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domingo, 10 de septiembre de 2017

La moral de situación


Grandes maestros tuvo el tomismo en la Argentina. Mucho han dejado escrito, y por ver la esencia de las cosas, incluso han profetizado sobre muchos de los sucesos que han venido posteriormente.
Entre estos grandes tomistas de nuestra Patria destacan las figuras del p. Julio Meinvielle y del p. Leonardo Castellani. Pero no se crea que fueron los únicos. Podríamos nombrar una pléyade más. Entre éstos, como no mencionar a Mons. Octavio Derisi, fundador en 1946 de la revista Sapientia, en 1948 de la Sociedad Tomista Argentina y en 1958 de la Universidad Católica Argentina (UCA).

SU VIDA
Nació en Pergamino (provincia de Buenos Aires) el 27 de abril de 1907. En marzo de 1919, con doce años, ingresó en el Seminario menor de Villa Devoto, donde cursó cinco años. Continuó sus estudios en el Seminario Pontificio de Buenos Aires, donde cursó los tres años de filosofía y los cuatro de teología. Fueron compañeros y amigos suyos el mencionado p. Julio Meinvielle, el p. Juan Sepich y el p. Fernando Garay. El 20 de noviembre de 1930 fue ordenado sacerdote del clero secular por el cardenal Santiago Luis Copello en la iglesia del Seminario bonaerense. Ya presbítero y culminados sus estudios eclesiásticos, el obispo de La Plata, Monseñor Francisco Alberti, le nombra profesor del recién fundado Seminario Diocesano San José de La Plata, al que se incorpora el 1º de febrero de 1931. En 1935 asume la cátedra de Historia de la Filosofía, en 1936 la de Filosofía y más tarde, y durante casi medio siglo, se encargará de la docencia de la Metafísica.
Entre 1934 y 1938 realizó los estudios civiles de Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires, donde obtuvo el doctorado en filosofía con una tesis sobre “Los fundamentos metafísicos del orden moral”.
En 1945 recibió el Primer Premio Nacional de Filosofía por su obra Filosofía moderna y filosofía tomista, y en 1946 fue nombrado profesor titular interino de Gnoseología y Metafísica de la Facultad de Humanidades de la Universidad de La Plata. Tuvo entre sus discípulos a Mons. Guillermo Blanco, que será luego su sucesor en la UCA. En esos años de oro del seminario de La Plata enseñaban simultáneamente Derisi, Rau, Straubinger (el famoso biblista traductor de la primera versión al español de la Sagrada Escritura en América, directamente de sus originales), Trota, Plaza, Gil Rosas, Garay y Elgar. En estos años, tradujo y supervisó la traducción de gran cantidad de trabajos de tomistas, entre ellos Martin Grabmann, Reginald Garrigou-Lagrange y Jacques Maritain.
En julio de 1946 se publica el primer número de la revista Sapientia, de la que fue su primer director. Representa unos de los órganos más importantes de difusión del tomismo en el mundo de habla hispana. También intervino en la organización de la Revista de Filosofía de la Universidad de La Plata, de la que fue director hasta 1955.
En 1948 intervino en la fundación de la Sociedad Tomista Argentina, que se constituyó el 9 de noviembre de 1948 con una Comisión Directiva presidida por Tomás Darío Casares, de la que eran vicepresidentes Octavio Nicolás Derisi y Nimio de Anquín, secretario general Julio Meinvielle, pro-secretario Abelardo Rossi y vocales el dominico Marcolino Páez y el doctor Benito Raffo Magnasco. Inmediatamente la Sociedad Tomista Argentina se adhirió a la Unión Mondiale des Sociétés Catholiques de Philosophie (en Francia, el 16 de diciembre de 1948). “Concretó en el marco de los Cursos de Cultura Católica, el entusiasmo y la convicción del Padre Meinvielle de crear una sociedad «tomista» y «argentina»” (Mons. Gustavo Ponferrada). El 7 de marzo de 1958, en una reunión del Episcopado Argentino convocada para celebrar la festividad de Santo Tomás de Aquino, se decidió por fin la fundación de la Universidad Católica Argentina, bajo la advocación de Santa María de los Buenos Aires. A la Universidad Católica Argentina dedicó Derisi sus mejores esfuerzos. Incorporó la revista Sapientia como órgano oficial de la Facultad de Filosofía de la UCA, institución que desde 1960 logró el reconocimiento de Pontificia.
En 1972 incorporó a la UCA los Cursos de Cultura Católica. En 1979 se organizó bajo su dirección el Primer Congreso Mundial de Filosofía Cristiana, que tuvo lugar en Embalse (Provincia de Córdoba, Argentina) en la celebración del centenario de la Encíclica Aeterni Patris de León XIII.


En el homenaje que se le hizo el 2 de diciembre de 1980 se leyó una afectuosa carta del Papa Juan Pablo II. Al año siguiente, el Papa lo designó Asistente al Solio Pontificio, y a fines de ese año 1981, consultor de la Sagrada Congregación para la Educación Católica. En 1984 se retiró como obispo auxiliar de La Plata y fue nombrado Arzobispo titular de Raso «ad personam» (distinción personal sin ejercicio de cargo eclesiástico). La UCA le nombró su Rector Emérito el 20 de noviembre de 1992.
En su fecunda vida intelectual escribió más 40 libros y casi 600 artículos, y publicó sus obras en innumerables revistas filosóficas. Sin embargo nunca dejó los oficios propios del sacerdote: celebrar misa, confesar y el rezo del Santo Rosario. Su curriculum llenaría varias páginas: tiene 7 doctorados, 4 de ellos honoris causa, miembro de 7 academias entre ellas la Pontificia Academia de Santo Tomás. Se destacó como intelectual, hombre de empresa y hombre de oración, modelos muy difíciles de hallar aún por separado.
Mons. Octavio Derisi falleció en Buenos Aires el martes 22 de octubre de 2002, a los 95 años de edad. Sus restos fueron velados en la capilla del rectorado de la Universidad Católica Argentina (Puerto Madero, Buenos Aires) y el sábado 26 de octubre fueron sepultados en el altar del Santísimo Sacramento de la catedral de La Plata.

EL PRESENTE ESCRITO
En esta recensión, publicada en Sapientia n. 119, Vol. XXXI (1976), La Plata (Bs As), p. 62-65, Mons. Derisi presenta la obra de García de Haro y De Celaya, llamada “La Moral Cristiana”. Expone las líneas fundamentales de la teología moral, según el fundamento de la Revelación y del orden natural.
Escrita para refutar los errores de su época, hoy cobra más vigencia que nunca, dada la moral de situación, propagada por Marciano Vidal, el mismo que es citado por Mons. Derisi, donde se niega la existencia de objetos morales siempre y por siempre malos, tal como lo enseñaron, entre otros, los Papas San Pío X, Pío XII y Juan Pablo II. El fin jamás justifica los medios. Jamás estará justificada la violación de ninguno de los mandamientos de la Ley de Dios, que responden a la ley natural, inscrita por Dios en el alma de cada ser humano. La tergiversación de estos principios se deben exclusivamente a la influencia de la filosofía moderna (en especial, del kantismo) contra los datos claros y evidentes de la Revelación. Por esta razón, no se puede “reescribir” ni reinterpretar, ni la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio de Juan Pablo II, ni la Encíclica Humanae Vitae de Pablo VI, ni ninguno otro documento referido a la vida moral de la Iglesia.
Nunca más actual, entonces, este escrito, que recuerda lo que siempre ha enseñado la santa Iglesia Católica. Por eso los mártires eran capaces de morir antes que inciensar una imagen del emperador, como recuerda Juan Pablo II en su Encíclica Veritatis Splendor. También hoy nosotros, imitándolos, debemos estar dispuestos a ello, porque, en definitiva, morir por la verdad, es hacerlo por el que es la Verdad, Cristo, que en su momento supremo dijo a Pilato que el que es de la verdad escucha su voz.


LA NUEVA MORAL[1]

Por Mons. Dr. Octavio N. Derisi

La obra que aquí se analizará consta de un prólogo y tres capítulos: 1) Otra Moral Nueva, 2) La Perenne Novedad de la Moral Cristiana y 3) Doctrina y Vida. El primero expone con amplitud y precisión los pasos y desarrollo de la nueva moral, que pretende actualmente introducirse en la Iglesia. Frente a ella, el segundo capítulo presenta las líneas esenciales que configuran la moral cristiana. Y el tercero extrae las consecuencias que para la vida acarrean una y otra moral.
En el primer capítulo, los autores de la obra han logrado presentar, a la luz de los textos de los propios teólogos, con gran objetividad y claridad, los fundamentos, el desarrollo y el espíritu, así como también las consecuencias, de esta nueva moral cristiana.
Fuchs, Haring, Valsecchi, Vidal García, Girardi, Chenu, Schillebeeckx y otros son los protagonistas de esta nueva moral, que se pretende introducir en la Iglesia como una renovación del Evangelio.
Esta nueva moral, en su esencia radical no se formula en preceptos, es más bien un compromiso total de la persona. Sus creadores distinguen entre una actitud trascendental, una mentalidad que transformaría totalmente la vida y que sería el real aporte del cristianismo a la moral; y una formulación de preceptos, a que aquélla conduce y anima con su espíritu. Se trata —como bien notan los autores de este libro y como su mismo nombre lo indica— de un retorno al formalismo trascendental moral kantiano, en el cual la ley no tiene contenido, sino que informa y da vigencia a las máximas o normas.
Por otra parte, esta nueva moral pretende hacer del hombre no sólo un ser histórico, sino un ser inmerso y diluido totalmente en el fluir de la historia, sin esencia humana propiamente tal y mucho menos inmutable. En rigor, no hay una naturaleza humana propiamente dicha, constituida por notas esenciales y permanentes. Por eso, el hombre no es siempre y esencialmente el mismo, sino que cambia y asume diversas formas a través de las circunstancias y situaciones del acontecer del tiempo y de la cultura.
La influencia del existencialismo actual es evidente. Recuérdese la frase de los existencialistas: "El hombre no es, se hace".
Si no hay naturaleza humana, tampoco hay una ley o moral natural, inmutable, una moral exigida por una naturaleza humana que realmente no existe. Sobre el particular quiero recordar el vigoroso estudio que ha realizado el eminente filósofo y teólogo que es el Padre Cornelio Fabro. De aquí que sólo haya un pluralismo moral, consiguiente al pluralismo de la naturaleza humana en sus variantes en la historia. Por eso también los preceptos morales pueden ser válidos para una época o cultura y no para otras, según que estén o no exigidos por el espíritu o aptitud trascendental cristiana. Como se ve, se trata de un retorno al historicismo o relativismo moral, en cuanto a los preceptos, por más que se evite ese nombre. Esto explica la actitud de algunos teólogos o de sus epígonos, que afirman que la indisolubilidad del matrimonio pudo ser válida en otra época y contorno cultural, pero no ahora, que ha variado el hombre; y que el acto sexual en sí mismo, fuera del matrimonio, y aún la misma masturbación, consideradas en otras épocas como pecado, puedan no serlo hoy, y aún puedan asumir el gesto de una apertura al otro. Otro tanto se afirma del aborto y otras cuestiones de actualidad.
Se ve ahora cuál sea el sentido de esta nueva moral: es una entrega total de la persona, es un espíritu, que puede encarnarse en diversas formulaciones normativas y no está sujeto a ninguna de ellas, y las asume de acuerdo a los cambios de la naturaleza humana en el tiempo. Esa moral está por encima de toda norma —como en Kant la ley está por encima de la máxima— y, por eso, puede encarnarse en nuevas normas morales, dejando como obsoletas otras que fueron válidas antes. Los mismos preceptos de Cristo son válidos para su época y situación moral; pero no lo son necesariamente para siempre y para cualquier tiempo.
En síntesis, esta nueva moral es un compromiso o inserción de la persona en el tiempo, es una forma vacía de contenido, cuya materia o preceptos pueden variar: unos pueden perder vigencia y otros asumirla, de acuerdo a las transformaciones que sufre el hombre en su devenir histórico. Dilthey, con su historicismo, está redivivo en esta afirmación. Con ello se niega una moral natural con normas y preceptos permanentes y válidos para todos los hombres de todos los tiempos y situaciones culturales, precisamente porque se ha destruido su fundamento que es la esencia o naturaleza humana. Una vez más lo esencial de esta nueva moral es lo formal, su espíritu, y en manera alguna su contenido de preceptos.
Los autores de la obra advierten que esta moral implica un retorno a la inmanencia del modernismo, condenado por Pío X. Ha desaparecido Dios como último Fin trascendente al hombre. Consecuencia lógica, por lo demás, desde que se ha perdido la esencia o naturaleza humana, la cual ha sido hecha por Dios y ordenada por El en todo su dinamismo hacia ese Fin. La naturaleza humana inmutable —terminus a quo— y Dios —terminus ad quem de la moral— han sido suprimidos en esta nueva ética, y la moral natural ha desaparecido. La nueva moral se centra ahora, no en Dios, último Fin y Razón suprema del hombre, sino en el hombre mismo. Es antropocéntrica y, como tal inmanentista. El hombre es quien asume su responsabilidad histórica, sin imposiciones de una ley, que se funda en el Fin o Bien trascendente divino.
Mucho más aún, en esta nueva moral, está ausente la gracia, la vida y los auxilios sobrenaturales, que insertados en el alma y en la vida espiritual de la inteligencia y de la voluntad, configuran la moral cristiana sobre el fundamento del Fin supremo y divino del hombre. Al inmanentismo modernista, que diluye la moral natural, se añade un horizontalismo naturalista, que destruye los fundamentos de la moral sobrenatural cristiana.
En síntesis, esta nueva moral con pretensiones de cristiana o evangélica, destruye, por una parte, los fundamentos de la moral natural y, por otra, vacía a la moral cristiana del contenido sobrenatural; y conduce, consecuentemente, a un inmanentismo naturalista y relativista moral.
El segundo capítulo encierra una síntesis clara y fundada de la moral cristiana. El trabajo se basa primordialmente en la doctrina de Santo Tomás, cuyos pasajes principales están citados y aun transcriptos en sus textos latinos, en las notas. La moral cristiana, lejos de destruir, salva y consolida la moral natural, tanto en su aprehensión intelectiva de las normas, como en el cumplimiento de las mismas por parte de la voluntad libre.
Como la gracia supone la naturaleza, también la moral cristiana supone la moral natural. Sin ésta, no es posible aquélla. De ahí el cuidado con que el cristianismo la restaura y defiende. Esa moral natural es ensanchada y profundizada por la moral cristiana, con sus propios preceptos y con sus normas supremas de vida y con sus consejos evangélicos.
Tanto en el plano natural como en el sobrenatural, la moral se funda en el último Fin trascendente del hombre, que es Dios, Bien infinito —conocido por la razón y por la fe, en uno u otro plano, terminus ad quem— y se establece como un recorrido de perfeccionamiento desde el hombre o hijo de Dios —terminus a quo, del orden natural o sobrenatural, respectivamente— hasta la posesión plena, natural o sobrenatural de aquel último Fin o Bien, después de la muerte. Hombre e hijo de Dios, integralmente unidos en el cristiano, se perfeccionan hasta su término, durante su vida terrena, por la actividad moral recta, es decir, por la sumisión de la voluntad libre a las exigencias ontológicas de aquel último Fin o Bien divino sobre la naturaleza humana enriquecida por la gracia, aprehendidas y manifestadas por la inteligencia como normas morales cristianas.
Los autores del libro señalan los medios del enriquecimiento de esta vida sobrenatural cristiana: la lucha ascética, las virtudes, los sacramentos y la oración. Bajo la actividad moral cristianamente recta el hombre se acrecienta no sólo sobrenaturalmente o como hijo de Dios, sino también naturalmente como hombre. Este capítulo termina asentando con Santo Tomás la supremacía de la contemplación sobre la acción en la vida moral y la inserción del tiempo en la eternidad, que esta actividad ética implica.
La cultura o perfeccionamiento de las cosas y del propio hombre, por la acción espiritual de la inteligencia y de la voluntad, en el cristianismo se enriquece con una dimensión divina de hijo de Dios que, lejos de impedir, asegura más ampliamente y profundiza los valores humanos de aquélla.
El último capítulo extrae las consecuencias prácticas de una y otra moral; de esta nueva, y de la auténtica moral cristiana. Se comienza por poner en claro las endebles "bases intelectuales" de la nueva moral, que se funda en la inmanencia de la filosofía actual —kantismo y existencialismo— con la consiguiente pérdida no sólo del orden natural, sino también de la Revelación, del Magisterio y de todo el orden sobrenatural.
Perdido el sentido sobrenatural de la vida y su alegría en la asunción plena de la misma, el hombre actual, agobiado bajo el peso y temor servil de los preceptos, con bellas palabras de "compromiso", de "liberación", etc., opta por una moral "liberadora", que relativiza toda norma y precepto, con las consecuencias de un hedonismo, sensualismo, sexualidad, y egoísmo sin frenos, que van a dar al odio, la violencia, y el caos moral y humano.
Frente a ella, la auténtica moral cristiana conforma una admirable armonía y unidad de vida entre lo que se cree y se practica, y pone en camino al hombre —por eso, homo viator— no sólo hacia la plenitud de su vida divina, sino también de su perfección humana, a la vez que lo llena de satisfacción y alegría con el descubrimiento del sentido de su vida en el tiempo y en la eternidad y con la asunción de las responsabilidades que esa vida impone amorosamente.
La obra está elaborada con orden y bien escrita. Es de fácil lectura y asimilación. Las afirmaciones están corroboradas por abundantes notas, en que se citan y muchas veces se transcriben, los textos de los autores citados.
La parte doctrinal se funda en la doctrina de la Iglesia, principalmente a través de Santo Tomás, y la doctrina nutre el pensamiento de los autores a través de todo su desarrollo.
Esta obra responde a una verdadera necesidad de esclarecimiento de la auténtica moral cristiana, frente a las pretensiones de ciertos teólogos que, con la asunción consciente o inconsciente de las posiciones inmanentistas e historicistas de la filosofía actual, desnaturalizan y hasta destruyen su sentido trascendente y sobrenatural y la sumergen en un formalismo destructor de toda la vida natural y sobrenatural.
Por eso, dentro de esta obra que ofrece una síntesis bien fundada de la moral cristiana, juzgamos que el primer capítulo, de exposición crítica de las tendencias de la nueva moral, formuladas por algunos teólogos de hoy, es el más oportuno para nuestro tiempo y a la vez el mejor logrado por sus autores.
Recomendamos vivamente la lectura de este libro a cuantos quieren esclarecer sus ideas frente a la confusión reinante, que en no pocos círculos han engendrado estos teólogos con su nueva moral.
El libro ha sido bellamente editado por Rialp de Madrid.



[1] R. GARCIA DE HARO Y DE CELAYA, La Moral Cristiana, Rialp, Madrid, 1975, 267 pp.

martes, 5 de septiembre de 2017

Recordando la Evangelium Vitae


En el vigésimo aniversario de su publicación

Hoy, 25 de marzo[1], se cumplen veinte años que el Papa Juan Pablo II promulgó su Carta Encíclica Evangelium Vitae, sobre el valor y el carácter inviolable de la vida humana. 
Esta Encíclica, junto con la Redemptoris Missio (7 de diciembre de 1990), la Veritatis Splendor (6 de agosto de 1993) y la Fides et Ratio (14 de septiembre de 1998), constituyen el Magisterio central del Papa polaco. Todos estos importantes documentos eclesiales tienen la característica común de volver a enseñar las verdades que la Iglesia siempre ha enseñado, frente a los errores contemporáneos[2]. Como dijo el Cardenal Ratzinger, «el imperativo "no matarás" es el gran tema de la Evangelium vitae»[3], que debe ser practicado sin ninguna excepción por todos. De este modo, reafirma que hay objetos morales “semper et pro semper” malos, como también lo enseña en la Encíclica Veritatis Splendor[4], frente a los errores del proporcionalismo y del consecuencialismo.
«El Evangelio de la vida está en el centro del mensaje de Jesús. Acogido con amor cada día por la Iglesia, es anunciado con intrépida fidelidad a los hombres de todas las épocas y culturas.» (n. 1)
La expresión “Evangelio de la vida” no se encuentra como tal en la Sagrada Escritura. Sin embargo, todos sabemos la centralidad del término “vida” en la Palabra de Dios. Es desde uno de los nombres de Dios (Ps. 42, 3) y del Verbo Encarnado (Jn. 14, 6), hasta hacer referencia al núcleo central de la misión redentora: «Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia» (Jn. 10, 10). Esta vida que nos da gratuitamente el Redentor es la natural, la sobrenatural (la gracia) y la beatífica (el Cielo). «Así alcanza su culmen la verdad cristiana sobre la vida. Su dignidad no sólo está ligada a sus orígenes, a su procedencia divina, sino también a su fin, a su destino de comunión con Dios en su conocimiento y amor. A la luz de esta verdad san Ireneo precisa y completa su exaltación del hombre: “el hombre que vive” es “gloria de Dios”, pero “la vida del hombre consiste en la visión de Dios.”» (n. 38)
En particular, es en la grandeza y el valor de la vida humana donde se centra la Encíclica, subrayando el carácter relativo de la vida terrena y su realidad sagrada. El fin de la Encíclica es defender esta existencia de los ataques de los más endebles: desde abortos, infanticidios y eutanasias, pasando por ataques contra la integridad humana y condiciones infrahumanas de vida y de trabajo, como «totalmente contrarios al honor del Creador.»[5]
Estos ataques hoy se ven agudizados en nuestra época, con la complicidad de muchos miembros de la Iglesia, justificándolos desde una filosofía hedonista y un concepto egoísta de libertad, e impuesta por la fuerza a través de acuerdos económicos, políticas públicas, presiones internacionales, presiones de los medios de comunicación social, etc.
«Cada hombre es “guarda de su hermano” porque Dios confía el hombre al hombre.» (n. 19). Frente a la ausencia de solidaridad y la indiferencia de la mayoría, debemos clamar, sobre todo en favor de los que no tienen voz. «Quien atenta contra la vida del hombre, de alguna manera atenta contra Dios mismo» (n. 9), pues «la sacralidad de la vida tiene su fundamento en Dios» (n. 39).
«De la sacralidad de la vida deriva su carácter inviolable, inscrita desde el principio en el corazón del hombre, en su conciencia» (n. 40), hasta el punto de ocupar el centro del decálogo, prohibiendo primero con un precepto negativo el homicidio (cf. Ex. 20, 13) y luego causar daño a cualquier persona (cf. Ex. 21, 12-17). «Los preceptos morales negativos… obligan siempre y en toda circunstancia.» «Esta elección no puede justificarse por la bondad de ninguna intención o consecuencia» (n. 75).
Ello llegará a su plenitud en el Sermón de la Montaña, que tiene su cumbre en un mandato positivo: “Todo lo que queráis que los demás hagan por vosotros, hacedlo por ellos: en esto consiste la Ley y los Profetas” (Mt. 7, 12). Todo queda, de este modo, asumido en la caridad. “La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la plenitud de la Ley” (Rom. 13, 10). «La vida encuentra su centro, su sentido y su plenitud cuando se entrega» (n. 51).
«El mandamiento de Dios nunca está separado de su amor; es siempre don.» «El don se hace mandamiento, y el mandamiento mismo es un don» (n. 52).
Por lo tanto, «sólo Dios es Señor de la vida desde su comienzo hasta su término: nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho de matar de modo directo a un ser humano inocente» (n. 53). Así lo afirma unánimemente la Tradición de la Iglesia (n. 54). Y así también siempre lo enseñó explícitamente el Magisterio. «Por tanto, con la autoridad conferida por Cristo a Pedro y a sus Sucesores, en comunión con los Obispos de la Iglesia Católica, confirmo que la eliminación directa y voluntaria de un ser humano inocente es siempre y gravemente inmoral» (n. 57). «Nunca puede ser lícita ni como fin, ni como medio para un fin bueno» (n. 57). Como explica el Cardenal Ratzinger: «[En este texto,] el Papa no hace un acto formal de dogmatización, sino un acto de confirmación, porque la evidencia de la Escritura y de la Tradición es tal que sería absurdo dogmatizar una cosa que es un contenido evidente de todo el mensaje cristiano y que responde también a la razón y a todo humanismo»[6].
De este modo el aborto, que es «la eliminación deliberada y directa como quiera que se realice, de un ser humano en la fase inicial de su existencia, que va desde la concepción al nacimiento» (n. 58), es siempre gravemente inmoral, como siempre lo ha enseñado la Escritura y la Tradición de la Iglesia (n. 61) y el Magisterio Ordinario de la Iglesia (n. 62). «Desde el momento en que el óvulo es fecundado inaugura una nueva vida que no es la del padre ni la de la madre, sino la de un nuevo ser humano», y, por lo tanto, «debe ser respetado y tratado como persona desde el instante de su concepción» (n. 60). Esto impide el uso de métodos para eliminar el ser humano, desde mecánicos a químicos; y la manipulación de embriones como «material biológico» (n. 63).
Del mismo modo la eutanasia, entendida como «una acción o una omisión que por su naturaleza y en la intención causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor» (n. 65), es gravemente inmoral. Así lo define el Magisterio (n. 65), pues la Iglesia siempre ha rechazado el suicidio, incluso bajo apariencia de presunta piedad (n. 66). Debe distinguirse del llamado “encarnizamiento terapéutico” que son «ciertas intervenciones médicas que ya no son adecuadas a la situación real del enfermo, por ser desproporcionadas a los resultados que se podrían esperar o bien por ser demasiado gravosos para él o su familia… sin interrumpir las curas normales debidas al enfermo en casos similares» (n. 65). Por el contrario, «el camino del amor y de la verdadera piedad» (n. 67), como los “cuidados paliativos” (n. 65), son una prueba de verdadera solidaridad.
Se ha formado una verdadera “cultura de la muerte”, una especie de «conjura contra la vida», «una guerra de los poderosos contra los más débiles» (n. 12). De este modo se cae en un “relativismo absoluto”, donde «todo es pactable, todo es negociable». «De este modo la democracia, a pesar de sus reglas, va por un camino de totalitarismo fundamental» (n. 20), como si «la sociedad debería limitarse a percibir y asumir las convicciones de la mayoría» (n. 69), o, a lo sumo, si «todo político, en su actividad, debería distinguir netamente entre el ámbito de la conciencia privada y el del comportamiento público» (n. 69). Con estas palabras, el Papa condena la doctrina enseñada por Jacques Maritain.
De estos errores fuimos advertidos en la Argentina por el p. Julio Meinvielle: «¿Quién ocupa el primer lugar en esa ciudad democráticamente organizada, la Iglesia de Jesucristo y ello por un derecho propio, divino e irrenunciable, o la misma democracia, esto es los presuntos e intangibles derechos propios?... La democracia “moderna” comporta en sus entrañas la exclusión de la soberanía pública de Jesucristo y de su Iglesia; y si a alguno acuerda preeminencia en la vida misma, en el derecho público, es a la sacrosanta voluntad de la mayoría manifestada en el sufragio universal.»[7] Por eso el p. Leonardo Castellani la llamaba jocosamente “democacaracia”[8] o “pseudemogresca liberal”[9]. Así, entonces, la susodicha democracia se transforma en «Estado tirano» (n. 20).
Hay un verdadero «eclipse del sentido de Dios y del hombre» (n. 21) que «conduce inevitablemente al materialismo práctico, en el que proliferan el individualismo, el utilitarismo y el hedonismo» (n. 23). Como consecuencia se reduce el cuerpo a mera materialidad, «la sexualidad se despersonaliza e instrumenta», «la procreación se convierte entonces en el “enemigo” a evitar» (n. 23), la conciencia moral queda sometida «a un peligro gravísimo y mortal, el de la confusión entre el bien y el mal» (n. 24). Así se reduce la vida a «un bien sólo relativo: según una lógica proporcionalista o de puro cálculo» (n. 68).
Por otra parte se observa también que, frente a esta “cultura de la muerte”, hay una militancia en favor de la “cultura de la vida”: los esposos que acogen generosamente a sus hijos como don, las familias que reciben niños abandonados; centros de ayuda a la vida; grupos de voluntarios que brindan hospitalidad (n. 26); hijos de la Iglesia en la primera línea de la caridad; etc. (n. 27). «La vida encuentra su centro, su sentido y su plenitud cuando se entrega» (n. 51).
«La introducción de legislaciones injustas pone con frecuencia a los hombres moralmente rectos ante difíciles problemas de conciencia en materia de colaboración.» «Desde el punto de vista moral, nunca es lícito cooperar formalmente en el mal» (n. 74). «Leyes de este tipo no sólo no crean ninguna obligación de conciencia, sino que, por el contrario, establecen una grave y precisa obligación de oponerse a ellos mediante la objeción de conciencia» (n. 73; cf. n. 89).
Es por ello que ahora «estamos ante un enorme y dramático choque entre el bien y el mal, la muerte y la vida, la “cultura de la muerte” y la “cultura de la vida”… Todos nos vemos implicados a participar» (n. 28; cf. n. 50). «El hombre, acogiendo el don de Dios, debe comprometerse a mantener la vida en esta verdad, que le es esencial» (n. 48). «Es urgente una movilización general de las conciencias y un común esfuerzo ético, para poner en práctica una gran estrategia en favor de la vida. Todos juntos debemos construir una nueva cultura de la vida» (n. 95), formando la conciencia moral (n. 96), desde «la auténtica educación de la sexualidad y del amor» en los jóvenes a «la formación de los esposos para la procreación responsable» (n. 97), hasta resaltar el valor salvífico del sufrimiento y la muerte. Implica «la justa escala de valores: la primacía del ser sobre el tener, de la persona sobre las cosas», pasando «de la indiferencia al interés por el otro y del rechazo a la acogida» (n. 98).
«Escoge la vida, para que vivas, tú y tu descendencia» (Deut. 30, 19). La «oscuridad [de la “cultura de la muerte”] no eclipsa el resplandor de la Cruz; al contrario, resalta aún más nítida y luminosa y se manifiesta como centro, sentido y fin de toda la historia y de cada vida humana» (n. 50). «El Dragón quiere devorar al niño recién nacido (cf. Ap. 12, 4), figura de Cristo, al que María engendra en la “plenitud de los tiempos” (Gal. 4, 4) y que la Iglesia debe presentar continuamente a los hombres de las diversas épocas de la historia. Pero en cierto modo es también figura de cada hombre, de cada niño, especialmente de cada criatura amenazada». «El rechazo de la vida del hombre, en sus diversas formas, es realmente rechazo de Cristo» (n. 104).
La sangre de Cristo «es el fundamento de la absoluta certeza de que según el designio divino la vida vencerá. “No habrá más muerte” (Ap. 21, 4)» (n. 25). «María es la palabra viva de consuelo para la Iglesia en su lucha contra la muerte. Mostrándonos a su Hijo, nos asegura que las fuerzas de la muerte han sido ya derrotadas en Él: “Lucharon vida y muerte en singular batalla, y muerto el que es la Vida, triunfante se levanta”. El Cordero inmolado vive con las señales de la pasión en el esplendor de la resurrección. Sólo Él domina todos los acontecimientos de la historia: desata sus “sellos” (cf. Ap. 5, 1-10) y afirma, en el tiempo y más allá del tiempo, el poder de la vida sobre la muerte» (n. 105).



[1] Este artículo fue originalmente publicado en la página Adelante la Fe, el día 25 de marzo de 2015, como puede verse aquí.
[2] Todas las citas de la Evangelium Vitae están incluidas en el texto. El resto aparecen a pie de página.
[3] Cardenal Joseph Ratzinger, Las Catorce Encíclicas de Juan Pablo II, Roma, 8 al 10 de mayo de 2003.
[4] Juan Pablo II, Veritatis Splendor, n. 72, 80, etc.
[5] Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, n. 27.
[6] Evangelium vitae è pronunciamento "infallibile" anche se non c´è scritto, "Adista" 5364 -1995-3.
[7] P. Julio Meinvielle, De Lamennais a Maritain, Ed. Theoría, Buenos Aires, 1967, p. 260. 261.
[8] P. Leonardo Castellani, Lugones en Biblioteca del pensamiento nacionalista argentino, t. VIII, Ed. Dictio, Buenos Aires, 1976, p. 94. 95.
[9] P. Leonardo Castellani, Esencia del Liberalismo en Biblioteca del pensamiento nacionalista argentino, t. VIII, Ed. Dictio, Buenos Aires, 1976, p. 155.