en consideración: hay muchas otras que también merecen ser discutidas.
En julio hable de la futura reconciliación entre las dos formas del Rito Romano. Algunos han interpretado esta expresión de opinión personal como la anunciación de un programa que terminaría con la futura imposición de un rito hibrido que llevaría a un compromiso dejando a todos infelices y que por consecuencia aboliría el usus antiquior como se conoce. Esta no es la interpretación que yo pretendía. Lo que si deseo, es envalentonar a un pensamiento y estudio mucho más profundo de estas cuestiones hechas con total paz y tranquilidad, en medio de un espíritu de oración y discernimiento. Hay muchas mejoras que pueden hacerse a ambas formas del Rito Romano que se celebran hoy en día, y ambas formas pueden contribuir a esto en su correcta medida. Como algunos prefieran hablar de la “reforma de la reforma”, como el enriquecimiento positivo o como una reconciliación litúrgica, la realidad subyacente permanece y se debe dirigir con calma y con la debida caridad. Ninguno, sin embargo, debe temer que algo pueda llegar a perderse, porque como ha insistido el Papa Benedicto XVI en su carta acompañando al Summorum Pontificum: "Lo que para las generaciones anteriores era sagrado, también para nosotros permanece sagrado y grande y no puede ser de improviso totalmente prohibido o incluso perjudicial."
Déjenme también ser muy claro en otra cuestión: hablando de enriquecimiento litúrgico, el Prefecto de la Congregación para el culto divino y la Disciplina de los Sacramentos, no está abogando o mucho menos autorizando a una aproximación á la carte de cualquier libro litúrgico sea nuevo o antiguo. ¡Nada más alejado a eso! Debemos tener una gran paciencia mientras la Iglesia considera que es lo mejor en estas cuestiones para un futuro desarrollo, así como también debemos esperar para directivas formales. Como ya he denotado, no somos libres de tomar decisiones o acciones por nosotros mismos para cambiar o modificar de alguna manera los libros litúrgicos provistos.
Me gustaría dirigir una palabra paterna a todos aquellos que están vinculados a la forma más antigua del Rito Romano. Se trata de esto: algunas personas, no muchas, os llaman "tradicionalistas". Hay veces en que también vosotros utilizáis esta expresión para referiros a vosotros mismos, llamándoos "católicos tradicionalistas", o, análogamente, ponéis un guión entre los dos términos. Por favor, no lo volváis a hacer. No estáis encerrados en una caja situada en un estante de una librería o en un museo de curiosidades. No sois tradicionalistas: sois católicos del Rito Romano como yo y como el Santo Padre. No sois de segunda clase o, de alguna manera, miembros particulares de la Iglesia Católica en razón de vuestro culto y vuestras prácticas espirituales, que han sido las de innumerables santos. Habéis sido llamados por Dios, como todos los bautizados, a ocupar vuestro lugar en la vida y la misión de la Iglesia en el mundo de hoy, no para permanecer recluidos -o, peor, retirados- en un gueto en el que reinan una actitud defensiva y de introspección que ahogan el testimonio y la misión cristiana hacia el mundo, a los que vosotros también habéis sido invitados.
Si diez años después de su promulgación, el Motu proprio Summorum Pontificum significa algo, es precisamente esto. Si aún no habéis abandonado las cadenas del "gueto tradicionalista", por favor, hacedlo hoy. Dios Omnipotente os llama a hacerlo. Nadie os robará el usus antiquior del Rito Romano, pero muchos se beneficiarán, en esta vida y en la futura, por vuestro fiel testimonio cristiano que tendrá mucho que ofrecer, considerando la profunda formación en la fe que os han dado los antiguos ritos y el ambiente espiritual y doctrinal a ellos vinculados. Como el Señor nos enseña en el discurso de las Bienaventuranzas: «Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de la casa.» (Mt 5:15). Ésta es, queridos amigos, vuestra verdadera vocación. Ésta es la misión a la que os ha llamado, y os llama, la Divina Providencia al suscitar, en el tiempo oportuno, el Motu proprio Summorum Pontificum.

CONCLUSIÓN

“Olvidarse de Dios es el peligro más inminente de nuestra época” escribió el Cardenal Ratzinger. Mis hermanos y hermanas, a medida que celebramos el décimo aniversario del Summorum Pontificum y damos gracias por la libertad y vida nueva que esto ha traído al culto del Iglesia como así también a su misión en la década pasada, que no nos quepa la duda de que ciertamente estamos viviendo en una época sin Dios.
“En contraposición a esto, la Liturgia debe ser aplicada como un signo de la presencia de Dios”. Continuaba el cardenal. No puede haber margen de duda que la sacralidad tangible del usus antiquior del Rito Romano sirve a este propósito efectivamente, particularmente en los cantos y celebraciones solemnes. Adicionalmente, su silencio tan disciplinado y sagrado sirve para recordarnos que en cada celebración litúrgica “el primado de Dios debe mantenerse en primer lugar”.
Hoy, al celebrar una fiesta tan bella como lo es la exaltación de la Santa Cruz, y mañana al arrodillarnos silenciosamente a los pies de la Cruz con Nuestra Señora de los Dolores, imploremos al Señor que subió a la Cruz en un símbolo de amor sacrificial por nosotros y su Iglesia, podamos regocijarnos en una profunda y autentica renovación en su culto sagrado , para que podamos ir al encuentro  al mundo con un vigor renovado para anunciar la buena noticia:  el pecado y la muerte han sido vencidos por nuestro Señor Jesucristo, cuyo sacrificio en la cruz nos ha obtenido el perdón por nuestros pecados como así también la esperanza en la vida eterna.
Agradezco a vosotros vuestra amable atención. Os bendigo a cada uno de vosotros como así también a vuestros diferentes apostolados, y humildemente os pido sus oraciones, como así también a vuestras comunidades por mí mismo y mi ministerio.


Cardenal Robert Sarah

Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos