domingo, 10 de septiembre de 2017

La moral de situación


Grandes maestros tuvo el tomismo en la Argentina. Mucho han dejado escrito, y por ver la esencia de las cosas, incluso han profetizado sobre muchos de los sucesos que han venido posteriormente.
Entre estos grandes tomistas de nuestra Patria destacan las figuras del p. Julio Meinvielle y del p. Leonardo Castellani. Pero no se crea que fueron los únicos. Podríamos nombrar una pléyade más. Entre éstos, como no mencionar a Mons. Octavio Derisi, fundador en 1946 de la revista Sapientia, en 1948 de la Sociedad Tomista Argentina y en 1958 de la Universidad Católica Argentina (UCA).

SU VIDA
Nació en Pergamino (provincia de Buenos Aires) el 27 de abril de 1907. En marzo de 1919, con doce años, ingresó en el Seminario menor de Villa Devoto, donde cursó cinco años. Continuó sus estudios en el Seminario Pontificio de Buenos Aires, donde cursó los tres años de filosofía y los cuatro de teología. Fueron compañeros y amigos suyos el mencionado p. Julio Meinvielle, el p. Juan Sepich y el p. Fernando Garay. El 20 de noviembre de 1930 fue ordenado sacerdote del clero secular por el cardenal Santiago Luis Copello en la iglesia del Seminario bonaerense. Ya presbítero y culminados sus estudios eclesiásticos, el obispo de La Plata, Monseñor Francisco Alberti, le nombra profesor del recién fundado Seminario Diocesano San José de La Plata, al que se incorpora el 1º de febrero de 1931. En 1935 asume la cátedra de Historia de la Filosofía, en 1936 la de Filosofía y más tarde, y durante casi medio siglo, se encargará de la docencia de la Metafísica.
Entre 1934 y 1938 realizó los estudios civiles de Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires, donde obtuvo el doctorado en filosofía con una tesis sobre “Los fundamentos metafísicos del orden moral”.
En 1945 recibió el Primer Premio Nacional de Filosofía por su obra Filosofía moderna y filosofía tomista, y en 1946 fue nombrado profesor titular interino de Gnoseología y Metafísica de la Facultad de Humanidades de la Universidad de La Plata. Tuvo entre sus discípulos a Mons. Guillermo Blanco, que será luego su sucesor en la UCA. En esos años de oro del seminario de La Plata enseñaban simultáneamente Derisi, Rau, Straubinger (el famoso biblista traductor de la primera versión al español de la Sagrada Escritura en América, directamente de sus originales), Trota, Plaza, Gil Rosas, Garay y Elgar. En estos años, tradujo y supervisó la traducción de gran cantidad de trabajos de tomistas, entre ellos Martin Grabmann, Reginald Garrigou-Lagrange y Jacques Maritain.
En julio de 1946 se publica el primer número de la revista Sapientia, de la que fue su primer director. Representa unos de los órganos más importantes de difusión del tomismo en el mundo de habla hispana. También intervino en la organización de la Revista de Filosofía de la Universidad de La Plata, de la que fue director hasta 1955.
En 1948 intervino en la fundación de la Sociedad Tomista Argentina, que se constituyó el 9 de noviembre de 1948 con una Comisión Directiva presidida por Tomás Darío Casares, de la que eran vicepresidentes Octavio Nicolás Derisi y Nimio de Anquín, secretario general Julio Meinvielle, pro-secretario Abelardo Rossi y vocales el dominico Marcolino Páez y el doctor Benito Raffo Magnasco. Inmediatamente la Sociedad Tomista Argentina se adhirió a la Unión Mondiale des Sociétés Catholiques de Philosophie (en Francia, el 16 de diciembre de 1948). “Concretó en el marco de los Cursos de Cultura Católica, el entusiasmo y la convicción del Padre Meinvielle de crear una sociedad «tomista» y «argentina»” (Mons. Gustavo Ponferrada). El 7 de marzo de 1958, en una reunión del Episcopado Argentino convocada para celebrar la festividad de Santo Tomás de Aquino, se decidió por fin la fundación de la Universidad Católica Argentina, bajo la advocación de Santa María de los Buenos Aires. A la Universidad Católica Argentina dedicó Derisi sus mejores esfuerzos. Incorporó la revista Sapientia como órgano oficial de la Facultad de Filosofía de la UCA, institución que desde 1960 logró el reconocimiento de Pontificia.
En 1972 incorporó a la UCA los Cursos de Cultura Católica. En 1979 se organizó bajo su dirección el Primer Congreso Mundial de Filosofía Cristiana, que tuvo lugar en Embalse (Provincia de Córdoba, Argentina) en la celebración del centenario de la Encíclica Aeterni Patris de León XIII.


En el homenaje que se le hizo el 2 de diciembre de 1980 se leyó una afectuosa carta del Papa Juan Pablo II. Al año siguiente, el Papa lo designó Asistente al Solio Pontificio, y a fines de ese año 1981, consultor de la Sagrada Congregación para la Educación Católica. En 1984 se retiró como obispo auxiliar de La Plata y fue nombrado Arzobispo titular de Raso «ad personam» (distinción personal sin ejercicio de cargo eclesiástico). La UCA le nombró su Rector Emérito el 20 de noviembre de 1992.
En su fecunda vida intelectual escribió más 40 libros y casi 600 artículos, y publicó sus obras en innumerables revistas filosóficas. Sin embargo nunca dejó los oficios propios del sacerdote: celebrar misa, confesar y el rezo del Santo Rosario. Su curriculum llenaría varias páginas: tiene 7 doctorados, 4 de ellos honoris causa, miembro de 7 academias entre ellas la Pontificia Academia de Santo Tomás. Se destacó como intelectual, hombre de empresa y hombre de oración, modelos muy difíciles de hallar aún por separado.
Mons. Octavio Derisi falleció en Buenos Aires el martes 22 de octubre de 2002, a los 95 años de edad. Sus restos fueron velados en la capilla del rectorado de la Universidad Católica Argentina (Puerto Madero, Buenos Aires) y el sábado 26 de octubre fueron sepultados en el altar del Santísimo Sacramento de la catedral de La Plata.

EL PRESENTE ESCRITO
En esta recensión, publicada en Sapientia n. 119, Vol. XXXI (1976), La Plata (Bs As), p. 62-65, Mons. Derisi presenta la obra de García de Haro y De Celaya, llamada “La Moral Cristiana”. Expone las líneas fundamentales de la teología moral, según el fundamento de la Revelación y del orden natural.
Escrita para refutar los errores de su época, hoy cobra más vigencia que nunca, dada la moral de situación, propagada por Marciano Vidal, el mismo que es citado por Mons. Derisi, donde se niega la existencia de objetos morales siempre y por siempre malos, tal como lo enseñaron, entre otros, los Papas San Pío X, Pío XII y Juan Pablo II. El fin jamás justifica los medios. Jamás estará justificada la violación de ninguno de los mandamientos de la Ley de Dios, que responden a la ley natural, inscrita por Dios en el alma de cada ser humano. La tergiversación de estos principios se deben exclusivamente a la influencia de la filosofía moderna (en especial, del kantismo) contra los datos claros y evidentes de la Revelación. Por esta razón, no se puede “reescribir” ni reinterpretar, ni la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio de Juan Pablo II, ni la Encíclica Humanae Vitae de Pablo VI, ni ninguno otro documento referido a la vida moral de la Iglesia.
Nunca más actual, entonces, este escrito, que recuerda lo que siempre ha enseñado la santa Iglesia Católica. Por eso los mártires eran capaces de morir antes que inciensar una imagen del emperador, como recuerda Juan Pablo II en su Encíclica Veritatis Splendor. También hoy nosotros, imitándolos, debemos estar dispuestos a ello, porque, en definitiva, morir por la verdad, es hacerlo por el que es la Verdad, Cristo, que en su momento supremo dijo a Pilato que el que es de la verdad escucha su voz.


LA NUEVA MORAL[1]

Por Mons. Dr. Octavio N. Derisi

La obra que aquí se analizará consta de un prólogo y tres capítulos: 1) Otra Moral Nueva, 2) La Perenne Novedad de la Moral Cristiana y 3) Doctrina y Vida. El primero expone con amplitud y precisión los pasos y desarrollo de la nueva moral, que pretende actualmente introducirse en la Iglesia. Frente a ella, el segundo capítulo presenta las líneas esenciales que configuran la moral cristiana. Y el tercero extrae las consecuencias que para la vida acarrean una y otra moral.
En el primer capítulo, los autores de la obra han logrado presentar, a la luz de los textos de los propios teólogos, con gran objetividad y claridad, los fundamentos, el desarrollo y el espíritu, así como también las consecuencias, de esta nueva moral cristiana.
Fuchs, Haring, Valsecchi, Vidal García, Girardi, Chenu, Schillebeeckx y otros son los protagonistas de esta nueva moral, que se pretende introducir en la Iglesia como una renovación del Evangelio.
Esta nueva moral, en su esencia radical no se formula en preceptos, es más bien un compromiso total de la persona. Sus creadores distinguen entre una actitud trascendental, una mentalidad que transformaría totalmente la vida y que sería el real aporte del cristianismo a la moral; y una formulación de preceptos, a que aquélla conduce y anima con su espíritu. Se trata —como bien notan los autores de este libro y como su mismo nombre lo indica— de un retorno al formalismo trascendental moral kantiano, en el cual la ley no tiene contenido, sino que informa y da vigencia a las máximas o normas.
Por otra parte, esta nueva moral pretende hacer del hombre no sólo un ser histórico, sino un ser inmerso y diluido totalmente en el fluir de la historia, sin esencia humana propiamente tal y mucho menos inmutable. En rigor, no hay una naturaleza humana propiamente dicha, constituida por notas esenciales y permanentes. Por eso, el hombre no es siempre y esencialmente el mismo, sino que cambia y asume diversas formas a través de las circunstancias y situaciones del acontecer del tiempo y de la cultura.
La influencia del existencialismo actual es evidente. Recuérdese la frase de los existencialistas: "El hombre no es, se hace".
Si no hay naturaleza humana, tampoco hay una ley o moral natural, inmutable, una moral exigida por una naturaleza humana que realmente no existe. Sobre el particular quiero recordar el vigoroso estudio que ha realizado el eminente filósofo y teólogo que es el Padre Cornelio Fabro. De aquí que sólo haya un pluralismo moral, consiguiente al pluralismo de la naturaleza humana en sus variantes en la historia. Por eso también los preceptos morales pueden ser válidos para una época o cultura y no para otras, según que estén o no exigidos por el espíritu o aptitud trascendental cristiana. Como se ve, se trata de un retorno al historicismo o relativismo moral, en cuanto a los preceptos, por más que se evite ese nombre. Esto explica la actitud de algunos teólogos o de sus epígonos, que afirman que la indisolubilidad del matrimonio pudo ser válida en otra época y contorno cultural, pero no ahora, que ha variado el hombre; y que el acto sexual en sí mismo, fuera del matrimonio, y aún la misma masturbación, consideradas en otras épocas como pecado, puedan no serlo hoy, y aún puedan asumir el gesto de una apertura al otro. Otro tanto se afirma del aborto y otras cuestiones de actualidad.
Se ve ahora cuál sea el sentido de esta nueva moral: es una entrega total de la persona, es un espíritu, que puede encarnarse en diversas formulaciones normativas y no está sujeto a ninguna de ellas, y las asume de acuerdo a los cambios de la naturaleza humana en el tiempo. Esa moral está por encima de toda norma —como en Kant la ley está por encima de la máxima— y, por eso, puede encarnarse en nuevas normas morales, dejando como obsoletas otras que fueron válidas antes. Los mismos preceptos de Cristo son válidos para su época y situación moral; pero no lo son necesariamente para siempre y para cualquier tiempo.
En síntesis, esta nueva moral es un compromiso o inserción de la persona en el tiempo, es una forma vacía de contenido, cuya materia o preceptos pueden variar: unos pueden perder vigencia y otros asumirla, de acuerdo a las transformaciones que sufre el hombre en su devenir histórico. Dilthey, con su historicismo, está redivivo en esta afirmación. Con ello se niega una moral natural con normas y preceptos permanentes y válidos para todos los hombres de todos los tiempos y situaciones culturales, precisamente porque se ha destruido su fundamento que es la esencia o naturaleza humana. Una vez más lo esencial de esta nueva moral es lo formal, su espíritu, y en manera alguna su contenido de preceptos.
Los autores de la obra advierten que esta moral implica un retorno a la inmanencia del modernismo, condenado por Pío X. Ha desaparecido Dios como último Fin trascendente al hombre. Consecuencia lógica, por lo demás, desde que se ha perdido la esencia o naturaleza humana, la cual ha sido hecha por Dios y ordenada por El en todo su dinamismo hacia ese Fin. La naturaleza humana inmutable —terminus a quo— y Dios —terminus ad quem de la moral— han sido suprimidos en esta nueva ética, y la moral natural ha desaparecido. La nueva moral se centra ahora, no en Dios, último Fin y Razón suprema del hombre, sino en el hombre mismo. Es antropocéntrica y, como tal inmanentista. El hombre es quien asume su responsabilidad histórica, sin imposiciones de una ley, que se funda en el Fin o Bien trascendente divino.
Mucho más aún, en esta nueva moral, está ausente la gracia, la vida y los auxilios sobrenaturales, que insertados en el alma y en la vida espiritual de la inteligencia y de la voluntad, configuran la moral cristiana sobre el fundamento del Fin supremo y divino del hombre. Al inmanentismo modernista, que diluye la moral natural, se añade un horizontalismo naturalista, que destruye los fundamentos de la moral sobrenatural cristiana.
En síntesis, esta nueva moral con pretensiones de cristiana o evangélica, destruye, por una parte, los fundamentos de la moral natural y, por otra, vacía a la moral cristiana del contenido sobrenatural; y conduce, consecuentemente, a un inmanentismo naturalista y relativista moral.
El segundo capítulo encierra una síntesis clara y fundada de la moral cristiana. El trabajo se basa primordialmente en la doctrina de Santo Tomás, cuyos pasajes principales están citados y aun transcriptos en sus textos latinos, en las notas. La moral cristiana, lejos de destruir, salva y consolida la moral natural, tanto en su aprehensión intelectiva de las normas, como en el cumplimiento de las mismas por parte de la voluntad libre.
Como la gracia supone la naturaleza, también la moral cristiana supone la moral natural. Sin ésta, no es posible aquélla. De ahí el cuidado con que el cristianismo la restaura y defiende. Esa moral natural es ensanchada y profundizada por la moral cristiana, con sus propios preceptos y con sus normas supremas de vida y con sus consejos evangélicos.
Tanto en el plano natural como en el sobrenatural, la moral se funda en el último Fin trascendente del hombre, que es Dios, Bien infinito —conocido por la razón y por la fe, en uno u otro plano, terminus ad quem— y se establece como un recorrido de perfeccionamiento desde el hombre o hijo de Dios —terminus a quo, del orden natural o sobrenatural, respectivamente— hasta la posesión plena, natural o sobrenatural de aquel último Fin o Bien, después de la muerte. Hombre e hijo de Dios, integralmente unidos en el cristiano, se perfeccionan hasta su término, durante su vida terrena, por la actividad moral recta, es decir, por la sumisión de la voluntad libre a las exigencias ontológicas de aquel último Fin o Bien divino sobre la naturaleza humana enriquecida por la gracia, aprehendidas y manifestadas por la inteligencia como normas morales cristianas.
Los autores del libro señalan los medios del enriquecimiento de esta vida sobrenatural cristiana: la lucha ascética, las virtudes, los sacramentos y la oración. Bajo la actividad moral cristianamente recta el hombre se acrecienta no sólo sobrenaturalmente o como hijo de Dios, sino también naturalmente como hombre. Este capítulo termina asentando con Santo Tomás la supremacía de la contemplación sobre la acción en la vida moral y la inserción del tiempo en la eternidad, que esta actividad ética implica.
La cultura o perfeccionamiento de las cosas y del propio hombre, por la acción espiritual de la inteligencia y de la voluntad, en el cristianismo se enriquece con una dimensión divina de hijo de Dios que, lejos de impedir, asegura más ampliamente y profundiza los valores humanos de aquélla.
El último capítulo extrae las consecuencias prácticas de una y otra moral; de esta nueva, y de la auténtica moral cristiana. Se comienza por poner en claro las endebles "bases intelectuales" de la nueva moral, que se funda en la inmanencia de la filosofía actual —kantismo y existencialismo— con la consiguiente pérdida no sólo del orden natural, sino también de la Revelación, del Magisterio y de todo el orden sobrenatural.
Perdido el sentido sobrenatural de la vida y su alegría en la asunción plena de la misma, el hombre actual, agobiado bajo el peso y temor servil de los preceptos, con bellas palabras de "compromiso", de "liberación", etc., opta por una moral "liberadora", que relativiza toda norma y precepto, con las consecuencias de un hedonismo, sensualismo, sexualidad, y egoísmo sin frenos, que van a dar al odio, la violencia, y el caos moral y humano.
Frente a ella, la auténtica moral cristiana conforma una admirable armonía y unidad de vida entre lo que se cree y se practica, y pone en camino al hombre —por eso, homo viator— no sólo hacia la plenitud de su vida divina, sino también de su perfección humana, a la vez que lo llena de satisfacción y alegría con el descubrimiento del sentido de su vida en el tiempo y en la eternidad y con la asunción de las responsabilidades que esa vida impone amorosamente.
La obra está elaborada con orden y bien escrita. Es de fácil lectura y asimilación. Las afirmaciones están corroboradas por abundantes notas, en que se citan y muchas veces se transcriben, los textos de los autores citados.
La parte doctrinal se funda en la doctrina de la Iglesia, principalmente a través de Santo Tomás, y la doctrina nutre el pensamiento de los autores a través de todo su desarrollo.
Esta obra responde a una verdadera necesidad de esclarecimiento de la auténtica moral cristiana, frente a las pretensiones de ciertos teólogos que, con la asunción consciente o inconsciente de las posiciones inmanentistas e historicistas de la filosofía actual, desnaturalizan y hasta destruyen su sentido trascendente y sobrenatural y la sumergen en un formalismo destructor de toda la vida natural y sobrenatural.
Por eso, dentro de esta obra que ofrece una síntesis bien fundada de la moral cristiana, juzgamos que el primer capítulo, de exposición crítica de las tendencias de la nueva moral, formuladas por algunos teólogos de hoy, es el más oportuno para nuestro tiempo y a la vez el mejor logrado por sus autores.
Recomendamos vivamente la lectura de este libro a cuantos quieren esclarecer sus ideas frente a la confusión reinante, que en no pocos círculos han engendrado estos teólogos con su nueva moral.
El libro ha sido bellamente editado por Rialp de Madrid.



[1] R. GARCIA DE HARO Y DE CELAYA, La Moral Cristiana, Rialp, Madrid, 1975, 267 pp.

jueves, 7 de septiembre de 2017

Décimo aniversario del Motu Proprio Summorum Pontificum del Papa Benedicto XVI


Traduzco la conferencia dada por el Card. Robert Sarah, que aparece aquí, con ocasión de cumplirse el décimo aniversario del famoso documento del Papa Benedicto XVI. El Cardenal describe la importancia de la liturgia en la vida de la Iglesia, su situación actual, y las soluciones posibles. Interpreta de este modo cuál ha de ser la verdadera reforma: no que el sacerdote se transforme en un showman, sino un volver continuamente a las fuentes. El Prelado africano hace esta hermenéutica en base al pensamiento del Papa alemán, expresado ante todo en sus obras litúrgicas, las cuales, junto con sus exégesis bíblicas y patrísticas, son el fruto más excelente de su legado a la Iglesia.


Para una reconciliación litúrgica

Por el Cardenal Robert Sarah

Nosotros celebramos el 7 de julio el décimo aniversario del Motu Proprio Summorum Pontificum de Benedicto XVI. Estamos felices y muy honrados de proponerles, para abrir este dossier, una reflexión apasionante del Cardenal Robert Sarah, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino, que nos invita a colocar plenamente en obra este Motu Proprio.

«La liturgia de la Iglesia ha sido para mí la actividad central de mi vida […] ella ha devenido el centro de mi trabajo teológico»[1], afirma Benedicto XVI. Sin embargo, ha enseñado sólo un poco sobre ella durante su pontificado. Ciertamente, sus homilías permanecerán como documentos insuperables por generaciones. Pero es necesario también subrayar la importancia mayor del Motu Proprio Summorum Pontificum. Lejos de apuntar solamente la cuestión jurídica del estatuto del antiguo misal romano, el Motu Proprio coloca la cuestión de la esencia misma de la liturgia y de su lugar en la Iglesia. La enseñanza contenida en este documento no apunta entonces solamente a reglamentar la coexistencia armoniosa de dos formas de la Misa romana. ¡No! Lo que está en causa, es el lugar de Dios, el primado de Dios. Como lo subraya el «Papa de la liturgia»: «La verdadera renovación de la liturgia es la condición fundamental para la renovación de la Iglesia»[2]. El Motu Proprio es un documento magisterial capital sobre el sentido profundo de la liturgia, y por consecuencia, de toda la vida de la Iglesia. Diez años después de su publicación, importa hacer un balance: ¿Hemos puesto por obra esa enseñanza? ¿La hemos comprendido en profundidad?
La liturgia se ha vuelto un campo de batalla, el lugar de los enfrentamientos entre los defensores del misal preconciliar y aquellos del Misal nacido de la reforma de 1969. El Sacramento del amor y de la unidad, el sacramento que permite a Dios devenir nuestro sustento y nuestra vida, y de divinizarnos quedándose Él en nosotros y nosotros en Él, se ha vuelto en una ocasión de odio y de menosprecio. El Motu Proprio ha puesto definitivamente fin a esta situación. En efecto, Benedicto XVI afirma con su autoridad magisterial que «no es conveniente de hablar de dos versiones del Misal Romano como si se tratase de “dos Ritos”. Se trata ante todo de un doble uso del único y mismo Rito.»[3]
De este modo, él reorganiza de dos en dos todos los combatientes de la guerra litúrgica. Las expresiones del Papa son fuertes, ellas revelan claramente una intención de enseñar de manera definitiva: los dos misales son dos expresiones de la misma lex orandi. «Estas dos expresiones de la lex orandi de la Iglesia no inducen alguna división de la lex credendi de la Iglesia; son, en efecto, dos puestas en obra del único rito romano»[4].
Estoy íntimamente persuadido que no se ha terminado de descubrir todas las implicancias prácticas de esta enseñanza. Yo quiero aquí deducir algunas consecuencias.
Desde luego, la Iglesia no se contradice: no hay una Iglesia preconciliar frente a otra Iglesia posconciliar. No hay más que una única Iglesia, sacramento y presencia continua de Cristo sobre la tierra. Es tiempo que los cristianos contemplen esta presencia de Cristo con la mirada de la fe y, por consiguiente, expulsen las visiones mundanas, ideológicas, sociológicas o mediáticas. La Iglesia es una, santa, católica y apostólica, en el espacio y en el tiempo, según nuestro Credo. Toda reforma en la Iglesia es un retorno a las fuentes, jamás la victoria de un clan sobre otro.
También, aquellos que pretenden que el uso de la forma extraordinaria del rito romano vuelva a poner en cause la autoridad del Concilio Vaticano II se engañan gravemente. Como lo afirma Benedicto XVI con autoridad, «este temor no es fundado»[5]. ¿Cómo suponer que el Concilio haya querido contradecir eso que se hacía antes? Tal hermenéutica de ruptura es contraria al espíritu católico. El Concilio no ha querido romper con las formas litúrgicas heredadas de la tradición, sino al contrario profundizarlas. La Constitución Sacrosantum Concilium estipula: «Las nuevas formas deben partir desde las formas antiguas por un desarrollo de alguna manera orgánico» (SC 23). Sería entonces erróneo considerar que las dos formas litúrgicas realzan dos teologías opuestas. ¡La Iglesia no tiene más que una sola verdad para enseñar y para celebrar: Jesucristo, y Jesús crucificado! Esto es lo que afirma San Pablo a los Corintios: « Hermanos, esto no es con el prestigio de la palabra y de la sabiduría que yo os he venido a anunciar el misterio de Dios. Porque he decidido no saber nada entre vosotros, sino a Jesucristo y Jesucristo crucificado.» (1 Cor. 2, 1-2).

LA RIQUEZA MUTUA
Esta verdad tiene consecuencias en cuanto a la teología y a la práctica de la liturgia. Puesto que hay continuidad profunda y unidad entre las dos formas del rito romano, entonces necesariamente las dos formas deben aclararse y enriquecerse mutuamente. Benedicto XVI coloca un principio profundo y fecundo: «No hay ninguna contradicción entre una y otra edición del Misal Romano. La historia de la liturgia está hecha de crecimiento y de progreso, jamás de ruptura»[6]. Él bosqueja allí apenas las consecuencias: «Las dos formas en uso del Rito Romano pueden enriquecerse recíprocamente». Da algunas pistas: «En el antiguo Misal podrían estar y deberían ser insertados nuevos santos[7] y algunos nuevos prefacios… en la celebración de la Misa según el Misal de Pablo VI podría estar manifestado de manera más fuerte aquellos elementos que todavía no lo han sido hasta el presente, esa sacralidad que atrae a numerosas personas hacia el antiguo rito»[8].
Es prioritario que con la ayuda del Espíritu Santo, nosotros examinemos, en la oración y en el estudio, cómo retornar a un rito común reformado siempre con esta finalidad de una reconciliación en el interior de la Iglesia porque, por el momento, hay todavía violencia, menosprecio y oposiciones dolorosas que demuelen la Iglesia y nosotros nos alejamos de esta unidad por la cual Jesús ha rezado y ha muerto sobre la Cruz.
Él nos recuerda, diez años después de este acto profético, de poner por obra esta riqueza mutua que el Papa Benedicto llamaba una «reconciliación interna de la Iglesia»[9]. El coraje pastoral del Papa Francisco nos invita aquí a ser muy concretos. ¡Sigámoslo!

A AQUELLOS QUE PRACTICAN LA FORMA EXTRAORDINARIA
Yo quisiera dirigirme desde luego a todos aquellos que practican la forma extraordinaria del rito romano. Queridos amigos, la celebración de una forma litúrgica no debe devenir una postura estética, burguesa, una forma de arqueologismo cultural. El Papa Francisco, hace apenas poco, nos ha puesto en guardia contra una actitud de rigidez defensiva. «La liturgia consiste en entrar verdaderamente en el misterio de Dios, en dejarse llevar al misterio y estar en el misterio», dijo él. La forma extraordinaria lo permite excelentemente, ¡no la transformen en ocasión de división! El uso de la forma extraordinaria es parte integral del patrimonio vivo de la Iglesia católica, ella no es un objeto de museo, testimonio de un pasado glorioso pero ya pasado. ¡Tiene vocación a ser fecundada por los cristianos de hoy! También sería hermoso que aquellos que utilizan el misal antiguo observen los criterios esenciales de la Constitución sobre la liturgia sagrada del Concilio. Es indispensable que estas celebraciones integren una justa concepción de la participatio actuosa de los fieles presentes (SC 30).
La proclamación de las lecturas debe poder ser comprendida por el pueblo (SC 36). Por lo mismo, los fieles deben poder responder al celebrante y no contentarse con ser espectadores extranjeros y mudos (SC 48). En fin, el Concilio llama a una noble simplicidad del ceremonial, sin repeticiones inútiles (SC 50).
Él delega a la Comisión Pontificia Ecclesia Dei de proceder en esta materia con prudencia y de manera orgánica. Se puede desear, allí donde sea posible, si hay comunidades que lo pidan, una armonización de los calendarios litúrgicos. Se debe estudiar las vías hacia una convergencia de los leccionarios.
En todos los casos, la forma extraordinaria del rito romano no puede ser llamada el «rito preconciliar». Ella es ya una forma de la liturgia romana que debe ser aclarada, vivificada y guiada por la enseñanza del Vaticano II. ¡Con humor se puede afirmar que Benedicto XVI ha hecho de la forma extraordinaria una liturgia postconciliar!
Es necesario estimular fuertemente la posibilidad de celebrar según el antiguo Misal Romano como signo de identidad permanente de la Iglesia. Porque esto que era hasta 1969 la liturgia de la Iglesia, la cosa más sagrada para todos nosotros, no puede haber devenido, después de 1969, la cosa más inaceptable. Es absolutamente indispensable reconocer que eso que era fundamental en 1969, permanece también así en 2017 y después: es una misma sacralidad, una misma liturgia.

LA MISMA LEX ORANDI
Las dos formas litúrgicas manifiestan la misma lex orandi. ¿Cuál es esta ley fundamental de la liturgia? Permítanme citar todavía al Papa Benedicto: «La mala interpretación de la reforma litúrgica que se ha difundido largamente en el seno de la Iglesia Católica ha conducido cada vez más a colocar en el primer lugar el aspecto de la instrucción, y aquel de nuestra propia actividad y creatividad. El “hacer” del hombre casi ha provocado el olvido de la presencia de Dios. […] La existencia de la Iglesia saca su vida de la celebración correcta de la liturgia. La Iglesia está en peligro cuando la primacía de Dios no aparece más en la liturgia, y por consiguiente, en la vida. La causa más profunda de la crisis que ha arruinado a la Iglesia se encuentra en el oscurecimiento de la prioridad de Dios en la liturgia»[10]. El Cardenal Joseph Ratzinger nos vuelve a decir que el «“misterio pascual”, de otro modo dicho el núcleo más íntimo del evento redentor de toda la humanidad, constituye el núcleo de “la obra de Jesús”; esto es el “misterio pascual”, y no la obra del hombre, que está verdaderamente contenida en la liturgia. En ella, por la fe y la oración de la Iglesia, “la obra de Jesús” reúne continuamente al hombre para penetrarlo y restituirlo a su filiación divina»[11].
He aquí entonces eso que la forma ordinaria debe volver a aprender con prioridad: la primacía de Dios. Ella puede, ella debe dejarse aclarar por la forma extraordinaria. ¡«La liturgia está principalmente y tiende todo el culto de la Divina Majestad», nos enseña el Concilio! Ella nos pone en presencia del misterio de la trascendencia divina. Ella no tiene un valor pedagógico más que en la medida donde ella está toda entera ordenada a la glorificación de Dios y al culto divino. «Cristo no ha abolido lo sagrado sino que él lo ha llevado a su cumplimiento, inaugurando un culto nuevo, que ciertamente es plenamente espiritual, pero que sin embargo, en tanto que nosotros estamos en camino en el tiempo, se engarza todavía de signos y de ritos»[12]. Permítanme expresar humildemente mi temor: la liturgia de la forma ordinaria nos podría hacer correr el riesgo de extraviarnos de Dios por el hecho de la presencia masiva y central del sacerdote. Él está constantemente delante de su micro, y tiene sin cesar la mirada y la atención tornada hacia el pueblo. Es como un filtro de luz opaco entre Dios y el hombre. Cuando nosotros celebramos la Misa, ponemos siempre sobre el altar una gran cruz, una cruz que se vea bien, como punto de referencia para todos, para el sacerdote y para los fieles. De este modo, nosotros tenemos nuestro Oriente porque finalmente el Crucificado es el Oriente cristiano, dice Benedicto XVI.

DE LA IMPORTANCIA DE LOS GESTOS
Estoy persuadido que la liturgia puede enriquecerse con actitudes sagradas que caracterizan a la forma extraordinaria, todos estos gestos que manifiesten nuestra adoración de la Santa Eucaristía: mirar los dedos juntos después de la consagración, hacer la genuflexión antes de la elevación, o después del Per ipsum, comulgar de rodillas, recibir la comunión sobre los propios labios dejándose alimentar como un niño, como Dios mismo lo pide: «Yo soy el Señor tu Dios, abre bien tu boca, y yo te saciaré» (Ps. 81, 11).
No hay allí nada de infantilismo o vuelta hacia una mentalidad supersticiosa. El Pueblo de Dios, guiado por su intuición de la fe, sabe que, sin una humildad radical hecha de gestos de adoración y de ritos sacros, no tiene amistad posible con Dios. Los fieles, aún los más simples, saben que estos gestos sagrados son uno de sus tesoros más preciados.
El uso del latín en ciertas partes de la Misa puede también ayudar a reencontrar la esencia profunda de la liturgia. Realidad fundamentalmente mística y contemplativa, la liturgia está fuera de ser alcanzada por nuestra acción humana. Por lo tanto, ella supone de nuestra parte una apertura al misterio celebrado. Así la Constitución conciliar sobre la liturgia recomienda a la vez la plena inteligencia de los ritos (SC 34) y prescribe «que los fieles puedan decir o cantar juntos en lengua latina las partes del ordinario que aparecen» (SC 36 y 54). En efecto, la inteligencia de los ritos no es la obra de la razón humana dejada a ella misma, que debería tomarse toda, toda comprendida, toda dominada. Pero, ¿se tiene el coraje de seguir al concilio hasta aquí? Exhorto a los jóvenes sacerdotes a abandonar con osadía las ideologías de los fabricantes de liturgias horizontales y a volver a las directivas de Sacrosantum Concilium. Que vuestras celebraciones litúrgicas lleven los hombres a reencontrar a Dios cara a cara y a adorarlo, y que este reencuentro los transforme y los divinice.
«Cuando el rostro sobre Dios no está determinado, todo el resto pierde su orientación»[13], nos dice Benedicto XVI. La reciprocidad es verdadera: cuando se pierde la orientación del corazón y del cuerpo hacia Dios, se cesa de determinarse con respecto a Él, literalmente, se pierde el sentido de la liturgia. Orientarse hacia Dios es ante todo un hecho interior, una conversión de nuestra alma hacia el único Dios. La liturgia debe operar en nosotros esta conversión hacia el Señor que es el Camino, la Verdad, la Vida. Para ello, ella utiliza signos, medios simples. La celebración ad orientem en parte lo hace. Ella es uno de los tesoros del pueblo cristiano que nos permite conservar el espíritu de la liturgia. La celebración orientada no debe devenir la expresión de una actitud partisana y polémica. Debe quedarse, al contrario, como la expresión de un movimiento más íntimo y más esencial de toda liturgia: nosotros nos tornamos hacia el Señor que viene.

LA IMPORTANCIA DEL SILENCIO
He tenido la ocasión de subrayar también la importancia del silencio litúrgico. En el Espíritu de la liturgia, el Cardenal Ratzinger escribía: «Cualquiera ha hecho la experiencia de una comunidad unida en la plegaria silenciosa del Canon sabe que representa un silencio verdadero. Allí, el silencio es a la vez un grito creyente, penetrante, lanzado hacia Dios, y una comunión de oración llenada del Espíritu.» En su tiempo, había afirmado con fuerza que la recitación en voz alta de la integralidad de la Oración eucarística no era el único modo para obtener la participación de todos. Nosotros debemos trabajar por una solución equilibrada y abrir espacios de silencios en este dominio.
¡Apelo con todo mi corazón a poner por obra la reconciliación litúrgica enseñada por el Papa Benedicto, en el espíritu pastoral del Papa Francisco! Jamás la liturgia debe devenir la bandera de un partido. Para algunos, la expresión «reforma de la reforma» ha venido a ser sinónimo de dominación de un clan sobre otro, esta expresión corre el riesgo entonces de devenir inoportuna. Prefiero entonces hablar de reconciliación litúrgica. ¡En la Iglesia, el cristiano no tiene adversario! Como escribía el Cardenal Ratzinger, «nosotros debemos reencontrar el sentido de lo sagrado, el coraje de distinguir entre lo que es cristiano y lo que no lo es; no para erigir sus barreras, sino para transformar, para ser verdaderamente dinámicos»[14]. Más todavía que una «reforma de la reforma», ¡él habla de la reforma de los corazones! Se realiza con una reconciliación de las dos formas de un mismo rito, con un enriquecimiento mutuo. ¡La liturgia debe siempre reconciliarse con ella misma, con su ser profundo!
Esclarecidos por la enseñanza del Motu Proprio de Benedicto XVI, confortados por la audacia del Papa Francisco, es tiempo de ir hasta el extremo de este proceso de reconciliación de la liturgia con ella misma. Este signo magnífico sería si nosotros pudiéramos, en una próxima edición del Misal romano reformado, insertar en anexo las oraciones al pie del altar de la forma extraordinaria, pudiendo ser en una versión simplificada y adaptada, y las oraciones del ofertorio que contienen una tan bella epíclesis que vienen a completar el Canon romano. ¡Sería, al fin, manifiesto que las dos formas litúrgicas se esclarecen mutuamente, en continuidad y sin oposición! Entonces, ¡nosotros podríamos devolver al Pueblo de Dios, un bien que es tan profundamente atacado!
Hace algunos días, para Pentecostés, el Papa Francisco nos ha exhortado: «Conviene evitar dos tentaciones recurrentes. La primera, aquella de buscar la diversidad sin la unidad. Aquella llega cuando se quiere distinguir, cuando se crean coaliciones y partidos, cuando se mantiene firmes sobre posiciones que excluyen, cuando se enferma sobre particularismos, juzgando que se es mejor y que siempre se tiene la razón. […] La tentación opuesta consiste en buscar la unidad sin la diversidad. La unidad deviene así uniformidad, obligación de hacer todo junto y todo semejante, de pensar todos siempre de la misma manera. De esta manera, la unidad termina por ser homologación y no hay más libertad. O, como dice San Pablo, allí donde el Espíritu del Señor está presente, allí está la libertad.»





[1] Benedicto XVI, Prefacio a la versión alemana de sus Obras Completas sobre la liturgia, 29 de junio de 2008.
[2] Benedicto XVI, Prefacio a la versión rusa de sus Obras Completas sobre la liturgia, 11 de julio de 2015.
[3] Carta a los Obispos, acompañando el Motu Proprio del 7 de julio de 2007.
[4] Motu Proprio Summorum Pontificum, art. 1.
[5] Carta a los Obispos, acompañando el Motu Proprio del 7 de julio de 2007.
[6] Ibid.
[7] Por ejemplo, Maximiliano Kolbe, Edith Stein (Sor Teresa Benedicta de la Cruz), los mártires de España, aquellos de Ucrania, Josefina Bakhita, Clementina Anuarite, etc.
[8] Ibid.
[9] Ibid.
[10] Benedicto XVI, Prefacio a la versión rusa de sus Obras Completas sobre la liturgia, 11 de julio de 2015.
[11] Cf. Alrededor de la cuestión litúrgica con el Cardenal Ratzinger, Abadía Notre-Dame de Fontgombault, julio 2001.
[12] Benedicto XVI, Homilía para la Fiesta de Corpus Christi, junio de 2012.
[13] Benedicto XVI, Prefacio a la versión alemana de sus Obras Completas sobre la liturgia, 29 de junio de 2008.
[14] J. Ratzinger, Servidor de vuestra alegría, Milán, 2002, 127.

martes, 5 de septiembre de 2017

Recordando la Evangelium Vitae


En el vigésimo aniversario de su publicación

Hoy, 25 de marzo[1], se cumplen veinte años que el Papa Juan Pablo II promulgó su Carta Encíclica Evangelium Vitae, sobre el valor y el carácter inviolable de la vida humana. 
Esta Encíclica, junto con la Redemptoris Missio (7 de diciembre de 1990), la Veritatis Splendor (6 de agosto de 1993) y la Fides et Ratio (14 de septiembre de 1998), constituyen el Magisterio central del Papa polaco. Todos estos importantes documentos eclesiales tienen la característica común de volver a enseñar las verdades que la Iglesia siempre ha enseñado, frente a los errores contemporáneos[2]. Como dijo el Cardenal Ratzinger, «el imperativo "no matarás" es el gran tema de la Evangelium vitae»[3], que debe ser practicado sin ninguna excepción por todos. De este modo, reafirma que hay objetos morales “semper et pro semper” malos, como también lo enseña en la Encíclica Veritatis Splendor[4], frente a los errores del proporcionalismo y del consecuencialismo.
«El Evangelio de la vida está en el centro del mensaje de Jesús. Acogido con amor cada día por la Iglesia, es anunciado con intrépida fidelidad a los hombres de todas las épocas y culturas.» (n. 1)
La expresión “Evangelio de la vida” no se encuentra como tal en la Sagrada Escritura. Sin embargo, todos sabemos la centralidad del término “vida” en la Palabra de Dios. Es desde uno de los nombres de Dios (Ps. 42, 3) y del Verbo Encarnado (Jn. 14, 6), hasta hacer referencia al núcleo central de la misión redentora: «Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia» (Jn. 10, 10). Esta vida que nos da gratuitamente el Redentor es la natural, la sobrenatural (la gracia) y la beatífica (el Cielo). «Así alcanza su culmen la verdad cristiana sobre la vida. Su dignidad no sólo está ligada a sus orígenes, a su procedencia divina, sino también a su fin, a su destino de comunión con Dios en su conocimiento y amor. A la luz de esta verdad san Ireneo precisa y completa su exaltación del hombre: “el hombre que vive” es “gloria de Dios”, pero “la vida del hombre consiste en la visión de Dios.”» (n. 38)
En particular, es en la grandeza y el valor de la vida humana donde se centra la Encíclica, subrayando el carácter relativo de la vida terrena y su realidad sagrada. El fin de la Encíclica es defender esta existencia de los ataques de los más endebles: desde abortos, infanticidios y eutanasias, pasando por ataques contra la integridad humana y condiciones infrahumanas de vida y de trabajo, como «totalmente contrarios al honor del Creador.»[5]
Estos ataques hoy se ven agudizados en nuestra época, con la complicidad de muchos miembros de la Iglesia, justificándolos desde una filosofía hedonista y un concepto egoísta de libertad, e impuesta por la fuerza a través de acuerdos económicos, políticas públicas, presiones internacionales, presiones de los medios de comunicación social, etc.
«Cada hombre es “guarda de su hermano” porque Dios confía el hombre al hombre.» (n. 19). Frente a la ausencia de solidaridad y la indiferencia de la mayoría, debemos clamar, sobre todo en favor de los que no tienen voz. «Quien atenta contra la vida del hombre, de alguna manera atenta contra Dios mismo» (n. 9), pues «la sacralidad de la vida tiene su fundamento en Dios» (n. 39).
«De la sacralidad de la vida deriva su carácter inviolable, inscrita desde el principio en el corazón del hombre, en su conciencia» (n. 40), hasta el punto de ocupar el centro del decálogo, prohibiendo primero con un precepto negativo el homicidio (cf. Ex. 20, 13) y luego causar daño a cualquier persona (cf. Ex. 21, 12-17). «Los preceptos morales negativos… obligan siempre y en toda circunstancia.» «Esta elección no puede justificarse por la bondad de ninguna intención o consecuencia» (n. 75).
Ello llegará a su plenitud en el Sermón de la Montaña, que tiene su cumbre en un mandato positivo: “Todo lo que queráis que los demás hagan por vosotros, hacedlo por ellos: en esto consiste la Ley y los Profetas” (Mt. 7, 12). Todo queda, de este modo, asumido en la caridad. “La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la plenitud de la Ley” (Rom. 13, 10). «La vida encuentra su centro, su sentido y su plenitud cuando se entrega» (n. 51).
«El mandamiento de Dios nunca está separado de su amor; es siempre don.» «El don se hace mandamiento, y el mandamiento mismo es un don» (n. 52).
Por lo tanto, «sólo Dios es Señor de la vida desde su comienzo hasta su término: nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho de matar de modo directo a un ser humano inocente» (n. 53). Así lo afirma unánimemente la Tradición de la Iglesia (n. 54). Y así también siempre lo enseñó explícitamente el Magisterio. «Por tanto, con la autoridad conferida por Cristo a Pedro y a sus Sucesores, en comunión con los Obispos de la Iglesia Católica, confirmo que la eliminación directa y voluntaria de un ser humano inocente es siempre y gravemente inmoral» (n. 57). «Nunca puede ser lícita ni como fin, ni como medio para un fin bueno» (n. 57). Como explica el Cardenal Ratzinger: «[En este texto,] el Papa no hace un acto formal de dogmatización, sino un acto de confirmación, porque la evidencia de la Escritura y de la Tradición es tal que sería absurdo dogmatizar una cosa que es un contenido evidente de todo el mensaje cristiano y que responde también a la razón y a todo humanismo»[6].
De este modo el aborto, que es «la eliminación deliberada y directa como quiera que se realice, de un ser humano en la fase inicial de su existencia, que va desde la concepción al nacimiento» (n. 58), es siempre gravemente inmoral, como siempre lo ha enseñado la Escritura y la Tradición de la Iglesia (n. 61) y el Magisterio Ordinario de la Iglesia (n. 62). «Desde el momento en que el óvulo es fecundado inaugura una nueva vida que no es la del padre ni la de la madre, sino la de un nuevo ser humano», y, por lo tanto, «debe ser respetado y tratado como persona desde el instante de su concepción» (n. 60). Esto impide el uso de métodos para eliminar el ser humano, desde mecánicos a químicos; y la manipulación de embriones como «material biológico» (n. 63).
Del mismo modo la eutanasia, entendida como «una acción o una omisión que por su naturaleza y en la intención causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor» (n. 65), es gravemente inmoral. Así lo define el Magisterio (n. 65), pues la Iglesia siempre ha rechazado el suicidio, incluso bajo apariencia de presunta piedad (n. 66). Debe distinguirse del llamado “encarnizamiento terapéutico” que son «ciertas intervenciones médicas que ya no son adecuadas a la situación real del enfermo, por ser desproporcionadas a los resultados que se podrían esperar o bien por ser demasiado gravosos para él o su familia… sin interrumpir las curas normales debidas al enfermo en casos similares» (n. 65). Por el contrario, «el camino del amor y de la verdadera piedad» (n. 67), como los “cuidados paliativos” (n. 65), son una prueba de verdadera solidaridad.
Se ha formado una verdadera “cultura de la muerte”, una especie de «conjura contra la vida», «una guerra de los poderosos contra los más débiles» (n. 12). De este modo se cae en un “relativismo absoluto”, donde «todo es pactable, todo es negociable». «De este modo la democracia, a pesar de sus reglas, va por un camino de totalitarismo fundamental» (n. 20), como si «la sociedad debería limitarse a percibir y asumir las convicciones de la mayoría» (n. 69), o, a lo sumo, si «todo político, en su actividad, debería distinguir netamente entre el ámbito de la conciencia privada y el del comportamiento público» (n. 69). Con estas palabras, el Papa condena la doctrina enseñada por Jacques Maritain.
De estos errores fuimos advertidos en la Argentina por el p. Julio Meinvielle: «¿Quién ocupa el primer lugar en esa ciudad democráticamente organizada, la Iglesia de Jesucristo y ello por un derecho propio, divino e irrenunciable, o la misma democracia, esto es los presuntos e intangibles derechos propios?... La democracia “moderna” comporta en sus entrañas la exclusión de la soberanía pública de Jesucristo y de su Iglesia; y si a alguno acuerda preeminencia en la vida misma, en el derecho público, es a la sacrosanta voluntad de la mayoría manifestada en el sufragio universal.»[7] Por eso el p. Leonardo Castellani la llamaba jocosamente “democacaracia”[8] o “pseudemogresca liberal”[9]. Así, entonces, la susodicha democracia se transforma en «Estado tirano» (n. 20).
Hay un verdadero «eclipse del sentido de Dios y del hombre» (n. 21) que «conduce inevitablemente al materialismo práctico, en el que proliferan el individualismo, el utilitarismo y el hedonismo» (n. 23). Como consecuencia se reduce el cuerpo a mera materialidad, «la sexualidad se despersonaliza e instrumenta», «la procreación se convierte entonces en el “enemigo” a evitar» (n. 23), la conciencia moral queda sometida «a un peligro gravísimo y mortal, el de la confusión entre el bien y el mal» (n. 24). Así se reduce la vida a «un bien sólo relativo: según una lógica proporcionalista o de puro cálculo» (n. 68).
Por otra parte se observa también que, frente a esta “cultura de la muerte”, hay una militancia en favor de la “cultura de la vida”: los esposos que acogen generosamente a sus hijos como don, las familias que reciben niños abandonados; centros de ayuda a la vida; grupos de voluntarios que brindan hospitalidad (n. 26); hijos de la Iglesia en la primera línea de la caridad; etc. (n. 27). «La vida encuentra su centro, su sentido y su plenitud cuando se entrega» (n. 51).
«La introducción de legislaciones injustas pone con frecuencia a los hombres moralmente rectos ante difíciles problemas de conciencia en materia de colaboración.» «Desde el punto de vista moral, nunca es lícito cooperar formalmente en el mal» (n. 74). «Leyes de este tipo no sólo no crean ninguna obligación de conciencia, sino que, por el contrario, establecen una grave y precisa obligación de oponerse a ellos mediante la objeción de conciencia» (n. 73; cf. n. 89).
Es por ello que ahora «estamos ante un enorme y dramático choque entre el bien y el mal, la muerte y la vida, la “cultura de la muerte” y la “cultura de la vida”… Todos nos vemos implicados a participar» (n. 28; cf. n. 50). «El hombre, acogiendo el don de Dios, debe comprometerse a mantener la vida en esta verdad, que le es esencial» (n. 48). «Es urgente una movilización general de las conciencias y un común esfuerzo ético, para poner en práctica una gran estrategia en favor de la vida. Todos juntos debemos construir una nueva cultura de la vida» (n. 95), formando la conciencia moral (n. 96), desde «la auténtica educación de la sexualidad y del amor» en los jóvenes a «la formación de los esposos para la procreación responsable» (n. 97), hasta resaltar el valor salvífico del sufrimiento y la muerte. Implica «la justa escala de valores: la primacía del ser sobre el tener, de la persona sobre las cosas», pasando «de la indiferencia al interés por el otro y del rechazo a la acogida» (n. 98).
«Escoge la vida, para que vivas, tú y tu descendencia» (Deut. 30, 19). La «oscuridad [de la “cultura de la muerte”] no eclipsa el resplandor de la Cruz; al contrario, resalta aún más nítida y luminosa y se manifiesta como centro, sentido y fin de toda la historia y de cada vida humana» (n. 50). «El Dragón quiere devorar al niño recién nacido (cf. Ap. 12, 4), figura de Cristo, al que María engendra en la “plenitud de los tiempos” (Gal. 4, 4) y que la Iglesia debe presentar continuamente a los hombres de las diversas épocas de la historia. Pero en cierto modo es también figura de cada hombre, de cada niño, especialmente de cada criatura amenazada». «El rechazo de la vida del hombre, en sus diversas formas, es realmente rechazo de Cristo» (n. 104).
La sangre de Cristo «es el fundamento de la absoluta certeza de que según el designio divino la vida vencerá. “No habrá más muerte” (Ap. 21, 4)» (n. 25). «María es la palabra viva de consuelo para la Iglesia en su lucha contra la muerte. Mostrándonos a su Hijo, nos asegura que las fuerzas de la muerte han sido ya derrotadas en Él: “Lucharon vida y muerte en singular batalla, y muerto el que es la Vida, triunfante se levanta”. El Cordero inmolado vive con las señales de la pasión en el esplendor de la resurrección. Sólo Él domina todos los acontecimientos de la historia: desata sus “sellos” (cf. Ap. 5, 1-10) y afirma, en el tiempo y más allá del tiempo, el poder de la vida sobre la muerte» (n. 105).



[1] Este artículo fue originalmente publicado en la página Adelante la Fe, el día 25 de marzo de 2015, como puede verse aquí.
[2] Todas las citas de la Evangelium Vitae están incluidas en el texto. El resto aparecen a pie de página.
[3] Cardenal Joseph Ratzinger, Las Catorce Encíclicas de Juan Pablo II, Roma, 8 al 10 de mayo de 2003.
[4] Juan Pablo II, Veritatis Splendor, n. 72, 80, etc.
[5] Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, n. 27.
[6] Evangelium vitae è pronunciamento "infallibile" anche se non c´è scritto, "Adista" 5364 -1995-3.
[7] P. Julio Meinvielle, De Lamennais a Maritain, Ed. Theoría, Buenos Aires, 1967, p. 260. 261.
[8] P. Leonardo Castellani, Lugones en Biblioteca del pensamiento nacionalista argentino, t. VIII, Ed. Dictio, Buenos Aires, 1976, p. 94. 95.
[9] P. Leonardo Castellani, Esencia del Liberalismo en Biblioteca del pensamiento nacionalista argentino, t. VIII, Ed. Dictio, Buenos Aires, 1976, p. 155.

sábado, 2 de septiembre de 2017

Oración de los nuevos fariseos progresistas


Completando el texto publicado anteriormente, nuevamente el p. Castellani nos ilustra acerca del terrible mal del fariseísmo en la Iglesia actual[1].
Hoy los nuevos fariseos son los progresistas, que bien podrían apropiarse la siguiente oración…
Habla de los católicos  “post-Concilio Vaticano II”, pero podríamos también agregar “post-Sínodo para la Familia 2014 – 2015”…



LA NUEVA ORACIÓN DEL FARISEO


Publicación de una revista literaria de Cartagena. España – Septiembre de 1968.

SEÑOR: Aquí nos tienes, de pie y a la vanguardia de tu Iglesia. Somos los practicantes del catolicismo auténtico, el impoluto, el primi­tivo, renacido con el post-Concilio Vaticano II.
SEÑOR: Gracias te damos porque nosotros no somos como esos católicos miopes, cerrados, inquisitoriales y supersticiosos que todavía nos rodean postrados y sumidos a la tradición caduca, y a las Jerar­quías perimidas. Nosotros somos los que ahora sabemos solo del “Cristo Cósmico”, el que junta y mezcla a todos los hombres, sea cual fuere su fe y su ideología.
SEÑOR: Nosotros somos los que evitamos la “inflación Mariana” y nos apena tanto fetichismo de medallas y rosarios, imágenes y ex­votos, mensajes celestiales y milagrería barata. Nosotros somos los que queremos, acaso, los templos de paredes lisas y peladas, crucifijos de hierros, ininteligibles y retorcidos, de imágenes sublimadas en un puro simbolismo que no estorben nuestra cristocéntrica oración salmódica, o mental inexistente.
SEÑOR: Nosotros tenemos compasión de las viejas beatas y sus inútiles monsergas. Definimos como beaterías insoportables y monólo­gos sosos: la acción de gracias en la Comunión, la monotonía de las novenas, y todas las inoperantes devociones medioevales. Ahora ha lle­gado la hora de la acción-orante convertida en Bienestar Social.
SEÑOR: ¡Qué bien entendemos las exigencias de nuestro moderno cristianismo! Aborrecemos, por tanto, todo triunfalismo en tu Pura, aérea, invisible e insustancial Iglesia: tal como Tú la fundaste, exenta de juridicismo, escolasticismo y ostentosos formalismos litúrgicos. Comprendemos que tu Iglesia debe ser totalmente espiritual, sin pesado moralismo y con una dogmática simbólica, asistemática a toda ascética. Nosotros, Señor, vamos a borrar de tu Esposa los estigmas de la funesta era Constantiniana, y del fatídico Concilio de Trento y el de Nicea.
SEÑOR: Nosotros somos los que creemos que el ideal es el Estado laico y socialista, la Escuela sin religión obligatoria, el cura sin sotana, el Templo sin campanas, la evangelización sin conversiones, el Bautismo en edad madura, la Misa dominical facultativa, la disimulada suspensión total y paulatina de la Eucaristía; todo ello, en pro de un Ecumenismo fraternal y pleno con nuestros hermanos los comunistas, masones, ju­díos ateos, y todos los hermanos separados.
SEÑOR: No podemos tolerar a los Integristas, que tanto daño ha­cen a tu Iglesia con su cerrazón contra-reformista, viviendo todavía en las tinieblas del “Syllabus” al que, en ciertas expresiones, desgraciada­mente, ahora parecería acercarse nuestro venerado Paulo VI.
SEÑOR: ¡Danos católicos con mentalidad nueva! ¡Danos jerarquía y clero en pleno “aggiornamento’’! Católicos que no den importancia al Sexto Mandamiento (¿o es el Séptimo?) y solamente se inflamen con la caridad, es decir, que sepan callar caritativamente los dogmas estan­cados en las caducas fórmulas escolásticas, para devenir en un continuo mundo evolutivo y progresista. Fieles católicos de mentalidad abierta y dialoguista, de moral flexible y ecumenista, de testimonio sin palabras evangélicas y sí con hechos prácticos.
SEÑOR: ¡Líbranos de los católicos con espíritu de Cruzada! ¡Lí­branos de los curiosos y pedantes católicos Apocalípticos! ¡Líbranos de los teólogos pesimistas y aguafiestas! ¡Concédenos, Señor, más bien, el signo de la pobreza más eficiente en nuestra hora, que es el despojo y desmantelamiento de nuestros templos, y que nuestros Obispos sean elegidos democráticamente por el pueblo laical, con los votos de los militantes y seguidores de Congar y Teilhard de Chardin, en esta era venturosa que ha nacido para tu Santa Iglesia.
SEÑOR: Te rogamos que pronto, nuestros sacerdotes celebren la Misa sin ornamentos, o que no la celebren, si les place. Que resuenen en nuestros templos, pronto, las alegres estridencias de la música que es grata al corazón de nuestras juventudes “hippies”: guitarras, pan­deretas, saxofones y matracas; castañuelas, bombos y bandoneones. ¡Que caigan Señor, los últimos restos de arcaicas maniguncias!
SEÑOR: Escucha nuestra oración, la de tus católicos “aperturistas y modernistas”, los únicos católicos sinceros, los que han existido en todos los siglos —aunque dormidos— empeñados en la purificación de tu Iglesia, cargada con tantos lastres inútiles, mientras nosotros, ento­namos desde ahora el “mea culpa” gratuito por sus manchas y pecados.
SEÑOR: Para que nuestro testimonio sea más tangible, permite Señor, que este ardiente himeneo entre tu Iglesia y el Mundo se vea coronado, ya sin hipocresía, con la supresión del celibato eclesiástico, que se legalice universalmente el divorcio, se canonice al onanismo y al homosexualismo, y que en las puertas de tus templos se regalen las píldoras anti-conceptivas. Esto será Señor, la puesta al día de tu inma­culada Esposa, en cálida amistad con el Comunismo y Capitalismo como mancebos aliados a tu gloria, en pacífica coexistencia con todas las confesiones y credos, suprimida toda exterioridad que separa, borrados los Santos y las beatitudes que molesten, y eliminados de su seno a todos los católicos negativos: los de la moral del “no” y los anatemas.
ENTONCES, SEÑOR: Será el Paraíso en la tierra; frenado y anu­lado para siempre el dogma cavernícola de la infalibilidad pontificia, tu Iglesia será pura, repura, ¡recontrapura! y habremos llegado así a la cosmovisión plena del Señor, al punto Omega, a la integración con la Divinidad, hasta desaparecer todos, en el Todo.
AMEN

“Ibis ad Epistolam Alternam”
Revista “Jauja” – Nº 25, 26 y 27 – Marzo 1969




[1] El siguiente artículo fue publicado originalmente en la página Adelante la Fe, el día 15 de marzo de 2015, como puede verse aquí.