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domingo, 22 de octubre de 2017

¿Por qué prefiero la Misa tradicional?


En la actualidad en el rito romano existen dos formas de celebración de la Santa Misa. Son la forma tradicional y el novus ordo. Sin entrar en discusiones litúrgicas más profundas, que dejaré, al menos por ahora, para los más entendidos en estos temas, quiero escribir, a petición de un amigo, por qué prefiero celebrar la Santa Misa en su forma tradicional.
Ante todo, en esta forma la Santa Misa siempre se celebra ad orientem. De este modo, nos recuerda que la celebración se realiza por y para Dios. Así, constatamos que la Misa es ante todo oración. No es creatividad o subjetividad de cada uno, sino vaciamiento interior. Es tener la actitud de Samuel: «Habla, Señor, que tu siervo escucha». Por esta misma forma de celebrar nos posicionamos en expectación de Jesucristo, Oriente de lo alto, que vendrá de la misma forma que lo han visto partir los Apóstoles. Mirarlo a Él es quedar transfigurado en la propia existencia. Por ello quien se convierte, en lenguaje patrístico, mira al Oriente y le da la espalda a Occidente. Así, el hombre vuelve a ser cabeza de la creación, ahora restaurada en Cristo, y por su voz, lo visible y lo invisible le tributa al Creador un culto en espíritu y en verdad.
En segundo lugar, esta Misa siempre se celebra en latín. Esto nos hace tener presente que siempre en la Misa habrá algo más que no podemos entender. «No se puede señalar una semejanza entre el Creador y la criatura de la cual no se pueda marcar una desemejanza aún mayor.» Por esto San Agustín decía: «Si comprehendis, non est Deus». El latín es preciso, es riguroso. Los textos de la Misa son milenarios; muchos de ellos han sido compuestos por santos y mártires. Por otra parte, como se dice en italiano, «traduttore, tradittore»: el traductor siempre es un traidor, porque es imposible expresar en un solo concepto en lengua vernácula la polisemia de conceptos del latín (hecho que sucede en cualquier traducción, y tanto más cuanto esté más alejada una lengua de otra). Todo esto además sin hacer referencias a las traducciones pésimas de las cuales tenemos que hacer uso en el novus ordo, que más que traslucir el misterio de la presencia real del Señor en el santo sacrificio, lo opacan y lo desdibujan.
En tercer lugar, se observa en esta forma de celebrar la Misa la prioridad del silencio. Por esto el sacerdote reza en voz baja: lo esencial siempre permanecerá ignorado por nuestra curiosa soberbia. Frente a la cultura actual del ruido ensordecedor, que impide al hombre pensar en la eternidad, es necesario este despojo primordial: si Dios es la Palabra, al hombre le corresponde el silencio para escuchar y aceptar su Voluntad. Recuerda además esto el misterio del arcano, por el cual se velaba de tal modo por los sagrados misterios que se cuidaba que lo santo no cayera en manos de los pecadores empedernidos, cumpliéndose así el mandato del Señor: «No deis lo santo a los puercos». La misma presencia del silencio, entonces, es un reproche al igualitarismo litúrgico que hoy quiere imponerse, y a los supuestos “derechos” a que todos reciban del mismo modo todos los sacramentos. Las distinciones son propias de los que se dejan inspirar por la Sabiduría Divina, porque «es propio del sabio ordenar», como dice Santo Tomás.
En cuarto lugar, y relacionado con este punto, en la forma tradicional de la Misa se distingue claramente el oficio propio del sacerdote del que le corresponde al fiel laico. Así, sólo el sacerdote prepara el cáliz y el copón para la santa Misa, sólo él reza el primer Confiteor, sólo él proclama el Evangelio e incluso las lecturas en la Misa rezada, sólo él reza en voz alta el Pater noster, sólo él reza solo el Domine, non sum dignus. Luego los fieles harán su parte, pero por separado. De esta forma, las funciones distintas en la liturgia manifiestan el oficio diferente que tiene cada uno: el sacerdote actúa identificándose con Jesucristo como Cabeza, y los feligreses participan de modo más remoto del mismo sacerdocio de Cristo.
En quinto lugar, en la forma tradicional se hace más hincapié en la necesaria preparación espiritual para acceder a los Divinos Misterios. Por ello tenemos, de parte de todos los fieles, muchos actos de contrición: desde el rezo del salmo 42 hasta el Confiteor, tanto del celebrante como de los demás fieles (que se repite antes de la recepción de la Santa Comunión), la antífona Ostende nobis, Domine, misericordiam tuam, y el Kyrie. Dicha actitud espiritual está acompañada de la correspondiente posición corporal, donde los fieles permanecen de rodillas durante todo el Canon Romano, durante el Domine, non sum dignus, para recibir la Santa Hostia, y, facultativamente, durante la acción de gracias, y la recepción de la bendición sacerdotal final; junto con el rezo, también optativo, de las oraciones leoninas.
En sexto lugar, las oraciones del ofertorio de la Misa tradicional demuestran ser un verdadero ofrecimiento, donde el sacerdote primero ofrece la hostia en reparación por sus propios pecados, luego por los circunstantes, y al final por todos los vivos y difuntos. De esta manera, el sacrificio será de aroma de suavidad en presencia de la Divina Majestad, pero sólo por la Encarnación, la Pasión, la Resurrección y la Ascensión de Jesucristo, a la cual esperamos asociarnos con la Santísima Virgen y los demás santos. Como se puede observar, todo ello dice mucho más que unas simples oraciones eucológicas, de tonalidad judía, propias del novus ordo Missae, sin tradición en la liturgia católica de la Iglesia.
En séptimo lugar, en la Misa tradicional se hace más evidente el valor exorcístico del santo sacrificio, desde la lectura de los dos Evangelios mirando hacia el Norte (símbolo del lugar donde provienen las tentaciones), hasta las oraciones leoninas del final de la Santa Misa, rezadas para que el demonio no humille a la Santa Iglesia, todo ello rogado por la intercesión de la gloriosa e inmaculada Virgen María.
En octavo lugar, en la forma tradicional se observa una perfecta armonía, entre las oraciones propias y las lecturas y el Evangelio que se proclama, de tal modo que es necesario conocer bien todos los textos antes de dirigir unas palabras de modo adecuado en la homilía. Ello no sucede en el novus ordo, en el cual hay tres ciclos de lecturas para los domingos y solemnidades, y dos ciclos para las lecturas diarias, dificultándose que se ensamblen de modo perfecto las lecturas de la Escritura con las oraciones del Misal.
En noveno lugar, en el calendario de la Misa tradicional se hace más hincapié en la necesidad de hacer penitencia para salvar nuestras almas. Ello se observa no sólo en la extensión del tiempo de cuaresma en las semanas de septuagésima, sexagésima y quincuagésima, sino también por la presencia de las témporas, ubicadas al inicio de las cuatro estaciones del año.
En décimo lugar, se observa el poder santificador de un único sacerdote en cada Santa Misa de la forma tradicional, de forma tal que no se permite la concelebración en la ceremonia. Así, resalta el poder mediador del único sacerdote, Jesucristo; por sobre una supuesta participación litúrgica mal entendida.

Por estas diez razones prefiero la Misa tradicional. Muchos sacerdotes o no lo ven, o tienen miedo de hacerlo, o están amenazados para no hacerlo. Sin embargo, hay un gran movimiento de restauración litúrgica, que Dios está colocando en los más jóvenes, que los manipuladores de la pastoral no pueden frenar. El mismo Señor les está regalando, ya aún hoy, en medio de las persecuciones de los falsos hermanos, sus mejores dones: la multitud de hijos en las familias numerosas, el don de las vocaciones sacerdotales y religiosas, y el llamamiento de Cristo Rey a sus soldados intrépidos para reconquistar para Él las almas, las familias, la sociedad, e incluso restaurar su misma Iglesia.

jueves, 7 de septiembre de 2017

Décimo aniversario del Motu Proprio Summorum Pontificum del Papa Benedicto XVI


Traduzco la conferencia dada por el Card. Robert Sarah, que aparece aquí, con ocasión de cumplirse el décimo aniversario del famoso documento del Papa Benedicto XVI. El Cardenal describe la importancia de la liturgia en la vida de la Iglesia, su situación actual, y las soluciones posibles. Interpreta de este modo cuál ha de ser la verdadera reforma: no que el sacerdote se transforme en un showman, sino un volver continuamente a las fuentes. El Prelado africano hace esta hermenéutica en base al pensamiento del Papa alemán, expresado ante todo en sus obras litúrgicas, las cuales, junto con sus exégesis bíblicas y patrísticas, son el fruto más excelente de su legado a la Iglesia.


Para una reconciliación litúrgica

Por el Cardenal Robert Sarah

Nosotros celebramos el 7 de julio el décimo aniversario del Motu Proprio Summorum Pontificum de Benedicto XVI. Estamos felices y muy honrados de proponerles, para abrir este dossier, una reflexión apasionante del Cardenal Robert Sarah, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino, que nos invita a colocar plenamente en obra este Motu Proprio.

«La liturgia de la Iglesia ha sido para mí la actividad central de mi vida […] ella ha devenido el centro de mi trabajo teológico»[1], afirma Benedicto XVI. Sin embargo, ha enseñado sólo un poco sobre ella durante su pontificado. Ciertamente, sus homilías permanecerán como documentos insuperables por generaciones. Pero es necesario también subrayar la importancia mayor del Motu Proprio Summorum Pontificum. Lejos de apuntar solamente la cuestión jurídica del estatuto del antiguo misal romano, el Motu Proprio coloca la cuestión de la esencia misma de la liturgia y de su lugar en la Iglesia. La enseñanza contenida en este documento no apunta entonces solamente a reglamentar la coexistencia armoniosa de dos formas de la Misa romana. ¡No! Lo que está en causa, es el lugar de Dios, el primado de Dios. Como lo subraya el «Papa de la liturgia»: «La verdadera renovación de la liturgia es la condición fundamental para la renovación de la Iglesia»[2]. El Motu Proprio es un documento magisterial capital sobre el sentido profundo de la liturgia, y por consecuencia, de toda la vida de la Iglesia. Diez años después de su publicación, importa hacer un balance: ¿Hemos puesto por obra esa enseñanza? ¿La hemos comprendido en profundidad?
La liturgia se ha vuelto un campo de batalla, el lugar de los enfrentamientos entre los defensores del misal preconciliar y aquellos del Misal nacido de la reforma de 1969. El Sacramento del amor y de la unidad, el sacramento que permite a Dios devenir nuestro sustento y nuestra vida, y de divinizarnos quedándose Él en nosotros y nosotros en Él, se ha vuelto en una ocasión de odio y de menosprecio. El Motu Proprio ha puesto definitivamente fin a esta situación. En efecto, Benedicto XVI afirma con su autoridad magisterial que «no es conveniente de hablar de dos versiones del Misal Romano como si se tratase de “dos Ritos”. Se trata ante todo de un doble uso del único y mismo Rito.»[3]
De este modo, él reorganiza de dos en dos todos los combatientes de la guerra litúrgica. Las expresiones del Papa son fuertes, ellas revelan claramente una intención de enseñar de manera definitiva: los dos misales son dos expresiones de la misma lex orandi. «Estas dos expresiones de la lex orandi de la Iglesia no inducen alguna división de la lex credendi de la Iglesia; son, en efecto, dos puestas en obra del único rito romano»[4].
Estoy íntimamente persuadido que no se ha terminado de descubrir todas las implicancias prácticas de esta enseñanza. Yo quiero aquí deducir algunas consecuencias.
Desde luego, la Iglesia no se contradice: no hay una Iglesia preconciliar frente a otra Iglesia posconciliar. No hay más que una única Iglesia, sacramento y presencia continua de Cristo sobre la tierra. Es tiempo que los cristianos contemplen esta presencia de Cristo con la mirada de la fe y, por consiguiente, expulsen las visiones mundanas, ideológicas, sociológicas o mediáticas. La Iglesia es una, santa, católica y apostólica, en el espacio y en el tiempo, según nuestro Credo. Toda reforma en la Iglesia es un retorno a las fuentes, jamás la victoria de un clan sobre otro.
También, aquellos que pretenden que el uso de la forma extraordinaria del rito romano vuelva a poner en cause la autoridad del Concilio Vaticano II se engañan gravemente. Como lo afirma Benedicto XVI con autoridad, «este temor no es fundado»[5]. ¿Cómo suponer que el Concilio haya querido contradecir eso que se hacía antes? Tal hermenéutica de ruptura es contraria al espíritu católico. El Concilio no ha querido romper con las formas litúrgicas heredadas de la tradición, sino al contrario profundizarlas. La Constitución Sacrosantum Concilium estipula: «Las nuevas formas deben partir desde las formas antiguas por un desarrollo de alguna manera orgánico» (SC 23). Sería entonces erróneo considerar que las dos formas litúrgicas realzan dos teologías opuestas. ¡La Iglesia no tiene más que una sola verdad para enseñar y para celebrar: Jesucristo, y Jesús crucificado! Esto es lo que afirma San Pablo a los Corintios: « Hermanos, esto no es con el prestigio de la palabra y de la sabiduría que yo os he venido a anunciar el misterio de Dios. Porque he decidido no saber nada entre vosotros, sino a Jesucristo y Jesucristo crucificado.» (1 Cor. 2, 1-2).

LA RIQUEZA MUTUA
Esta verdad tiene consecuencias en cuanto a la teología y a la práctica de la liturgia. Puesto que hay continuidad profunda y unidad entre las dos formas del rito romano, entonces necesariamente las dos formas deben aclararse y enriquecerse mutuamente. Benedicto XVI coloca un principio profundo y fecundo: «No hay ninguna contradicción entre una y otra edición del Misal Romano. La historia de la liturgia está hecha de crecimiento y de progreso, jamás de ruptura»[6]. Él bosqueja allí apenas las consecuencias: «Las dos formas en uso del Rito Romano pueden enriquecerse recíprocamente». Da algunas pistas: «En el antiguo Misal podrían estar y deberían ser insertados nuevos santos[7] y algunos nuevos prefacios… en la celebración de la Misa según el Misal de Pablo VI podría estar manifestado de manera más fuerte aquellos elementos que todavía no lo han sido hasta el presente, esa sacralidad que atrae a numerosas personas hacia el antiguo rito»[8].
Es prioritario que con la ayuda del Espíritu Santo, nosotros examinemos, en la oración y en el estudio, cómo retornar a un rito común reformado siempre con esta finalidad de una reconciliación en el interior de la Iglesia porque, por el momento, hay todavía violencia, menosprecio y oposiciones dolorosas que demuelen la Iglesia y nosotros nos alejamos de esta unidad por la cual Jesús ha rezado y ha muerto sobre la Cruz.
Él nos recuerda, diez años después de este acto profético, de poner por obra esta riqueza mutua que el Papa Benedicto llamaba una «reconciliación interna de la Iglesia»[9]. El coraje pastoral del Papa Francisco nos invita aquí a ser muy concretos. ¡Sigámoslo!

A AQUELLOS QUE PRACTICAN LA FORMA EXTRAORDINARIA
Yo quisiera dirigirme desde luego a todos aquellos que practican la forma extraordinaria del rito romano. Queridos amigos, la celebración de una forma litúrgica no debe devenir una postura estética, burguesa, una forma de arqueologismo cultural. El Papa Francisco, hace apenas poco, nos ha puesto en guardia contra una actitud de rigidez defensiva. «La liturgia consiste en entrar verdaderamente en el misterio de Dios, en dejarse llevar al misterio y estar en el misterio», dijo él. La forma extraordinaria lo permite excelentemente, ¡no la transformen en ocasión de división! El uso de la forma extraordinaria es parte integral del patrimonio vivo de la Iglesia católica, ella no es un objeto de museo, testimonio de un pasado glorioso pero ya pasado. ¡Tiene vocación a ser fecundada por los cristianos de hoy! También sería hermoso que aquellos que utilizan el misal antiguo observen los criterios esenciales de la Constitución sobre la liturgia sagrada del Concilio. Es indispensable que estas celebraciones integren una justa concepción de la participatio actuosa de los fieles presentes (SC 30).
La proclamación de las lecturas debe poder ser comprendida por el pueblo (SC 36). Por lo mismo, los fieles deben poder responder al celebrante y no contentarse con ser espectadores extranjeros y mudos (SC 48). En fin, el Concilio llama a una noble simplicidad del ceremonial, sin repeticiones inútiles (SC 50).
Él delega a la Comisión Pontificia Ecclesia Dei de proceder en esta materia con prudencia y de manera orgánica. Se puede desear, allí donde sea posible, si hay comunidades que lo pidan, una armonización de los calendarios litúrgicos. Se debe estudiar las vías hacia una convergencia de los leccionarios.
En todos los casos, la forma extraordinaria del rito romano no puede ser llamada el «rito preconciliar». Ella es ya una forma de la liturgia romana que debe ser aclarada, vivificada y guiada por la enseñanza del Vaticano II. ¡Con humor se puede afirmar que Benedicto XVI ha hecho de la forma extraordinaria una liturgia postconciliar!
Es necesario estimular fuertemente la posibilidad de celebrar según el antiguo Misal Romano como signo de identidad permanente de la Iglesia. Porque esto que era hasta 1969 la liturgia de la Iglesia, la cosa más sagrada para todos nosotros, no puede haber devenido, después de 1969, la cosa más inaceptable. Es absolutamente indispensable reconocer que eso que era fundamental en 1969, permanece también así en 2017 y después: es una misma sacralidad, una misma liturgia.

LA MISMA LEX ORANDI
Las dos formas litúrgicas manifiestan la misma lex orandi. ¿Cuál es esta ley fundamental de la liturgia? Permítanme citar todavía al Papa Benedicto: «La mala interpretación de la reforma litúrgica que se ha difundido largamente en el seno de la Iglesia Católica ha conducido cada vez más a colocar en el primer lugar el aspecto de la instrucción, y aquel de nuestra propia actividad y creatividad. El “hacer” del hombre casi ha provocado el olvido de la presencia de Dios. […] La existencia de la Iglesia saca su vida de la celebración correcta de la liturgia. La Iglesia está en peligro cuando la primacía de Dios no aparece más en la liturgia, y por consiguiente, en la vida. La causa más profunda de la crisis que ha arruinado a la Iglesia se encuentra en el oscurecimiento de la prioridad de Dios en la liturgia»[10]. El Cardenal Joseph Ratzinger nos vuelve a decir que el «“misterio pascual”, de otro modo dicho el núcleo más íntimo del evento redentor de toda la humanidad, constituye el núcleo de “la obra de Jesús”; esto es el “misterio pascual”, y no la obra del hombre, que está verdaderamente contenida en la liturgia. En ella, por la fe y la oración de la Iglesia, “la obra de Jesús” reúne continuamente al hombre para penetrarlo y restituirlo a su filiación divina»[11].
He aquí entonces eso que la forma ordinaria debe volver a aprender con prioridad: la primacía de Dios. Ella puede, ella debe dejarse aclarar por la forma extraordinaria. ¡«La liturgia está principalmente y tiende todo el culto de la Divina Majestad», nos enseña el Concilio! Ella nos pone en presencia del misterio de la trascendencia divina. Ella no tiene un valor pedagógico más que en la medida donde ella está toda entera ordenada a la glorificación de Dios y al culto divino. «Cristo no ha abolido lo sagrado sino que él lo ha llevado a su cumplimiento, inaugurando un culto nuevo, que ciertamente es plenamente espiritual, pero que sin embargo, en tanto que nosotros estamos en camino en el tiempo, se engarza todavía de signos y de ritos»[12]. Permítanme expresar humildemente mi temor: la liturgia de la forma ordinaria nos podría hacer correr el riesgo de extraviarnos de Dios por el hecho de la presencia masiva y central del sacerdote. Él está constantemente delante de su micro, y tiene sin cesar la mirada y la atención tornada hacia el pueblo. Es como un filtro de luz opaco entre Dios y el hombre. Cuando nosotros celebramos la Misa, ponemos siempre sobre el altar una gran cruz, una cruz que se vea bien, como punto de referencia para todos, para el sacerdote y para los fieles. De este modo, nosotros tenemos nuestro Oriente porque finalmente el Crucificado es el Oriente cristiano, dice Benedicto XVI.

DE LA IMPORTANCIA DE LOS GESTOS
Estoy persuadido que la liturgia puede enriquecerse con actitudes sagradas que caracterizan a la forma extraordinaria, todos estos gestos que manifiesten nuestra adoración de la Santa Eucaristía: mirar los dedos juntos después de la consagración, hacer la genuflexión antes de la elevación, o después del Per ipsum, comulgar de rodillas, recibir la comunión sobre los propios labios dejándose alimentar como un niño, como Dios mismo lo pide: «Yo soy el Señor tu Dios, abre bien tu boca, y yo te saciaré» (Ps. 81, 11).
No hay allí nada de infantilismo o vuelta hacia una mentalidad supersticiosa. El Pueblo de Dios, guiado por su intuición de la fe, sabe que, sin una humildad radical hecha de gestos de adoración y de ritos sacros, no tiene amistad posible con Dios. Los fieles, aún los más simples, saben que estos gestos sagrados son uno de sus tesoros más preciados.
El uso del latín en ciertas partes de la Misa puede también ayudar a reencontrar la esencia profunda de la liturgia. Realidad fundamentalmente mística y contemplativa, la liturgia está fuera de ser alcanzada por nuestra acción humana. Por lo tanto, ella supone de nuestra parte una apertura al misterio celebrado. Así la Constitución conciliar sobre la liturgia recomienda a la vez la plena inteligencia de los ritos (SC 34) y prescribe «que los fieles puedan decir o cantar juntos en lengua latina las partes del ordinario que aparecen» (SC 36 y 54). En efecto, la inteligencia de los ritos no es la obra de la razón humana dejada a ella misma, que debería tomarse toda, toda comprendida, toda dominada. Pero, ¿se tiene el coraje de seguir al concilio hasta aquí? Exhorto a los jóvenes sacerdotes a abandonar con osadía las ideologías de los fabricantes de liturgias horizontales y a volver a las directivas de Sacrosantum Concilium. Que vuestras celebraciones litúrgicas lleven los hombres a reencontrar a Dios cara a cara y a adorarlo, y que este reencuentro los transforme y los divinice.
«Cuando el rostro sobre Dios no está determinado, todo el resto pierde su orientación»[13], nos dice Benedicto XVI. La reciprocidad es verdadera: cuando se pierde la orientación del corazón y del cuerpo hacia Dios, se cesa de determinarse con respecto a Él, literalmente, se pierde el sentido de la liturgia. Orientarse hacia Dios es ante todo un hecho interior, una conversión de nuestra alma hacia el único Dios. La liturgia debe operar en nosotros esta conversión hacia el Señor que es el Camino, la Verdad, la Vida. Para ello, ella utiliza signos, medios simples. La celebración ad orientem en parte lo hace. Ella es uno de los tesoros del pueblo cristiano que nos permite conservar el espíritu de la liturgia. La celebración orientada no debe devenir la expresión de una actitud partisana y polémica. Debe quedarse, al contrario, como la expresión de un movimiento más íntimo y más esencial de toda liturgia: nosotros nos tornamos hacia el Señor que viene.

LA IMPORTANCIA DEL SILENCIO
He tenido la ocasión de subrayar también la importancia del silencio litúrgico. En el Espíritu de la liturgia, el Cardenal Ratzinger escribía: «Cualquiera ha hecho la experiencia de una comunidad unida en la plegaria silenciosa del Canon sabe que representa un silencio verdadero. Allí, el silencio es a la vez un grito creyente, penetrante, lanzado hacia Dios, y una comunión de oración llenada del Espíritu.» En su tiempo, había afirmado con fuerza que la recitación en voz alta de la integralidad de la Oración eucarística no era el único modo para obtener la participación de todos. Nosotros debemos trabajar por una solución equilibrada y abrir espacios de silencios en este dominio.
¡Apelo con todo mi corazón a poner por obra la reconciliación litúrgica enseñada por el Papa Benedicto, en el espíritu pastoral del Papa Francisco! Jamás la liturgia debe devenir la bandera de un partido. Para algunos, la expresión «reforma de la reforma» ha venido a ser sinónimo de dominación de un clan sobre otro, esta expresión corre el riesgo entonces de devenir inoportuna. Prefiero entonces hablar de reconciliación litúrgica. ¡En la Iglesia, el cristiano no tiene adversario! Como escribía el Cardenal Ratzinger, «nosotros debemos reencontrar el sentido de lo sagrado, el coraje de distinguir entre lo que es cristiano y lo que no lo es; no para erigir sus barreras, sino para transformar, para ser verdaderamente dinámicos»[14]. Más todavía que una «reforma de la reforma», ¡él habla de la reforma de los corazones! Se realiza con una reconciliación de las dos formas de un mismo rito, con un enriquecimiento mutuo. ¡La liturgia debe siempre reconciliarse con ella misma, con su ser profundo!
Esclarecidos por la enseñanza del Motu Proprio de Benedicto XVI, confortados por la audacia del Papa Francisco, es tiempo de ir hasta el extremo de este proceso de reconciliación de la liturgia con ella misma. Este signo magnífico sería si nosotros pudiéramos, en una próxima edición del Misal romano reformado, insertar en anexo las oraciones al pie del altar de la forma extraordinaria, pudiendo ser en una versión simplificada y adaptada, y las oraciones del ofertorio que contienen una tan bella epíclesis que vienen a completar el Canon romano. ¡Sería, al fin, manifiesto que las dos formas litúrgicas se esclarecen mutuamente, en continuidad y sin oposición! Entonces, ¡nosotros podríamos devolver al Pueblo de Dios, un bien que es tan profundamente atacado!
Hace algunos días, para Pentecostés, el Papa Francisco nos ha exhortado: «Conviene evitar dos tentaciones recurrentes. La primera, aquella de buscar la diversidad sin la unidad. Aquella llega cuando se quiere distinguir, cuando se crean coaliciones y partidos, cuando se mantiene firmes sobre posiciones que excluyen, cuando se enferma sobre particularismos, juzgando que se es mejor y que siempre se tiene la razón. […] La tentación opuesta consiste en buscar la unidad sin la diversidad. La unidad deviene así uniformidad, obligación de hacer todo junto y todo semejante, de pensar todos siempre de la misma manera. De esta manera, la unidad termina por ser homologación y no hay más libertad. O, como dice San Pablo, allí donde el Espíritu del Señor está presente, allí está la libertad.»





[1] Benedicto XVI, Prefacio a la versión alemana de sus Obras Completas sobre la liturgia, 29 de junio de 2008.
[2] Benedicto XVI, Prefacio a la versión rusa de sus Obras Completas sobre la liturgia, 11 de julio de 2015.
[3] Carta a los Obispos, acompañando el Motu Proprio del 7 de julio de 2007.
[4] Motu Proprio Summorum Pontificum, art. 1.
[5] Carta a los Obispos, acompañando el Motu Proprio del 7 de julio de 2007.
[6] Ibid.
[7] Por ejemplo, Maximiliano Kolbe, Edith Stein (Sor Teresa Benedicta de la Cruz), los mártires de España, aquellos de Ucrania, Josefina Bakhita, Clementina Anuarite, etc.
[8] Ibid.
[9] Ibid.
[10] Benedicto XVI, Prefacio a la versión rusa de sus Obras Completas sobre la liturgia, 11 de julio de 2015.
[11] Cf. Alrededor de la cuestión litúrgica con el Cardenal Ratzinger, Abadía Notre-Dame de Fontgombault, julio 2001.
[12] Benedicto XVI, Homilía para la Fiesta de Corpus Christi, junio de 2012.
[13] Benedicto XVI, Prefacio a la versión alemana de sus Obras Completas sobre la liturgia, 29 de junio de 2008.
[14] J. Ratzinger, Servidor de vuestra alegría, Milán, 2002, 127.

sábado, 2 de septiembre de 2017

El pecado de fariseísmo


Recientemente, nos hemos enterado que el Papa Francisco ha nombrado un Obispo Coadjutor, con derecho a sucesión, en la diócesis italiana de Albenga – Imperia, cuyo Obispo Diocesano es Mons. Mario Oliveri[1].
Frente al revuelo que suscitó el nombramiento, el Obispo, en señal de obediencia a la Santa Sede, escribió un comunicado, pidiendo la aceptación del mismo.
La diócesis es conocida mundialmente por promover la liturgia tradicional, ya sea tanto de parte del Obispo, como de parte de los sacerdotes.
Sin embargo, se han demostrado graves acusaciones de faltas contra el sexto mandamiento de la Ley de Dios entre algunos miembros del clero. En esto no demostraron seguir las normas tradicionales de la Iglesia…
Muy bien en este caso el Santo Padre, al intervenir con su autoridad, para poner en orden la Casa de Dios.
Pero este caso tiene que suscitar un continuo examen de conciencia para todos los que amamos la Liturgia tradicional de la Iglesia.
Y nada mejor que analizar estos hechos de mano del padre Leonardo Castellani. Este gran sacerdote argentino nos recuerda que el pecado que más fustiga Nuestro Señor en el Evangelio es el del fariseísmo. «Toda la biografía de Jesús de Nazareth como hombre se puede resumir en esta fórmula: “Fue el Mesías y  luchó contra los Fariseos” – o quizá más brevemente todavía: “Luchó contra los Fariseos”.»[2]
Comentando la parábola del fariseo y del publicano (Lc. 18, 9-14), nos dice: «Sin el fariseísmo, Cristo no hubiera muerto en la cruz; y la Humanidad no sería esta Humanidad; ni la Religión, esta religión. El fariseísmo es el gusano de la religión; y parece ser un gusano ineludible, pues no hay en este mundo fruta que no tenga su gusano, ni institución sin su corrupción específica. Todo lo que es mortal muere; y antes de morir, decae. El fariseísmo es el “decay” de la religión, Míster George Box… perdone usted, profesor de religión.
Es la soberbia religiosa: es la corrupción más grande de la verdad más grande: la verdad de que los valores religiosos son los más grandes. Eso es verdad; pero en el momento en que nos los adjudicamos, los perdemos; en el momento en que hacemos nuestro lo que es de Dios, deja de ser de nadie, si es que no deviene propiedad del diablo. El gesto religioso, cuando toma conciencia de sí mismo, se vuelve mueca. No quiere decir que uno debe ignorar que es un gesto religioso; quiere decir que su objeto debe ser Dios y no yo mismo. El publicano decía: “Oh Dios, apiádate de mí, pecador”. El fariseo pensaba: “Estoy rezando: conviene que rece bien porque yo soy yo; y hay que dar buen ejemplo a toda esta canalla.” “No oréis a gritos, como los fariseos, ni digáis a Dios muchas cosas, como los paganos; vosotros cerrad la puerta y orad en lo escondido; y vuestro Padre, que está en lo escondido, os escuchará”.
Decía don Benjamín Benavídez que el fariseísmo, tal como está descrito en los Evangelios, tiene como siete grados: 1º, la religión se vuelve exterior y ostentatoria; 2º, la religión se vuelve rutina y oficio; 3º la religión se vuelve negocio o “granjería”; 4º, la religión se vuelve poder o influencia, modo de dominar al prójimo; 5º, aversión a los que son auténticamente religiosos; 6º, persecución a los que son religiosos de veras; 7º sacrilegio y homicidio. Esto me fue dicho, ahora recuerdo, en San Juan, la noche de Navidad de 1940, tres o cuatro años antes del Terremoto, cuando yo sabía teóricamente que existía el fariseísmo, pero todavía no me había topado con él en cuerpo y alma… De modo que en suma, el fariseísmo abarca desde la simple “exterioridad” (añadir a los 613 preceptos de la Ley de Moisés como 6.000 preceptos más y olvidarse de lo interior, de la misericordia y la justicia) hasta la “crueldad” (es necesario que Éste muera, porque está haciendo muchos prodigios y la gente lo sigue; y que muera del modo más ignominioso y atroz, condenado por la justicia romana) pasando por todos los escalones del fanatismo y la hipocresía. Este es el pecado contra el Espíritu Santo, el cual de suyo no tiene remedio. Aquel que no vea la extrema maldad del fariseísmo (que realmente es fácil de ver) que considere solamente esto: “la religión suprimiendo la misericordia y la justicia”. ¿Puede darse algo más monstruo?»[3]
«Como de hombres observantes, celosos y dedicados al estudio de la Ley pudo salir este horror, es cosa difícil de precisar pero no imposible de concebir. Primero apareció la “casuística”. Todo código completo postula una casuística, que es el ejercicio de aplicar los preceptos generales a los casos particulares. Nada malo hay en eso, al contrario. Pero la casuística degenera fácilmente por exceso y por perversión: se hace demasiado frondosa, se corta de la ley y de su espíritu, se vacía por dentro, y entonces fácilmente entra dentro de sí el demonio, que es “el espíritu de las cosas vacantes”, y le gusta, como a las chinches, los baúles vacíos. En las “cisternas agrietadas que dejan salir el agua”, como llamó Jeremías a los fariseos de su tiempo, se refugian toda clase de bichos. La casuística farisea, el Talmud, el comentario de la ley, la tradición de los doctores no dejaba de contener alguna fruta entre la hojarasca, como que está hecho coleccionando los “dichos” de los profetas y doctores; pero la hojarasca había crecido en inmenso y se había podrido: “mandato de hombres”. […] Siendo así que los más capaces de estas “observancias” prolijas y sutiles son los caracteres pueriles o neuróticos, si se llega a la desgracia de reponer la santidad en la “observancia regular”, como no deja de suceder, ayúdeme a pensar lo que pasa en una comunidad religiosa. Cualquier cosa puede pasar. […]
En esta vaciedad de la casuística farisea entró primero el engreimiento religioso, después el ideal del mesianismo político, y después la soberbia, madre de la mentira y de la crueldad. […]
El engreimiento religioso trajo el mesianismo político, podemos colegir. Los fariseos necesitaban ser vengados de sus quemantes humillaciones, de sus revolcones y derrotas. La religión era humillada en ellos y el Mesías debía vindicar la religión. Y si el Mesías había de ser político, naturalmente había que preparar su venida haciendo política. Cien años antes de Cristo los fariseos sostuvieron contra el rey Alejandro Janneo una guerra de seis años que costó 50.000 víctimas; durante el reinado siguiente, de la reina Salomé, fueron los verdaderos gobernantes pues la Reina se sometió a su arbitrio, cuenta Josefo. Los saduceos fueron dominados sin piedad. Se refugiaron en las grandes familias sacerdotales y en la adulación de los poderosos. Los fariseos tenían de su parte el pueblo, sobre todo las mujeres devotas, que formaban una tribu numerosa, entremetida y temible.
Cuando la política entra dentro de la religión se produce una corrupción extraña. En estas condiciones el poder se vuelve temible, porque puede obligar en conciencia. Con una abjuración religiosa obligó Caifás a Cristo a proferir la “blasfemia” que le costó la vida, a saber: que Él era “el Hijo del Hombre” de Daniel. La corrupción llega al máximo cuando lo religioso se ha reducido a mero instrumento y pretexto de lo político. “Amáis los primeros puestos en la Sinagoga… buscáis el vano honor que dan los hombres” – les imprecaba Cristo. La crueldad, cuya condición y primer grado es la dureza de corazón, es infalible en consecuencia de la soberbia religiosa. Ya es bastante cruel “devorar las casas de las viudas y los huérfanos con pretexto de largas oraciones”; pero la crueldad de los fariseos que hizo su ostentación en la pasión de Cristo, se ejercitaba habitualmente en desterrar y matar a sus enemigos, casi siempre por medio de intrigas solapadas. […]
La política farisea se manifiesta enseguida. Al principio del segundo año de predicación, en el primer viaje a Jerusalén (cuentan acordes Mateo, Marcos y Lucas) “entraron en tratos los fariseos con los herodianos y empezar a conferir como harían para perderlo”. El eliminarlo estaba ya decidido, la cuestión era el cómo. ¿No eran enemigos los fariseos con los herodianos? Sí lo eran, pero eran enemigos “políticos”, désos que se ponen de acuerdo cuando surge un adversario no político, désos que perturban el funcionamiento de los partidos, o “el libre juego de las instituciones democráticas”; como se dice ahora. El acuerdo tuvo éxito: eliminarlo de algún modo que no los dejara mal y no conmoviera al pueblo; y los encargados de hallarlo fueron los más religiosos, naturalmente: los fariseos.
Y ahí andaban ellos, haciendo fiesta y grandes discursos, prodigándose adulaciones y zalamerías unos a otros, excitando a todos a la defensa de la religión contra la impiedad saducea, es decir, a la defensa de ellos: retrancados, duros, implacables, cerrados de mollera, hostiles a la vida y a la belleza; metidos en todo, orgullosos, rencorosos, ilusos, astutos, tortuosos, solemnes, aparateros, floripóndicos, atrevidos, presuntuosos, caraduras, olvidados de Dios y temidos de los hombres como el Evangelio nos los muestra. […] No se pudre el agua si no es estancada; los gusanos sólo prosperan en la carne muerta.»[4]
«Dondequiera hay un exceso de “reglamentismo”, una proliferación de mandatos, reglas, costumbres, glosas, formalidades y trámites, no solamente hay peligro de olvidar el espíritu y el fin de la ley, sino señal clara de que ese espíritu ha claudicado. Y entonces son posibles y fáciles tres cosas: el necio aparecer perito, el hipócrita pasar por santo y ser condenado el inocente.»[5]
Tristemente, esto es lo que ha ocurrido en Albenga – Imperia: han guardado perfectamente las formas litúrgicas, pero han descuidado lo esencial: la justicia, la misericordia y la fidelidad, dejando de lado lo fundamental de la Ley. Este puede llegar a ser un peligro para todos los que amamos la Liturgia tradicional, el canto gregoriano y en general la adecuada música sagrada, los buenos ornamentos, el respeto de las rúbricas, etc. Debemos aprender de errores ajenos, y nunca olvidarnos que cada día debemos convertirnos hacia Dios. No debemos filtrar el mosquito y tragarnos el camello. El Señor, por el contrario, nos dice: «Hay que practicar esto, sin descuidar aquello.» (Mt. 23, 23)
Aprovechando esta ocasión, los progresistas oponen la misericordia a la ley, y afirman que es inútil la defensa de la Tradición de la Iglesia. Y el Señor puede volvernos a decir su reproche: «Porque el Nombre de Dios es blasfemado por causa de vosotros entre los gentiles» (Rom. 2, 24; Is. 52, 5; Ez. 36, 20-22). De esta manera, los modernistas ocultan que ellos son los también fariseos, postulando que se puede amar a Dios y al prójimo sin el cumplimiento de sus normas, y juzgando a los demás bajo capa de pluralismo y apertura al mundo, bajo la falsa perspectiva de una misión vaciada de contenido.
Por lo tanto, el fariseísmo es el pecado común de nuestra época, ya sea de aquellos que son fieles a la Tradición como de aquellos que dicen ser más abiertos al mundo. No por nada, comentando la famosa frase de Pablo VI: «El humo de Satanás ha entrado a la Iglesia de Dios», sostiene el gran jesuita expulsado de su Orden: «El humito del infierno es el fariseísmo.»[6]
La situación actual de la Iglesia pide un reformador, «un hombre que llamase la religión a lo interior; pero un reformador es un hombre que impone cargas y no que las arroja; que aprieta y no que afloja; que ata por todas partes nuevos lazos y lazos rotos y no que los relaja; para lo cual tiene que ser en alguna forma un mártir. Cosa que por desgracia estuvo lejos de ser Lutero. Lejos de volverse mártir, se volvió popular…»[7] Lutero son hoy sus discípulos, que de católicos sólo llevan el nombre («Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de Mí. Me rinden un culto vano, enseñando doctrinas que son mandamientos de hombres.» – Mc. 7, 6-7; Is. 29, 13), que quieren sustituir la Iglesia Católica, la única fundada por Jesucristo, por una nueva, hecha según el modo del mundo, aplaudidos por la prensa secular. 
¡Quiera Dios suscitar en estos momentos de la Iglesia a algún gran santo, que llame a las cosas por su nombre: "Pecado", al pecado; "Virtud", a la virtud; y que continuamente clame por la conversión, que debe ser verdadera, interior y personal, y que no tema a la demagogia del mundo! Quizá ya lo ha hecho, y nosotros, porque estamos dormidos, no hemos escuchado su voz... 


[1] El siguiente artículo fue publicado en Adelante la Fe el 21 de febrero de 2015, como puede verse aquí.
[2] P. Leonardo Castellani, Cristo y los Fariseos, Ediciones Jauja, 1999, p. 11.
[3] P. Leonardo Castellani, El Evangelio de Jesucristo, Itinerarium, Buenos Aires, 1957, pp. 235 - 236.
[4] P. Leonardo Castellani, Cristo y los Fariseos, Ediciones Jauja, Mendoza, 1999, pp. 78 – 83.
[5] P. Leonardo Castellani, Cristo y los Fariseos, Ediciones Jauja, Mendoza, 1999, p. 92.
[6] P. Leonardo Castellani, Catecismo para adultos, Ediciones del Grupo Patria Grande, Buenos Aires, 1979, p. 188.
[7] P. Leonardo Castellani, Cristo, ¿vuelve o no vuelve?, Vórtice, Buenos Aires, 2004, p. 263. Publicado también en Pluma en Ristre, Libros Libres, Madrid, 2010, p. 163.

sábado, 26 de agosto de 2017

Octava Peregrinación a Luján


       En el marco del centenario de las apariciones de Fátima, un grupo de laicos católicos, llamado “Nuestra Señora de la Cristiandad” ha realizado la 8º Peregrinación a Luján, cuyo fin es el de promover el Reinado social de Nuestro Señor Jesucristo en la Iglesia y en la Patria, a través de la restauración de todos los elementos de la Tradición eclesial, expresados en la forma antigua (y nunca abolida) de la celebración de la Santa Misa. El resurgimiento del espíritu de la Cristiandad sólo se logrará cuando la devoción al Santísimo Sacramento sea efectiva y afectivamente el centro de la existencia de todo cristiano. El espíritu que se lleva, desde los estandartes hasta los himnos que se cantan, desde las mortificaciones hasta las vigilias realizadas, manifiestan la actitud cristiana y patriótica que debe impulsar a todo patriota del Cielo y de la tierra, en palabras del p. Alberto Ezcurra[1]. Quien quiera conocer más sobre ellos puede visitar su página web.








Como todos los años, se partió desde Rawson (Buenos Aires) y se llegó a la Basílica de Luján. En esta ocasión, se comenzó el sábado 19 y se concluyó el lunes 21, feriado en Argentina por la muerte del Gral. San Martín, trasladado desde el 17 de agosto. Particularmente, este año, por las razones antes dichas, se quiso recordar el mensaje de Fátima, y el testimonio de vida de los videntes.
«A 100 años de las apariciones de Ntra. Sra. de Fátima, Nuestra Señora de la Cristiandad nos propone el lema “Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará”. La Divina Providencia nos convoca a peregrinar al Santuario de Nuestra Señora un 19 de agosto de 2017, día en el que se cumple el centenario de la cuarta aparición de la Virgen a los pastorcitos de Fátima. […] En esta cuarta aparición la Virgen María hace un llamado apremiante a vivir una vida de conversión, oración y penitencia, tres fuentes que nutren la vida del alma, diciendo a los tres pastorcitos: “Rezad, rezad mucho y haced muchos sacrificios por los pecadores, pues muchas almas van al infierno por no tener quién se sacrifique y pida por ellas.” A lo largo de estos tres días nos proponemos revivir y acoger el mensaje de Fátima por medio del sacrificio, la meditación, la oración y la participación en la Santa Misa. Peregrino: que el dolor, el cansancio y las dificultades que se te presenten en esta peregrinación te ayuden a practicar el pedido de la Virgen, y que puedas repetir junto a los tres pastorcitos: “¡Oh Jesús, sufro por tu amor, por la conversión de los pecadores, y en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María!”»
Por esta razón, las intenciones de la peregrinación fueron:
«Primero, caminar para la mayor gloria de Dios;
Por la salud de los enfermos o el consuelo divino en sus sufrimientos;
Por los que están agonizando o van a morir en las próximas horas para que se arrepientan de sus pecados;
Por las almas del Purgatorio;
Por nuestra Patria y la conversión de los que nos gobiernan;
Para que no se permitan más leyes contrarias a la Ley Divina y al Orden natural;
Para que Nuestro Señor ponga fin a la persecución de los cristianos y matanza de inocentes en Medio Oriente;
Por la santificación y perseverancia de todos los consagrados a Dios por María;
Por el Papa, Cardenales y Obispos, para que sean fieles a su ministerio;
Pidiendo muchos y santos sacerdotes para estos momentos de la Iglesia. Muchas santas vocaciones religiosas, monásticas y matrimoniales;
Para que un día el Papa consagre a Rusia al Corazón Inmaculado de María;
Por los matrimonios para que la Virgen los auxilie continuamente con las gracias del Cielo;
Por los que se preparan para el matrimonio para que lo hagan según la Voluntad de Dios;
Por todos los trabajadores especialmente por aquellos que trabajan los campos que se atravesarán durante la peregrinación;
Para que no haya divisiones entre los católicos, y que prevalezca la unión en la fe verdadera;
Para que la Misa tridentina sea permitida, conocida, y amada por los sacerdotes y laicos;
Para que Dios venga en auxilio de los sacerdotes perseguidos por tal causa;
Por los Siervos Reparadores, que siempre nos acompañan;
Por una peregrina de siempre, Isabel Prieto, que se encuentra en estado grave de salud;
Y por las intenciones particulares que cada uno lleva durante estos 100 km para depositarlos a los pies de María.»
Entre las intenciones mencionadas, conviene destacar el pedido de la consagración de Rusia al Inmaculado Corazón de María, tal y como lo solicitó la Virgen Santísima en Tuy (España), el 13 de junio de 1929, a saber: el nombrar explícitamente a Rusia en la consagración (sin alcanzar la sola mención del mundo); la consagración simultánea del Papa y de todos los Obispos en unión con él, en Roma o dispersos en sus diócesis; la realización solemne de tal consagración; y hecha con la finalidad de reparar y expiar las ofensas realizadas contra la Santísima Virgen. De este modo, Rusia jamás ha sido consagrada. Y por este motivo sigue esparciendo sus errores por el mundo, tal como lo vemos en el marxismo cultural.


Es bueno también hacer mención de la promoción de la Misa tradicional, impulsada por estos laicos que perciben el ataque de los “necios con poder”, parafraseando las palabras del p. Castellani[2], a aquellos sacerdotes que desean cumplir con la enseñanza magisterial de la Iglesia, tal como es el motu proprio «Summorum Pontificum», del Papa Benedicto XVI.



      El primer día de la peregrinación estuvo bajo la protección de Santa Jacinta Marto, quien tenía una sed insaciable de sufrir por la conversión de los pecadores. Se pide que esta santa niña nos inflame en nuestro amor, realizando sacrificios y rezando el Santo Rosario, para lograr nuestra conversión y la de los pecadores.
El segundo día estuvo bajo el patronazgo de San Francisco Marto. Él llegó a ser un gran contemplativo y enamorado del Santísimo Sacramento. Su anhelo principal era «consolar a Dios, que está muy triste», para lo cual no dejaba pasar ocasión de ofrecer sacrificios y oraciones.
Al llegar la noche de este día, se dio una charla a los presentes, se impuso el escapulario de la Santísima Virgen a quienes lo solicitaron, y realizaron la esclavitud mariana según el método de San Luis María Grignion de Montfort aquellos que se prepararon previamente para ello. Luego se rezaron las Completas, según la forma extraordinaria del Rito Romano, y se realizó la adoración nocturna del Santísimo Sacramento hasta las 6 de la mañana, cuando se retoma la actividad habitual.
El tercer día estuvo dedicado al Inmaculado Corazón de María. «Como dijo Nuestra Señora: “Jesús quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. A quien la abrazare, le prometo la salvación; y estas almas serán amadas por Dios, como flores puestas por Mí para adornar su trono.» Rezar, consolar y reparar, esa es nuestra tarea.
Se rezan cada día durante la peregrinación los cuatro misterios del Santo Rosario, y se hacen dos o tres meditaciones sobre el patrono del día.
La peregrinación culminó con la Misa solemne, presidida por Mons. Antonio Baseotto, a los más de 650 peregrinos, más las personas que se acercaron a la Basílica con esta ocasión. Antes de comenzar la renovación del santo sacrificio de la Misa, los peregrinos se consagraron al Corazón Inmaculado de María. Durante la homilía, Mons. Baseotto habló de San Pío X, cuyo santo se celebra dicho día en la forma ordinaria, recordando la actualidad de sus enseñanzas: la importancia del Catecismo bien enseñado, la Santa Comunión dada a los niños, y sobre todo la lucha contra el modernismo.









        Si a esto le sumamos los más de 500 que asistieron a Paraná (dado que había 460 sillas y muchos estaban de pie, y otros tanto afuera, sin ni siquiera contar los niños), para las XXII Jornadas de Formación del Litoral Argentino, con expositores de primer nivel, donde ambos eventos contienen el mismo espíritu nacionalista y católico, como lo escribió el padre Javier Olivera aquí, tenemos más de 1.200 personas con el mismo fin y el mismo ideal. Como dijo san Pío X: «No, la civilización no está por inventarse ni la ciudad nueva por construirse en las nubes. Ha existido, existe, es la civilización cristiana, es la ciudad católica. No se trata más que de instaurarla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques siempre nuevos de la utopía malsana, de la revolución y de la impiedad.»[3]
Todos los años, entre los dos eventos, el número de los asistentes va en aumento. Deo gratias!! No es que nos interesen los números (de lo contrario, caeríamos en la numerolatría actual), sino más bien que sabemos que “un poco de levadura hace fermentar toda la masa” (Mt. 13, 33). Damos gracias a Dios que la masa está fermentando, que el Señor está suscitando la restauración católica de nuestra Patria, como se ve, entre otros, en estos dos eventos.





[1] Padre Alberto I. Ezcurra. In Memoriam.
[2] P. Leonardo Castellani, Camperas. Bichos y personas, Organización San José, Séptima edición, Bs As, 1970, p. 240.
[3] S. Pío X, Carta Apostólica Notre Charge Apostolique, de 25 de agosto de 1910, en Doctrina Pontificia, vol. II. p. BAC., Madrid, 1958.