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viernes, 14 de junio de 2024

Elogio del Maestro Cristiano

 

Discurso de acción de gracias de San Gregorio Taumaturgo dirigido a Orígenes, después de asistir a sus lecciones durante muchos años, pronunciado en Cesarea de Palestina, cuando iba a marchar para su patria[1]

 

“Me propongo, en efecto, hablar de un hombre que parece y aparece realmente como un hombre; mas para quienes son capaces de contemplar la grandeza de su espíritu, hombre dotado ya de dotes superiores que lo acercan a la divinidad.”

“Ahora tengo que recordar lo que hay de más divino en este hombre, lo que en él hay de emparentado con Dios, encerrado, desde luego, en la apariencia mortal, pero que tiende con la mayor violencia a asemejarse a Dios; ahora tengo que tocar de un modo u otro cosas superiores, y dar por ello gracias a la divinidad de que me hiciera merced de encontrarme con hombre tal, contra toda esperanza de hombres, de los otros y de mí mismo, que jamás me propuse ni soñé cosa semejante.”

“También nos hincó el aguijón de la amistad, y no un aguijón fácil de arrancar, sino agudo y eficacacísimo, el de su propia destreza y buena voluntad, que nos parecía patente en sus propias palabras cuando hablaba y conversaba con nosotros. Y es así que no trataba de envolvernos vanamente con sus discursos, sino de salvarnos con hábil, humana y bondadosísima intención, y de hacernos partícipes de los bienes de la filosofía, y señaladamente de aquellos otros de que a él solo, con ventaja sobre muchos y tal vez sobre todos los hombres que hoy viven, le hizo merced la divinidad: el maestro de la piedad, la palabra saludable, que a muchos llega y subyuga a todos los que llega… Así, pues, como una centella, caída en medio de nuestra alma, se encendió e inflamó el amor al Logos mismo sagrado y amabilísimo, que, por su inefable hermosura, lo atrae todo, y el amor a este hombre amigo e intérprete suyo.

Herido yo principalmente de este amor, me decidí a renunciar a todo lo que parecía atraerme, cosas y estudios, entre ellos los de mis hermosas leyes, así como a mi patria y parientes, a los que aquí estaban y a los que dejé en mi viaje. Sólo una cosa me era ya cara y amada, la filosofía, y este hombre divino, maestro de ella. Y se pegó el alma de Jonatás a David (1 Rey. 18, 1).”

“A estilo muy socrático nos impresionaba a veces, y otras nos derribaba al suelo con su discurso, si alguna vez nos veía de todo punto desenfrenados, como caballos salvajes que saltábamos fuera del camino y corríamos desbocados de acá para allá, hasta que, con persuasión y fuerza, como por un freno, que es la palabra de nuestra boca, con él nos sujetaba y apaciguaba. La cosa no fue fácil ni sin dolor al principio, pues dirigía sus discursos a quienes no estaban aún acostumbrados ni ejercitados en seguir la razón; pero, a la postre, nos purificaba.”

“Educaba racionalmente aquella parte de nuestra alma, a la que atañe juzgar sobre dicciones y razones; no según los juicios de los buenos retóricos u oradores, sobre si la dicción es helénica o bárbara; ésa es enseñanza mínima e innecesaria.”

“Pero nos inculcaba sobre todo lo que es culminación de todas las cosas, lo que constituye el blanco a que apunta todo el trabajo de la casta de los filósofos, que, como de plantación varia, que son las otras disciplinas todas y el largo estudio de la filosofía, recoge los buenos frutos de las divinas virtudes morales, de las que nace la disposición tranquila y constante de las mociones del alma. Así se esforzaba por hacernos insensibles al dolor e indiferentes a los males todos, disciplinados y constantes y semejantes a Dios y realmente bienaventurados.”

“Éste [el Maestro Orígenes]… no se contentaba con explicarnos con sus palabras la teoría de las virtudes, sino que nos exhortaba también a su práctica, y nos exhortaba más con su ejemplo que con sus palabras.”

“Este… fue el primero que me exhortó con sus palabras, pero a la exhortación de palabra había precedido la de los hechos… Yo quería decir que de sí mismo sacaba un ejemplar del sabio; pero nuestro discurso prometió desde el comienzo decir verdad, y no pompa o afectación; por eso no hablo aún de ejemplar de sabio, por más que lo quisiera decir y es verdad… A las obras encaminaba también los discursos, y no pequeña parte de la virtud y hasta, si lo comprendimos bien, tal vez la virtud entera poníala en la teoría o contemplación misma; pero también forzaba, si cabe decirlo así, a obrar rectamente, a obrar justamente por la acción propia del alma que nos persuadió a seguir.”

“Así nos educaba, forzándonos, si cabe así decirlo, a practicar la justicia. Y no menos a ser también prudentes, por la concentración del alma en sí misma y por la voluntad y empeño de conocernos a nosotros mismos; obra ésta óptima de la filosofía, que se atribuye, como imperativo sapientísimo, al más adivino de los démones: Conócete a ti mismo. Y que esto sea realmente la obra de la prudencia y ésta sea la prudencia divina, bellamente lo dicen los antiguos; la misma dicen ser la virtud de Dios y del hombre, dado que el alma se ejercite en mirarse a sí misma como en un espejo y reflejar la mente divina en sí misma, si se ha hecho digna de esta comunión y sigue el rastro de cierto camino, misterioso para ella, de esta divinización.”

“La piedad… dicen –y dicen bien– ser madre de las virtudes. Esta es, en efecto, principio y fin de todas ellas, y, partiendo de ésta, con la mayor facilidad adquiriríamos todas las otras. Si deseamos y tenemos empeño en poseer para nosotros mismos lo mismo que todo hombre que no sea un ateo y voluptuoso debe ser: amigo y abogado de Dios, trabajemos por adquirir las otras virtudes.”

“Todo lo que de provechoso y verdadero hallaba en cada filósofo, lo recogía y nos lo exponía; pero sabía deslindar todo lo falso; sobre todo lo que atañía a la piedad de los hombres.”

“Sobre esto nos aconsejaba no prestar atención a nadie, por más que fuera por todos los hombres celebrado como sapientísimo, sino a solo Dios y a sus profetas. El mismo nos interpretaba y esclarecía cuanto de oscuro y enigmático se nos ofrecía, como se da frecuentemente en las sagradas letras… Como quiera que sea, si se trataba de enigmas, él los aclaraba y sacaba a la luz, por ser oyente fuerte e inteligentísimo de Dios... Es así que el autor de todas las cosas, el mismo que habla a los profetas amigos de Dios y les inspira toda profecía y discurso místico y divino, honrándolo a él por modo igual, lo constituyó intérprete de aquellos oráculos.”

“Él era realmente para nosotros un paraíso, imitación del gran paraíso de Dios, en que no teníamos que cultivar esta tierra de abajo ni alimentar nuestros cuerpos para engordar, sino sólo acrecentar, con alegría y placer, las excelencias de nuestra alma, plantándonos nosotros mismos como árboles hermosos o plantados para nosotros por el que es autor de todas las cosas.”

“¡Qué hermosamente vivía oyendo, en silencio, la palabra de mi maestro! Así debiera haber aprendido a callar también ahora, y no dar el extraño espectáculo de convertir en oyente a mi maestro.”

“¿A qué me lamento de este modo [ante la partida]? Está el salvador de todos, que recoge también y cura a los que están medio muertos y a todos los que han caído en manos de bandoleros, el Verbo, custodio vigilante de todos los hombres. Tenemos también las semillas, tanto las que tú nos hiciste ver que ya teníamos como las que de ti recibimos, que son los hermosos consejos, con que nos marchamos, llorando, desde luego, como quienes parten de viaje, pero llevando con nosotros esas semillas (cf. Ps. 125, 6).”

“Tú, cara cabeza, levántate y, después de orar, despídenos ya, y, pues me has salvado, presente, con tus sagradas enseñanzas, sálvame también, partido, con tus oraciones. Y entréganos y encomiéndanos; pero más bien entréganos al Dios que nos trajo a tu lado; dale gracias por nosotros por sus beneficios pasados y ruégale, para lo por venir, que nos asista en todo momento, inspire a nuestra mente sus mandamientos y nos infunda su divino temor, que será nuestro mejor pedagogo, pues no le obedeceremos, salidos de aquí, con la misma libertad que a tu lado. Ruégale nos conceda algún consuelo por esta separación tuya, y nos mande un compañero bueno, el ángel caminante. Pídele que nos haga volver y nos conduzca de nuevo a tu lado, y éste será nuestro mayor consuelo.”



[1] Extracto tomado de: Apéndices – I, en Orígenes, Contra Celso, BAC, Madrid, 1967, 587-615 [Trad.: Daniel Ruiz Bueno].

miércoles, 5 de junio de 2024

Cultura y Educación

 


Pbro. Dr. Julio Ramón Meinvielle[1]

 

La cultura es un estado de perfección en la línea humana del saber, del obrar y del hacer; comporta madurez. Madurez de las facultades que sólo se alcanzan cuando sus virtualidades operativas se han convertido en hábitos. Los hábitos –cosa muy distinta de costumbres o rutinas que son mera mecánica–, son una fuente de valores vitales, cuyo enriquecimiento se acrecienta con su uso, siempre que sea éste también vital.

La cultura –para merecer el nombre de tal, es decir madurez del espíritu– debe dar frutos que procedan de las fuentes vitales del hombre. Pero, para que ello así acontezca, es necesario que esas fuentes hayan sido previamente enriquecidas desde fuera. Enriquecidas vitalmente, esto es, no por una mera ingestión de conocimientos sino por una comunicación tal que, después de haber sido ellos asimilados multipliquen las fuerzas originarias y las hagan capaces de energías inéditas.

La formación cultural exige una comunicación de espíritus, una coincidencia y encuentro de vidas; porque el saber profundo, vital, es aquel que, para su aparición, ha tocado aquél punto de engarce del alma con sus facultades de donde surge la concepción unitaria de la vida; en último análisis, es una comunicación de vitalidad social. Por esto es tan fuerte y tan ineludible el poder de un medio social. Impregna a los individuos, por todo cuanto les ha comunicado en la modalidad y en la substancia de los conceptos, de los afectos, de las percepciones, para recibir luego de ellos, lo que, en cierto modo, les ha dado. Si alguien, viniendo de otro predio, quisiera permanecer impermeable a las influencias del nuevo medio, tendría que aislarse totalmente; y si, en cambio, quisiera influir sobre él y modificarlo, tendría para ello que transmitirle su propia vitalidad, a través de las condiciones y características de ese mismo medio. Lo cierto es, que no se opera comunicación de almas sino a través de una comunidad vital, de una coincidencia común. Por ello, el lenguaje que es el vehículo de comunicación está tan cargado de cambiante vivencia social.

La cultura es necesariamente vitalista. Y por lo mismo ha de serlo la educación que no es sino la información de la cultura, en sujetos capaces de adquirirla. Si la cultura comporta madurez, la educación supone crecimiento y un moverse de la imperfección a la perfección de la cultura. La educación es, entonces, también necesariamente vitalista.

Si se examinara con detención, la ineficacia y el fracaso de pedagogías y de pedagogos, dotados de excelentes doctrinas, de buenos propósitos, de ingeniosos métodos, llegaríamos a la conclusión de que en la falta de conexión con lo vital radica la causa de tales fracasos.

La orfandad de historicidad, he ahí el mal de muchas pedagogías en las que se respetan los valores eternos del hombre, su metafísica y su teología.

Porque es cierto que el hombre no es pura movilidad. Que es una esencia con un destino y que, en definitiva, toda la tarea educativa debe terminar en un gran éxito de los valores permanentes, de su eternidad. Pero allí está precisamente la cuestión; que la pedagogía es la conducción de alguien que se mueve en el tiempo, y a través del tiempo y anda sumergido en el tiempo. Y nada le llega al hombre que no sea envuelto en el tiempo. Luego, lo eterno le llega a través del tiempo. Pretender que lo eterno le llegue a través de lo eterno, es pretender que no le llegue; pretender que le llegue a través de lo anacrónico, es pretender asimismo que no le llegue. Un saber, un obrar y un hacer ahistóricos son la negación de la pedagogía.

***

Estas reflexiones se le hacen a uno presentes cuando advierte el magnífico despertar a realidades más hondas que se obra en las nuevas generaciones. Hay un tomar conciencia del destino del hombre, del hombre-individuo, del hombre-familia, del hombre-nación, del hombre-humanidad. Hay sobre todo un fuerte y nuevo sentido de la responsabilidad por el niño, el adolescente y el joven de hoy, que serán el hombre de mañana. Y para educarlos se piensa restaurar los valores permanentes de la metafísica y de la teología, volver a la frecuentación de Aristóteles, Santo Tomás y los clásicos y hacer resurgir el sentido heroico de la vida.

Todo ello es exactísimo. Pero si no se dice ni se hace más que esto, se incurre en un gravísimo peligro que, por resultancia, va a poner en peligro, este magnífico intento de restauración de los valores permanentes.

Porque si presentamos esta restauración como una cosa en sí que ha de suplir todo un modo de vida irremediablemente execrable, y no abrimos, en cambio, el ancho y nuevo panorama de las conquistas reales de la vida moderna, y sobre todo su incontenible dinamismo, que, aún para continuar existiendo, exigen y claman por su integración en aquellos valores permanentes, nos exponemos a fracasar, por no haber sabido superar el reaccionismo.

He aquí lo que se debe denunciar seriamente, en estos momentos, en que se trata de imprimir una nueva orientación a la enseñanza primaria, media y superior del país. Pudiera percibirse en la adopción de algunas medidas a criterios, en la designación de catedráticos, en los tópicos y tono de algunos discursos, aun de los pronunciados recientemente en la inauguración de la Escuela Superior del Magisterio, en el Luna Park, un poner el acento en la vuelta o valores del pasado.

Grave peligro. Se olvida que si la metafísica y la teología han de prender en lo social del hombre moderno, si han de morder en su alma, ha de ser por VÍA CULTURAL; es decir, como algo reclamado por sus actuales condiciones existenciales, por su actual historicidad.

Esta es la gran tarea de pensadores y dirigentes. Presentar los valores eternos como solución no meramente abstracta sino vital de las angustias del desgarrado hombre moderno.



[1] Nuestro Tiempo, Nº 7 (11 de agosto de 1944), pag. 4-5. La foto de portada fue generosamente cedida por la Junta de Estudios Históricos del Barrio de Versailles, donde el Padre Julio fue párroco y fundó el Ateneo Popular de Versailles.

viernes, 1 de septiembre de 2017

La virtud de la estudiosidad


1.       Importancia y actualidad
En estas charlas de formación para los jóvenes hablaremos en este momento de la virtud de la estudiosidad[1].
Este tema tiene una enorme actualidad. Un enemigo de la fe católica, Antonio Gramsci, sostenía que hay que cambiarle el sentido común a la gente, para que el comunismo tome el poder en la sociedad. Para ello, decía, hay que tomar a los intelectuales de la época. Estos intelectuales son hoy los profesores universitarios, los ideólogos de turno, y, dentro de la Iglesia, la teología predominante. Estas ideas se deslizan a las personas a través de los medios masivos de comunicación social, que actúan como repetidores del pensamiento único que buscan imponernos, y a través de los políticos, que dejan plasmados los “nuevos derechos”, como logros de una sociedad “adelantada”.
Este es el motivo más profundo que hay en la destrucción de la educación, en sus dos ámbitos: ya sea en el de formar virtudes en los educandos, pues se nos dice que ya no hay que enseñar qué está bien y qué está mal, porque todo depende de cada persona; e incluso en el ámbito de la formación de la inteligencia, pues ya no se busca la excelencia educativa, sino que se ha transformado a la educación en un lugar de contención. Por lo tanto, las escuelas son un lugar de reeducación (liberal y comunista), donde impera la dictadura del relativismo. Los únicos arcaicos son aquellos que siguen llamando verdad a la verdad y bien al bien, que siguen sosteniendo con Nuestro Señor que el sí debe ser sí, y que el no debe ser no (cf. Mt. 5, 37).
Para ello, fomentan al menos cuatro cosas:
·         Primero, una falsa educación, teniendo que hablar de todos los temas (educación sexual, seguridad vial, protección de la naturaleza, uso de la tecnología, etc.), para no profundizar en ninguno.
·         Segundo, una visión subvertida de las cosas, por la cual se somete lo espiritual a lo material, la familia a la escuela, y, en definitiva, el individuo al totalitarismo unitario que busca imponerse, como se ve claramente en el uso dado a la educación sexual, convertido ahora en eje transversal.
·         Tercero, una falsa prioridad de medios para adquirir conocimientos, dejando de lado el verdadero aprendizaje, para darle lugar a las nuevas técnicas. De este modo, ya no se hacen cálculos ni se enseñan las tablas, sino que se resuelve con la calculadora; ya no se enseñan reglas de ortografía y de sintaxis, sino que cada uno escribe como quiere; ya no hay recurso a verdaderos manuales, sino que todo se resuelve, gráficamente, en el “Rincón del vago” o en otros sitios de internet; etc.
·         Cuarto, la enseñanza de sofismas, con apariencia de verdadera ciencia. Estas falacias tienen un común denominador:
o   Se cae en un reduccionismo, donde se reduce la realidad por encubrimiento o introduciendo en ella algo falso;
o   Luego se practica una dialectización, esto es colocar una falsa oposición entre dos elementos;
o   A continuación se ejercita un emocionalismo, por el que se exacerban los sentimientos en favor de un elemento;
o   Para finalizar en una matematización de la realidad, reduciendo los hechos a estadísticas, a veces verídicas y otras tantas falsas, para poder de este modo manipular la realidad.
Este Nuevo Orden Mundial es lo que se busca con los organismos internacionales (ONU, OMS, UNESCO, etc.), lo cual termina siendo UN ASCO.
Por todo esto, es sumamente necesario que, así como la Iglesia salvó la verdadera cultura en la edad media (porque “toda verdad, sin importar quién la diga, proviene del Espíritu Santo”, como escribió el Ambrosiáster), también hoy nosotros defendamos los verdaderos conocimientos, pues todo lo que proceda de la verdad le pertenece a Cristo, que es la Verdad encarnada; a la Iglesia, “columna y fundamento de la verdad” (1 Tim. 3, 15); y al discípulo del Señor, porque debe ser de la verdad, para escuchar su voz (cf. Jn. 18, 37).
De este modo, es sumamente actual hablar de la virtud de la estudiosidad, lo cual haremos, con la gracia de Dios.

2. Definición
Santo Tomás habla de esta virtud al hablar de la templanza. La templanza es la virtud cardinal que regula los apetitos sensibles, movida por la razón iluminada por la fe.
Esta importante virtud tiene partes, como las demás virtudes cardinales. Estas partes son llamadas integrales, subjetivas y potenciales. Las partes integrales componen una virtud, que en este caso son la vergüenza y la honestidad. Las partes subjetivas son especies de la misma virtud, según la materia a la cual se refieran. En caso de la templanza, tenemos la abstinencia, la sobriedad y la castidad. Por último, las partes potenciales realizan análogamente, en más o en menos, el concepto de la virtud en cuestión, pues se refieren a materias o actos secundarios. En este caso, tenemos la continencia, la clemencia y la modestia.
Santo Tomás nos dice que la estudiosidad es parte de la modestia. Esta virtud inclina al hombre a comportarse en los movimientos internos y externos y en el aparato exterior dentro de los justos límites que corresponden a su estado, ingenio y fortuna. La modestia se concreta en la humildad, la estudiosidad y la modestia corporal y en el ornato.
La palabra estudiosidad viene del latín studium, que expresa la aplicación intensa de la mente a algo. Nosotros usamos esta acepción en el uso corriente cuando decimos que tal persona es “aplicada al estudio”.
La estudiosidad es, entonces, la virtud que tiene por objeto moderar, según las reglas de la recta razón, el apetito o deseo de saber. Como dice Aristóteles: “Todos los hombres por naturaleza desean saber”, y, por lo tanto, hay una tendencia natural del alma a querer conocer las cosas, a descubrir su esencia, a poseer la verdad. Pero como el conocimiento intelectual nuestro no es inmediato, sino que conocemos a través de un proceso antropológico llamado abstracción, por el cual separamos lo inteligible de lo material, por esto el aprender a veces se transforma en un acto arduo. Por esto dice el Angélico que la virtud se encuadra en la templanza, por dirigirse ante todo a refrenar el deseo inmoderado de conocer, pero toma su nombre en estimular con vehemencia el acto de aprender. De este modo, la estudiosidad regula el fin y los medios del estudio: el fin, porque busca que evitemos falacias y atajos; y los medios adecuados, para que evitemos tanto la pereza como una búsqueda desmedida.

3. Condiciones de la estudiosidad
Existen condiciones para que pueda darse en nosotros la virtud de la estudiosidad. De otro modo, jamás forjaremos en nosotros la virtud. Genéricamente, podemos decir que necesitamos vehemencia, arduidad y disponibilidad, condiciones que se necesitan para alcanzar cualquier virtud moral.
Específicamente, necesitamos:
·         Una zona de silencio, por la cual nos dediquemos al ocio contemplativo. Por esto es que hay que evitar los ruidos mientras uno estudia y lee, para que el acto de intelección sea más profundo.
·         El recogimiento, por el cual debemos apartarnos de la disipación, la falsa afabilidad, el chismorreo, las últimas noticias y el activismo.
·         La soledad, que es el evitar las malas compañías, ya sean materiales o espirituales.
·         El ordenamiento de nuestras propias pasiones, porque los sentimientos desordenados impiden que la inteligencia capte la verdad de las cosas tal cual son. “El que no vive como piensa termina pensando como vive”, como dice el refrán. Quien vive desordenadamente intenta justificar teóricamente sus comportamientos prácticos. ¿Por qué hoy hay tantos teólogos que justifican la homosexualidad, por ejemplo? ¿No será porque quieren convencerse a sí mismos que lo que ellos hacen está bien?
·         La necesidad de alcanzar las virtudes morales. Todas las virtudes se requieren: la paciencia, la perseverancia, la mortificación, etc. Entre ellas, la humildad se destaca. No lo sabemos todo. Debemos recurrir a quienes saben más que nosotros. Debemos estar abiertos al realismo. El mundo no comienza con nosotros, como los filósofos idealistas pensaban orgullosamente de sí mismos.
·         La importancia de tener espíritu sobrenatural, para saber que la sabiduría desciende de lo alto, para recurrir a la oración en nuestras dificultades, para referir todos nuestros saberes a Dios como Fin último de nuestra existencia.

4. Ingredientes de la estudiosidad
Se nos recomienda, para alcanzar la virtud de la estudiosidad, practicar sus siguientes componentes:
·         Concentración: Se ha comparado a la inteligencia con una lupa: mientras más se fija en un lugar, más puede penetrar en él. Del mismo modo, la concentración ayuda a que la inteligencia pueda “leer dentro” (que es el sentido etimológico de la palabra “inteligencia”) de la esencia de las cosas.
·         Lectura: Condición esencial para aprender. “No hay tiempo para todo, lea a los clásicos”, recomendaba el padre Castellani. Hay que leer lo bueno, no lo de moda o lo exótico. Una lectura debe ser ordenada, inteligente, no superficial, elegida para la ocasión, relacionando un autor con otro.
·         Memoria: Mantener lo esencial de lo leído, para poder usarlo cuando se requiera. Ayuda, para ello, llevar anotaciones, esquemas, resúmenes y síntesis, etc. que dependerán del método de estudio de cada uno.
·         Profundización: Se debe buscar el conocimiento por las causas, para que se dé una auténtica ciencia. Dichas causas no sólo deben ser las más profundas de la ciencia en cuestión, sino que debemos intentar llegar hasta las causas últimas de la realidad, que se logra con la filosofía y la teología.
·         Auténtica especificación: El peligro de la ciencia moderna es especializarse de tal modo en una determinada materia, que por ello pierda de vista el conjunto de lo que se estudia. Los particularismos nos hacen perder la verdadera sabiduría. Además, debemos recordar que ninguna ciencia es autosuficiente, porque en realidad la misma capacidad humana es limitada. Por esto debe evitarse el uso de un método para aplicar a toda la realidad, como quería hacer Descartes aplicando el método matemático al conocimiento filosófico.
·         Peligro: excesiva abstracción: Si hay un escollo a superar es que la ciencia estudiada llegue a absorbernos de tal manera que impida nuestro contacto con la realidad. Por ello Aristóteles enseñaba caminando a sus discípulos, y por ese nombre eran conocidos: los peripatéticos.
·         Animarse a escribir: Es importante que aquellos que tengan este talento, por don de Dios, lo repartan generosamente a los demás, como deben hacerlo los demás con todo lo que les ha sido confiado para que produzca el ciento por uno. Scripta manent, verba volant: Lo escrito permanece, las palabras se vuelan.
·         Apertura al misterio: La ciencia verdadera nos hace profundizar en el misterio, que tiene el sentido antiguo de lo conocido, y el sentido más reciente de lo secreto. Los conocimientos bien usados nos abren a la trascendencia, y deben causar en nosotros asombro y admiración.

5. Los vicios contra la estudiosidad
Contra la virtud de la estudiosidad se puede pecar por defecto o por exceso. El pecado por defecto es la negligencia, y el pecado por exceso es la curiosidad.
La negligencia es la voluntaria omisión de estudiar lo que corresponde, según la condición y el estado de cada uno. Es una ignorancia culpable. Santo Tomás la trata cuando habla de los pecados contra la virtud de la prudencia, porque cualquier persona, para obrar prudentemente, necesita tener los conocimientos previos para obrar. Por esto se opone a la solicitud, por la que debemos obrar rápidamente, una vez tomada la determinación.
Esta indocta cultura debe ser distinguida de la docta ignorancia, que era la certeza que tenían los místicos de que eran más cosas las que ignoraban que las que conocían. Aquí, por el contrario, nos referimos al conocimiento superficial, y al pensamiento único que busca imponerse detrás de todo ello. Esta ignorancia culpable está unida a la soberbia, y puede estar unida al escándalo, cuando es proclamada desde las escuelas y los medios de comunicación social. Este es el triste espectáculo al cual hoy asistimos: la ignorancia es enseñada.
La curiosidad es el anhelo de conocer desorbitado por las circunstancias o por los fines. Es un saber sin orden, ni mesura, ni preocupación por la verdad. Como dice santo Tomás, dicha curiosidad puede darse en el conocimiento intelectual o en el sensible.
En el conocimiento intelectual, hay pecado de curiosidad cuando:
·         Hay un fin malo, como cuando quiere conocerse algo para engañar al prójimo, del mismo modo que Adán y Eva, cuando cometieron el pecado original, usaron para el mal su conocimiento. Este mal uso de las cosas en sí buenas o indiferentes puede llegar a ser tan grave que puede llegar hasta el tratar de impugnar la verdad conocida, para pecar con mayor libertad, que, como dice santo Tomás, es uno de los pecados contra el Espíritu Santo, por atentar directamente contra la virtud teologal de la fe. Esta actitud, en el ámbito natural, es la de aquellos que creen que nunca nadie posee la verdad, y siempre se declaran en camino de conocerla, cayendo de este modo en un relativismo; y, en el ámbito sobrenatural, es la actitud de los pseudo teólogos modernos.
·         Se da un desvío de los estudios necesarios hacia otros menos útiles, como sucede actualmente en las escuelas, como táctica impuesta desde la hegemonía dominante para idiotizar a las masas, sobresaliendo  como denominador común en la educación actual la frivolidad.
·         Aprender de maestros inadecuados, como aceptar acríticamente lo que dicen desde los medios de comunicación, o los astrólogos, o cualquier pseudo intelectual de turno.
·         Cuando no hay orden del conocimiento de las criaturas al del Creador, como sucede en la filosofía inmanentista, que cree tener todas las explicaciones de las cosas, o en el existencialismo ateo, que creen tener las pruebas para demostrar la inexistencia de Dios, etc. En un grado menos elevado, se da cuando se subestima la contemplación en aras de la acción.
·         Puede darse cuando se pretende conocer lo que no se puede, como cuando se invoca a los demonios para saber cosas ocultas; o como el gnosticismo, que cree que el conocimiento está reservado para algunos pocos iniciados; etc. Es un acto de presunción, por creerse uno más de lo que en verdad es.
Puede darse también la curiosidad en el ámbito sensible. Los sentidos, en sí mismos, han sido dados por Dios para mantener la vida natural, y para que el hombre pueda aplicarse a conocer la verdad. Cuando no se cumplen estas finalidades, estamos frente a un desorden en su recto uso. Por lo tanto, hay curiosidad en el conocimiento sensible cuando no está ordenado el conocimiento a algo bueno, o tiene en sí mismo un fin malo.
El desorden del recto uso del conocimiento sensible hoy abunda, tristemente. Siempre ha existido: san Juan lo llama “concupiscencia de los ojos”, y lo enumera junto con la “concupiscencia de la carne” y la “soberbia de la vida” (cf. 1 Jn. 2, 16). Pero hoy la civilización que nos rodea es la de la imagen, ya sea por la voluptuosidad o por la violencia, que está al alcance de todos, corrompiendo las conciencias de almas de los niños y de los jóvenes. ¡Cuánta pornografía al alcance de todos, hasta en computadoras y celulares! ¡Y los padres brillan por su ausencia, sin poner freno a la perversidad que reciben sus hijos, con el pretexto de no invadir su privacidad! Esta verdadera corrupción de menores no puede quedar impune frente al Dios justo, que impide que los niños vayan hacia Él (cf. Mc. 10, 14).

6. Conclusión
Luego del “siglo de las luces”, que pensaba darle a la inteligencia del hombre una altura inigualable, estamos asistiendo al embrutecimiento del hombre, consecuencia del oscurecimiento de su razón. Estas tinieblas en la inteligencia comenzaron al dar la espalda el hombre al don de la fe, creyendo que todo podría conocerlo con sus solas fuerzas.
Pero ha perdido incluso lo que creía tener (cf. Mt. 25, 29): su inteligencia. Lo único que proclama definitivo es la ausencia de verdades absolutas, para que cada uno realice a su antojo lo que quiera. De este modo, impera la ideología. Esto anticipa el reinado del anticristo, reino de mentira, de muerte y del mal, bajo apariencia de verdad, de vida y de bien.
“La verdad engendra el odio”, dijo Terencio, maestro de San Agustín. También frente a las mentiras oficiales actuales debemos levantarnos, en todos los campos posibles: en la filosofía, enseñando la filosofía perenne de santo Tomás; en el derecho, recordando la existencia del derecho natural, que debe estar arraigado en el divino; en las ciencias, pues debemos elevarnos desde lo creado al Creador; en la política, donde deben buscarse las bases naturales que lleven al bien común trascendente, condenando el actual demoliberalismo; en la educación, investigando y actuando en colegios, revistas y grupos de formación; en el arte, pues el camino de la belleza es una vía hacia el Artista divino; en la historia, para evitar falsificaciones e imposiciones ideológicas, teniendo una buena filosofía y sobre todo una mejor teología de la historia, para entender los sucesos desde Dios.
“La verdad engendra el odio”. Pero nada podrá contra la ella. “Yo os daré boca y sabiduría a la cual ninguno de vuestros adversarios podrá resistir o contradecir” (Lc. 21, 15), dijo el Señor. “Su castigo [el de los malos], sigue diciendo san Agustín, consiste en que él no puede ocultarse a la verdad, mientras que la verdad sí se le oculta a él… Y sólo llegará a ser feliz cuando sin estorbos ni interferencias sea capaz de gozarse en aquella Verdad por la cual son verdaderas todas las cosas.”
Del mismo modo que no es el discípulo más que su Maestro (cf. Mt. 10, 24), así también puede ser que debamos dar el supremo testimonio por Él, que es el de la sangre, a ejemplo suyo. Así lo hicieron en nuestra patria Jordán Bruno Genta y Carlos Alberto Sacheri. Los comunistas sí sabían a quiénes mataban: no atacaron a quienes ponían: “Viva Cristo Rey” en los muros de las ciudades, sino a aquellos que llamaban a combatir “el buen combate de la fe” (1 Tim. 6, 12) tomando sus estandartes, despertando a sus compatriotas de su letargo; asesinaron a aquellos que más ponían de manifiesto su conciencia adormilada en la práctica del bien.
Nuestra Argentina hoy, en ciertos aspectos, está peor que hace 40 años. La sociedad está más idiotizada, por la ausencia de la fe católica, la falta de la verdadera ciencia y por abundar el hedonismo en todos los ámbitos de la vida. Ahora, más que nunca, debemos aplicarnos a conocer la verdad, a manifestarla sin temor a quienes tenemos cerca, y a dar por ella, si es preciso, la propia vida.



[1] El siguiente artículo fue publicado en la página Adelante la Fe el día 7 de febrero de 2015, como puede verse aquí.