sábado, 12 de agosto de 2017

Jordán Bruno Genta y Carlos Alberto Sacheri, mártires de Cristo Rey


Hemos conmemorado durante el año 2014 el cuadragésimo aniversario de la muerte de Jordán Bruno Genta y de Carlos Alberto Sacheri [1]. Hemos narrado su vida, sus escritos y las circunstancias de su muerte. Para reafirmar lo dicho, y concluir ambos artículos debemos afirmar, sin lugar a dudas, que ambos patriotas del Cielo y de la tierra deben ser considerados, con toda propiedad, mártires.
Santo Tomás, en la Suma de Teología, en su tratado sobre la virtud de la fortaleza, donde explica el martirio, como primer analogado del hombre fuerte, nos enseña que «pertenece a la razón del martirio mantenerse firme en la verdad y en la justicia contra los ataques de los perseguidores» (II-II, 124, 1). Genta, proscripto primero por enseñar la verdad de la fe con todas sus consecuencias, expulsado del rectorado por no ser genuflexo al poder político, soportando la pobreza para él y su familia para no ceder ante falsas prioridades; y amenazado luego de muerte reiteradas veces, fue al fin asesinado por no dejar de ver clarividentemente y de enseñar, en su caso, la necesidad de fortalecer a las Fuerzas Armadas de la Nación para enfrentar al poder comunista. Sacheri, por otra parte, sabiendo todos que él sería el sucesor doctrinal de Genta, a pesar de que había sido intimidado de muerte luego de la caída del primero, no claudicó en la enseñanza de la doctrina social de la Iglesia, ni dejó de denunciar los errores del tercermundismo dentro de su mismo seno, con su obra “La Iglesia Clandestina”, que le valió su muerte violenta.
Como nos sigue diciendo el Angélico: «no debe uno dar a otro ocasión para obrar injustamente, pero si el otro obrara así, él debe soportarlo con moderación» (II-II, 124, 1 ad 3). Ahora bien, es evidente que ni Genta ni Sacheri dieron ocasión para que los enemigos los ataquen. Ambos luchaban por el bien temporal de la patria, abierto a la fe católica, único modo de realizarse el bien en este mundo, de modo individual y social, advirtiendo acerca de los males que los acechaban. Pero no debe decirse que ellos se expusieron temerariamente a la muerte por denunciar los errores de nuestro tiempo, ni tampoco por dar nombres concretos de aquellos que los promovían (como hizo Sacheri en “La Iglesia Clandestina”), porque, como dice Santo Tomás: «A ella [la ciencia de la verdad] pertenece aceptar uno de los contrarios y rechazar el otro; como sucede con la medicina, que sana y echa fuera a la enfermedad. Luego así como propio del sabio es contemplar, principalmente, la verdad del primer principio y juzgar de las otras verdades, así también lo es luchar contra el error.» (Suma Contra Gentiles, I, 1)
Tanto en Genta como en Sacheri han brillado todas las virtudes que resplandecen en los mártires. «El martirio se relaciona con la fe como el fin en el que uno se afirma; y con la fortaleza como su hábito de donde procede.» (II-II, 124, 2, ad 1). «Al acto del martirio inclina la caridad como primer y principal motivo o como virtud imperante; la fortaleza, en cambio, como motivo propio y virtud productora.» (II-II, 124, 2, ad 2). Las virtudes teologales fueron el motor de sus existencias, por las opciones de sus propias vidas. Por la fe permanecieron en su propia patria, en épocas difíciles; por la fe despreciaron los bienes y los cargos temporales; por la fe pospusieron sus propias vidas por la proclamación de la verdad. Virtud de la fe, que no sólo implica la adhesión intelectual a la verdad de Dios que se revela, sino también su profesión externa, con todo lo que conlleva. Por eso agrega más adelante el Doctor Común: «Pertenece al martirio el que el hombre dé testimonio de su fe, demostrando con sus obras que desprecia el mundo presente y visible a cambio de los bienes futuros e invisibles.» (II-II, 124, 4). «Padece como cristiano no sólo el que sufre por la confesión de su fe de palabra, sino también el que sufre por hacer cualquier obra buena, o por evitar cualquier pecado por Cristo: porque todo ello cae dentro de la confesión de la fe». (II-II, 124, 5, ad 1). Por la virtud de la esperanza, poniendo su confianza más en Dios que en los auxilios humanos, se arrojaron en el poder de Dios, para que Él hiciera su obra, a pesar de faltarles recursos humanos; por la esperanza no temieron incluso en morir, sabiendo que Dios suscitaría a otros que en su lugar tomarían sus puestos, en la defensa de la verdad. Por la virtud de la caridad, amaron más a Dios que a sus bienes, a sus sitios, a sus honras, a sus familias e incluso a sus propias vidas, prefiriendo antes el permanecer firmes, como el centinela: «En lo alto de la torre, mi Señor, estoy de pie todo el día, y en mi puesto de guardia permanezco alerta toda la noche.» (Is. 21, 8) «El martirio es, entre todos los actos virtuosos, el que más demuestra la perfección de la caridad, ya que se demuestra tener tanto mayor amor a una cosa cuando por ella se desprecia lo más amado y se elige sufrir lo que más se odia… Según esto, parece claro que el martirio es, entre los demás actos humanos, el más perfecto en su género, como signo de máxima caridad, conforme a las palabras de San Juan (15, 13): “Nadie tiene mayor amor que el dar uno la vida por sus amigos”.» (II-II, 124, 3) Esta máxima caridad es la que se ve en estos dos intrépidos defensores de la fe católica.
Esta fe y esta caridad que demostraron durante toda su vida, y sobre todo en el momento de su muerte, fueron las que hicieron meritorio su acto de martirio, como causa y como raíz fontal de toda acción. «Los mártires de Cristo son como testigos de su verdad. Pero se trata de la verdad de la fe, que es, por tanto, la causa de todo martirio. Pero a la verdad de la fe pertenece no sólo la creencia del corazón, sino también la confesión externa, la cual se manifiesta no sólo con palabras por las que se confiesa la fe, sino también con obras por las que se demuestra la posesión de esa fe… Por tanto, las obras de todas las virtudes, en cuanto referidas a Dios, son manifestaciones de la fe, por medio de la cual nos es manifiesto que Dios nos exige esas obras y nos recompensa por ellas. Y bajo este aspecto pueden ser causa del martirio.» (II-II, 124, 5) «El que [el testimonio de la sangre] sea meritorio le viene de la caridad, como a todo acto virtuoso. Por tanto, sin la caridad no tiene valor alguno.» (II-II, 124, 2, ad 2)
Fueron en ellos las virtudes teologales que dieron origen en sus almas a las virtudes morales. «El acto principal de la fortaleza es el soportar, y a él pertenece el martirio, no a su acto secundario, que es el atacar. Y como la paciencia ayuda a la fortaleza en su acto principal, que es el soportar, se sigue que también en los mártires se alabe la paciencia por concomitancia.» (II-II, 124, 2, ad 3) «El martirio abarca lo que puede haber de sumo en la obediencia, es decir, el ser obediente hasta la muerte, como se nos dice de Cristo en Flp. 2, 8: que “se hizo obediente hasta la muerte”.» (II-II, 124, 3, ad 2). Vemos claramente su paciencia, en soportar grandes adversidades, sin rehusarlas, por amor a la fe católica, demostrada hasta el martirio, sin claudicar ni un momento. Reluce su obediencia a la vocación intelectual que Dios les había dado, vocación que no dejaron de seguirla a pesar de las grandes dificultades que se le presentaban en su época. Sin duda, para que pudieran ser fieles a su magisterio se requería una virtud singular, heroica, que se requería en su caso para su santificación. «No hay ningún acto de perfección que cae bajo consejo que en algún caso no caiga bajo precepto como necesario para salvarse, por ejemplo, según San Agustín en el libro De Adulterinis Coniugiis, si uno se ve en la necesidad de guardar la continencia por ausencia o enfermedad de su mujer. Y por eso no va contra la perfección del martirio el que en algún caso sea necesario para salvarse.» (II- II, 124, 5, ad 1)
No sólo Genta y Sacheri aceptaron la muerte violenta que sufrieron, sino que además la vieron venir en sus propias vidas, y no la evadieron por amor al reinado de Cristo en nuestra patria. Esta acción suya, sin duda, fue meritoria. « El mérito del martirio no se da después de la muerte, sino en soportarla voluntariamente, es decir, cuando uno sufre libremente la inflicción de la muerte.» (II- II, 124, 4, ad 4).
Nada mejor para demostrar su martirio que el propio testimonio de sus verdugos, que ya hemos recordado al narrar la vida de Carlos Sacheri. Ese comunicado confirma que los mataron por odio a la fe.
Por lo tanto, tanto por su vida, su obra y su muerte, como por la carta de sus homicidas, podemos concluir con certeza que el deceso de ambos se debe al odio a la fe católica, y que, por ende, deben ser considerados mártires de Cristo Rey.
Podemos concluir con santo Tomás: «En el martirio el hombre es confirmado sólidamente en el bien de la virtud, al no abandonar la fe y la justicia por los peligros inminentes de muerte, los cuales también amenazan en una especie de combate particular, por parte de los perseguidores… Por tanto, está claro que el martirio es acto de la fortaleza. Y por eso dice la Iglesia, hablando de los mártires, que se hicieron fuertes en la guerra.» (II-II, 124, 2). Es claro que esto se ve en Jordán Bruno y en Carlos Alberto de modo especial. Ellos no temieron las provocaciones de los enemigos, perseveraron en el «buen combate de la fe» (2 Tim. 4, 7), «se hicieron fuertes en la guerra», y por ello su sangre derramada se ha unido a la única Sangre derramada para la salvación de la humanidad.



[1] El siguiente artículo fue publicado en la página web Adelante la Fe, el día 15 de enero de 2015, como puede verse aquí.

viernes, 11 de agosto de 2017

María, Paraíso de Dios


Lecturas: Núm. 6, 22-27; Ps. 66; Gal. 4, 4-7; Lc. 2, 16-21.
«María es el Paraíso de Dios y su mundo inefable, donde el Hijo de Dios entró para hacer maravillas, para guardarle y tener en él sus complacencias.»[1]
Con esta frase, san Luis María alaba la Maternidad Divina de María Santísima, y nos recomienda entrar en su Santuario Inmaculado, a través de la esclavitud mariana.
Celebramos hoy este inmenso privilegio de Nuestra Señora, como la otra faceta del misterio de la Navidad: El 25 de diciembre hicimos hincapié en el anonadamiento del Verbo Encarnado, hoy lo hacemos mirando a Aquella pura criatura de la que Dios quiso necesitar para salvar a la humanidad.
Esta verdad de fe, creída por siempre por la Iglesia, según las palabras que Isabel le dice a la Santísima Virgen: «¿De dónde me viene, que la Madre de mi Señor venga a mí?» (Lc. 1, 43), fue proclamada solemnemente por la Iglesia en el Concilio de Éfeso, contra los errores del Patriarca Nestorio, el cual afirmaba que en Jesucristo no había una unión real entre su divinidad y su humanidad, sino que Dios habitaba en el hombre como si fuera un templo. De este modo, Jesucristo no sería una única persona, ni se podría afirmar que María es Madre de Dios, sino solamente madre del hombre Jesucristo.
Frente a esta herejía, el Concilio de Éfeso, en el año 431, declaró la maternidad divina de María Santísima: «No decimos que la naturaleza del Verbo, transformada, se hizo carne; pero tampoco que se trasmutó en el hombre entero, compuesto de alma y cuerpo; sino, más bien, que habiendo unido consigo el Verbo, según hipóstasis o persona, la carne animada de alma racional, se hizo hombre de modo inefable e incomprensible y fue llamado hijo del hombre, no por sola voluntad o complacencia, pero tampoco por la asunción de la persona sola, y que las naturalezas que se juntan en verdadera unidad son distintas, pero que de ambas resulta un solo Cristo e Hijo; no como si la diferencia de las naturalezas se destruyera por la unión, sino porque la divinidad y la humanidad constituyen más bien para nosotros un solo Señor y Cristo e Hijo por la concurrencia inefable y misteriosa en la unidad… Porque no nació primeramente un hombre vulgar, de la santa Virgen, y luego descendió sobre Él el Verbo; sino que, unido desde el seno materno, se dice que se sometió a nacimiento carnal, como quien hace suyo el nacimiento de la propia carne… De esta manera [los Santos Padres] no tuvieron inconveniente en llamar madre de Dios a la santa Virgen.»
«Padres de la Iglesia se llaman con toda razón aquellos santos que, con la fuerza de la fe, con la profundidad y riqueza de sus enseñanzas, la engendraron y formaron en el transcurso de los primeros siglos», en palabras de Juan Pablo II. A ellos la Iglesia siempre debe volver, para conservar la unidad de la fe, para profesarla siempre «con el mismo sentido y con la misma sentencia», como escribió san Vicente de Lérins. Entre las enseñanzas de estos santos podemos citar a san Ignacio de Antioquía, quien en el año 108 escribió: «Nuestro Dios, Jesucristo, ha sido llevado en el seno de María, según la economía divina, nacido “del linaje de David” (Jn. 7, 42; Rom. 1, 3; 2 Tim. 2, 8) y del Espíritu Santo. Él nació y fue bautizado para purificar el agua por su pasión.» Como dice también san Atanasio, en el año 365: «El Verbo que ha sido engendrado desde lo alto por el Padre de modo inefable, inexplicable, incomprensible y eterno, Él mismo ha sido generado en el tiempo abajo desde la Virgen María, Madre de Dios, para que, los que antes fueron engendrados abajo, nazcan en segundo lugar desde lo alto, es decir desde Dios.» Como explica santo Tomás: «La Santísima Virgen se llama Madre de Dios, no porque sea Madre de la Divinidad, sino porque, según la humanidad, es Madre de la persona que tiene la Divinidad y la humanidad.»
No cabe una unión superior a ésta entre el Hijo de Dios y criatura alguna. Porque, en la ordenación de los seres, nada hay más grande que Dios; y en el orden de la naturaleza, no hay unión más grande entre dos personas que la de la maternidad. Por ello, la relación existente en entre María Santísima y su Hijo supera el orden de la naturaleza e incluso el de la gracia. Ella está asociada al orden hipostático, es decir, aporta todos los elementos humanos a la persona de Jesucristo, superando de este modo a los seres más nobles y puros que existen en el universo por su cooperación al actual plan de salvación de Dios.
Esta excelsa criatura, «tesoro digno de ser venerado por todo el orbe, lámpara inextinguible, corona de la virginidad, trono de la recta doctrina, templo indestructible, lugar propio de aquel que no puede ser contenido en lugar alguno», en palabras de san Cirilo de Alejandría, gran defensor de este dogma, es, por pura misericordia de Dios, también Madre nuestra. Por ello debemos hacernos sus hijos más pequeños, ponernos en su regazo. Por eso su Corazón Inmaculado debe ser nuestro seguro refugio, y quien nos alcance hasta Dios. Por esto debemos renunciar a nosotros mismos, como consecuencia necesaria de nuestro Bautismo, y poner nuestro ser en manos de Jesucristo, a través de su más limpia criatura. «María no es como las demás criaturas, que si nos adherimos a ellas podrían más bien separarnos de Dios que aproximarnos a Dios: la inclinación más fuerte de María es unirnos a Jesucristo, su Hijo, y la inclinación más fuerte del Hijo es que se vaya a Él por su Santísima Madre».
Este es «el camino fácil, corto, perfecto y seguro para llegar a la unión con Dios que es la perfección cristiana». Por esto, algunos miembros de nuestra parroquia harán hoy su esclavitud mariana, como signo de querer hacer en todo la santa Voluntad de Dios, renunciando a sí mismos, y queriendo luchar contra todo lo que desagrada a Dios, al mundo, al demonio y a la propia carne.
Sabemos que el demonio no se quedará de brazos cruzados. Vendrá a atacarnos para matar en nuestra alma el deseo de perfección. El principal enemigo somos nosotros mismos, que no podemos vencer nuestros vicios dominantes; que seguimos atados al pecado mortal, o al pecado venial deliberado; que nos sigue importando el respeto humano, antes que los derechos de nuestro Dios.
Pero también conocemos que el demonio utilizará a algunos secuaces, que se harán sus títeres, consciente o inconscientemente. Esos han sido los que han profanado nuestro sagrario; los que han roto la imagen de Nuestro Señor, el Pantocrátor; los que han revolcado por el piso los objetos de la Legión de María. Estos son los que han saqueado la casa de Dios… Dios tenga misericordia de sus almas, y nos dé a nosotros espíritu para reparar semejantes infamias.
Sí, «para nosotros la lucha no es contra sangre y carne, sino… contra los poderes mundanos de estas tinieblas» (Ef. 6, 12). El enfrentamiento es desparejo, no porque los demonios vengan contra nuestras pobres fuerzas humanas, sino porque ellos nada pueden contra Dios. «A una se confabulan contra el Señor y contra su Mesías» (Ps. 2, 2). Y nada pueden contra el Vaso Digno de Honor, que es la Madre del Señor. Como dice la Escritura: «El Señor quebranta las guerras; Señor es su nombre… El Señor Todopoderoso le hirió, entregándolo en manos de una mujer, que le quitó la vida» (Jdt. 16, 3. 7). Por esto nos alistaremos en las tropas de la Santísima Virgen, para que Ella nos alcance la victoria, para que Ella en nosotros pisotee al pecado, al demonio y a la muerte, para que en nuestra alma se cumpla la sentencia de San Juan de la Cruz: «Sólo mora en este monte honra y gloria de Dios».
Por ello terminamos con las palabras de la homilía más famosa de la antigüedad, de San Cirilo, que también nosotros hacemos nuestras: «Te saludamos a Ti, que encerraste en tu seno virginal a aquel que es inmenso e inabarcable; a Ti, por quien la santa Trinidad es adorada y glorificada; por quien la cruz preciosa es celebrada y adorada en todo el orbe; por quien exulta el cielo; por quien se alegran los ángeles y arcángeles; por quien son puestos en fuga los demonios; por quien el diablo tentador cayó del cielo; por quien la criatura, caída en el pecado, es elevada al cielo; por quien toda la creación, sujeta a la insensatez de la idolatría, llega al conocimiento de la verdad; por quien los creyentes obtienen la gracia del bautismo y el aceite de la alegría; por quien han sido fundamentadas las Iglesias de todo el orbe de la tierra; por quien todos los hombres son llamados a la conversión».



[1] Esta homilía fue predicada y publicada el día 1 de enero de 2015, en la parroquia Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, del barrio Butaló (Santa Rosa), como puede verse aquí.

miércoles, 2 de agosto de 2017

Abrazar la Cruz

CARTA DE UNA RELIGIOSA


La autora de la dramática misiva se llama Lucy Vertrusc. No es, lamentablemente, la única religiosa violada en esta guerra singularmente feroz de Bosnia-Hersegovina. Como las restantes, se negó al aborto y asumió su maternidad, en medio de la mayor pobreza, como la voluntad de Dios, nunca tan misteriosamente expresada. Lo que sigue es el texto completo de un testimonio dramático, que resume piedad y amor a Dios y al prójimo, dirigido a la superiora de su Congregación.

Soy Lucy, una de las jóvenes religiosas que ha sido violada por los soldados serbios. Le escribo, Madre, después de lo que nos ha sucedido a mis hermanas Tatiana, Sandría y a mí. Permítame no entrar en detalles del hecho. Hay en la vida experiencias tan atroces que no pueden contarse a nadie más que a Dios, a cuyo servicio, hace apenas un año me consagre.

Mi drama no es tanto la humillación que padecí como mujer, ni la ofensa incurable hecha a mi vocación de consagrada, sino la dificultad de incorporar a mi Fe un evento que ciertamente forma parte de la misteriosa voluntad de Aquél, a quien siempre consideré mi Esposo Divino.

Hacía pocos días que había leído «Diálogos de Carmelitas», y espontáneamente pedía al Señor la gracia de poder también yo morir mártir. Dios me tomó la palabra, pero ¡De qué manera! Ahora me encuentro en una angustiosa oscuridad interior. El ha destruido el proyecto de mi vida, que consideraba definitivo y exaltante para mí y me ha introducido improvisadamente en un nuevo designio suyo que, en este momento, me siento incapaz de descubrir.

Cuando adolescente escribí en mi Diario: «Nada es mío, yo no soy de nadie, nadie me pertenece». Alguien, en cambio, me apreso una noche, que jamás quisiera recordar, me arrancó de mí misma, queriendo hacerme suya...

Era ya día cuando desperté y mi primer pensamiento fue el de la agonía de Cristo en el Huerto. Dentro de mí se desencadenó una lucha terrible. Me preguntaba por qué Dios permitió que yo fuese desgarrada, destruida precisamente en lo que era la razón de mi vida; pero, también me preguntaba a qué nueva vocación El quería llamarme.

Me levanté con esfuerzo y mientras ayudada por sor Josefina me enderezaba, me llegó el sonido de la campana del convento de las Agustinas, cercano al nuestro, que llamaba a oración de las nueve de la mañana. Me hice la señal de la Cruz y recité mentalmente el himno litúrgico: «En esta hora sobre el Gólgota, / Cristo, verdadero Cordero Pascual, / paga el rescate de nuestra salvación».

¿Qué es madre, mi sufrimiento y la ofensa recibida, comparada con el sufrimiento y la ofensa de aquel por quien había jurado mil veces dar la vida?. Dije despacio, muy despacio: «Que se cumpla tu voluntad, sobre todo ahora que no tengo donde aferrarme y que mi única certeza es saber que Tú, Señor, tu estás conmigo.» 

Madre, le escribo no para buscar consuelo, sino para que me ayude a dar gracias a Dios por haberme asociado a millares de compatriotas ofendidas en su honor y obligadas a una maternidad indeseada. Mi humillación se añade a la de ellas y porque no tengo otra cosa que ofrecer en expiación por los pecados cometidos por los anónimos violadores y para reconciliación de las dos etnias enemigas, acepto la deshonra sufrida y  la entrego a la misericordia de Dios.

No se sorprenda, Madre, si le pido que comparta conmigo un «gracias» que podría parecer absurdo. En estos meses he llorado un mar de lágrimas por mis dos hermanos asesinados por los mismos agresores que van aterrorizando nuestras comunidades y pensaba que no podría sufrir más de eso, ¡tan lejos estaba de imaginar lo que me había de suceder!

A diario llamaban a la puerta de nuestro convento centenares de criaturas hambrientas, tiritando de frío con la desesperación en los ojos. Hace unas semanas un muchacho de dieciocho me dijo: «Dichosas ustedes que han elegido un lugar donde la maldad no puede entrar». El chico tenía en la mano el rosario de las alabanzas del profeta. Y añadió en voz baja: «Ustedes no sabrán nunca lo que es la deshonra».

Pensé largamente sobre ello y me convencí que había una parte secreta del dolor de mi gente que se me escapaba y casi me avergoncé de haber sido excluida. Ahora soy una de ellas, una de las tantas mujeres anónimas de mi pueblo, con el cuerpo desbastado y el alma saqueada. El Señor me admitió a su misterio de vergüenza. Es más, a mí, religiosa, me concedió el privilegio de conocer la fuerza diabólica del mal.

Sé que de hoy en adelante, las palabras de ánimo y de consuelo que podré arrancar de mi pobre corazón, ciertamente serán creíbles, porqué mi historia, su historia y mi resignación, sostenida por la Fe, podrá servir, sino de ejemplo, por lo menos de referencia. De su acción moral y afectiva.

Basta un signo, una vocecita, una señal fraterna, para poner en movimiento la esperanza de tantas criaturas desconocidas. Dios me ha elegido –que él me perdone esta presunción– para guiar a las más humilladas de mi pueblo hacia un alba de redención y de libertad. Ya no podrán dudar de la sinceridad de mis palabras, porque vengo como ellas, de la frontera del envilecimiento y la profanación. 

Recuerdo que cuando frecuentaba en Roma la Universidad «Auxilium» para la Licenciatura en Letras, una anciana eslava, profesora de literatura me recitaba estos versos del poeta Alexej Mislovic: «Tú no debes morir / porque has elegido estar / de la parte del día». La noche, en que por horas y horas fui destrozada por los serbios me repetí estos versos que los sentía como un bálsamo para el alma, enloquecida ya casi por la desesperación. 

Ahora ya todo pasó y al volver hacia atrás tengo la impresión de haber sufrido una terrible pesadilla. Todo ha pasado, Madre pero todo empieza. En su llamado telefónico después de sus palabras de aliento, que le agradeceré toda la vida, usted me hizo una pregunta concreta: «¿Qué harás de la vida que te han impuesto en tu seno?». Sentí que su voz temblaba al hacerme esa pregunta, pregunta que no creí oportuno responder de inmediato, no porque no hubiese reflexionado por el camino a seguir, sino para no turbar sus eventuales proyectos respecto de mí. Yo ya decidí. Seré madre. El niño será mío y de nadie más. Sé que podría confiarlo a otras personas pero él - aunque yo no lo quería y no lo esperaba - tiene el derecho a mi amor de madre. No se puede arrancar una planta con sus raíces. El grano de trigo caído en el surco tiene necesidad de crecer allí, donde el misterioso, aunque inicuo sembrador lo echó para crecer. 

Realizaré mi vocación religiosa de otra manera. Nada pediré a mi congregación que me ha dado ya todo. Estoy muy agradecida por la fraterna solidaridad de las hermanas que en este tiempo me han llenado de delicadezas y atenciones, y particularmente por no haberme importunado con preguntas indiscretas. Me iré con mi hijo, no sé dónde, pero Dios que rompió de improviso mi mayor alegría me indicará el camino a recorrer para hacer su voluntad.

Volveré pobre, retornaré al viejo delantal y a los zuecos que usan las mujeres los días de trabajo y me iré con mi madre a recoger a nuestros bosques la resina de la corteza de los árboles...

Alguien tiene que empezar a romper la cadena de odio que destruye desde siempre nuestros países. Por eso, al hijo que vendrá le enseñare solo el amor. Este, mi hijo, nacido de la violencia, testimoniará junto a mí que la única grandeza que honra al ser humano es la del perdón.

domingo, 30 de julio de 2017

El martirio de Carlos Sacheri, el intelectual combatiente


Hoy, 22 de diciembre[1], se cumplen 40 años del martirio de Carlos Sacheri, del mismo modo que el pasado 27 de octubre se cumplieron los mismos años del asesinato de Jordán Bruno Genta. Ambos, víctimas del liberalismo y del comunismo de nuestra querida Argentina. Ambos, víctimas del tercermundismo enquistado dentro de la Iglesia, por la lectura progresista (“hermenéutica de ruptura”, en palabras del Papa Benedicto XVI) de los textos del Concilio Vaticano II.
Carlos Alberto Sacheri nació el 22 de octubre de 1933 en Buenos Aires, siendo el cuarto de siete hijos del abogado y general de la Nación Oscar Antonio Sacheri y de María Elena Kussrow. Tomó su primera Comunión el 3 de octubre de 1942 en la Iglesia del Carmen. Tenía muchas condiciones artísticas, y desde chico manejaba muchos idiomas.
Una vez doctorado, fue presidente de los jóvenes de Acción Católica, dedicando su tiempo a dar charlas para adultos y jóvenes. “Aunque haya tres yo hablo”, solía decir.
Cursó estudios jurídicos sin completarlos, pues le atraía más la filosofía. Sus lecciones más formales en la materia las recibió desde los 15 años siguiendo los cursos sobre la Suma de Teología de Santo Tomás con el padre Julio Meinvielle, que señalándolo dijera: “Vea Ud. las maravillas que hace el tomismo en quien se deja conducir por él”. De su maestro aprendió el rigor dialéctico, el tomismo esencial y el apostolado de la inteligencia. El mismo Carlos Sacheri tomó la palabra el día del entierro del padre Julio, afirmando que fue un intelectual combatiente. “Cabría reducir toda su enseñanza a una tesis central: la Cristiandad. Sin lugar a dudas, Meinvielle ha sido el mayor teólogo de la Cristiandad en lo que va del siglo XX.” Él mismo le prologó su libro El Poder Destructivo de la Dialéctica Comunista.
El p. Meinvielle analiza con su habitual lucidez la conexión íntima de los conceptos de dialéctica, alienación y trabajo, a la vez que detecta las implicancias prácticas del esquema dialéctico en la estrategia subversiva de la lucha de clases, que el comunismo promueve en el mundo entero… Esta obra del p. Meinvielle constituye el estudio más valioso, a nivel internacional, de la teoría económica marxista… Al mismo tiempo, denuncia las graves deficiencias de la economía liberal y neoliberal, a la luz del fecundo principio de la reciprocidad de los cambios.” (Segundo prólogo a la obra del p. Julio Meinvielle, El Poder Destructivo de la Dialéctica Comunista, Cruz y Fierro Editores, 1973, pp. 7-8)
Luego de finalizado su servicio militar, se vinculó al grupo universitario del Dr. Juan Rodríguez Lonardi, experto en nuclear jóvenes y formarlos intensamente en la fe y en el patriotismo. Allí conoció al profesor Emilio Komar. Sus primeras clases las dictó en la Universidad del Salvador, razón por la cual fue admitido a la Licenciatura en Canadá, a pesar de no tener estudios de grado. Carlos aprendió de Komar el estilo de la verdadera universidad.
En 1956, a los 23 años, inició su único noviazgo, y el 19 de diciembre de 1959 se casó con María Marta Cigorraga, de la cual nacieron siete hijos. En 1961 ganó una beca en concurso internacional para estudiar en la Universidad Laval, de Quebec, por el período 1961 – 1963. Su principal profesor allí fue Charles de Koninck. Se licenció en filosofía con mención “magna cum laude” (1-VI-1963), y dio clases, destacándose por ser “el profesor innovador que va a las fuentes”. En 1963 volvió a Canadá para hacer el doctorado, lográndolo “Summa cum laude” el 8 de junio de 1968 con la tesis escrita en francés todavía inédita Necessité et nature de la délibération. Allí fue cuando conoció a Jean Ousset y al movimiento La Ciudad Católica, donde viajaba a varios países en representación de la Universidad Laval, y empezaba a ser valorado por sus inmensos talentos… Pero no quiso desprenderse de su querida patria: “Yo quiero hacer como Komar, quiero enseñar en la Argentina.” Y volvió, a la Argentina sufriente de ese momento, porque un verdadero patriota del cielo no puede desertar de militar en favor de su patria terrena. Como su maestro, el p. Julio Meinvielle, él también quería ser un “intelectual combatiente”.
Retomó su vinculación con la Acción Católica del Pilar, en la que disponían de él como si fuera un empleado todo tiempo para que disertara sobre cualquier tema; se unió a la Agrupación Misión y al Colegio San Pablo.
Participó de La Ciudad Católica y colaboró en la revista Verbo, convirtiéndose en el principal referente de todos esos emprendimientos. En el ámbito de La Ciudad Católica fundó el IPSA (Instituto de Promoción Social Argentina) y organizó cuatro de sus congresos anuales (1969, 1970, 1971 y 1972), que hoy perviven en la Argentina con ese nombre u otros diversos (congresos argentinos de jóvenes, jornadas de formación católica, etc.). En el plano de la organización social esos congresos fueron la máxima obra de Carlos, que se caracterizaron tanto por la ortodoxia como por la excelencia universitaria y el diálogo amistoso, con la mezcla de ejercicio religioso, actividad académica, encuentro de planificación política y reunión de amigos. Dictó cursos de filosofía en el Instituto Terán y dio clases en el Centro de Estudios Superiores “San Alberto Magno”; pronunció conferencias en todo el país, haciéndose entender por todos.
Ingresó como profesor en la Universidad Católica Argentina colaborando con su gran amigo Mons. Derisi, que lo llenó de clases y cursos en distintas facultades. Ganó por concurso el cargo de profesor de Filosofía e Historia de las Ideas Filosóficas en el ingreso a la Facultad de Derecho de la UBA, donde fue designado director del Instituto de Filosofía del Derecho. En una universidad donde campeaban Alemán y Martínez de Hoz, el liberalismo y el positivismo, él decía: “Acá escucharán algo distinto a lo que están acostumbrados a escuchar”.
Otro de sus lugares de trabajo fue el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). Desde allí se preocupó porque los investigadores pudieran vivir con su tarea y salir de una vez del amateurismo universitario criollo que nos avergüenza, fomentando la creación de distintas asociaciones. De allí surgieron el Instituto de Filosofía Práctica, el FECIC y muchos otros, posibilitando que se quedaran en el país muchos intelectuales.
Fue en 1974 el promotor decisivo de la vuelta a la actividad de la Sociedad Tomista Argentina, que desde hacía cerca de 15 años estaba inactiva afectada por la reacción antitomista del postconcilio, siendo su secretario durante tres meses y hasta su muerte.
Se incorporó al MUNA (Movimiento Unificado Nacionalista Argentino), formando parte de su Mesa Ejecutiva, en representación del porteño Movimiento de la Nueva República, del que fue cofundador.
Predicó sin descanso donde lo llamaran, en y fuera del país. Viajó a Lausana, Suiza, Venezuela, Canadá, Estados Unidos, Chile y mucho a Uruguay. De esta época es su conferencia más famosa, sobre “El universitario y la doctrina marxista”, dictada el 9 de junio de 1973. Demostraba que ni siquiera los marxistas argentinos no conocían a Marx. Cualquiera que tuviera buena voluntad podía convertirse, ya que refutaba todos los argumentos opuestos.
«Nadie podía suponer hace apenas un par de meses, cuando comenzábamos a preparar lo que hoy es esta jornada, la tremenda actualidad que iba a cobrar en el marco de la situación cultural argentina, este tema del marxismo dentro del orden universitario. Si bien muchas cosas eran previsibles, no podían preverse cabalmente una entrega en manos de grupos marxistas de las universidades de todo el país y de los medios de difusión social, medios de comunicación masiva, que configuran los dos pilares institucionales, orgánicos, de lo cultural en cualquier nación.» Esto que Sacheri veía venir en Argentina (y no sólo en ella), es lo que hoy padecemos: invasión de la ideología en las universidades y en los medios de comunicación social, logrando alejar, a través de la educación formal e informal, a las clases dirigentes y a las multitudes, de la verdad católica.
«El marxismo no es una doctrina como cualquier otra doctrina. No es una mera “teoría”. Como lo dicen coherentemente desde el mismo Marx hasta el actualísimo Mao es una “guía para la acción”. La teoría marxista no tiene ningún sentido en sí misma en cuanto mera teoría. Es un esquema de acción, más aún un esquema de la acción o praxis revolucionaria. Uno de los caracteres más negativos del marxismo, y más negador de lo mejor de la tradición cultural del occidente greco-latino y cristiano, es, precisamente, esa supremacía permanente de la acción sobre el pensamiento, de la praxis sobre la teoría. El marxismo desprecia la teoría como tal.»
La amistad con la familia Massot, de La Nueva Provincia, le abrió las puertas a una serie preciosa de artículos periodísticos sobre doctrina social de la Iglesia, “La Iglesia y lo social”, que se transformarán luego en su clásico “El Orden Natural”.
Justificando la necesidad de la Doctrina Social de la Iglesia, escribió: «La Iglesia tiene por misión el conducir los hombres a Dios. Pero los hombres alcanzan su destino eterno según que respeten o no el designio providencial de Dios durante su vida en la tierra. De ahí que la doctrina cristiana haya afirmado siempre la vinculación íntima que existe entre el orden natural y el orden sobrenatural, entre la naturaleza y la Gracia, entre la vida terrena y la beatitud eterna.
Un principio teológico fundamental afirma: “La Gracia supone la naturaleza; no la destruye, sino que la sobreeleva.” En el orden moral, por ejemplo, no hay perfección cristiana real que no implique la rectitud moral natural. Las virtudes teologales de fe, esperanza y caridad suponen la práctica de la templanza, la fortaleza, la justicia y la prudencia, que son virtudes humanas. Lo sobrenatural añade, por cierto, mayores exigencias a lo simplemente humano, en razón de la mayor perfección del fin a alcanzar; pero supone siempre el respeto absoluto de todos los valores humanos.
Del mismo modo, existe una profunda correspondencia entre las verdades naturales, al alcance de la razón, y las verdades sobrenaturales contenidas en la Revelación divina. Así como la caridad presupone la justicia, así también la Fe presupone la razón. Chesterton lo expresaba gráficamente al decir: “Lo que la Iglesia le pide al hombre para entrar en ella, no es que se quite la cabeza, sino tan sólo que se quite el sombrero.”
En razón de su misión sobrenatural, la Iglesia debe velar sobre todos aquellos valores y actividades que puedan afectar directa o indirectamente al progreso religioso de los hombres. Su campo específico de acción es lo que hace directamente a la Fe y la moral. Cabe preguntar si esas normas morales pueden regir sensatamente para lo meramente individual o si, por el contrario, deben abarcar también las actividades sociales de la persona. Evidentemente, la moral incluye ambas dimensiones: lo personal y lo social. “De la forma dada a la sociedad, en armonía o no con las leyes divinas, depende el bien o el mal para las almas” (Pío XII, 1-6-41).» (Carlos Alberto Sacheri, El Orden Natural, Ediciones del Cruzamante, Bs. As., 1980, p. 8).
No sólo delató los errores del socialismo en la patria, sino incluso la infiltración del comunismo ateo dentro de la Iglesia, en su obra “La Iglesia Clandestina”.
«Desde el trasfondo histórico de la Iglesia peregrinante llega hasta nosotros la unánime sentencia de los Santos Padres: Digo y protesto que dividir a la Iglesia no es menor mal que caer en la herejía (S. Juan Crisóstomo, Homilía 11 sobre la epístola a los Efesios, nº 5); Nada hay más grave que el sacrilegio del cisma…, no hay necesidad legítima alguna para romper la unidad (S. Agustín, Contra la epístola de Pameniano, 11, 11, 25).
Esta doctrina constante acerca de la unidad de la Iglesia y de la necesidad de preservarla a cualquier precio, no es sino una de las numerosas proyecciones del mandato divino de la Unidad expresada por Cristo poco antes de que culminara en la Cruz su divina misión redentora: Que todos sean uno (Jn. 17, 21). Esta vocación cristiana de unidad en Cristo y por Cristo ha constituido uno de los pilares del Concilio Vaticano II y uno de los ejes o puntos de mira en torno a los cuales se centra el esfuerzo de renovación pastoral y apostólica de la Iglesia universal.
Tal énfasis en la unidad obedece, sin duda, a los misteriosos designios de la Divina Providencia sobre el Pueblo de Dios, para dirigir su marcha a través del mundo contemporáneo. La inteligencia del cristiano debe esforzarse, en consecuencia, para comprender en la medida de lo posible, el sentido de tal insistencia por parte de la Iglesia no sólo en cuanto instancia permanente del mensaje divino, sino también en referencia a las actuales circunstancias.
En efecto, el mandato de la unidad adquiere hoy, en la Argentina y en el mundo entero, alcances dramáticos, en la medida misma en que desde el interior de la Iglesia Católica algunos grupos la ponen en peligro comprometiendo así, en forma consciente o inconsciente, la realización del Reino de Dios y el destino eterno de las almas. Los agentes del mal no han cesado desde la fundación misma de la Iglesia por Cristo, de asediarla constantemente desde fuera y desde dentro. El Señor nos advirtió de una vez para siempre que tal ofensiva acompañará a sus discípulos hasta el fin de los siglos: No es el discípulo mayor que su Maestro (cf. Jn. 13, 16).
Los ataques reiterados que la Iglesia sufre hoy no constituyen sino uno de tantos episodios protagonizados por las potencias demoníacas en sus vanos intentos de obstaculizar la obra redentora de Dios. Como lo señalará en su tiempo san Cipriano: “Lo que es de temer no es tan sólo la persecución, ni los ataques a cara descubierta que tratan de vencer y destruir a los servidores de Dios. Es más fácil ser cauto cuando se percibe a lo que debe temerse y, ante un adversario manifiesto, el alma se prepara para el combate. Más peligroso y alarmante es el enemigo que avanza sin ruido y que, bajo las apariencias de una falsa paz, repta con ocultos designios; por tal proceder ha merecido el nombre de serpiente.” (De Catholicae Ecclesiae Unitate, nº 5). En la actualidad, la Iglesia Católica se ve asediada desde su mismo interior, por grupos que, invocando a veces legítimos propósitos (de lo contrario, carecerían de toda audiencia), comprometen seriamente la unidad interior de los fieles y enuncian doctrinas erróneas que confunden los espíritus, debilitando su fe y su ardor apostólico.
Las reflexiones que siguen no pretenden otra cosa que contribuir modestamente a la causa de la unidad cristiana hoy comprometida por los grupos pseudo-proféticos que se arrogan carismas especiales y pretenden pontificar sobre toda materia, como si poseyeran la única y verdadera autoridad para zanjar las cuestiones más controvertidas que afectan al hombre de nuestro tiempo. Animado por este espíritu y creyendo desde siempre que debe insistirse más sobre lo positivo y constructivo que sobre lo negativo y lo demoledor, no intento en modo alguno acusar y determinar responsabilidades, dado que ello no es de mi competencia ni de mi agrado. Por el contrario, la finalidad de este estudio es el de contribuir al esclarecimiento de la actual confusión y apuntar aquellas medidas que permitan a la autoridad eclesiástica rectificar la situación actual que escandaliza fundadamente a muchos católicos y reafirmar la unidad de fe y caridad en la Iglesia argentina.
En espíritu de esperanza y fiel a nuestra condición de laicos católicos deseo vivamente que se cumpla aquello que enunciara Dom Guéranger: “Hay una gracia inherente a la confesión plena y entera de la Verdad. Esta confesión (nos dice el Apóstol) es la salvación de quienes la hacen y la experiencia demuestra que ella es asimismo la salvación de quienes la escuchan.” La gravedad del fenómeno actual de la IGLESIA CLANDESTINA exige esa “confesión plena y entera de la Verdad” con la ponderación y energía que requiere asunto tan delicado y trascendental.»
Es un trabajo teológico de alto vuelo, donde denuncia la infiltración del modernismo y un llamado a los laicos a construir la Cristiandad. Sin duda, pagó su valentía con su propia sangre. Él mismo preveía su fin: al publicar el libro le puso la faja: “Seremos fusilados por curas bolcheviques”, del escritor Bernanos.
No contento todavía con esto, escribió una famosa solicitada (firmada el 25 de mayo de 1969) en los diarios La Nación y La Razón el 28 y el 29 de mayo de 1969 dirigida a los obispos argentinos (“A nuestros Padres en la Fe”), en la que les pedía que desacrediten públicamente al Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo, hecho que consiguió, gracias a su constancia.
«En nuestra condición de laicos y católicos y haciendo uso de las atribuciones que tal condición nos confiere, en conformidad con lo aprobado por el Concilio Vaticano II (Const. Lumen Gentium, Cap. IV), nos dirigimos a nuestros Padres y Pastores para solicitarles intervengan con voz clara y decidida para poner fin a una situación que, de continuar como hasta el presente, puede provocar gravísimas consecuencias para la Iglesia y el país entero.
Nuestra Obra es exclusivamente de acción doctrinal y está al servicio de todos aquellos que asuman con seriedad su misión de responsables sociales y quieran colaborar  en la incesante instauración del reinado social de Nuestro Señor Jesucristo. Con tal objeto, desde hace diez años y absteniéndonos deliberadamente de toda opción política particular, hemos debido señalar reiteradas veces la infiltración marxista en los ambientes católicos (cf. VERBO, 41, junio 1964), la creciente difusión del neomodernismo progresista (rechazado por Pablo VI, por no ser “ni cristiano ni católico”, 11 – VIII - 63), la aplicación de las técnicas de guerra revolucionaria (cf. VERBO, 69 al 72, abril – junio, 1967), los peligros de la dialéctica entre católicos (VERBO, 44 – 45, septiembre de 1964; 50,  mayo de 1965; 58, mayo de 1966) y la universidad moderna como factor de subversión (cf. VERBO, 82, julio 1968).
No obstante, resulta doloroso constatar que: 1) las tesis progresistas se han vuelto materia habitual de enseñanza y de predicación en ciertos grupos de sacerdotes; 2) la infiltración marxista en ambientes católicos se ha desarrollado más y más; 3) un número creciente de sacerdotes, especialmente los más jóvenes, presenta una disminución manifiesta de su formación, espiritualidad y espíritu de obediencia, llegando un número apreciable de ellos a abandonar el sacerdocio; 4) la difusión de una mentalidad “pseudo-conciliar”, repetidas veces repudiada por S. S. Pablo VI, no hace sino confundir al laicado desarmándolo ante los errores actuales; 5) el recurso demagógico a planteos violentos, es representado por muchos como única alternativa “eficaz” y legítima para la solución de los problemas sociales.
Este proceso desemboca hoy en la agitación que conmueve al país entero y que obedece inequívocamente a un plan subversivo de inspiración marxista, en sincronización con hechos análogos ejecutados a nivel internacional.  A la rigurosa orquestación de dicho plan responden: la conducción radioeléctrica de los operativos callejeros en Corrientes, la constitución de guerrillas urbanas en Rosario, la interrupción de servicios eléctricos en Córdoba, el traslado de grupos activistas extraños al lugar de los hechos, etc., etc.
Frente a ello, vemos con dolor que clérigos, tanto seculares como regulares, algunos de los cuales ejercen elevadas funciones, y dirigentes laicos de movimientos católicos oficiales, se hacen eco, o incitan o se enrolan en forma poco responsable (inconsciente o deliberadamente), en actitudes netamente subversivas del orden social.
Ante tales hechos y actitudes, y sin desconocer el intenso esfuerzo de renovación pastoral, actualmente dirigido por el Episcopado argentino, creemos nuestro deber impostergable señalar abiertamente la gravedad de tales acontecimientos. Encarecemos a los miembros del Episcopado ejerzan la plenitud de su autoridad doctrinal y pastoral (Lumen Gentium, Cap. III, n. 27), ya que la autoridad legítima es maestra y responsable, tanto de sus decisiones como de sus omisiones.
Este llamado filial no tiene otro motivo que advertir el peligro actual y apoyar abiertamente el ejercicio de la autoridad eclesiástica en el plano de su competencia propia. No creemos equivocarnos al decir que las actitudes extremas aquí denunciadas son obras de pequeños grupos activistas, que son eficaces en la medida en que nadie ni nada se les opongan seriamente. Mientras tanto, la mayoría de los católicos espera dócilmente que se den directivas por quienes tienen la real responsabilidad.
Por último debemos señalar que quienes, como católicos, suman su acción a la de los elementos subversivos del orden temporal, no dejarán (como hechos recientes lo prueban) de prolongar tales acciones en una crítica sistemática y demoledora de la autoridad eclesiástica hasta reemplazar “la Iglesia de los Santos” por una “Iglesia de tribunos”.
Reiteramos nuestra constante fidelidad al Magisterio ordinario y extraordinario de nuestra Iglesia. En filial agradecimiento de tantos gestos de aliento recibidos en numerosas ocasiones (máxima recompensa de nuestra modesta labor) correspondemos con este llamado que es, al mismo tiempo, una confirmación de nuestra adhesión profunda y permanente a nuestros Padres en la Fe.»
Se preocupó por la política nacional, siendo el principal referente y fundador de Premisa, a partir del 11 de enero de 1974, revista opositora al gobierno de Isabel Perón, cuyo protagonista principal era el “Brujo” López Rega. La logia al que él pertenecía (“Anael”) ya había sido denunciada en La Iglesia Clandestina.
Él sabía de su propio destino. Cuando le contaron en Corrientes que habían asesinado a Genta, él respondió: “Yo sé que para mí tienen preparado algo similar, pero las amenazas y esa posibilidad no me harán declinar en esta lucha por Dios y por la Patria.”
Saliendo de la santa Misa de la Catedral de San Isidro, con su esposa, sus siete hijos y tres amigos de ellos, fue cuando fue interceptado por las hordas. Este es el testimonio de su propio hijo.
 “Fue un domingo a la mañana temprano. Mi madre pasó a buscarnos a mi padre y a mis siete hermanos a la salida de misa y nos dirigimos hacia casa. Vivíamos en la avenida Libertador. Tuvo que detenerse para esperar a unos autos que venían por la contramano. Yo estaba distraído. Escuché un estampido muy fuerte y pensé instantáneamente, en décimas de segundo, que había estallado un petardo, ya que era 22 de diciembre, faltaban dos días para Navidad [de 1974]. Miré hacia la derecha y vi la cara de un hombre —el asesino— que hoy, pese a que han pasado más de veinte años, la tengo perfectamente grabada en mi mente. Iba en un Peugeot 504 celeste. Cuando de pronto escucho el grito de mi madre y veo a mi padre con la cabeza inclinada, sangrando y todos en derredor bañados en sangre. En el asiento de adelante íbamos mi madre con mi padre y Clara, la más pequeña de todos, que tenía entonces dos años, en su falda y yo del lado de la puerta. En el asiento trasero venían mis otros hermanos con unos amigos.
Pues bien, enseguida llevaron a mi padre al Hospital de San Isidro y allí estuvo unas pocas horas en terapia intensiva, al cabo de las cuales murió.” (Testimonio de José María Sacheri)
Luego fue enviado un comunicado, en el que se atribuye el asesinato de ambos profesores al ERP, “Ejército de Liberación 22 de agosto”. Como escribió Antonio Caponnetto: “A Sacheri lo matan las fuerzas combinadas del terrorismo y de la subversión marxistas, ya que sabían de un modo explícito que tenían en él a un contrincante formidable e irreductible. Lo asesinan calculadamente —casi podríamos escribir ritualmente, a juzgar por las expresiones posteriores del grupúsculo que se adjudicó la autoría material del crimen— como señal de que su vida y su obra resultaban un desafío y una amenaza a la hediondez dominante.” (Antonio Caponnetto, Carlos Alberto Sacheri, un mártir de Cristo Rey, Roca Viva, Bs. As., 1998, p. 13).
«Sr. Director de la revista Cabildo D Ricardo Curutchet ¡Presente! Carísimo hermano en Cristo Rey: Nos dirigimos a usted con la confianza que nos dan los dos contactos mantenidos con la comunidad nacionalista católica y la revista Cabildo, su más digno exponente, en las personas de los queridísimos, aunque extintos profesores Jordán B. Genta y Carlos A. Sacheri. Nos guía la certeza de que seremos atendidos por Vd. con la caridad cristiana que ilumina cual antorcha sagrada, su cosmovisión escolástica, virtud ésta enseñada por Cristo y de la que fueron devotos fervorosos Santo Tomás y San Agustín. No pretenderemos referirnos a las circunstancias del fallecimiento de los profesores nombrados, sólo haremos mención de algunos detalles que los rodean. Enterados de la ferviente devoción que los extintos profesaban a Cristo Rey, de quien se decían infatigables soldados, nuestra comunidad ha esperado las festividades de Cristo Rey según el antiguo y nuevo “ordo missae” y ha permitido que los nombrados comulgaran del dulce Cuerpo de su Salvador para que pudieran reunirse con Él en la gloria, puesto que en este Valle de Lágrimas eran depositarios de la Santa Eucaristía. Como información fidedigna le comunicamos, un tanto apenados, que el difunto Sacheri no comulgó ese aciago domingo en el que concurrió por última vez a la prolongación del sacrificio de la Cruz. Nuestro enviado le dio una oportunidad, pero, oh… desatino, él no supo aprovecharla y lamentamos que esté pagando sus culpas veniales en el purgatorio (no queremos pensar que haya caído en el Fuego Eterno). Como sabemos que Ustedes y sus allegados también profesan con tan sagrada unción una devoción sublime al reinado de Cristo en la Tierra, nos vemos en la obligación de solicitar las fechas que guarden alguna relación con esa festividad sagrada, puesto que según el “ordo missae” no figura en el año litúrgico otra festividad similar en lo inmediato. Para su comodidad nos permitimos sugerirle el Domingo de Ramos, en el que Cristo, montado humildemente en un jamelgo, es coronado victoriosamente Rey de los Cielos y de la Tierra. Para tranquilidad suya le aseguramos que nos comunicaremos con Usted o… con alguno de sus “soldados de Cristo Rey”, quizás de manera un tanto repentina y no exenta de violencia, cuando se hallen en estado de Gracia y hayan participado del Cuerpo y de la Sangre de Nuestro Divino Redentor. Por este sagrado motivo le sugerimos que no haga diagramar la próxima tapa de su digna revista, pues le ahorraremos el trabajo de buscar el tema, tal cual lo hemos hecho en los dos números anteriores y hasta le adelantamos el original. Esperamos que tenga oportunidad de decirnos si es de su agrado; si así no fuera queda a su criterio diagramarla, pero recuerde, el tema lo pondremos nosotros. Esperamos no haber abusado de su valioso tiempo y nos atrevemos a pedirle que interceda ante Dios, con el diálogo de los justos, por la salvación de nuestras almas. Nos despedimos ofreciendo a Dios Padre, por Cristo, con Cristo y en Cristo todo el honor y toda la gloria de nuestras acciones, por los siglos de los siglos. Amén. Fdo. Ejército de Liberación 22 de Agosto». Y agregan el tétrico diagrama de la futura revista, con el agrado «Por el Reinado de Cristo en la Patria. Presente. (Requiescat in pace).»
Las alusiones burlescas y sacrílegas a la religión y a Cristo Rey ocupan el núcleo central, denotando una pluma clerical y la revancha por La Iglesia Clandestina.
La realidad de su martirio fue reconocida enseguida por aquellos Pastores valientes que sabían la valía intelectual de Carlos, y por innumerables personas que seguían su apostolado. Aquí tenemos, por ejemplo, el testimonio de Mons. Adolfo Tortolo, al prologar su propio libro.
 «Sacheri advirtió que el muro se iba agrietando velozmente, por el doble rechazo del orden sobrenatural y del orden natural. Vio la problemática del orden natural subvertido y vigorizado por una técnica portentosa. Y se volcó de lleno, no a llorar, sino a restaurar el orden natural. Aquí está la razón de su sangre mártir.» (Prólogo de Mons. Adolfo Tortolo a la obra de Carlos Alberto Sacheri, El Orden Natural, Ediciones del Cruzamante, Bs. As., 1980, pp. VI-VII).
Al igual como lo hemos pedido al conmemorar el cuadragésimo aniversario de la muerte de Jordán B. Genta, pidamos a Dios que prontamente Carlos Sacheri sea elevado a la gloria de los altares.
«Señor Dios Padre, que nos diste en tu Iglesia y en la tierra argentina a Carlos Alberto Sacheri, laico, padre de familia, filósofo, profesor, patriota, defensor de la fe, escritor y orador, maestro de la doctrina social católica; te pedimos que se lo declare santo, para que sirva como modelo de virtudes y para mayor gloria tuya, y especialmente, por sus méritos, te rogamos por (pedimos por nuestra intención). Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Terminamos con el famoso poema que le dedicara Abelardo Pithod, en el homenaje que la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Pontificia Universidad Católica, Mendoza, y el Ateneo de Cuyo rindieron a Carlos Alberto Sacheri el 26 de diciembre de 1974, festividad de San Esteban Protomártir.
Oración por el hermano muerto por Dios y por la Patria
¡Carlos Alberto Sacheri, hermano predilecto, camarada!
Te arrebataron, hermano, te arrancaron la vida como nada.
Te arrancaron la vida a borbotones
y tu sangre que no para
es como una fuente pura y roja,
inmaculada,
de gracia redentora
sobre la Patria desolada.
Tu sangre, tu preciosa sangre, tu sangre entrañable y nuestra
ya no la pueden parar aunque quisieran.
¡Pero te han muerto y nos han muerto el corazón de pena!
Te han muerto, hermano queridísimo,
te mataron por lo que eras
y ahora cómo podremos vivir
con Dios y la Patria pidiéndonos cuenta.
¿Dónde está tu hermano? ¿Dónde está tu hermano?
¡Y qué le dirá nuestra conciencia!
¡Te mataron hermano! ¡Cómo creer que es cierto!
Con un sólo arrancón te quitaron la vida como nada,
con un solo y limpio dardo de fuego
te hendieron la alta frente despejada.
Te abrieron un sendero
por el que te adentras y nos dejas, hermano predilecto,
y te vas de la vida a la Vida
apretando en tu pecho
al Cristo que guardabas.
¡No! ¡no hay muerte repentina!
Tú la miraste venir con ojazos buenos
que no sabían mirar sino de frente,
como de frente y hace mucho la mirabas.

Fuiste tú, lo sabemos. Peregrino, desde siempre la elegiste.
Pero tú, hermana muerte apresurada,
te lo llevaste avariciosa como llevas
las almas predestinadas.

Así, Carlos Alberto, hermano, tuviste la muerte merecida,
la muerte repentina de los buenos.
Ahora que estás donde querías,
camarada huidizo, espéranos.
Hasta la muerte hermano,
hasta tu muerte que no nos merecemos.



[1] Este artículo fue publicado originariamente en la página Adelante la Fe, el día 22 de diciembre de 2014, cuyo escrito puede verse aquí.

viernes, 28 de julio de 2017

La perfecta consagración a Jesús por María


“Soy todo tuyo, mi Amada Señora, con todo lo que tengo”[1].
Luego de haber meditado en estos días los motivos de la verdadera consagración a la Virgen[2], es bueno recordar que nuestro fin último es sólo Jesucristo, y sólo por Él podemos salvarnos[3]. Hemos sido comprados “con la Sangre preciosa de Cristo, el Cordero sin mancha y sin defecto” (1 Ped. 1, 19). Ahora somos esclavos, no del demonio por el pecado, sino siervos por amor de Jesucristo[4]. Pero para pertenecer totalmente a Él debemos vaciarnos interiormente de nuestros propios defectos, y para ello necesitamos ser verdaderos devotos de la Virgen para morir a nosotros mismos[5]. Más aún, no sólo necesitamos de la única Mediación de Jesucristo, sino que necesitamos un mediador entre el mismo Mediador, para que la debilidad de nuestros ojos no quede enceguecida con “la Luz inaccesible” (1 Tim. 6, 16), que es Dios[6]. Esta mediación es la de la Santísima Virgen, Medianera de todas las gracias. Todavía más, siendo tan frágiles nosotros, por llevar “este tesoro en recipientes de barro” (2 Cor. 4, 7), menester es que alguien custodie nuestros pobres méritos del pecado mortal, que puede hacer perder el trabajo espiritual de años. Ese alguien también es nuestra Madre: poniéndonos en sus manos nuestros pobres tesoros se verán protegidos de las astucias del Tentador[7].
Pero es imprescindible no confundir esta devoción, con cualquier otra falsa, o con un espejismo[8]. Las tentaciones frente a ella son:
·         Los devotos críticos, que se creen a sí mismos justos y desprecian las prácticas de piedad de la gente sencilla[9];
·      Los devotos escrupulosos, que temen deshonrar al Hijo honrando a la Madre, siendo que en realidad Cristo fue el primero en cumplir los diez Mandamientos, entre los cuales se encuentra el cuarto: “Honra a tu padre y a tu madre” (Ex. 20, 12; Deut. 5, 16)[10];
·    Los devotos exteriores, que cifran su amor a la Virgen sólo en prácticas externas, pero realizadas sin atención, sin devoción, sin pureza del corazón[11];
·     Los devotos presuntuosos que esconden con el nombre de cristianos su amor al mundo y sus desórdenes pasionales, con sus vicios dominantes, sin combatirlos tenazmente[12], cayendo así en el pecado del fariseísmo que, como dice el p. Leonardo Castellani, “es el gusano de la religión… Todo lo que es mortal muere; y antes de morir, cae… Es la soberbia religiosa: es la corrupción más grande de la verdad más grande… No quiere decir que uno debe ignorar que es un gesto religioso; quiere decir que su objeto debe ser Dios y no yo mismo.”[13]
·       Los devotos inconstantes, que por momentos son fervientes, y luego tibios[14];
·       Los devotos hipócritas, que cubren sus malos hábitos bajo el  manto de María[15];
·       Los devotos interesados, que sólo le piden a la Virgen en momentos de necesidad, y luego se olvidan de que son sus hijos[16].
Esta verdadera devoción se nutre de prácticas interiores y exteriores. Interiores tales como honrar su  nombre; meditar sus virtudes; contemplar sus grandezas; rendirle actos de amor; invocarla de corazón; unirse a Ella; obrar en todo para agradarle; comenzar, continuar y concluir todo por Ella, en Ella, con Ella y para Ella, que es la esencia de la esclavitud mariana[17]. Prácticas exteriores pueden ser alistarse en la Legión de María u otras Cofradías u Órdenes marianas; publicar sus alabanzas; hacer limosnas o mortificaciones por Ella; llevar el Rosario, el escapulario o una cadenilla; rezar el Rosario, el Oficio Parvo u otras oraciones; cantar en su honor; vivir en su presencia; adornar sus estatuas; proclamar su devoción; consagrarse a Ella; etc.[18] Todo esto realizado con pureza de intención, con atención, piedad y modestia[19].
Con esto queda respondida la objeción de algunos que se hacen llamar esclavos de la Virgen, pero que en realidad se olvidan de la asistencia a la santa Misa, o de vivir en gracia de Dios, o descuidan sus deberes para con el prójimo. Como dice san Luis María: “Algunos se quedarán con lo que tiene de exterior, sin pasar más adelante, y éstos serán el mayor número; otros, que serán pocos, entrarán en lo más recóndito, pero no subirán más de un grado… ¿Quién será el que permanezca en él habitualmente? Solamente aquel a quien el Espíritu Santo revele este secreto.”[20]
“Consiste esta devoción en entregarse enteramente a la Santísima Virgen para ser todo de Jesucristo por medio de María”, dándole nuestro cuerpo con sus sentidos, nuestra alma con sus potencias, nuestros bienes exteriores e incluso los interiores, es decir, los méritos, las virtudes y buenas obras pasadas, presentes y futuras, es decir todo lo que tenemos en el orden de la naturaleza, de la gracia y de lo que tendremos en la gloria[21]. Los méritos se los damos para que ella los conserve, y las súplicas que hacemos en favor de los demás están supeditadas a su voluntad, porque Ella sabe mejor que nosotros lo que necesita nuestro prójimo[22]. Por esto, todo fiel esclavo de amor de María “no puede ya disponer del valor de ninguna de sus buenas acciones”, pero esta ofrenda se realiza “según el orden de Dios y los deberes del propio estado”[23], es decir, el sacerdote y el religioso cumpliendo su ministerio, los esposos amándose entre sí, engendrando muchos hijos y educándolos para Dios, etc.
Dicho de otro modo, esta devoción consiste en la renovación de las promesas bautismales, pues se renuncia para siempre al demonio y a sus engaños, y se toma a Jesucristo por el único Soberano del alma[24], con la diferencia que aquí incluso se renuncia por sí mismo, poniendo todo en manos de la Virgen expresamente. San Luis María se queja: “¿No hacen traición casi todos los cristianos a la fe prometida a Jesucristo en el bautismo?”[25] Esta es la causa de los males más profundos que se ven en la Iglesia y en el mundo, es la causa del oscurecimiento de la fe de cada vez más personas, de instituciones, de países, y de incluso en muchos ambientes eclesiásticos.
¿Qué debemos hacer?” (Hech. 2, 37) ¿Cómo perseverar? ¿Cómo no caer, cuando han caído tantos? “¿Quién podrá salvarse?” (Lc. 18, 26) “Si el justo apenas se salva, ¿qué pasará con el impío y el pecador?” (Prov. 11, 31; 1 Ped. 4, 18). San Luis María, siguiendo la enseñanza de la Escritura y de la Tradición de la Iglesia, prevé el surgimiento de bestias enemigas que “perseguirán a los que lean y pongan en práctica” esta devoción. Pero nos alienta frente a la persecución: “¿Qué importa? Tanto mejor. Esta perspectiva nos anima y hace esperar un gran éxito, es decir, un gran escuadrón de bravos y valientes soldados de Dios y de María, de uno y otro sexo, para combatir al mundo, al demonio y a la naturaleza corrompida en los tiempos, más que nunca peligrosos, que van a venir”[26], o que ya han llegado. Seamos de estos soldados, perseveremos en el combate, alistémonos en las tropas de la Virgen, resistamos la persecución del demonio y de sus hordas angélicas y humanas, que quieren callar la verdad y el bien que viene sólo de Dios, que quieren igualar la Iglesia de Cristo con la “sinagoga de Satanás” (Apoc. 2, 9), que “matan a los profetas y apedrean a los que le son enviados” (Lc. 13, 34) y que hoy este gran secreto permanecerá “oculto a sus ojos” (Lc. 19, 42). “Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios” (Mt. 5, 8). Sólo ellos conocerán, y practicarán íntegramente este secreto, que forjará a los más grandes santos al fin de los tiempos, a los que cada vez nos acercamos más vertiginosamente.


[1] S. Luis M. Grignion de Montfort, Tratado de la Verdadera Devoción, n. 266. En adelante, si no se indica el libro ni el autor, corresponde a esta obra de s. Luis María.
[2] La siguiente homilía fue predicada el sábado 21 de noviembre de 2014 en la parroquia Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, en el barrio Butaló, Santa Rosa (La Pampa), y fue publicada el 26 de noviembre del mismo año en la página Adelante la Fe; puede leerse aquí.
[3] N. 61 - 67.
[4] N. 68 - 77.
[5] N. 78 - 82.
[6] N. 83 - 86.
[7] N. 91.
[8] N. 92.
[9] N. 93.
[10] N. 94 - 95.
[11] N. 96.
[12] N. 97 - 100.
[13] P. Leonardo Castellani, El Evangelio de Jesucristo, Itinerarium, Buenos Aires, 1957, p. 235.
[14] N. 101.
[15] N. 102.
[16] N. 103 - 104.
[17] N. 115.
[18] N. 116.
[19] N. 117 - 118.
[20] N. 119.
[21] N. 121.
[22] N. 122 y 132.
[23] N. 124.
[24] N. 126.
[25] N. 127.
[26] N. 114.