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viernes, 10 de marzo de 2023

Libro: La obediencia en Castellani

 


En estos días ha salido a la venta un pequeño opúsculo que hemos podido escribir sobre la virtud de la obediencia. Va acompañado de un apéndice, escrito por el P. Federico Highton, sobre los pecados farisaicos.

El interés que se ha suscitado, desde que se dio a conocer esta publicación, hasta el día de la fecha, manifiesta claramente la actualidad de un tema fundamental en la situación contemporánea, tanto en el mundo como en el ambiente eclesiástico. Interés impulsado, claro está, por la importancia de nuestro querido Padre Castellani, que aún en el siglo XXI sigue resultando profético, tanto en su propia vida, como en sus enseñanzas.

Colocamos, en este pequeño post, las referencias que poseemos sobre quienes se han hecho eco de nuestra publicación, colocándolas por orden de publicación, hasta donde sabemos. Agradecemos de antemano a todos los que difunden la sana doctrina.

 

Publicación, en Amazon, el 28 de junio de 2022.

Primer post, en Que No Te La Cuenten, del 30 de junio de 2022.

Entrevista, por Javier Navascués, el 12 de julio de 2022.

Entrevista del Centro Pieper, el 3 de agosto de 2022.

Comentarios al libro en La Posada Errante, el 25 de agosto de 2022.

Presentación en la Liga Patriótica Universitaria, el 20 de octubre de 2022, cuyo flyer puede verse en Facebook.

Publicación en papel del libro, que puede verse en Ediciones Parresía, en marzo de 2023.

Segundo post y publicidad de las ediciones, tanto en Amazon como en papel, en Que No Te La Cuenten, el 6 de marzo de 2023.

Publicidad a través del prólogo del libro, a cargo del Dr. Sergio Castaño, en Tradición Viva, el 8 de marzo de 2023.

 

Laus Deo Virginique Matri.

jueves, 4 de agosto de 2022

Presentación del libro "La obediencia en Castellani"



      Agradecemos al Centro Pieper por la iniciativa de presentar en este importante Centro de Estudios esta obra sobre el pensamiento de nuestro querido Padre Castellani.

lunes, 11 de diciembre de 2017

La Soberanía


La soberanía[1] es “la facultad que compete a toda la sociedad, plenamente suficiente en el ámbito de lo temporal, de procurar eficazmente su propio bien.”[2]
Al ser un derecho natural, la soberanía tiene a Dios por autor: “Omnis potestas a Deo”: “Toda potestad proviene de Dios” (Rom. 13, 1)[3].
Como afirma magisterialmente el Papa León XIII: “En lo tocante al origen del poder político, la Iglesia enseña rectamente que el poder viene de Dios. Así lo encuentra la Iglesia claramente atestiguado en las Sagradas Escrituras y en los monumentos de la antigüedad cristiana. Pero, además, no puede pensarse doctrina alguna que sea más conveniente a la razón o más conforme al bien de los gobernantes y de los pueblos.”[4]
Más adelante, este sabio Pontífice nos agrega elementos de la Patrística para demostrar también esta enseñanza:Los Padres de la Iglesia procuraron con toda diligencia afirmar y propagar esta misma doctrina, en la que habían sido enseñados. «No atribuyamos —dice San Agustín— sino a sólo Dios verdadero la potestad de dar el reino y el poder»[5]. San Juan Crisóstomo reitera la misma enseñanza: «Que haya principados y que unos manden y otros sean súbditos, no sucede el acaso y temerariamente..., sino por divina sabiduría»[6]. Lo mismo atestiguó San Gregorio Magno con estas palabras: «Confesamos que el poder les viene del cielo a los emperadores y reyes»[7].”[8]
El hombre necesariamente debe vivir en sociedad, porque solamente así desarrollará sus potencialidades, las cuales si no quedarán sin capacidad de dar frutos de modo total. Ejemplo de ello es el lenguaje: sin los demás seres humanos, el hombre jamás aprendería un idioma. Y su “lengua materna” será aquello que haya aprendido desde niño, configurando incluso su forma mental.
Por esto explica santo Tomás: “Si es natural al hombre que viva en sociedad con otros, es necesario que alguien rija la multitud.”[9] Por lo tanto, la existencia de la autoridad en una sociedad pertenece a la ley natural.
De este modo, la soberanía política, en su esencia y funciones, aparece limitada por este mismo bien común temporal. Por lo tanto, no puede no buscarlo como fin propio, con apertura al bien común trascendente de toda sociedad, que es Dios.
Comporta además la facultad de imponer ordenaciones razonables a los súbditos hacia el bien común. Por esto incluye la potestad de legislar, juzgar y castigar a sus miembros para hacerles realizar el bien colectivo.
Como contraparte, el hombre debe obedecer sus rectos ordenamientos, esto es sus leyes justas. A cada hombre “su razón le impone el orden y el orden exige que el hombre obedezca a sus progenitores y se someta al supremo procurador del bien de la ciudad”.[10] Por lo tanto, si se llegase a mandar algo que está más allá de su poder, cada persona tiene el deber de oponerse, al no buscar ni el bien común temporal ni el bien trascendente, que no es otro más que el de buscar incesantemente la edificación de la ciudad cristiana. Como consecuencia, la obediencia no es una virtud teologal. “Digo esto, porque hay una tendencia en nuestros días a falsear la virtud de la obediencia, como si fuera la primera de todas y el resumen de todas”[11], escribe el p. Castellani. En esto nos quiere decir que no es un absoluto intangible por la cual haya que traicionar el ejercicio de las principales virtudes, como la fe, la esperanza y la caridad, sólo para realizar lo mandado. Por lo tanto es falso el argumento, por ejemplo, de Luigi Sturzo, que sostiene al aprobar, por ejemplo, el divorcio: “Si bien es una ley injusta que niega a Dios y al orden natural, desde el punto de vista de la legalidad material, la misma voluntad soberana que la ha querido debe ser la que la suprima.”[12] Dicha ley, como dice santo Tomás, más que ley es un acto de violencia, y por ende hay obligación de no acatarla, pues “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hech. 5, 29)[13].
“De ahí que la doctrina católica, al afirmar el carácter divino de la soberanía, lejos de destruirla, la funda y la hace benéfica; porque si la soberanía no viene de Dios, la soberanía no existe.”[14]
La soberanía es un elemento esencial que constituye una comunidad política, la cual tiene sólo un poder relativo. Como escribe el p. Julio Meinvielle: “La comunidad social es la causa próxima que concreta esta determinada sociedad política y este determinado poder en cuanto ella fija la causa material (qué familias y cuántas) y la causa formal (qué especie de vínculo) de esta sociedad política. La soberanía como tal es conferida inmediatamente por la ley natural o, lo que es lo mismo, por Dios, en cuanto ella exige que haya un poder soberano que rija la comunidad política.”[15] De este modo, no puede la autoridad destruir la causa material, es decir a las familias, como la célula básica de la sociedad. No puede haber “nuevos modelos de familia”, ni tampoco “ampliar” el concepto del matrimonio, ni quitarle la patria potestad a los padres, que tienen por ley natural el derecho primario en su educación, etc. Tampoco puede impedir la causa formal, esto es, el vínculo entre ellos, a través de corporaciones y sociedades intermedias, sino más bien debe fomentar toda asociación que favorezca la adquisición de su propio bien común.
Frente a la doctrina católica sobre la soberanía, el liberalismo hace de ella una fuente ilimitada, absoluta, indivisible, inalienable e imprescriptible de poder del Estado. Como dice Jordán Bruno Genta: “La única soberanía absoluta es la de Dios y todas las otras son por naturaleza relativas y condicionales. Cada vez que alguna de esas soberanías relativas pretenden sustituir a Dios degenera en totalitarismo y en tiranía.”[16]
La filosofía moderna y contemporánea, al negar la posibilidad de que el hombre conozca al ente tal cual es, y los universales como permanentemente válidos para todo tiempo y lugar, y por ende a atomizar el conocimiento fragmentándolo, afirmando que son sólo concretos subsistentes sin capacidad para conocerlos desde el punto de vista metafísico, por ello ha llegado a una infinidad de entes absolutos fabricados por el hombre sin relación entre unos y otros, y sin posibilidad de ver la jerarquización natural de los entes en toda la realidad. Dichos entes absolutos se llaman “Estado, Derecho, Pueblo, Soberanía, Democracia, Libertad, Ciencia, Humanidad, etc.”, cuyo único objeto es “destronar al Único que tiene derecho de reinar con absoluta soberanía sobre todo lo creado”[17]. Todo ello como reducto final del nominalismo filosófico: al negar que existe la realidad en sí misma, entonces el hombre afirma primero que su nombre es una pura convención (nominalismo), para luego asignarle el concepto que le parezca, más allá de la verdad o del bien como una realidad en sí misma (idealismo). Por esto el nominalismo es un voluntarismo: es la voluntad humana la que lo determina, ya sea la mayoría (real o ficticia, como el mito de la soberanía popular), ya sea el poder (por ejemplo, el Imperialismo Internacional del Dinero, en la famosa frase de Pío XI[18]; de las logias; etc.). Esto concluye, por ende, en el totalitarismo y en la tiranía. “El liberalismo desemboca en la anarquía y ésta no es más que la tiranía del desorden.”[19]
La doctrina falsa de la soberanía tiene su origen en el error de Jean Jacques Rousseau que crea el mito de la soberanía popular. Sostiene que todos los hombres son libres e iguales, y que cada uno voluntariamente cercena sus propios derechos al elegir vivir mancomunados en sociedad. Este pacto engendraría la voluntad general revestida de absolutismo, capaz de crear todos los derechos y obligaciones para con sus miembros.
“Esta Voluntad General es la voluntad del pueblo, de la mayoría, de la mitad más uno. La soberanía reside, pues, esencial y absolutamente en el pueblo, en la masa informe de todas las unidades individuales, y tiene como razón de ser: asegurar el máximo de libertad a estas mismas unidades.”[20]
Esta misma enseñanza del p. Meinvielle es la que sostiene el Prof. Genta: “La Soberanía Popular ejercida a través del Sufragio universal comporta, además, una subversión del orden natural por cuanto consagra la primacía  de la cantidad sobre la calidad, o sea la omnipotencia del número.
La democracia fundada en la ficticia soberanía popular, es ilícita, no es más que demagogia.
El cristiano debe rechazar, por errónea y funesta la soberanía popular que usurpa a la real Soberanía de Dios, fundamento último de toda la soberanía humana legítima, comenzando por la Soberanía política de la Nación que nace y se sostiene históricamente por la decisión de las Armas y no de las urnas.”[21]
El error fundamental de esta concepción es creer que el hombre es naturalmente bueno, que carece de pecado original o de sus consecuencias, llamada concupiscencia o fomes peccati. Como enseña Jordán Bruno Genta: “Ocurre que para su uso social y político, la naturaleza humana es íntegra, sana y completa en sí misma, capaz de desarrollar armónicamente sus posibilidades positivas. Al Pecado Original y sus consecuencias penales sobre la naturaleza humana, lo ha dejado el Diablo en el fuero privado de la persona y en el templo. No existe la conciencia de nuestra corrupción y de nuestra impotencia para obrar y para perseverar en el bien, librados a nuestras solas fuerzas. No se tiene en cuenta que el pecado aunque sea expiado por el Redentor, continúa su influencia destructiva en el mundo; de ahí la necesidad permanente de su divina asistencia.”[22]
Subsiste además en ella una concepción maniquea de las cosas. Como lo afirma el p. Castellani: El liberalismo “está basado en una mezcla singular de dos viejísimas y en cierto modo eternas herejías cristianas, el pelagianismo y el maniqueísmo. Negación del Pecado Original por un lado y por otro lado exageración del poder del Mal, un Mal substancial, concreto y absoluto, que realmente no se puede ver de dónde sale […] Para el liberal genuino hay dos campos: el uno de los elegidos en donde no puede caber el mal –que son ellos naturalmente– y el otro de los malos malazos insusceptibles de todo bien.”[23] Quienes luchamos por mantener el orden sobrenatural y natural de las cosas somos el verdadero problema para los liberales coherentes con sus propios principios.
Frente a esta concepción liberal, la doctrina espiritual constante de la Iglesia nos enseña una verdad diametralmente opuesta: “Cum ergo interior affectus noster multum corruptus sit, necesse est, ut actio sequens index carentiae interioris vigoris, corrumpatur”.[24]
De aquí surge la actual concepción del mundo, en el que es más importante la libertad que la verdad. Y, por ende, la necesidad de “crear” nuevos derechos para la masa, cada vez más putrefacta en sus comportamientos.
Como afirma el Cardenal Louis Billot, el liberalismo “aparece impío en sus fundamentos, contradictorio en su concepto, monstruoso en sus consecuencias y completamente quimérico y absurdo. Impío, digo, en los fundamentos, porque del ateísmo se origina, esto es, de la radical negación de la sujeción natural del hombre a Dios y a su ley. Contradictorio en su concepto; porque si la innata libertad del hombre no puede limitarse antes del pacto por ninguna obligación, ni derecho, no aparece por qué pueda enajenarse irrevocablemente, total o parcialmente, en virtud del pacto, ya que, excluida una ley superior que dé firmeza a los pactos y donaciones celebrados entre los hombres, no puede concebirse ninguna estable transferencia de dominio de uno a otro. Monstruoso en sus consecuencias, ya que doblega todas las cosas delante del ídolo de la voluntad general; y en lo que a los hechos se refiere, opone a los demás ciudadanos la violencia desenfrenada y la tiranía de los partidos dominantes. Por fin, completamente ridículo y absurdo, porque asigna a la sociedad un origen quimérico, que está en contradicción con el sentido íntimo, con la historia del género humano y con los hechos más evidentes.”[25]
“La época sombría en cuyas nubes nos vamos internando [decía el p. Meinvielle en 1932… Hoy debemos decir “en la cual ya estamos inmersos”], preñada de hondas y terribles convulsiones, es fruto moderno de aquella semilla de la soberanía popular que cultivó Rousseau, y que hoy conocemos como el dogma intangible de la Democracia… Nos referimos, sí, a la Democracia, vivida y voceada hoy, a esa que no puede escribírsela sino con una descomunal mayúscula, porque se presenta como solución universal de todos los problemas y soluciones. Esa Democracia es el mito rousseauniano de la soberanía popular; es, a saber, de que siempre y en todas partes ha de hacerse lo que el pueblo quiere porque el pueblo es la ley; y el pueblo es la mayoría igualitaria que con su voto lo decide todo, lo mismo lo humano que lo divino, lo que se refiere al orden nacional como al internacional, la santidad del matrimonio como la educación de los hijos, los derechos del Estado lo mismo que la majestad sacrosanta de la Iglesia.”[26]
Esto aparece gráficamente representado en la condena a muerte a Nuestro Señor. Como dice Jordán Bruno Genta: “El poder del número es el poder de la multitud frente a Cristo y a Barrabás. Nunca será otra cosa la soberanía popular que eso. Hasta Pilatos, pobre Pilatos, en un esfuerzo supremo por salvar a Cristo. […] E hizo el ensayo. No me van a negar que fue un ensayo democrático puro, que fue una apelación al sufragio universal. Puso a votación la inocencia, la inocencia aplaudida y celebrada cinco días antes. […] ¿Qué pasó en ese plebiscito?, ¿cuántos votos tuvo Cristo?, ni uno, ni uno sólo, porque si no estaría registrado. Ustedes se dan cuenta de que si alguien hubiera votado por él, los evangelistas, que son los testigos, lo habrían registrado. Cristo no tuvo un solo voto, y la multitud clamó por la liberación de Barrabás y la crucifixión de Cristo. Esos son los frutos podridos de la democracia, del número. Lo mismo ocurrió entonces que ocurre ahora, pero vuelvo a repetirles, no es el poder del número el que decide, es la traición de los responsables, en este caso los altos mandos. Esos son los que entregan a sus propios camaradas al matadero.”[27]
Terminemos esta breve exposición con unas palabras del Dr. Antonio Caponnetto: “Un católico no puede creer en la soberanía popular. Expresa y formalmente condenada en un sinfín de textos pontificios, esta aberración ideológica, que aúna por igual a liberales y a marxistas, es la prueba más radical del destronamiento social de Jesucristo, de la secularización del poder político, del remplazo sacrílego del omni potestas a Deo por el omni potestas a populo, de la subversión del origen de la autoridad y de la rebelión contra la idea misma de toda legitimidad gubernamental. Principio revolucionario por antonomasia, el Magisterio ha protestado siempre su carácter demoníaco, en tanto comporta la proyección social del non serviam de Lucifer.”[28]



[1] Este artículo fue inicialmente publicado en la página Adelante la Fe, el día 24 de julio de 2015, como puede verse aquí.
[2] P. Julio Meinvielle, Concepción Católica de la Política, Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino, t. III, Bs As, 1974, p. 53.
[3] El Papa León XIII cita, además, en Diuturnum Illud Prov. 8, 15-16; Sab. 6, 3-4; Eclo. 17, 14; Jn. 19, 11.
[4] León XIII, Diuturnum Illud, 29 de junio de 1881, n. 5.
[5] San AgustínDe civitate Dei V 21: PL 41,167.
[6] San Juan CrisóstomoIn Epistolam ad Romanos hom.23, 1: PG 60, 615.
[7] San Gregorio MagnoEpístola 11, 61.
[8] León XIII, Diuturnum Illud, 29 de junio de 1881, n. 7.
[9] Santo Tomás, De Regno, Libro I, Cap. I, n. 6.
[10] P. Julio Meinvielle, Concepción Católica de la Política, Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino, t. III, Bs As, 1974, p. 61.
[11] P. Leonardo Castellani, El Evangelio de Jesucristo, Itinerarium, Bs As, 1957, p. 295.
[12] Luigi Sturzo, Fundamentos y caracteres de la Democracia Cristiana, citado por Jordán Bruno Genta, ¿Democracia cristiana o masónica?, Bs As, 1955, p. 12.
[13] Cf. Santo Tomás, I-II, 96, 4 c.
[14] P. Julio Meinvielle, Concepción Católica de la Política, Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino, t. III, Bs As, 1974, p. 62.
[15] P. Julio Meinvielle, Concepción Católica de la Política, Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino, t. III, Bs As, 1974, p. 73.
[16] Jordán Bruno Genta, ¿Democracia cristiana o masónica?, Bs As, 1955, p. 13.
[17] P. Julio Meinvielle, Concepción Católica de la Política, Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino, t. III, Bs As, 1974, p. 55.
[18] Pío XI, Quadragesimo Anno, 15 de mayo de 1931, n. 109.
[19] P. Julio Meinvielle, Concepción Católica de la Política, Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino, t. III, Bs As, 1974, p. 60.
[20] P. Julio Meinvielle, Concepción Católica de la Política, Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino, t. III, Bs As, 1974, p. 56.
[21] Jordán Bruno Genta, Opción Política del Cristiano, Ediciones REX, Bs As, 1997, p. 77.
[22] Jordán Bruno Genta, ¿Democracia cristiana o masónica?, Bs As, 1955, p. 8.
[23] P. Leonardo Castellani, Esencia del Liberalismo, Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino, t. VIII, Bs As, 1976, p. 142. 143.
[24] “Como nuestro afecto interior ha sido corrompido, es necesario que también se corrompa la acción siguiente, que indica la carencia de vigor interior.” (Imitación de Cristo, L. III, cap. 31, n. 4).
[25] Cardenal Louis Billot, De Ecclesia Christi, citado por P. Julio Meinvielle, Concepción Católica de la Política, Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino, t. III, Bs As, 1974, p. 56-57.
[26] P. Julio Meinvielle, Concepción Católica de la Política, Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino, t. III, Bs As, 1974, p. 63.
[27] Jordán Bruno Genta, El Asalto Terrorista al Poder, Buen Combate, Bs As, 2014, p. 317.318.
[28] Dr. Antonio Caponnetto, La Perversión Democrática, Edit. Santiago Apóstol, Bs As, 2008, p. 86.

sábado, 28 de octubre de 2017

La Beata Sor María Serafina Micheli tuvo la visión de Lutero en el infierno








Beata Sor María Serafina del Sagrado Corazón de Jesús
(en el siglo Clotilde Micheli), fundadora del
Instituto de las Hermanas de los Ángeles 







En 1883 la beata Sor María Serafina Micheli (1849-1911), fundadora del Instituto de las Hermanas de los Ángeles, pasaba por Eisleben, ciudad de Sajonia, lugar donde nació Lutero.






Ese día se celebraba el cuarto centenario del nacimiento del gran heresiarca (10 noviembre de 1483), que dividió a Europa y a la Iglesia, causando grandes guerras. Con motivo de la celebración las calles estaban adornadas y de los balcones colgaban banderas. Entre las autoridades presentes se esperaba, de un momento a otro, la llegada del emperador Guillermo I, que debía presidir las celebraciones.


















LUTERO 



La beata miraba el gran tumulto y agitación, pero no estaba interesada en saber por qué ocurría. Su interés era ir a una iglesia para orar y hacerle una visita a Jesús Sacramentado. Finalmente, halló una, pero las puertas estaban cerradas, pero se arrodilló en las escaleras de acceso para hacer sus oraciones. Por la oscuridad, no advirtió que estaba arrodillada delante de un templo protestante. Mientras oraba, se apareció el Ángel de la Guarda y le dijo: “Levántate, porque esta es una iglesia protestante”. Y añadió: “Yo quiero que veas el lugar donde Martín Lutero está condenado y la pena que paga en castigo de su orgullo”.






Entonces tuvo la visión de un horrible abismo de fuego, en el cual eran atormentadas una innumerable cantidad de almas. En el fondo vio a un hombre, Martín Lutero, que se distinguía entre los demás condenados pues estaba rodeado de demonios que lo obligaban a estar de rodillas y todos (los demonios), armados de martillos, mientras se esforzaba en vano, le clavaban en la cabeza una gran clavo.







La monja meditaba que si las personas que participaban en la fiesta vieran esta escena dramática, ciertamente no rendirían honores, ni memoria, ni conmemoraciones ni celebraciones a tan funesto personaje.

Desde entonces, cuando se le presentaba la oportunidad, recordaba a sus hermanas de religión sobre el deber de vivir en la humildad y el abandono de sí. Estaba convencida firmemente que Martín Lutero estaba condenado en el infierno sobre todo por el primer pecado capital: LA SOBERBIA. El orgullo lo hizo caer en pecado mortal, y lo condujo a la rebelión abierta contra la Iglesia Católica. Su conducta, su posición para con la Iglesia y sus herejías fueron determinantes para engañar y conducir a muchas almas superficiales e incautas a la perdición eterna.










Como en Alemania celebrarán en el 2017 el 500º aniversario del nacimiento del protestantismo y como consecuencia se realizarán homenajes a Martín Lutero, se habla ya de que algunos sectores "católicos" participarían en los mismos. Sepan éstos, desde ahora, que estarían homenajeando no sólo a un heresiarca sino también a un réprobo, si nos atenemos a las visiones de Sor María Serafina.



EL PADRE PÍO SOSTUVO QUE LUTERO ESTABA CONDENADO


Por su parte, el padre Stefano Manelli -fundador de los Franciscanos de la Inmaculada- ha recordado -en Il Settimanale di Padre Pio del 20 de Enero de 2013, p.1- que lo mismo señalaba el Padre Pío sobre la condenación eterna de Martín Lutero. Explicó que el P. Pío advertía que aquellos que creen poder comunicarse directamente con Dios -como Lutero-, también están en camino al infierno. El final de Lutero fue horrible y angustioso, escribió el P. Manelli, y señaló -fundamentándose en lo dicho por el padre Pío- que quienes lo siguen se arriesgan a ir al infierno como Lutero, por no escuchar las enseñanzas de la Iglesia Católica.






NOTA DE CATOLICIDAD: Luego, el verdadero ecumenismo es el que caritativamente busca solamente la conversión de los protestantes a la verdadera y única Iglesia de Cristo: la Católica romana. Nada tiene que hacer un católico -¡sea quien sea!- en un homenaje a quien con sus herejías desgarró miles de almas de la verdadera Arca de Salvación. Homenajearlo sería -aunque ello no se pretendiera- confirmar en el error a tantos errados, y tal acto constituiría un falso ecumenismo y una grave falta de caridad, aunque hipotéticamente se tuvieran las mejores -pero equivocadas- intenciones.













sábado, 12 de agosto de 2017

Jordán Bruno Genta y Carlos Alberto Sacheri, mártires de Cristo Rey


Hemos conmemorado durante el año 2014 el cuadragésimo aniversario de la muerte de Jordán Bruno Genta y de Carlos Alberto Sacheri [1]. Hemos narrado su vida, sus escritos y las circunstancias de su muerte. Para reafirmar lo dicho, y concluir ambos artículos debemos afirmar, sin lugar a dudas, que ambos patriotas del Cielo y de la tierra deben ser considerados, con toda propiedad, mártires.
Santo Tomás, en la Suma de Teología, en su tratado sobre la virtud de la fortaleza, donde explica el martirio, como primer analogado del hombre fuerte, nos enseña que «pertenece a la razón del martirio mantenerse firme en la verdad y en la justicia contra los ataques de los perseguidores» (II-II, 124, 1). Genta, proscripto primero por enseñar la verdad de la fe con todas sus consecuencias, expulsado del rectorado por no ser genuflexo al poder político, soportando la pobreza para él y su familia para no ceder ante falsas prioridades; y amenazado luego de muerte reiteradas veces, fue al fin asesinado por no dejar de ver clarividentemente y de enseñar, en su caso, la necesidad de fortalecer a las Fuerzas Armadas de la Nación para enfrentar al poder comunista. Sacheri, por otra parte, sabiendo todos que él sería el sucesor doctrinal de Genta, a pesar de que había sido intimidado de muerte luego de la caída del primero, no claudicó en la enseñanza de la doctrina social de la Iglesia, ni dejó de denunciar los errores del tercermundismo dentro de su mismo seno, con su obra “La Iglesia Clandestina”, que le valió su muerte violenta.
Como nos sigue diciendo el Angélico: «no debe uno dar a otro ocasión para obrar injustamente, pero si el otro obrara así, él debe soportarlo con moderación» (II-II, 124, 1 ad 3). Ahora bien, es evidente que ni Genta ni Sacheri dieron ocasión para que los enemigos los ataquen. Ambos luchaban por el bien temporal de la patria, abierto a la fe católica, único modo de realizarse el bien en este mundo, de modo individual y social, advirtiendo acerca de los males que los acechaban. Pero no debe decirse que ellos se expusieron temerariamente a la muerte por denunciar los errores de nuestro tiempo, ni tampoco por dar nombres concretos de aquellos que los promovían (como hizo Sacheri en “La Iglesia Clandestina”), porque, como dice Santo Tomás: «A ella [la ciencia de la verdad] pertenece aceptar uno de los contrarios y rechazar el otro; como sucede con la medicina, que sana y echa fuera a la enfermedad. Luego así como propio del sabio es contemplar, principalmente, la verdad del primer principio y juzgar de las otras verdades, así también lo es luchar contra el error.» (Suma Contra Gentiles, I, 1)
Tanto en Genta como en Sacheri han brillado todas las virtudes que resplandecen en los mártires. «El martirio se relaciona con la fe como el fin en el que uno se afirma; y con la fortaleza como su hábito de donde procede.» (II-II, 124, 2, ad 1). «Al acto del martirio inclina la caridad como primer y principal motivo o como virtud imperante; la fortaleza, en cambio, como motivo propio y virtud productora.» (II-II, 124, 2, ad 2). Las virtudes teologales fueron el motor de sus existencias, por las opciones de sus propias vidas. Por la fe permanecieron en su propia patria, en épocas difíciles; por la fe despreciaron los bienes y los cargos temporales; por la fe pospusieron sus propias vidas por la proclamación de la verdad. Virtud de la fe, que no sólo implica la adhesión intelectual a la verdad de Dios que se revela, sino también su profesión externa, con todo lo que conlleva. Por eso agrega más adelante el Doctor Común: «Pertenece al martirio el que el hombre dé testimonio de su fe, demostrando con sus obras que desprecia el mundo presente y visible a cambio de los bienes futuros e invisibles.» (II-II, 124, 4). «Padece como cristiano no sólo el que sufre por la confesión de su fe de palabra, sino también el que sufre por hacer cualquier obra buena, o por evitar cualquier pecado por Cristo: porque todo ello cae dentro de la confesión de la fe». (II-II, 124, 5, ad 1). Por la virtud de la esperanza, poniendo su confianza más en Dios que en los auxilios humanos, se arrojaron en el poder de Dios, para que Él hiciera su obra, a pesar de faltarles recursos humanos; por la esperanza no temieron incluso en morir, sabiendo que Dios suscitaría a otros que en su lugar tomarían sus puestos, en la defensa de la verdad. Por la virtud de la caridad, amaron más a Dios que a sus bienes, a sus sitios, a sus honras, a sus familias e incluso a sus propias vidas, prefiriendo antes el permanecer firmes, como el centinela: «En lo alto de la torre, mi Señor, estoy de pie todo el día, y en mi puesto de guardia permanezco alerta toda la noche.» (Is. 21, 8) «El martirio es, entre todos los actos virtuosos, el que más demuestra la perfección de la caridad, ya que se demuestra tener tanto mayor amor a una cosa cuando por ella se desprecia lo más amado y se elige sufrir lo que más se odia… Según esto, parece claro que el martirio es, entre los demás actos humanos, el más perfecto en su género, como signo de máxima caridad, conforme a las palabras de San Juan (15, 13): “Nadie tiene mayor amor que el dar uno la vida por sus amigos”.» (II-II, 124, 3) Esta máxima caridad es la que se ve en estos dos intrépidos defensores de la fe católica.
Esta fe y esta caridad que demostraron durante toda su vida, y sobre todo en el momento de su muerte, fueron las que hicieron meritorio su acto de martirio, como causa y como raíz fontal de toda acción. «Los mártires de Cristo son como testigos de su verdad. Pero se trata de la verdad de la fe, que es, por tanto, la causa de todo martirio. Pero a la verdad de la fe pertenece no sólo la creencia del corazón, sino también la confesión externa, la cual se manifiesta no sólo con palabras por las que se confiesa la fe, sino también con obras por las que se demuestra la posesión de esa fe… Por tanto, las obras de todas las virtudes, en cuanto referidas a Dios, son manifestaciones de la fe, por medio de la cual nos es manifiesto que Dios nos exige esas obras y nos recompensa por ellas. Y bajo este aspecto pueden ser causa del martirio.» (II-II, 124, 5) «El que [el testimonio de la sangre] sea meritorio le viene de la caridad, como a todo acto virtuoso. Por tanto, sin la caridad no tiene valor alguno.» (II-II, 124, 2, ad 2)
Fueron en ellos las virtudes teologales que dieron origen en sus almas a las virtudes morales. «El acto principal de la fortaleza es el soportar, y a él pertenece el martirio, no a su acto secundario, que es el atacar. Y como la paciencia ayuda a la fortaleza en su acto principal, que es el soportar, se sigue que también en los mártires se alabe la paciencia por concomitancia.» (II-II, 124, 2, ad 3) «El martirio abarca lo que puede haber de sumo en la obediencia, es decir, el ser obediente hasta la muerte, como se nos dice de Cristo en Flp. 2, 8: que “se hizo obediente hasta la muerte”.» (II-II, 124, 3, ad 2). Vemos claramente su paciencia, en soportar grandes adversidades, sin rehusarlas, por amor a la fe católica, demostrada hasta el martirio, sin claudicar ni un momento. Reluce su obediencia a la vocación intelectual que Dios les había dado, vocación que no dejaron de seguirla a pesar de las grandes dificultades que se le presentaban en su época. Sin duda, para que pudieran ser fieles a su magisterio se requería una virtud singular, heroica, que se requería en su caso para su santificación. «No hay ningún acto de perfección que cae bajo consejo que en algún caso no caiga bajo precepto como necesario para salvarse, por ejemplo, según San Agustín en el libro De Adulterinis Coniugiis, si uno se ve en la necesidad de guardar la continencia por ausencia o enfermedad de su mujer. Y por eso no va contra la perfección del martirio el que en algún caso sea necesario para salvarse.» (II- II, 124, 5, ad 1)
No sólo Genta y Sacheri aceptaron la muerte violenta que sufrieron, sino que además la vieron venir en sus propias vidas, y no la evadieron por amor al reinado de Cristo en nuestra patria. Esta acción suya, sin duda, fue meritoria. « El mérito del martirio no se da después de la muerte, sino en soportarla voluntariamente, es decir, cuando uno sufre libremente la inflicción de la muerte.» (II- II, 124, 4, ad 4).
Nada mejor para demostrar su martirio que el propio testimonio de sus verdugos, que ya hemos recordado al narrar la vida de Carlos Sacheri. Ese comunicado confirma que los mataron por odio a la fe.
Por lo tanto, tanto por su vida, su obra y su muerte, como por la carta de sus homicidas, podemos concluir con certeza que el deceso de ambos se debe al odio a la fe católica, y que, por ende, deben ser considerados mártires de Cristo Rey.
Podemos concluir con santo Tomás: «En el martirio el hombre es confirmado sólidamente en el bien de la virtud, al no abandonar la fe y la justicia por los peligros inminentes de muerte, los cuales también amenazan en una especie de combate particular, por parte de los perseguidores… Por tanto, está claro que el martirio es acto de la fortaleza. Y por eso dice la Iglesia, hablando de los mártires, que se hicieron fuertes en la guerra.» (II-II, 124, 2). Es claro que esto se ve en Jordán Bruno y en Carlos Alberto de modo especial. Ellos no temieron las provocaciones de los enemigos, perseveraron en el «buen combate de la fe» (2 Tim. 4, 7), «se hicieron fuertes en la guerra», y por ello su sangre derramada se ha unido a la única Sangre derramada para la salvación de la humanidad.



[1] El siguiente artículo fue publicado en la página web Adelante la Fe, el día 15 de enero de 2015, como puede verse aquí.