lunes, 8 de agosto de 2022

Administrador fiel y prudente

 Comentario a Lc. 12, 32-48

 


«¿Quién es el administrador fiel y prudente que el Señor ha puesto al frente de su personal para distribuirle la ración de trigo en el momento oportuno?»

El Dueño del rebaño de Dios es el mismo Señor. «Nosotros somos su pueblo, y ovejas de su rebaño», como dice el salmo (Ps. 99, 3). Pero Jesucristo ha querido colocar a unas almas a cargo de otras. Estas personas que tienen responsabilidad sobre los demás, son los administradores (oivkono,moj). El Dueño de las ovejas es siempre y exclusivamente el mismo Dios.

Cuando es necesario alimentar y atender a los animales del campo, se requiere que las tareas se hagan en el momento justo, de tal forma que realizarlo en otra oportunidad, puede equivaler muchas veces a la muerte del rebaño.

De modo semejante, quienes tienen almas a su cargo (padres de familia, superiores, autoridades, pastores de almas, etc.), deben atender a quienes tienen a su cuidado en el momento que corresponde. De lo contrario, equivaldría a una falta de atención, y, por ende, a no ser considerado un buen administrador.

Alimentar a los animales equivale, sobre todo, a darles la buena doctrina de la Palabra, que es el verdadero alimento. «Enviaré hambre sobre la tierra; no hambre de pan ni sed de agua, sino de oír las Palabras de Yahvéh» (Am. 8, 11). En el caso de los ministros ordenados, equivale a alimentar a las ovejas del Señor con la Santa Comunión, que es el Pan de vida es la Carne de Cristo para la vida del mundo (cf. Jn. 6, 51). De hecho, hablando de ellos, dice San Pablo, que «es preciso que los hombres nos miren como a siervos de Cristo y administradores de los misterios de Dios (oivkono,mouj musthri,wn Qeou/)». (1 Cor. 4, 1)

El Señor le da algunas características al administrador: dice que debe ser fiel (pisto,j) y prudente (fro,nimoj). Son, en realidad, tres notas distintas.

Que el administrador sea prudente equivale a que tenga la verdadera sabiduría del orden práctico, para enseñar la verdad conduciendo con las actitudes de Jesucristo al rebaño de Dios. Ante todo, él mismo debe ser sobrio. Razón por la cual debe usar las cosas de este mundo con moderación, y no temer a los lobos del rebaño. Como dice San Juan de la Cruz: «Ni cogeré las flores, ni temeré las fieras, y pasaré los fuertes y fronteras»[1]. De este modo, la verdadera prudencia es templada y fuerte. La prudencia exige además que el pastor sea justo con todos, dándole a cada uno lo suyo. Ante todo, a Dios la gloria que se merece, por la virtud de la religión. Y a las ovejas, lo que necesitan, no solo para sobrevivir, sino también para crecer, y hacerse sanas y robustas.

La segunda palabra que le atribuye el Señor al administrador es fiel (pisto,j). Este término, en griego, tiene una doble significación: píi,stij puede traducirse por fe y por fidelidad, de tal modo que pisto,j puede hacerse por creyente y por fiel.

Ante todo, el administrador debe tener fe. Debe adherir con toda el alma y el corazón a las palabras del Dueño del rebaño. Debe vivir de la fe, de tal forma que su palabra se haga operativa por su conducta. Se requiere, además, que enseñe lo que practica. De este modo, la fe coronará la verdadera prudencia que debe poseer quien tiene almas a su cargo.

Además, esta fe debe encarnarse en el administrador a lo largo de su vida. De este modo, la fe se transforma en fidelidad. Como dice en otro lugar el Señor: «Gracias a la constancia salvaréis vuestras almas» (Lc. 21, 19). Esta es la fe que justifica y hace salvos a los hombres. «El justo vive de la fe, pero si se vuelve atrás, dejaré de amarlo» (Heb. 10, 38; cf. Hab. 2, 4; Rom. 1, 17; Gal. 3, 11).

De este modo, el administrador debe mantener en el tiempo la buena obra que Dios ha comenzado en él.

Por otra parte, el Evangelio nos sigue diciendo que el administrador debe velar por el rebaño de Dios hasta que Él vuelva. Vendrá en la vigilia de la noche. Será el momento donde muchos administradores, al modo como los poderosos de este mundo, «les hacen sentir su dominación» (Mt. 20, 25). Por eso maltratarán a las ovejas y cometerán toda clase de excesos. Otros dejarán de velar por el rebaño, siendo de este modo presa fácil de los lobos, que son, como dice Santo Tomás[2], los demonios, los herejes y los poderosos, que buscan someter a las almas.

Estos malos comportamientos de los administradores harán que el rebaño disminuya. Algunas ovejas se perderán por culpa propia, otras se perderán por malos tratos de los administradores. Pero «a ti te pediré cuenta de su sangre» (Ez. 3, 18), como dice el Señor a los malos pastores, que se apacientan a sí mismos.

Sin embargo, el Señor promete que quedará un resto fiel, «aquellos que no hayan doblado la rodilla delante de Baal» (1 Rey. 19, 18; cf. Rom. 11, 4). Pero ese rebaño será pequeño. No llenará todo el mundo, como anteriormente hizo el árbol nacido del grano de mostaza, sino que la Iglesia decrecerá, y tendrá «una realidad mucho más modesta», como escribió el Padre Julio Meinvielle[3].

Aun así, cuando suceda todo esto, debemos tener la convicción que ya estaba escrito. Que el Señor nos asistirá para que no claudiquemos. «No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha querido daros el Reino».

No temamos, entonces, cuando veamos que muchos administradores son injustos, que nos maltratan o no nos dan lo necesario. Como ovejas del Señor, recordemos siempre que somos de Dios. Que los malos siervos no nos hagan dudar de la Palabra de Cristo. «Os he dicho esto, para que, cuando el tiempo venga, os acordéis que Yo os lo había dicho» (Jn. 16, 4).

Los administradores injustos serán juzgados por los conocimientos que tengan, o que debían tener. Y serán tratados como los infieles, siendo apartados definitivamente de la grey de Dios. Más aún, como a quien más se le dio, más se le va a pedir, «el juicio comienza por la Casa de Dios» (1 Ped. 4, 17), dado que han recibido mucho más.

No nos apartemos de la fe y de la verdad por los malos administradores: «el Padre ha querido daros el Reino». Veamos al Padre en cada acontecimiento, incluso cuando haya pruebas para la Fe y la práctica de la vida cristiana, que provienen muchas veces de aquellos que deberían velar por nosotros. Digamos al Señor, junto con el apóstol San Felipe: «Muéstranos al Padre, Señor, y eso nos basta» (Jn. 14, 8).



[1] San Juan de la Cruz. Cántico Espiritual, tercera estrofa.

[2] Santo Tomás de Aquino. In Jn, X, lec. 3, n. 1405.

[3] Meinvielle, J. (1970). De la cábala al progresismo. (p. 462). Salta: Editora Calchaquí.

jueves, 4 de agosto de 2022

Presentación del libro "La obediencia en Castellani"



      Agradecemos al Centro Pieper por la iniciativa de presentar en este importante Centro de Estudios esta obra sobre el pensamiento de nuestro querido Padre Castellani.

sábado, 9 de julio de 2022

Oración a Jesucristo, Capitán

 
De San José Gabriel del Rosario Brochero

 


«¡Ay, no, Jesús mío, no! Ya estoy resuelto a librarme de la dura esclavitud del Demonio. “Vade retro Satana”.[1] Anatema contra ti, contra tus leyes y contra las promesas de riquezas, de placeres y honras con las que me habéis engañado, fingiendo en ellas el bien que no tienen, y ocultando el mal que acarrean. Sí, Jesús mío, no me atrevo a poner mis ojos en el estandarte de la cruz, porque en ella veo que nunca te he seguido, que nunca te he acompañado en las batallas, que toda mi vida (prescindiendo de los pocos días de inocencia) he militado bajo la bandera de Lucifer, que toda mi vida he ansiado los sueldos de Lucifer, porque eres humilde y yo soberbio y ambicioso. Tú obediente, yo indócil y caprichoso. Tú pobre, yo codicioso de riquezas. Tú te afanas por la salvación de las almas, y yo paso la vida en el ocio sin haber salvado una alma, antes sí perdido muchas con mis escándalos. Tú ayunaste en el desierto, y teniendo sed en la cruz bebiste hiel y vinagre, y yo estoy lleno de apetitos sensuales, y sólo busco el deleite y me entrego a la gula. Tú viviste en la oración, y yo en la disipación. Tú eres manso, y yo soy duro con los pobres, impaciente con los que están atribulados, y áspero con todos. Tú desprecias al mundo y condenas sus máximas, y yo estoy sometido a ellas y avasallado por las ideas del siglo. Tú fuiste ultrajado, escupido, abofeteado y llagado, y yo vivo en el regalo, lleno de comodidades y siempre ansioso de deleites. Tú fuiste acusado y no abristeis la boca para quejaros de tantas calumnias y falsos testimonios, tantas afrentas y tantos escarnios, y yo no puedo sufrir el menor agravio sin quejarme vivísimamente, y a veces sin vengarme o sin desear la venganza.

¡Oh, mi Capitán Jesús!

Bien veo ahora que no he militado

bajo el estandarte de tu cruz,

sino bajo el estandarte de Lucifer.

Bien merezco que tú también me vuelvas las espaldas,

y me arrojéis de vuestro servicio.

Pero ya que vuestra bondad quiere vencer mi ingratitud

y llamarme de nuevo como lo haces ahora,

aquí me tenéis pronto a ejecutar vuestras órdenes

y militar bajo tu cruz.

Etiamsi oportuerit me mori tecum, non te negabo”.[2]

Escojo antes padecer contigo que gozar con el mundo,

alistarme entre tus más valientes soldados

y armarme con el escudo poderoso de vuestra gracia,

para alcanzar victoria no sólo de mis enemigos,

sino de mí mismo, y reinar contigo en la gloria.»

 

 

Conferencia Episcopal Argentina. El Cura Brochero. Cartas y sermones. (1999). Pag. 75-76.



[1] “Apártate, Satanás” (Mt. 4, 10)

[2] “Aunque tenga que morir contigo, yo no te negaré” (Mt. 26, 35)

jueves, 7 de julio de 2022

Reportaje al Dr. Castaño sobre su libro: "Esquiú, ¿prócer liberal o teólogo de la Cristiandad?

 BREVE REPORTAJE SOBRE EL LIBRO



SERGIO RAÚL CASTAÑO, ESQUIÚ, ¿PRÓCER LIBERAL O TEÓLOGO DE LA CRISTIANDAD?

UNA EXPOSICIÓN DEL PENSAMIENTO TEOLÓGICO-POLÍTICO DE FRAY MAMERTO ESQUIÚ ELABORADA SOBRE LOS TEXTOS DEL  AUTOR, 

TUCUMÁN UNSTA, 2022

CON UN APÉNDICE DE TEXTOS IGNORADOS DE MAMERTO ESQUIÚ. PRÓLOGO DE RICARDO VON BÜREN


1.      ¿Cómo y cuándo surge la idea de este libro? 

 

Cuando se produjo la beatificación de Fray Mamerto, en septiembre del año pasado, el párroco de la iglesia de La Inmaculada, de Bariloche, Pbro. Jorge Pliauzer, me sugirió la idea de hacer una exposición sobre la figura de Esquiú. Acepté, aunque me significaba interrumpir en parte las líneas de investigación en curso, porque entendí que era algo positivo en términos de bien común. Se hizo la exposición, en el marco de las actividades de la Asociación Juvenil de Montaña, el 21 de octubre: “Beato Mamerto Esquiú. Su aporte a la Iglesia y a la Patria”. Ocurrió que, al investigar sobre su pensamiento, me encontré con que la bibliografía al uso no lo reflejaba cabalmente. Es más: me sorprendí de encontrar el perfil doctrinal de un hombre apegado a la Tradición católica; de un defensor del principio de Cristiandad (entendido como la obligación de la sociedad cristiana de vivir, política y jurídicamente, de acuerdo con la ley del Evangelio); en fin, de un contrarrevolucionario. Todo ello a pesar de la opción práctica que asumió en su famoso sermón del 9 de julio de 1853, llamando a acatar la constitución liberal recién promulgada. Constitución que negaba, precisamente, el principio de un derecho público cristiano. Bueno, el hecho de que el verdadero pensamiento de Esquiú hubiera sido, digamos, ignorado por casi todos los intérpretes, me llevó a proponer una segunda conferencia para abordar ese gran tema. Tomó el título del libro: “Esquiú, ¿prócer liberal o teólogo de la Cristiandad?”, y tuvo lugar el 31 de octubre, como actividad del Centro de Estudios Políticos de la UNSTA, que dirijo. A partir de allí comencé a pensar seriamente en poner por escrito los resultados de la investigación. Finalmente, lo que creí iba a ser un artículo terminó siendo este trabajo.

 

2.      ¿Qué mirada de Fray Mamerto Esquiú presenta el libro?

 

Es un estudio ni hagiográfico, ni apologético, sino centrado en su pensamiento teológico-político. A sus opciones prácticas de 1853-4 se las juzga críticamente, sin condescendencias espurias. Y, como decía antes -pero quiero recalcarlo-, la conclusión surge de la exégesis de los escritos mismos de Esquiú, no de lo escrito sobre él. El valor que pueda tener el libro radica allí: en haber investigado los propios textos de Fr. Mamerto, cosa que, en buena medida –y aunque parezca extraño-, prácticamente no se ha hecho o no se ha hecho debidamente. La conclusión es que Fray Mamerto Esquiú, a pesar de haber llamado a obedecer la constitución liberal de 1853, tenía un ideario apegado a la Tradición católica y a la necesidad de la plena confesionalidad del Estado -la cual venía a quedar derogada por la constitución. Aunque claro, entonces se presenta la duda: ¿por qué llamó a someterse al nuevo orden laicista, vinculado con la cosmovisión masónica? El estudio presenta una hipótesis: el regalismo borbónico instaurado en el s. XVIII en Indias había domesticado al clero, y lo había tornado dócil frente al poder secular. Esta impronta perduraba, lógicamente, al nacer Argentina a la vida independiente, y puede haber influido en la decisión práctica de Esquiú en 1853. De la cual –lo explicitamos en el estudio-, Mamerto se habría arrepentido en varias ocasiones.

 

3.      ¿De dónde surge la pregunta que le da título al libro?

 

Continuamos con lo dicho antes. Surgió del hecho de que, al socaire de su sermón del 9 de julio de 1853 (el “Sermón de la Constitución”), se ha tenido habitualmente a Esquiú, en mayor o menor medida, como una figura afín a la nueva Argentina liberal que se inauguraba en Caseros y Pavón –o incluso como parte de ese nuevo orden. Cuando en realidad su pensamiento era tradicional –y, por ende, contrarrevolucionario. Un pensamiento que se fue afirmando con los años, pero que ya revestía ese perfil en sus primeras intervenciones. De allí la alternativa retórica del título: Esquiú ¿es lo que oficialmente se dice, o constituye un primer antecedente del gran pensamiento católico argentino del s. XX?

 

4.      ¿Qué representa Fray Mamerto Esquiú en la sociedad?

 

Representa algo positivamente. Un hombre santo. Un hombre patriota. Y un católico cabal, imbuido de los grandes principios teológico-políticos de la tradición del occidente cristiano. Y se me permitirá decir que tal vez representa algo negativamente. En sus intervenciones de 1853 y 1854 es verosímil pensar que el lastre del regalismo impidió que las ideas tradicionales del orador sagrado se concretaran en una manifestación rotundamente crítica de una constitución que ostentaba un triple déficit de legitimidad –lo cual Esquiú advertía-. Sea por la razón que fuere, su opción práctica no correspondió a sus rectas convicciones. Y no por ello vino la paz a la Argentina –al contrario; y él mismo deploró más tarde su decisión. Me disculparán, pero estimo que esto representa un ejemplo de que la verdad debe ser sostenida, como decía san Pablo, opportune et inopportune

Muchas gracias

viernes, 18 de febrero de 2022

Consagración de las Islas Malvinas a Nuestra Señora del Rosario



Oración realizada por el P. Manuel Puyelli, del Domingo de Pascua de 1982, desde las mismas Islas

 

Omnipotente Señor de las batallas, que con tu poder y providencia eres Rey de los cielos, la tierra y el mar: porque nos ordenaste honrar al padre y a la madre en el cobijo de la patria terrena, porque nos enseñaste a dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César; porque nos aseguraste que no estar contigo es estar contra Ti; porque nos aconsejaste buscar primero el Reino de Dios y su justicia; porque caíste en la tierra como semilla para morir y dar con ello abundante fruto; porque nos diste una patria grande que va desde la Quiaca a la Antártida y desde la Cordillera al Atlántico, donde nuestras son estas islas que hoy huellan con orgullo nuestros pies de argentinos bien nacidos; y porque nuestras madres nos parieron varones y valientes. Por eso estamos aquí, porque no amamos tanto la vida que temamos la muerte, y porque si morimos en tu Gracia resucitaremos contigo para la vida eterna. Es por eso que en esta Pascua de Resurrección nos consagramos al Corazón Inmaculado de tu Madre, la Virgen María, bajo la advocación de la Virgen del Rosario, con cuyo nombre fuera designado este operático, en recordación de la otra gesta heroica de Liniers y la victoriosa batalla de Lepanto.

”Reina y Madre de la nación argentina: de hoy en más depositamos en tus manos nuestros cuerpos y nuestras almas, nuestra juventud y nuestra garra criolla, nuestra vida y nuestra muerte, para que dispongas de ellas lo que mejor convenga. Te consagramos también desde hoy estas Malvinas argentinas, pidiéndote que alejes todo signo de pecado, de error y de herejía aquí existentes. 

”Queremos que -como en todo el Continente- seas honrada con la devoción que más te agrada: el santo Rosario, porque solamente así mostraremos al mundo que somos una nación invencible. Finalmente, a partir de este momento, te reconocemos Comandante en Jefe espiritual de nuestros hombres en tierra, mar y aire, y desde lo profundo de nuestro corazón damos respuesta a la voz que nos dice:

-A la Virgen del Rosario, ¡subordinación y valor!

- ¡Para servir a Dios y a la Patria!

 

 

 

Martínez Torrens, V. Dios en las trincheras. Pag. 54.

sábado, 4 de septiembre de 2021

«Oh, Jesús mío...» La oración de Fátima

 


En Fátima, Nuestra Señora, en el contexto del único secreto que consta de tres partes, reveló una oración, que por Providencia Divina se ha hecho común el que sea dicha al final de cada misterio del Santo Rosario.

Pero hay distintas versiones en su recitación.

A fin de que se conozca dicha oración lo más cercana posible a la pronunciación que hiciera de ella la Santísima Virgen, colocamos aquí la oración y la explicación que realiza de la misma Fr. Michel de la Sainte Trinité, en su libro «Toda la verdad acerca de Fátima», todavía inédito en español.

Acompaña este escrito la foto tomada el mismo día que recibieron el secreto y esta oración. Puede verse en las facciones de los Pastorcitos su melancolía por el mensaje recibido.

 

 

«UNA SÚPLICA URGENTE POR LA SALVACIÓN DE LAS ALMAS

 

Inmediatamente después del fin del secreto, continuó Nuestra Señora: «Cuando recéis el rosario, diréis después de cada misterio:

 

«Oh Jesús mío, perdónanos,

líbranos del fuego del infierno;

lleva todas las almas al Cielo,

especialmente las más necesitadas.»[1]

 

"OH JESÚS MÍO." Las dos oraciones enseñadas por Nuestra Señora, están dirigidas a Su Hijo, a Jesús, nuestro "Dios Salvador". ¡Esto solo, alcanza para destruir las calumnias de los reformistas opuestos a Fátima, bajo el pretexto falaz que Su mensaje no es suficientemente cristocéntrico! ¡Qué error! En Fátima, Nuestra Señora quiso agregar a la gran oración en Su honor, esta breve invocación dirigida a Jesús el Salvador. Intercalada entre el Gloria Patri a la Santísima Trinidad, los Padrenuestros y los Aves que suplican a Nuestro Padre y a Nuestra Madre en el Cielo, esta pequeña oración amplía el horizonte divino de nuestro rosario.

 

"¡PERDÓNANOS!" El pensamiento de nuestro pecado, este pecado tan profundamente enraizado en nosotros y que amenaza con causar nuestra ruina, está presente en el mensaje de Fátima en todas partes. No hay ninguna de las nueve apariciones del Ángel y de la Santísima Virgen, en que no se haga alguna alusión a él. Cada una de las cuatro oraciones enseñadas a nosotros, breves como son, todas hacen alguna mención al pecado. Esta oración, que no es excepción, tiene ecos de las Letanías, de los Pater y de los Aves: "Perdónanos nuestras deudas", y "ruega por nosotros pecadores"[2].

 

"¡LÍBRANOS DEL FUEGO DEL INFIERNO!" Esta súplica, la más urgente, se refiere por supuesto a la visión del infierno. La evocación concreta de su fuego espantoso, fue querida expresamente para traer a nuestra mente la descripción del infierno hecha por Lucía. Si, esto es querido por Nuestra Señora, que es la Soberana Maestra, que la palabra infierno siempre nos recuerde este fuego devorador, que expresa más exactamente su realidad terrible.

 

«Librai nos do fogo do inferno!» La expresión es fuerte y vigorosa, y deliberadamente así. No ya «presérvanos», sino más exactamente, «¡líbranos!» Esta palabra hace explícito el último pedido del Padrenuestro, con el mismo verbo, «mas líbranos del mal». Esto es para decir que el infierno no es un peligro imaginario y lejano, del cual podemos escapar por nosotros mismos. No, es la culminación exacta y cierta de las rebeliones contra Dios y del endurecimiento del corazón, donde nosotros iríamos sin el perdón de Jesús, nuestro Salvador, y sin la ayuda de Su Gracia, llena de misericordia. Sin Él, sin Su Pasión y Su Sangre redentora, ya estamos perdidos. Nosotros debemos nuestra salvación solo a Él, y Él quiere que nosotros le pidamos: «¡Oh Jesús mío, líbranos del fuego del infierno!»

La oración de Fátima es muy parecida a aquella de la liturgia: «¡De la muerte eterna, líbranos, Oh Jesús» imploran la Letanías. Y la oración del Canon Romano, que afirma claramente la intención del Sacrificio Eucarístico, dice: «Líbranos de la eterna condenación (ab aeterna damnatione nos eripi), y cuéntanos en el rebaño de Tus elegidos.» La misma expresión vigorosa se encuentra en las Letanías de los Santos, y esta vez deja absolutamente en claro quiénes son los aludidos por el "nos": somos nosotros mismos y todos nuestros seres queridos que tienen la fe, y nosotros imploramos perdón por los nuestros: «Que Tú libres nuestras almas y las almas de nuestros hermanos, familiares y benefactores de la eterna condenación, ¡Te rogamos, óyenos! Ut animas nostras... ab aeterna damnatione eripias, te rogamus audi nos!»

Esta es una súplica urgente, pero también está llena de una verdad inmensa. Pues en esperanza nosotros ya estamos seguros de obtener el perdón de Nuestro Salvador, y eventualmente alcanzar la felicidad del Cielo... Así, nuestros horizontes se ensanchan, llevándonos a la segunda parte de la plegaria:

 

"LLEVA A TODAS LAS ALMAS AL CIELO." Nuestro deseo ardiente de ser salvados, nosotros y nuestros seres queridos, es extensivo necesariamente a todas las almas. Cristo ofreció Su vida por todos los hombres, sin excepción, y Dios, Su Padre «quiere salvar a todos los hombres»; así, ¿por qué no van todas las almas al Cielo? La pequeña oración se convierte en... una oración universal. Es mística, y expresa una caridad verdadera y ardiente. «Señor,» gustó repetir el Padre de Foucauld, «si fuera posible, ¡haz que todos los hombres vayan al Cielo!»

«A todas las almas», «as almas todas» o en la versión citada más a menudo por Sor Lucía, «as alminhas todas», con este diminutivo de conmiseración, «todas esas pobres almas», tal como diríamos nosotros, «pobres pecadores». «Levai para o Ceu!» ¡Llévalas al Cielo! La palabra puede ser apenas traducida: ¡llévalas, transpórtalas, elévalas hasta el Cielo! Y tal vez aun mejor, como el Padre Simonin y Dom Jean Nesmy traducen: «atrae a todas las almas al Cielo.» Esto nos recuerda las palabras de Jesús al atardecer del Domingo de Ramos, inmediatamente antes de entrar en la senda de Su Sacrificio Redentor: «Ahora el príncipe de este mundo será arrojado afuera; y yo, cuando fuere levantado de la tierra, atraeré a todos a Mí. Esto lo decía indicando de qué muerte iba a morir.»[3] «Omnia traham ad meipsum.» Levantado sobre la Cruz, como una nueva serpiente de bronce, Él salvará a todos aquellos que lo buscan, el único Salvador, «A quien ellos han traspasado». Y pronto, ascendiendo al Cielo, Él llevará una hueste de prisioneros consigo[4].

 

"ESPECIALMENTE LAS MÁS NECESITADAS". Estas últimas palabras dejaron perplejo al Canónigo Formigâo. Realmente son sorprendentes: ¿Cómo podemos pedir a Jesús que lleve todas las almas al Cielo, y así, todas sin excepción, y luego inmediatamente agregar una fórmula que por el contrario es parcial y restrictiva? Las palabras, "todas... especialmente" parecen desafiar la simple lógica.

Y aun así, la fórmula es auténtica, y la dificultad desaparece cuando consideramos que esta concierne a la salvación de las almas, o sea a la pura e infinita misericordia de Dios. La lógica aquí es la del amor, llena de sobreentendidos que causa la estructura demasiado estrecha de la relación exacta de los conceptos a refutar. El alma suplicante, en el celo de su amor, gustaría de obtener de la Misericordia Divina la salvación de todas las almas... pero sabe que su pedido no puede ser escuchado en toda su extensión... no lo merece. En este caso, ella clarifica inmediatamente su pedido, y dice a Dios: "¡Yo te pido tengas misericordia al menos de algunas almas, y más especialmente, como una prioridad, sobre las almas de los más grandes pecadores, quienes más seguramente están en riesgo de ser perdidas!" Tal es la lógica de los santos...

Así es como los tres videntes comprendieron esta oración, a la luz de su contexto inmediato: la visión del infierno[5]. Un pasaje llamativo de las Memorias nos muestra como la pequeña oración de Nuestra Señora volvió a menudo a los labios de Jacinta, y no solamente entre las decenas del rosario, sino para implorar a menudo la salvación de las almas:

 

«Con frecuencia se sentaba en el suelo o en alguna piedra y, pensativa, comenzaba a decir:

«– ¡El infierno! ¡El infierno! ¡Qué pena tengo de las almas que van para el infierno! ¡Y las personas que estando allí vivas, arden como leña en el fuego!

«Y asustada, se ponía de rodillas, y con las manos juntas, rezaba las oraciones que Nuestra Señora nos había enseñado:

«– ¡Oh Jesús mío, perdónanos, líbranos del fuego del infierno, lleva al Cielo a todas las almas, especialmente a aquellas que más lo necesitan!

«– Ahora, Excmo. y Revmo. Señor Obispo, ya V. Excia. Revma. comprenderá por qué a mí me daba la impresión de que las últimas palabras de esta oración, se referían a las almas que se encuentran en mayor peligro, o más inminente, de condenación.»[6]

 

Estas últimas palabras vuelven nuestra atención hacia los agonizantes. En todas las miríadas de Ave Marías que habremos rezado todos durante nuestra vida, pedimos a la Madre de Misericordia que ruegue por nosotros «en la hora de nuestra muerte». ¿Pero, y todas esas almas endurecidas, que La ultrajan sin cesar y nunca La invocan? Es para ellas, en su lugar, que Nuestra Señora nos hace rezar durante nuestro rosario.

Esta prioridad acordada a los más grandes pecadores no era comprendida, y fue la razón principal por la que la versión original fue abandonada durante tanto tiempo, en favor de otra más clásica. Incluso, esta oración nos introduce en toda la realidad del Evangelio. ¡Es la prioridad dada a las ovejas descarriadas por la doble razón, que están extraviadas, y que su salvación nos mostrará más vívidamente el Amor incansable de su Buen Pastor! Fue Santa Teresa del Niño Jesús quien, «devorada por una sed por las almas, inflamada del deseo de arrebatar de las llamas eternas a las almas de los más grandes pecadores», que tomó la decisión «de evitar a cualquier precio que fuera al infierno», el horrible criminal cuyos tres asesinatos habían monopolizado las noticias. Sobre él también, «este pobre infortunado Pranzini», ella quiso derramar la salvífica y «divina gota» de la Sangre de Jesús[7].

Nosotros veremos que esto que concierne a la salvación de los más grandes pecadores es un tema frecuente en las revelaciones posteriores dadas a Sor Lucía. Este, igualmente, fue el pensamiento constante de Jacinta:

 

«Y permanecía así, durante largo tiempo, de rodillas, repitiendo la misma oración. De vez en cuando me llamaba a mí o a su hermano (como si despertara de un sueño):

«– Francisco, Francisco, ¿vosotros rezáis conmigo? Es preciso rezar mucho, para librar a las almas del infierno. ¡Van para allá tantas! ¡Tantas!»[8]

 

[…]

 

«LA ORACIÓN POR LAS ALMAS

 

¿Por qué almas debe decirse? ¿Por las almas de los pecadores? ¿O por las que están en el Purgatorio, como se creyó durante largo tiempo?

 

DOS VERSIONES DIFERENTES

 

Hasta los cuarenta, en la mayoría de las obras sobre Fátima encontramos la siguiente versión, citada por el Padre Castelbranco: «¡Oh Jesús mío, perdona nuestros pecados! ¡Líbranos del fuego del infierno! Y saca las almas en el Purgatorio, especialmente las más abandonadas.»[9] En este tiempo, los peregrinos a Fátima recitaban la misma fórmula en la Cova de Iria. ¿Cómo podemos explicar esta discrepancia?

 

 

LA VERSION AUTÉNTICA

 

Durante el interrogatorio del 21 de agosto de 1917, Lucía relató al Padre Ferreira la versión revelada por Nuestra Señora un poco más de un mes antes. Excepto por dos palabras, que no cambian el sentido[10], esta es exactamente idéntica a la del texto que Sor Lucía transcribió en su Cuarta Memoria, el 8 de Diciembre de 1941. Por lo tanto, es esta última versión la que nosotros comentamos: «Oh Jesús mío, perdónanos, líbranos del fuego del infierno, y lleva a todas las almas al Cielo, especialmente aquellas más necesitadas.»[11]

Así, no hay duda sobre la autenticidad de estos textos, especialmente desde que además de ellos, hay muchos otros que muestran que Sor Lucía no cambió la redacción, excepto en pequeños detalles que no alteran de ninguna manera el sentido de la oración.[12]

 

 

LA INTERPRETACIÓN DEL CANÓNIGO FORMIGÂO

 

Nosotros sabemos que durante el interrogatorio del 27 de setiembre de 1917, Lucía recitó al Canónigo Formigâo la misma versión auténtica que ya había dado un mes antes a su párroco.[13]

Pero, ¿quiénes son estas almas «que están más necesitadas», y para quienes pidió Nuestra Señora que rezáramos? El buen Canónigo, quien por supuesto no conocía el secreto, ni los mensajes del Ángel, ni las repetidas invitaciones de Nuestra Señora a rezar y sacrificarse por los pecadores, e ignoraba especialmente la visión del infierno, que es el contexto inmediato de la revelación de esta oración, pensó que indudablemente debía referirse a las almas más abandonadas en el Purgatorio.

¿No es la palabra "alminhas", diminutivo de "almas", la que fuertemente sugiere esta hipótesis? El Canónigo Formigâo, quien él mismo optó resueltamente por la otra solución, explica: «En portugués, la palabra "almas", especialmente en su forma diminutiva, "alminhas", (las pequeñas, pobres o queridas almas), empleada sin un calificativo, designa ordinariamente las almas en el Purgatorio. En las iglesias, las alcancías para las almas en el Purgatorio, muestran esta inscripción, "caixa das almas", y en las esquinas de las calles, uno puede encontrar pequeñas construcciones a las que llaman "ermida das alminhas" (ermita de las pobres almas).»[14] Otro detalle significativo: no es raro en Portugal escuchar a un mendigo pidiendo por las almas, "para las alminhas", para las almas en el Purgatorio.

Por lo tanto, podemos comprender fácilmente como el Canónigo Formigâo llegó a creer que la oración de Nuestra Señora podía tener que ver con los difuntos. Él agregó también una frase a la versión inicial: «Lleva a todas las almas en el Purgatorio al Cielo, as alminhas do purgatorio todas...» Pero una vez que fue adoptada deliberadamente esta interpretación, él llegó lógicamente a modificar el texto, como lo reconoció más tarde[15], en bien de una mayor claridad. Este es el origen de la fórmula que él adoptó y publicó en sus trabajos: «Oh Jesús mío, perdónanos, líbranos de los fuegos del infierno, y libra las almas en el Purgatorio, especialmente las más abandonadas.»[16]

Cuando en 1927 citó el interrogatorio del 27 de setiembre de 1917, presentó su fórmula como siendo una respuesta de Lucía a la pregunta. Esto muestra como la nueva versión de la oración, que aparecería como corregida por él, resultó muy difundida más tarde[17].

 

 

LA INTERPRETACIÓN DE SOR LUCÍA

 

Desde 1921, y luego por muchos largos años, Lucía estaba alejada de las peregrinaciones a Fátima, lo que la tenía casi completamente ignorante de lo que estaba ocurriendo. Así, ella no pudo rectificar la fórmula errónea que se estaba recitando allí. Pero cuando se le pidió su opinión, (¡un poco tarde, desafortunadamente!) insistió sobre el restablecimiento de la versión original, cuya interpretación le parecía la más obvia. Nosotros ya hemos citado su carta al Padre Gonçalves. Ella lo hizo nuevamente, con más vigor aun, en una conversación con el Canónigo Barthas, el 18 de octubre de 1946. He aquí el texto:

 

«Me permití pedir a Sor Lucía calificara el sentido de la palabra “alminhas”, almas: "¿En estas almas que tienen necesidad de asistencia divina, debemos ver las almas en el Purgatorio o las de los pecadores?, le pregunté.

«“Pecadores”, contestó sin vacilar.

«“¿Por qué piensa eso?”

«“Porque la Santísima Virgen siempre habló de las almas de los pecadores. Ella dirigió nuestra atención a ellas de todas las formas; Ella nunca habló de las almas en el Purgatorio.”

«“¿Por qué, en su opinión, la Santísima Virgen los interesó especialmente en los pecadores, más que en las almas en el Purgatorio?"

«Sin duda porque las almas en el Purgatorio ya están salvadas, estando ya en el vestíbulo del Cielo, mientras las almas de los pecadores están en el camino que lleva a la condenación." (Esta fue, esencialmente, también mi propia opinión.)

«Su explicación me parece altamente teológica. “¿Por qué, entonces, en muchas iglesias y aun en todo Portugal, son nombradas en esta oración las almas en el Purgatorio?”

«“Nao sei. Yo misma nunca hablé de las almas en el Purgatorio. En cuanto al resto, eso no me concierne.”»[18]

 

Esta declaración nos parece decisiva. La oración enseñada por Nuestra Señora, solo puede comprenderse propiamente en el contexto más general del secreto de Fátima. Esto disculpa la modificación del texto, que el Canónigo Formigâo, con toda su buena fe, pensó que tenía derecho a hacer. Hoy, sin embargo, nosotros preferimos recitar esta oración en el mismo espíritu que los tres videntes, pues como Sor Lucía, con justicia, escribe en otro lugar, «habitualmente, Dios acompaña Sus revelaciones con un conocimiento íntimo y minucioso de lo que ellas significan.»[19]

¿Debemos entonces olvidar las queridas almas en el Purgatorio? La respuesta de Nuestra Señora el 13 de Mayo, («Ella estará en el Purgatorio hasta el fin del mundo») alcanza para mostrarnos cuanto necesitan ellas de nuestra oraciones. Es un hermoso deber de caridad interceder por ellas, y especialmente por las más abandonadas entre ellas. Lejos de excluir a cada una, todas las devociones católicas se fortalecen unas a otras. Es de cada individuo practicar su devoción siguiendo el impulso de la gracia particular que le haya sido dada... ¡Hay lugar de sobra en un corazón encendido para el amor a las almas!»

 



[1] Aquí damos el texto de la Cuarta Memoria, en la traducción más literal. De cualquier manera, la versión usualmente adoptada es substancialmente exacta: “Oh Jesús mío, perdona nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno, y lleva a todas las almas al Cielo, especialmente las más necesitadas de Tu misericordia.” Esta hermosa oración ha sido citada con un número de variantes, y todavía es interpretada en varias formas. Algunos creen que el segundo pedido se refiere a las almas en el Purgatorio. En un apéndice nosotros justificaremos la versión que hemos adoptado, y la explicación que proponemos.

[2] Leer el hermoso paralelo establecido por nuestro Padre entre el Padrenuestro y el Ave María. CRC 182, octubre de 1982.

[3] Jn. 12. 31-33.

[4] Jn. 19, 37, Za. 12, 19; Ef. 4, 7.

[5] Ver la carta de Sor Lucía al Padre Gonçalves del 18 de mayo de 1941: La última súplica ha sido aplicada a las almas en el Purgatorio, "porque parece que el sentido de estas últimas palabras fue mal  comprendido; pero yo creo que Nuestra Señora se estaba refiriendo a las almas en el mayor peligro de condenación. Esta continúa siendo mi impresión, y sin duda usted creerá la misma cosa después de haber leído la parte del secreto que yo he escrito, y sabiendo que Nuestra Señora nos enseñó esta misma oración durante la misma aparición." (Memorias e cartas, p. 443).

[6] III, p. 110.

[7] Manuscritos autobiográficos, pp. 117-119, Livre de Vie (1957).

[8] III, p. 110.

[9] The Umprecedent Miracle of Fatima, p. 12 (1939). En 1940, el Padre Martin Jugie, en su libro sobre el Purgatorio, citó una fórmula similar, p. 337. (Lethielleux).

[10] A saber, la conjunción "y", y las palabras, "de ella", refiriéndose a la misericordia de Dios: "especialmente las más necesitadas de ella."

[11] O meu Jesus, perdoai-nos, (e) livrai nos do fogo do Inferno; levai as alminhas todas para o Ceu, principalmente aquelas que mais (d'ele) precisarem. (Documentos, p. 341, 501).

[12] He aquí unas pocas fechas: 7 de setiembre de 1922, carta de Carlos Mendès (Barthas, Fatima, Great Miracle of the Twentieth Century, p. 322). El informe del 5 de enero de 1922 (Documentos, p. 471). El interrogatorio ante la comisión canónica, 8 de julio de 1924. La carta del Padre Gonçalves del 18 de mayo de 1941 (Documentos, p. 443), y finalmente los textos de la III y IV Memoria (Ibid., pp. 221 y 341). El 18 de octubre de 1946, Sor Lucía dictó la misma fórmula al Canónigo Barthas, agregando: "y ayuda especialmente aquellas..." Pero el sentido es siempre el mismo.

[13] Cfr. J.M. Alonso, Fátima, escuela de oración, p. 105, e Historia da Literatura p. 13: "La primera versión escrita de los manuscritos Formigâo es precisamente la que siempre repitieron los videntes".

[14] Fátima 1917-1968, p. 101; ver todas las notas de pp. 99-102.

[15] Alonso, Historia da Literatura, pp. 14-15.

[16] ...e livrai as almas do Purgatorio especialmente as mais abandonadas. Documentos, p. 505.

[17] Señalemos que el Padre Alonso creyó que la interpretación teológica del Canónigo Formigâo pudo ser justificada, pero insistiendo sobre el sentido ordinario de la palabra "alminhas". De acuerdo a él, la palabra "alminhas" clarifica la cuestión: se refiere a las almas en el Purgatorio. (Fátima, escuela de oración, p. 105; 1980.) Señalemos solamente que:

1. Sor Lucía parece usar indiferentemente tanto la palabra "alminhas" como "almas". (Texto del 18 de mayo de 1941) De acuerdo a Castelbranco, la fórmula aprobada para las peregrinaciones también tiene la palabra "almas", mientras los Marto habían aprendido en 1917 la fórmula con la palabra "almas".

2. El Canónigo Formigâo mismo, en lugar de la palabra "alminhas", viene a substituirla por la expresión más clara "almas do purgatorio". ¿Por qué entonces fue necesario el cambio?

3. La mayoría de los críticos portugueses eruditos interpreta la palabra "alminhas" como lo hace Sor Lucía, por ejemplo como designando las "pobres almas" de los pecadores.

Por lo tanto, nosotros concluimos que en portugués, tanto como en latín o francés, la palabra "alminhas" es indefinida y de acuerdo al contexto puede referirse a las almas de los difuntos o a las de los vivos. Cfr. Documentos p. 447.

[18] Fátima 1917-1969, p. 101-102.

[19] III, p. 116.