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martes, 19 de diciembre de 2017

El sufragio universal




En el artículo anterior hemos hablado de la soberanía, en su concepción católica y liberal. Hemos puesto de manifiesto el origen liberal de la soberanía popular en las ideas falsas de Jean Jacques Rousseau, aunque aún no hemos definido al liberalismo como concepción de la realidad.


“El liberalismo es el movimiento económico, político y religioso que se propone a la Libertad como su ideal, y como el ideal absoluto de la Humanidad” 1, según la define el p. Castellani.


El liberalismo ha disuelto el orden natural y sobrenatural, que se concretó admirablemente en la Edad Media, en la que se daba al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios (cf. Mt. 22, 21). Primero ha buscado la separación entre Iglesia y Estado, proclamando que la fe debe ser vivida en el ámbito privado. Luego fue contra el orden natural, negando las jerarquías naturales que existen. De este modo, las corporaciones, que existían desde la Edad Media, quedaron abolidas por obra de la Revolución Francesa. Al disolver los vínculos naturales que se formaban en el ámbito político y económico que daban origen en el ámbito político – social a que las familias se agruparan en municipios, y luego éstos en familias o regiones, y por último éstas en naciones, y en el ámbito económico – social a que los talleres se agruparan en corporaciones, éstas en cuerpos profesionales o gremiales, y éstos por último en las mismas naciones 2; no pudo más que imponer su propia ideología como forma de asociación: los partidos políticos, que según el lugar en el que se ubicaran en el Parlamento, eran llamados de centro, de izquierda o de derecha. 

De este modo el liberalismo ha impuesto la atomización de la sociedad, el individualismo, “un conjunto de individuos sin vínculos sociales” 3 naturales, trastocándolos ideológicamente por otros artificiales.

Por la misma razón, por dividir la sociedad y no poder distinguir según sus propias esencias las jerarquías naturales que existen, el liberalismo es incapaz de dar una respuesta satisfactoria a la siempre actual cuestión judía y a la que existe ahora recrudecida: la cuestión islámica.

Como consecuencia necesaria, luego de destruir el orden social, el liberalismo no puede más que atacar también a la familia. Por esto, luego del divorcio en los países infectados por esta peste se va infiltrando el aborto, el pseudo matrimonio homosexual, la eutanasia como libertad para elegir morir (eso sí, sin dolor), etc. Recordemos al menos al pasar que la Rusia comunista fue la primera en proclamar el amor libre y el aborto: su oposición con el liberalismo es sólo aparente, pues ambas tienen una concepción materialista de la realidad, y por ende, de la política.

“El Liberalismo del siglo pasado enarboló la bandera de la Libertad y arruinó las libertades, que son la única verdadera Libertad que existe; pues existe también una falsa libertad que es fomentada por el liberalismo; la cual es a la verdadera libertad lo que la demagogia y el democratismo son a la democracia; el filosofismo, a la filosofía; la sofística, a la Sofía; y la superstición y la herejía, a la Religión. Es decir, es peor que ignorancia, es peor que mentira, es confusión.” 4

“La sociedad liberal (desatando al hombre de los vínculos que lo protegían) lo esclavizó en lo religioso a las divinidades de la Ciencia, del Progreso, de la Democracia [y de la libertad de cultos, podríamos agregar]; en lo intelectual, sometiéndolo a los mitos del materialismo evolucionista; en lo moral al sentimiento romántico; en lo económico, al despotismo del dinero; en lo político, a la jerarquía de los más bribones.” 5

Este individualismo genera necesariamente la nivelación por lo inferior, no por la ciencia sino por la ignorancia, no por la virtud sino por la mediocridad. De este modo el pueblo es tratado como plebe, al cual hay que satisfacerle sus caprichos del momento, sus necesidades inmediatas, y no buscar el bien común, que ha de ser necesariamente el fin de toda sociedad. La masa debe estar contenta con sus autoridades, para que luego las reelijan en sus cargos.

Al ser un mito la voluntad popular, entonces para darle forma “se excogita el sufragio universal (una computación aritmética de voluntades) para imprimir un impulso a esta plebe indiferenciada: Democratismo.” 6

Hecha esta introducción, para ver que necesariamente el liberalismo sostiene el democratismo y el individualismo, vamos a recordar la enseñanza al respecto del p. Julio Meinvielle: “Nada más deplorable, en cambio, y opuesto al bien común de la nación, que la representación a base del sufragio universal. Porque el sufragio universal es injusto, incompetente, corruptor.” 7

Estos son los tres términos por los cuales va a juzgar al sufragio universal: 

“Injusto, pues niega por su naturaleza la estructuración de la nación en unidades sociales (familia, taller, corporación); organiza numéricamente hechos vitales humanos que se substraen a la ley del número; se funda en la igualdad de los derechos cuando la ley natural impone derechos desiguales: no puede ser igual el derecho del padre y del hijo, el del maestro y el del alumno, el del sabio y el del ignorante, el del honrado y el del ladrón. La igual proporción, en cambio –esto es la justicia– exige que a derechos desiguales se impongan obligaciones desiguales.” 8

Niega que en razón de nuestro principio haya quienes les debamos más de lo que somos. Por esto el Angélico ubica las virtudes de la religión y de la piedad (donde se incluye al patriotismo) en las partes potenciales de la justicia, esto es, en este caso, a quienes se les debe más de lo que uno es, en razón de ser causa de nuestro propio ser. Por eso, luego de Dios, “aunque de modo secundario, nuestros padres, de quienes nacimos, y la patria, en que nos criamos, son principio de nuestro ser y gobierno. Y por tanto, después de Dios, a los padres y a la patria es a quien más debemos… En el culto a los padres se incluye el de todos los consanguíneos… Y en el culto a la patria va implícito el de los conciudadanos y el de todos los amigos de la patria.” 9 Niega además que existan diferencias entre los seres humanos, no por naturaleza (porque todos tienen la misma especie humana), sino en razón de la virtud o de la ciencia, que constituye una segunda naturaleza. Así dice nuevamente el Doctor Angélico: “Tampoco pueden los hombres recompensar con premios equivalentes la virtud.” 10


Esto lo explica el Dr. Antonio Caponnetto citando a Víctor Bouillon 11: “El pueblo al que podría eventualmente conferírsele este derecho – y esto es lo que especifica Bouillon con una notable profusión de textos tomistas – son “los ciudadanos simpliciter, los que pueden cumplir con los actos del ciudadano, por ejemplo, dar un consejo o dictar una sentencia”, y no “los ciudadanos secundum quid, que no son aptos para ejercer un poder cualquiera en las cosas que se refieren al bien común”. Unos y otros – especialmente lo recalca el Aquinate – son iguales “en lo que se refiere a la gracia de Dios”, pero no son políticamente iguales. “Todo el mundo no es igualmente ciudadano, porque todo el mundo no es igualmente apto para ocuparse de la cosa pública. Es necesario ser capaz de un consejo, de un consejo prudencial en el Estado […] de un cierto grado de honor para procurar el bien común”, porque “si los hombres son iguales espiritualmente [poseen la igualdad delante de Dios] no lo son social ni políticamente. Existen desigualdades naturales o adquiridas que afectan su valor social, haciéndolos desigualmente aptos para procurar el bien común.” 12

Por lo tanto, frente a ellos, que por alguna razón son más excelentes que otros, no se les debe la justicia conmutativa, sino la justicia distributiva, en razón de su preeminencia.

Por el contrario, en el democratismo la cualidad (pues eso es un hábito) queda reducida a la cantidad. Esto mismo dice Jordán Bruno Genta: “La primera etapa en la realización del socialismo es la instauración de la ficticia Soberanía Popular, en lugar de la real Soberanía Nacional. Se trata de la reducción de todos los ciudadanos a la igualdad política; igualdad abstracta de los unos indiferentes que se cuentan numéricamente. Nadie es quien ni vale según su función y su responsabilidad; es nada más que «un uno igual a otro uno» en la boleta del Sufragio Universal. Se trata de la más abstracta resolución de la calidad en la pura cantidad; el virtuoso es igual al vicioso, el sabio es igual al necio.” 13

Sigamos con el p. Meinvielle: “Incompetente [es el sufragio universal], por parte del elector, pues éste con su voto resuelve los más trascendentales y difíciles problemas religiosos, políticos, educacionales, económicos. De parte de los ungidos con veredicto popular, porque se les da carta blanca para tratar y resolver todos los problemas posibles y, en segundo lugar, porque tienen que ser elegidos, de ordinario, los más hábiles para seducir a las masas, o sea los más incapaces intelectual y moralmente.” 14

Como dijimos anteriormente, la soberanía de cada país es relativa, dado que no puede oponerse a la soberanía absoluta de Dios. No puede modificar la naturaleza de las cosas, como la de la familia o la de las corporaciones, transformando algo de bueno en malo, o viceversa. Pero en general no sucede así: los elegidos se creen con el derecho de tratar todos los temas posibles, imponiendo gradualmente la destrucción de las buenas costumbres. Estos son los valores no negociables, “como el respeto y la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural, la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer, la libertad de educación de los hijos y la promoción del bien común en todas sus formas”, como afirmó el Papa Benedicto XVI 15, a los que ningún ser humano puede dejar de promover en todas sus formas. A esto, el cristiano debe agregarle la profesión pública de su fe católica en todas las circunstancias, sin la cual no existe el bien, ni siquiera en el orden natural (pues sin la revelación sobrenatural, en la que se nos dan a conocer también preceptos de índole natural, las leyes naturales serían conocidas por “pocos, y después de mucho tiempo, y con muchos errores” 16).

Esta situación se encuentra agravada por la elección de los más hábiles para seducir o más incapaces desde el punto de vista moral. A esto hay que agregarle la actual corrupción de los medios de comunicación social, manejados por la plutocracia, que manejan fácilmente la opinión pública, imponiendo clichés o formas de pensar contrarias a la visión cristiana de la realidad. Por lo tanto, el “Imperialismo Internacional del Dinero” 17 termina imponiendo, tarde o temprano, su ideología, máxime que coaccionan muchas veces a los países con políticas a cambio de su dinero sucio. 

Por esto decía Jordán Bruno Genta: “Se está convirtiendo al país en un paralítico para terminar derribándolo de un puñetazo. Y sobre las ruinas no va a levantarse el paraíso terrenal, sino el infierno comunista, que lo mismo llega por la vía del Terror sistemático como por la vía democrática del Sufragio Universal.” 18

Retomamos con el texto del p. Meinvielle, a quien estamos comentando: “Corruptor [es el sufragio universal], porque crea los partidos políticos con sus secuelas de comités, esto es, oficinas de explotación del voto; donde, como es de imaginar, el voto se oferta al mejor postor, quien no puede ser sino el más corruptor y el más corrompido. Además, como las masas no pueden votar por lo que no conocen, el sufragio universal demanda el montaje de poderosas máquinas de propaganda con sus ingentes gastos. A nadie se le oculta que a costa del erario público se contraen compromisos y se realiza la propaganda.

Tan decisiva es la corrupción de la política por efecto del sufragio universal, que una persona honrada no puede dedicarse a ella sino vendiendo su honradez; hecho tanto más grave si recordamos que, según Santo Tomás, un gobernante no puede regir bien la sociedad si no es “simpliciter bonus”, absolutamente bueno 19.

El sufragio universal crea los parlamentos, que son Consejos donde la incompetencia resuelve todos los problemas posibles, dándoles siempre aquella solución que ha de surtir mejor efecto de conquista electoral. En las pretendidas democracias modernas (en realidad no existe hoy ningún gobierno puramente democrático, según se expondrá más adelante), donde el sufragio universal es el gran instrumento de acción, los legisladores tienen por misión preferente abrir y ampliar los diques de la corrupción popular.” 20

La democracia se transforma necesariamente en partidocracia, en la que se promueven a los incapaces. Y el mismo sistema crea el parlamentarismo, donde se sostiene que todo se puede resolver con diálogo y consenso, y no con el imperio de la verdad.

Dice el Dr. Antonio Caponnetto ilustrando estos conceptos: “Los partidos políticos no representan al pueblo, ni lo que el pueblo pudiera hacer a través de ellos debe considerarse verdadera participación política. Porque de las formas graduales y concretas, jerárquicas y orgánicas de participar que tenía previstas la sociedad cristiana, a la participación actual mediante el voto, las asambleas comiteriles o las movilizaciones masificantes, existe la misma distancia que media entre lo genuino y lo paródico o entre lo auténtico y lo apócrifo… Los partidos políticos, al nacer y crecer en la discordia, se configuran como causa deficiente del orden social; esto es, como aquello que la disgrega, disyunta y desvincula, conduciéndola incluso a su misma extinción… Sobredimensionados e hipertrofiados deliberadamente por la Revolución, con el expreso objeto de tumbar el ordenamiento institucional cristiano, los partidos empezaron por convertirse en terribles medios aptos para asaltar el poder, pero terminaron monopolizando despóticamente la representatividad y la participación política, hasta alcanzar hoy, de hecho, el rango de fines en sí mismos.” 21

Esto mismo que ocurre en los partidos políticos es lo que sucede en los parlamentos. Se discute de todos los temas posibles, como si todos tuvieran la misma importancia, trastocando la constitución más íntima de la sociedad. De este modo, el parlamentarismo cae en el democratismo, siendo ambos deudores del relativismo: todo puede modificarse por el consenso y la mayoría. Por el contrario, como enseña el p. Meinvielle, “lo que sin duda ha de reconocérsele [a Charles Maurras] es que antes de que se haga intervenir la voluntad libre de los hombres en el arreglo de las sociedades humanas existe una estructura, determinada por la misma naturaleza del hombre y de la sociedad, que exige que la sociedad haya de orientarse hacia el bien común y que haya de estar condicionada de una manera determinada bien precisa. […] Esta concepción de una política fundada en la estabilidad de instituciones naturales ofrece una garantía contra el liberalismo y contra el socialismo.” 22

A su vez, a este parlamentarismo se llega como consecuencia natural del constitucionalismo moderno. Nos explica el Dr. Antonio Caponnetto: “Tradicionalmente hablando, una Constitución no era una lista de hechos legales o ilegales, permitidos o prohibidos, ni un repertorio de normas positivas catalogadas en un cuadernillo. La Constitución de la polis, enseñaba Aristóteles, era la efectiva forma de ser de esa polis; por eso, jamás se le hubiera ocurrido imitar o copiar la constitución de una de ellas para aplicarla insensatamente a otra. En tanto forma resultaba algo inherente a determinada materia, personal e irrepetible, identificatoria. Las leyes y las costumbres seculares, ancladas y enraizadas en el derecho divino, y portadoras de un eco y de una resonancia de eternidad, eran superiores a las leyes circunstanciales y revocables. Y esa legislación trascendente estaba en la base del ordo civitatis, como diría después Santo Tomás de Aquino. […] El constitucionalismo moderno no es otra cosa, entonces, que el liberalismo llevado al terreno jurídico. Importan las garantías individuales, las autonomías funcionales de cada poder; los derechos subjetivos, las libertades irrestrictas, el parlamentarismo como expresión de la voluntad popular de los supuestos representados, pero el Derecho se desnaturaliza y desacraliza y el Ordo Civitatis es reemplazado por un simple código escrito conteniendo normas eventuales. «El horizonte, el cielo que informa a las constituciones liberales, está marcado por la Ilustración, por el Iluminismo. De allí la neutralidad y el agnosticismo esencial de casi todas ellas […] Un largo proceso de desnaturalización del derecho, bajo el tamiz del racionalismo, ha hecho que la ley hoy día se considere justa en la exacta medida en que cumpla con ese iter legis, con esa formalidad parlamentaria, sin importar su contenido».” 23

El constitucionalismo así entendido tuvo su origen en la Revolución Francesa. Por eso escribió Jordán Bruno Genta: “La Soberanía política de la nación cuyo ejercicio hace posible el servicio al Bien Común, no se funda en los derechos del hombre y del ciudadano, ni en el sufragio universal, sino en la manifestación más pura y más elevada de la persona humana, que es el sacrificio.” 24 Por oposición, esto mismo decían Marx y Engels: “Es obvio que la democracia basada en el sufragio universal o soberanía popular es el medio eficaz para promover la subversión legal.” 25

Por último, termina diciendo este gran sacerdote argentino: “Hay quienes pretenden salvar el sufragio universal, y su corolario, el parlamento, imputando a los hombres y no a estas instituciones, los vicios que se observan. Pero no advierten que los vicios indicados les son inherentes, y es en ellas donde reside el principio de corrupción de las costumbres políticas. El individualismo, que es la esencia del sufragio universal, arranca de la materia, signada por la cantidad, y la materia, erigida en expresión de discernimiento, disuelve, destruye, corrompe, porque la bondad adviene siempre a las cosas por la vía de la forma, según los grandes principios de la metafísica tomista.

Fácil sería demostrar que los descalabros de la política moderna son consecuencia de considerar toda cuestión bajo el signo de la materia.” 26

De este modo, anticipadamente, el p. Meinvielle responde a las objeciones de fondo, como por ejemplo a los que sostienen que la democracia se cura con más democracia. Creen que el error se debe a las personas, y no a las instituciones. Pero “los vicios indicados les son inherentes” y allí “reside el principio de corrupción de las costumbres políticas”. Las soluciones integrales y verdaderas vendrán no mágicamente por una elección, sino cuando se respete el orden natural abierto al único Dios verdadero entre las familias y las corporaciones.

Como dice el p. Julio Meinvielle: “Estos católicos que suelen sentir sus entrañas devoradas por una incoercible necesidad de acción, deben primero ante todo, poner orden en sus ideas” 27. También lo mismo sostiene el p. Castellani: “Ha sido siempre el error del Nacionalismo, querer arreglar al país en seguida o a corto plazo: está demasiado embrollado para eso, hay que tener paciencia; no podemos cambiar de golpe el juego tramposo, pero podemos cada uno en su lugar hacer Verdad, como dicen en Cataluña a los chicos cuando salen de casa “fa bontat”, haz bondad: dar verdad es la mayor bondad, “la caridad de la Verdad”, dice San Pablo. En España durante un siglo que duró el dominio del liberalismo nunca faltaron hombres, desde Donoso Cortés hasta Ramiro de Maeztu, que hicieron Verdad, o sea, dieron testimonio; y España venció al liberalismo [con el Gral. Francisco Franco, pues en esta época lo escribe].” 28 Lo mismo sostiene Jordán Bruno Genta: “No es prudente, ni sensato, ni razonable, creer que se puede llegar a restaurar la Patria y el mundo en Cristo por la vía democrática y burguesa del Sufragio Universal. Más bien, es imprudente, insensato y absurdo, porque ya nos lo anticipó el propio Marx: «El Sufragio Universal es el grandímetro de la madurez del proletariado».” 29

Por principio filosófico, se puede concluir fácilmente la corrupción del sufragio universal, por provenir de la materia.

En efecto, la cantidad es el “primer accidente del ente corpóreo, derivado de su materia”, y la cualidad “el accidente que modifica intrínsecamente a la sustancia en sí misma”, y lo hace en relación con la propia forma sustancial, según las cuasidefiniciones clásicas de estos predicamentos.

Por otra parte, “forma dat esse”: “la forma da el acto de ser”, el cual es el origen de toda perfección en el ente. Todo lo demás se comporta como potencia, y por lo tanto, como algo imperfecto.

Además, no hay nada más potencial en el universo que la materia prima, la cual no puede darse en la realidad si no está unida a la forma sustancial.

Por lo tanto, el sufragio universal en lugar de asimilar por lo más elevado, la cualidad, que deriva de la forma, por la que proviene el acto de ser, origen de toda perfección en el concreto subsistente, asimila todo por la cantidad, la cual proviene de la materia prima, que es lo más potencial en el universo. Al realizar esta inversión de lo existente no puede abrirse a la trascendencia divina, de la cual el acto de ser es un reflejo en cada ente, sino a la pura inmanencia. Concluimos, por tanto, con el p. Meinvielle: “Como, por otra parte, lo más opuesto a Dios es el diablo, que es Dios al revés, la materia tiene conexiones necesarias con el diablo, y por lo mismo con el anticristo, que es el diablo encarnado; y por lo mismo con todos los grupos y sectas humanas que trabajan sistemáticamente por la entronización del anticristo en la tierra; y con la Revolución, que es el proceso continuado para verificar esta entronización. […] Son exactísimas, entonces, estas igualdades: comunismo – materialismo – liberalismo – democracia – dictadura de la plebe – tiranía del número – satanismo – anticristo – masonería – Revolución.” 30

En otra obra el Prof. Genta nos dice: “El Nacionalismo jerárquico propone una representación natural consciente y responsable en base al criterio de profesión y de vecindad, frente al Sufragio universal antinatural, inconsciente e irresponsable. Claro está que esta construcción nacionalista y corporativa del Estado, exige un proceso de organización gradual y de ajustadas integraciones. No puede ser como las Constituciones liberales, al modo de la Constitución nacional de 1853, prefabricada de antemano, acabada en todas sus partes y rígida en su estructura. No puede proyectarse al margen de la realidad, ni ser copia más o menos literal de una Constitución extranjera, para evitar el funesto desencuentro entre el estatuto jurídico y el ser nacional.

Se requiere un cambio de mentalidad y de costumbres, a través del retorno a los principios superiores que nos dieron el ser. Se requiere la superación de las ideologías que confunden la mente y envenenan el corazón de los argentinos. Se requiere terminar con las especulaciones, las expoliaciones y con toda forma de explotación financiera de la Nación y de las personas.” 31

Por el contrario, la democracia termina endiosada, como lo único posible para el mundo, incluso para el cristiano. “En lugar del misterio de la Santísima Trinidad, el hombre moderno confiesa la trilogía de negaciones dialécticas (libertad, igualdad, fraternidad) en que se funda la religión civil de la Democracia. […] Es un ideal y estilo de vida que algunos filósofos católicos como Maritain no vacilan en proclamar como «el ideal de la Cristiandad».

Esta democracia exaltada idolátricamente como la nueva divinidad es el camino que lleva, quieras que no, por la vía pacífica del sufragio universal o por la violencia revolucionaria, hacia el Comunismo.” 32

La conjunción de todos los poderes de este mundo llegará a su cúspide cuando ellos mismos le entreguen su poder a la Bestia final, y todos luchen contra el Rey de reyes y el Señor de señores (cf. Apoc. 17, 12-13; 19, 19-20). Así también lo enseña el Prof. Genta: “La coexistencia pacífica entre la plutocracia y el comunismo, así como el plan en marcha para el gobierno mundial de la Sinarquía, son la mejor ilustración acerca de la vigencia del Reino del Anticristo.” 33

En los diez reyes que anteceden a la Bestia final ven los Santos Padres una imagen de la democracia, que antecederá a un gobierno imperial universal. Así concluye el Card. Newman: “Hipólito, dice expresamente que los diez estados que entonces aparecerán, aunque reinos, son también democracias 34. Considero esto digno de ser destacado, dado que el presente estado del mundo, la tendencia general hacia la democracia, y el ejemplo de la misma que nos fue dado en Francia […] «El sistema de Augusto, quien fue el fundador del Imperio romano, será adoptado y establecido por él [el Anticristo] para su propio engrandecimiento y gloria.»” 35

Esta es la imagen que aparece del Anticristo en la literatura religiosa, por ejemplo, en Roberto Hugo Benson 36: “El autor contempla la transformación del humanitarismo moderno en una religión positiva que en aquel su tiempo, año 1910, proponía el entonces líder socialista Gustavo Hervé, discípulo de Augusto Compte; y prolongando las líneas de la apostasía contemporánea, la encarna en un misterioso plebeyo de grandeza satánica, Juliano Felsenburg, orador, lingüista, estadista, quien consigue encaramarse fulgurantemente sobre el trono del mundo con el título de Presidente de Europa.” 37 El Anticristo será pacifista y democrático, aprobado por el mundo, y cruelmente perseguidor a aquellos que defiendan el orden sobrenatural, bajo capa de “derechos humanos”.

La única opción para el cristiano es optar por la Realeza Social de nuestro Señor Jesucristo. Como escribió el Dr. Caponnetto: “En nuestro país, para ser concretos, los supuestos católicos lanzados a fundar partidos políticos, sean de cuño liberal o pretendidamente nacionalistas, y aún muchos de aquellos que aún no atinan a integrarse a la partidocracia, callan la gran cuestión de la Realeza Social de Jesucristo, a la par que prefieren aclarar que no mezclan política con la religión, que no son confesionales, y que están políticamente potabilizados con los hombres de otras creencias para forjar la sociedad abierta. […] Ninguna mención al omnia instaurare in Christo. Ninguna alusión a la ley regia. Ninguna promesa de combatir paulinamente para que Cristo reine hasta poner a todos sus enemigos bajo sus pies. Ninguna convicción de que la soberanía social de Jesucristo es el punto hegemónico, nuclear y basal de la acción política de un católico. […] Sostener sin ambages que la política es un modo de apostolado, confesional y militante, cuyo norte irrenunciable es la Principalía del Redentor, abatiendo a sus enemigos, eso nunca. […] Mencionar enfáticamente, como lo hace Pío XI, que existe una reyecía de Satán, con sus acólitos claramente enrolados en la masonería y el judaísmo, a quienes tenemos la obligación moral de enfrentar sirviendo a la Reyecía de la Luz, con nuestra acción política contrarrevolucionaria, tampoco. […] Quienes lo proponemos somos acusados de impolíticos, de piantavotos, de angelistas, y de entreverar las cosas terrenas con las celestes. Tras las acusaciones de estos sedicentes católicos, lo sepan o no, está la doctrina protestante de la disolución de la Cristiandad.” 38




1 P. Leonardo Castellani, Esencia del liberalismo, Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino, Bs As, 1976, p. 135. Aunque, como el mismo p. Castellani dice, “esta definición no sirve, porque pivota sobre la palabra libertad”, sin embargo nos da una idea aproximada de esta herejía.

2 Menos aún hablar de regímenes corporativos (que “quiere promover la organización de todas las fuerzas sociales”, según la explicación del p. Julio Meinvielle en Concepción Católica de la Política, Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino, t. III, Bs As, 1974, p. 96) y de representaciones profesionales.

3 P. Julio Meinvielle, Concepción Católica de la Política, Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino, t. III, Bs As, 1974, p. 91.

4 P. Leonardo Castellani, Esencia del liberalismo, Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino, t. III, Bs As, 1974, p. 134.

5 P. Julio Meinvielle, Concepción Católica de la Política, Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino, t. III, Bs As, 1974, p. 91-92.

6 P. Julio Meinvielle, Concepción Católica de la Política, Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino, t. III, Bs As, 1974, p. 91.

7 P. Julio Meinvielle, Concepción Católica de la Política, Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino, t. III, Bs As, 1974, p. 98.

8 P. Julio Meinvielle, Concepción Católica de la Política, Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino, t. III, Bs As, 1974, p. 98.

9 Santo Tomás, II – II, 101, 1 c.

10 Santo Tomás, II – II, 80, 1 c.

11 Víctor Bouillon, La Política de Santo Tomás, Nuevo Orden, Bs As, 1965, p. 102-105.

12 Dr. Antonio Caponnetto, La Perversión Democrática, Edit. Santiago Apóstol, 2008, p. 193.

13 Jordán Bruno Genta, Opción Política del Cristiano, Ediciones REX, Bs As, 1997, p. 111.

14 P. Julio Meinvielle, Concepción Católica de la Política, Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino, t. III, Bs As, 1974, p. 99.

15 Benedicto XVI, Sacramentum Caritatis, 22 de febrero de 2007, n. 83.

16 Santo Tomás, I, 1, 1 c.

17 Pío XI, Quadragesimo Anno, 15 de mayo de 1931, n. 109.

18 Jordán Bruno Genta, Seguridad y Desarrollo, Editorial Cultura Argentina, Bs As, 1970, p. 112.

19 Cf. Santo Tomás, I – II, q. 82, a. 2 ad 3.

20 P. Julio Meinvielle, Concepción Católica de la Política, Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino, t. III, Bs As, 1974, p. 99.

21 Dr. Antonio Caponnetto, La Perversión Democrática, Edit. Santiago Apóstol, 2008, p. 108. 109.

22 P. Julio Meinvielle, Concepción Católica de la Política, Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino, t. III, Bs As, 1974, p. 187.

23 Dr. Antonio Caponnetto, La Perversión Democrática, Edit. Santiago Apóstol, 2008, p. 91. 92. El último entrecomillado es una cita de Horacio Sánchez Parodi, El Liberalismo Político, Centro de Formación San Roberto Belarmino, Bs As, 1993, p.137.

24 Jordán Bruno Genta, Opción Política del Cristiano, Ediciones REX, Bs As, 1997, p. 36.

25 Marx – Engels, Manifiesto Comunista, citado por Jordán Bruno Genta, Guerra Contrarrevolucionaria, Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino, Bs As, 1976, p. 404.

26 P. Julio Meinvielle, Concepción Católica de la Política, Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino, t. III, Bs As, 1974, p. 99-100.

27 P. Julio Meinvielle, Concepción Católica de la Política, Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino, t. III, Bs As, 1974, p. 64.

28 P. Leonardo Castellani, Esencia del liberalismo, Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino, t. III, Bs As, 1974, p. 133.

29 Jordán Bruno Genta, Guerra Contrarrevolucionaria, Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino, Bs As, 1976, p. 504. La obra citada de Marx se llama Orígenes de la Familia.

30 P. Julio Meinvielle, Concepción Católica de la Política, Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino, t. III, Bs As, 1974, p. 178.

31 Jordán Bruno Genta, El Nacionalismo Argentino, Edit. Cultura Argentina, Bs As, 1972, p. 97.

32 Jordán Bruno Genta, Guerra Contrarrevolucionaria, Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino, Bs As, 1976, p. 380-381.

33 Jordán Bruno Genta, El Nacionalismo Argentino, Edit. Cultura Argentina, Bs As, 1972, p. 47.

34 S. Hipólito, De Antichristo, n. 27.

35 Card. John H. Newman, Cuatro Sermones sobre el Anticristo, Pórtico, 2006, p. 56. La última cita pertenece a la misma obra de S. Hipólito (De Antichristo, n. 27).

36 Roberto Hugo Benson, Señor del Mundo, Librería Córdoba, Bs As, 2004.

37 P. Leonardo Castellani, Cristo ¿vuelve o no vuelve?, Vórtice, Bs As, 2004, p. 44.

38 Dr. Antonio Caponnetto, La Perversión Democrática, Edit. Santiago Apóstol, 2008, p. 131-132.

martes, 5 de septiembre de 2017

Recordando la Evangelium Vitae


En el vigésimo aniversario de su publicación

Hoy, 25 de marzo[1], se cumplen veinte años que el Papa Juan Pablo II promulgó su Carta Encíclica Evangelium Vitae, sobre el valor y el carácter inviolable de la vida humana. 
Esta Encíclica, junto con la Redemptoris Missio (7 de diciembre de 1990), la Veritatis Splendor (6 de agosto de 1993) y la Fides et Ratio (14 de septiembre de 1998), constituyen el Magisterio central del Papa polaco. Todos estos importantes documentos eclesiales tienen la característica común de volver a enseñar las verdades que la Iglesia siempre ha enseñado, frente a los errores contemporáneos[2]. Como dijo el Cardenal Ratzinger, «el imperativo "no matarás" es el gran tema de la Evangelium vitae»[3], que debe ser practicado sin ninguna excepción por todos. De este modo, reafirma que hay objetos morales “semper et pro semper” malos, como también lo enseña en la Encíclica Veritatis Splendor[4], frente a los errores del proporcionalismo y del consecuencialismo.
«El Evangelio de la vida está en el centro del mensaje de Jesús. Acogido con amor cada día por la Iglesia, es anunciado con intrépida fidelidad a los hombres de todas las épocas y culturas.» (n. 1)
La expresión “Evangelio de la vida” no se encuentra como tal en la Sagrada Escritura. Sin embargo, todos sabemos la centralidad del término “vida” en la Palabra de Dios. Es desde uno de los nombres de Dios (Ps. 42, 3) y del Verbo Encarnado (Jn. 14, 6), hasta hacer referencia al núcleo central de la misión redentora: «Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia» (Jn. 10, 10). Esta vida que nos da gratuitamente el Redentor es la natural, la sobrenatural (la gracia) y la beatífica (el Cielo). «Así alcanza su culmen la verdad cristiana sobre la vida. Su dignidad no sólo está ligada a sus orígenes, a su procedencia divina, sino también a su fin, a su destino de comunión con Dios en su conocimiento y amor. A la luz de esta verdad san Ireneo precisa y completa su exaltación del hombre: “el hombre que vive” es “gloria de Dios”, pero “la vida del hombre consiste en la visión de Dios.”» (n. 38)
En particular, es en la grandeza y el valor de la vida humana donde se centra la Encíclica, subrayando el carácter relativo de la vida terrena y su realidad sagrada. El fin de la Encíclica es defender esta existencia de los ataques de los más endebles: desde abortos, infanticidios y eutanasias, pasando por ataques contra la integridad humana y condiciones infrahumanas de vida y de trabajo, como «totalmente contrarios al honor del Creador.»[5]
Estos ataques hoy se ven agudizados en nuestra época, con la complicidad de muchos miembros de la Iglesia, justificándolos desde una filosofía hedonista y un concepto egoísta de libertad, e impuesta por la fuerza a través de acuerdos económicos, políticas públicas, presiones internacionales, presiones de los medios de comunicación social, etc.
«Cada hombre es “guarda de su hermano” porque Dios confía el hombre al hombre.» (n. 19). Frente a la ausencia de solidaridad y la indiferencia de la mayoría, debemos clamar, sobre todo en favor de los que no tienen voz. «Quien atenta contra la vida del hombre, de alguna manera atenta contra Dios mismo» (n. 9), pues «la sacralidad de la vida tiene su fundamento en Dios» (n. 39).
«De la sacralidad de la vida deriva su carácter inviolable, inscrita desde el principio en el corazón del hombre, en su conciencia» (n. 40), hasta el punto de ocupar el centro del decálogo, prohibiendo primero con un precepto negativo el homicidio (cf. Ex. 20, 13) y luego causar daño a cualquier persona (cf. Ex. 21, 12-17). «Los preceptos morales negativos… obligan siempre y en toda circunstancia.» «Esta elección no puede justificarse por la bondad de ninguna intención o consecuencia» (n. 75).
Ello llegará a su plenitud en el Sermón de la Montaña, que tiene su cumbre en un mandato positivo: “Todo lo que queráis que los demás hagan por vosotros, hacedlo por ellos: en esto consiste la Ley y los Profetas” (Mt. 7, 12). Todo queda, de este modo, asumido en la caridad. “La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la plenitud de la Ley” (Rom. 13, 10). «La vida encuentra su centro, su sentido y su plenitud cuando se entrega» (n. 51).
«El mandamiento de Dios nunca está separado de su amor; es siempre don.» «El don se hace mandamiento, y el mandamiento mismo es un don» (n. 52).
Por lo tanto, «sólo Dios es Señor de la vida desde su comienzo hasta su término: nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho de matar de modo directo a un ser humano inocente» (n. 53). Así lo afirma unánimemente la Tradición de la Iglesia (n. 54). Y así también siempre lo enseñó explícitamente el Magisterio. «Por tanto, con la autoridad conferida por Cristo a Pedro y a sus Sucesores, en comunión con los Obispos de la Iglesia Católica, confirmo que la eliminación directa y voluntaria de un ser humano inocente es siempre y gravemente inmoral» (n. 57). «Nunca puede ser lícita ni como fin, ni como medio para un fin bueno» (n. 57). Como explica el Cardenal Ratzinger: «[En este texto,] el Papa no hace un acto formal de dogmatización, sino un acto de confirmación, porque la evidencia de la Escritura y de la Tradición es tal que sería absurdo dogmatizar una cosa que es un contenido evidente de todo el mensaje cristiano y que responde también a la razón y a todo humanismo»[6].
De este modo el aborto, que es «la eliminación deliberada y directa como quiera que se realice, de un ser humano en la fase inicial de su existencia, que va desde la concepción al nacimiento» (n. 58), es siempre gravemente inmoral, como siempre lo ha enseñado la Escritura y la Tradición de la Iglesia (n. 61) y el Magisterio Ordinario de la Iglesia (n. 62). «Desde el momento en que el óvulo es fecundado inaugura una nueva vida que no es la del padre ni la de la madre, sino la de un nuevo ser humano», y, por lo tanto, «debe ser respetado y tratado como persona desde el instante de su concepción» (n. 60). Esto impide el uso de métodos para eliminar el ser humano, desde mecánicos a químicos; y la manipulación de embriones como «material biológico» (n. 63).
Del mismo modo la eutanasia, entendida como «una acción o una omisión que por su naturaleza y en la intención causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor» (n. 65), es gravemente inmoral. Así lo define el Magisterio (n. 65), pues la Iglesia siempre ha rechazado el suicidio, incluso bajo apariencia de presunta piedad (n. 66). Debe distinguirse del llamado “encarnizamiento terapéutico” que son «ciertas intervenciones médicas que ya no son adecuadas a la situación real del enfermo, por ser desproporcionadas a los resultados que se podrían esperar o bien por ser demasiado gravosos para él o su familia… sin interrumpir las curas normales debidas al enfermo en casos similares» (n. 65). Por el contrario, «el camino del amor y de la verdadera piedad» (n. 67), como los “cuidados paliativos” (n. 65), son una prueba de verdadera solidaridad.
Se ha formado una verdadera “cultura de la muerte”, una especie de «conjura contra la vida», «una guerra de los poderosos contra los más débiles» (n. 12). De este modo se cae en un “relativismo absoluto”, donde «todo es pactable, todo es negociable». «De este modo la democracia, a pesar de sus reglas, va por un camino de totalitarismo fundamental» (n. 20), como si «la sociedad debería limitarse a percibir y asumir las convicciones de la mayoría» (n. 69), o, a lo sumo, si «todo político, en su actividad, debería distinguir netamente entre el ámbito de la conciencia privada y el del comportamiento público» (n. 69). Con estas palabras, el Papa condena la doctrina enseñada por Jacques Maritain.
De estos errores fuimos advertidos en la Argentina por el p. Julio Meinvielle: «¿Quién ocupa el primer lugar en esa ciudad democráticamente organizada, la Iglesia de Jesucristo y ello por un derecho propio, divino e irrenunciable, o la misma democracia, esto es los presuntos e intangibles derechos propios?... La democracia “moderna” comporta en sus entrañas la exclusión de la soberanía pública de Jesucristo y de su Iglesia; y si a alguno acuerda preeminencia en la vida misma, en el derecho público, es a la sacrosanta voluntad de la mayoría manifestada en el sufragio universal.»[7] Por eso el p. Leonardo Castellani la llamaba jocosamente “democacaracia”[8] o “pseudemogresca liberal”[9]. Así, entonces, la susodicha democracia se transforma en «Estado tirano» (n. 20).
Hay un verdadero «eclipse del sentido de Dios y del hombre» (n. 21) que «conduce inevitablemente al materialismo práctico, en el que proliferan el individualismo, el utilitarismo y el hedonismo» (n. 23). Como consecuencia se reduce el cuerpo a mera materialidad, «la sexualidad se despersonaliza e instrumenta», «la procreación se convierte entonces en el “enemigo” a evitar» (n. 23), la conciencia moral queda sometida «a un peligro gravísimo y mortal, el de la confusión entre el bien y el mal» (n. 24). Así se reduce la vida a «un bien sólo relativo: según una lógica proporcionalista o de puro cálculo» (n. 68).
Por otra parte se observa también que, frente a esta “cultura de la muerte”, hay una militancia en favor de la “cultura de la vida”: los esposos que acogen generosamente a sus hijos como don, las familias que reciben niños abandonados; centros de ayuda a la vida; grupos de voluntarios que brindan hospitalidad (n. 26); hijos de la Iglesia en la primera línea de la caridad; etc. (n. 27). «La vida encuentra su centro, su sentido y su plenitud cuando se entrega» (n. 51).
«La introducción de legislaciones injustas pone con frecuencia a los hombres moralmente rectos ante difíciles problemas de conciencia en materia de colaboración.» «Desde el punto de vista moral, nunca es lícito cooperar formalmente en el mal» (n. 74). «Leyes de este tipo no sólo no crean ninguna obligación de conciencia, sino que, por el contrario, establecen una grave y precisa obligación de oponerse a ellos mediante la objeción de conciencia» (n. 73; cf. n. 89).
Es por ello que ahora «estamos ante un enorme y dramático choque entre el bien y el mal, la muerte y la vida, la “cultura de la muerte” y la “cultura de la vida”… Todos nos vemos implicados a participar» (n. 28; cf. n. 50). «El hombre, acogiendo el don de Dios, debe comprometerse a mantener la vida en esta verdad, que le es esencial» (n. 48). «Es urgente una movilización general de las conciencias y un común esfuerzo ético, para poner en práctica una gran estrategia en favor de la vida. Todos juntos debemos construir una nueva cultura de la vida» (n. 95), formando la conciencia moral (n. 96), desde «la auténtica educación de la sexualidad y del amor» en los jóvenes a «la formación de los esposos para la procreación responsable» (n. 97), hasta resaltar el valor salvífico del sufrimiento y la muerte. Implica «la justa escala de valores: la primacía del ser sobre el tener, de la persona sobre las cosas», pasando «de la indiferencia al interés por el otro y del rechazo a la acogida» (n. 98).
«Escoge la vida, para que vivas, tú y tu descendencia» (Deut. 30, 19). La «oscuridad [de la “cultura de la muerte”] no eclipsa el resplandor de la Cruz; al contrario, resalta aún más nítida y luminosa y se manifiesta como centro, sentido y fin de toda la historia y de cada vida humana» (n. 50). «El Dragón quiere devorar al niño recién nacido (cf. Ap. 12, 4), figura de Cristo, al que María engendra en la “plenitud de los tiempos” (Gal. 4, 4) y que la Iglesia debe presentar continuamente a los hombres de las diversas épocas de la historia. Pero en cierto modo es también figura de cada hombre, de cada niño, especialmente de cada criatura amenazada». «El rechazo de la vida del hombre, en sus diversas formas, es realmente rechazo de Cristo» (n. 104).
La sangre de Cristo «es el fundamento de la absoluta certeza de que según el designio divino la vida vencerá. “No habrá más muerte” (Ap. 21, 4)» (n. 25). «María es la palabra viva de consuelo para la Iglesia en su lucha contra la muerte. Mostrándonos a su Hijo, nos asegura que las fuerzas de la muerte han sido ya derrotadas en Él: “Lucharon vida y muerte en singular batalla, y muerto el que es la Vida, triunfante se levanta”. El Cordero inmolado vive con las señales de la pasión en el esplendor de la resurrección. Sólo Él domina todos los acontecimientos de la historia: desata sus “sellos” (cf. Ap. 5, 1-10) y afirma, en el tiempo y más allá del tiempo, el poder de la vida sobre la muerte» (n. 105).



[1] Este artículo fue originalmente publicado en la página Adelante la Fe, el día 25 de marzo de 2015, como puede verse aquí.
[2] Todas las citas de la Evangelium Vitae están incluidas en el texto. El resto aparecen a pie de página.
[3] Cardenal Joseph Ratzinger, Las Catorce Encíclicas de Juan Pablo II, Roma, 8 al 10 de mayo de 2003.
[4] Juan Pablo II, Veritatis Splendor, n. 72, 80, etc.
[5] Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, n. 27.
[6] Evangelium vitae è pronunciamento "infallibile" anche se non c´è scritto, "Adista" 5364 -1995-3.
[7] P. Julio Meinvielle, De Lamennais a Maritain, Ed. Theoría, Buenos Aires, 1967, p. 260. 261.
[8] P. Leonardo Castellani, Lugones en Biblioteca del pensamiento nacionalista argentino, t. VIII, Ed. Dictio, Buenos Aires, 1976, p. 94. 95.
[9] P. Leonardo Castellani, Esencia del Liberalismo en Biblioteca del pensamiento nacionalista argentino, t. VIII, Ed. Dictio, Buenos Aires, 1976, p. 155.