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sábado, 27 de abril de 2024

Chapultepec

 


 

Balcón[1]

La firma de las actas de Méjico marcó una etapa regresiva en esa combinación alterada de sístoles y de diástoles que fue nuestra política exterior durante los últimos años. Resultó poco airosa nuestra tardía adhesión, por referirse a un pacto que no habíamos contribuido a elaborar, y por la obligación simultánea que comportaba de ingresar nominalmente a una guerra en estado de postrimería.

Tal poderosa fue la afirmación de personalidad realizada por el país a despecho de sus “conductores responsables”, que no habría por qué mentar el episodio de Chapultepec si el Congreso no se hubiera visto abocado a la ratificación de los sesenta tratados que incluye. Cuando el Presidente[2] se refirió al tema en sus mensajes del 4 y del 26 de Junio, expresó claramente sus dudas sobre la coherencia de los pactos con el interés nacional. Un mes y medio más tarde –en una conversión que ya no puede desgraciadamente asombrarnos– se dirigió nuevamente al Congreso, esta vez solicitando, en nombre de la “continuidad de nuestra política exterior”, la ratificación de los tratados firmados por su predecesor.[3]

Los compromisos de Méjico contienen restricciones muy graves a la soberanía. Considerados en sí, son ya bastante lesivos como para que el país los rechazara de plano, del mismo modo que el parlamento norteamericano repudió el tratado de Versalles un año después de su sanción. Pero más aún que sus disposiciones concretas, es su dinámica, la tendencia que traducen, lo que más violentamente atenta contra la entraña misma de nuestro ser nacional.

Es que tras el articulado de las actas de Chapultepec debemos señalar el más vigoroso intento hasta hoy realizado de imponer una nueva religión a los pueblos americanos. El mito del panamericanismo es, en efecto, un mito esencialmente religioso. Vaciado de todo sentido católico, se nutre del mesianismo protestante de los “Pilgrims Fathers” y del iluminismo masónico del siglo XVIII. ¿Cómo es posible que un país temporalmente refractario a sus postulados básicos haya aceptado tan rápidamente sus formalismos externos y se decida inclusive a emplear su chocante vocabulario? Sólo cabe atribuirlo a la trágica depauperación cultural que nos aflige y que fielmente se encargan de traducir nuestros elencos dirigentes.

El gran peligro de Chapultepec radica en que más que una meta es apenas una etapa. Todo el equívoco padecido por la mayoría de los gobiernos argentinos al considerar el conflicto con los Estados Unidos yace en creer que las dificultades existentes podrían solucionarse mediante el otorgamiento de determinadas concesiones precisas. Por eso fuimos, no sin cierta ingenuidad, a la ruptura y a la guerra. Error profundo, puesto que de lo que en realidad se trataba era de adherir a un espíritu más que de realizar tales o cuales prestaciones corporales. De ahí que, aun antes de formalizada nuestra conformidad definitiva con los tratados de Méjico, se nos aparezca ya en el horizonte el fantasma de nuevas obligaciones, reclamadas con el tono perentorio que demasiado conocemos: el pacto de asistencia mutua, la alianza militar, la participación en una guerra cuyo sentido último no nos ha sido revelado.

El único procedimiento para liquidar definitivamente el conflicto con Estados Unidos es abordarlo francamente en sus instancias más altas. Hay que decirle a la Unión en lenguaje inteligible e inequívoco que esa alma que ellos pretenden, nunca la van a obtener, que la fórmula del “respeto recíproco” supone para nosotros algo más que la salvaguardia de las formas externas de la soberanía, e incluye la aceptación explícita de la pluralidad de culturas en el continente americano, que no queremos un panamericanismo que disfrace construcciones superestaduales, que sobre esas bases es posible y deseable una cooperación eficaz de Estado a Estado en los aspectos no despreciables en que coinciden nuestras aspiraciones y nuestros intereses, que no estamos desesperados por liquidar el conflicto y que cualquier bloqueo diplomático o económico –la experiencia lo ha demostrado– sólo redundará en nuestro beneficio. Nunca han sido mejores nuestras relaciones con Estados Unidos que las veces que hemos empleado el lenguaje claro de los hombres dignos.

Mas, para plantear las cosas en esos términos, hay que pensar, sentir y obrar en consecuencia. Sólo con sensibilidad para los valores del espíritu y con una conducta perseverante se puede hoy dirigir rectamente la política internacional de la Nación Argentina.

 

 

Balcón, 12 (23 de agosto de 1946), 1.



[1] Como el artículo aparece firmado por la misma revista, sin duda se debe a la pluma de su Director, es decir al Pbro. Julio Meinvielle. Apoyamos nuestra conjetura en el hecho que todos los artículos escritos por la editorial que aparecen firmados con el nombre de “Presencia”, en la siguiente revista que fundó el citado sacerdote, luego fueron todos juntos editados con el nombre de “Política Argentina 1949-1956”. [N. del E.]

[2] Desde el 4 de junio de 1946 al mismo día, del año 1952, tuvo lugar la primer Presidencia del Gral. Juan Domingo Perón. [N. del E.]

[3] El predecesor del Presidente Perón fue el Presidente de facto Edelmiro Julián Farrell, que gobernó La Argentina desde el 9 de marzo de 1944 al 4 de junio de 1946. [N. del E.]

miércoles, 12 de julio de 2017

La verdadera Hispanidad


Al comenzar una nueva página web, invitado por el p. Santiago González a escribir unas líneas en ella[1], a quien agradezco su deferencia, inmediatamente se me presentó el fin al cual debe tender un cristiano: “El hombre ha sido creado para amar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y así salvar su alma”, como dice san Ignacio en el inicio de sus Ejercicios Espirituales.
Pero nuestro fin se realiza en el mundo, amando lo que Dios ha puesto en nuestras manos. Nuestra vocación de cristianos se realiza en la hispanidad. No es mediante la abolición de la patria que llegaremos a la Cristiandad, reinado social de Cristo en nuestro tiempo, sino afirmando nuestra verdadera identidad, purificando los elementos culturales que vayan contra el Evangelio, y siendo elevados por Dios a un nuevo orden, el sobrenatural, que no puede adquirirlo el hombre con sus solas fuerzas.
Pues la verdadera hermandad entre los pueblos se da sólo con la presencia de Cristo, reconocido como el “Primogénito entre muchos hermanos” (Rom. 8, 29); la verdadera hermandad se da cuando somos todos hijos del mismo Dios, que nos ha elevado a la gracia por el santo bautismo y al cual permanecemos adheridos mediante la profesión de la única fe revelada, la católica, por la cual debemos luchar, y que ha sido “dada de una vez para siempre a los santos” (Jds. v. 3). Otra hermandad es imposible en el mundo, salvo la pseudo hermandad masónica. Otro Dios es inexistente, salvo en las utopías de los ideólogos ecumenistas, que niegan los artículos de fe revelados por Jesucristo.
Esta identidad nuestra, de los hispano hablantes, es la de la hispanidad; es decir, nuestro amor a la patria abierto a la trascendencia. Del mismo modo que Jesucristo se hizo “Luz para todos los pueblos” (Lc. 2, 32) haciéndose “semejante a los hombres” (Flp. 2, 7), perteneciendo a una nación y cumpliendo determinados ritos (cf. Lc. 2, 21-24. 41-42); así también nosotros correremos tras el aroma de sus perfumes (cf. Ps. 118, 32; Cant. 1, 2-3) viviendo en plenitud nuestra consagración bautismal amando nuestra identidad. Así las culturas se redimen y se abren a la trascendencia. Aunque, a veces, como Cristo, debemos llorar sobre nuestra propia ciudad (cf. Lc. 19, 41-44).
Nosotros pertenecemos a la España eterna, a la inmortal, a la evangelizadora por antonomasia, a la que se desgastó, en todos los aspectos, social, cultural, política y económicamente, para la propagación del Evangelio. No pertenecemos a las ideologías baratas que lloran sobre lo que recibimos. O que hacen sacar la imagen de Cristóbal Colón, el “cristóforo”, el portador de Cristo. No somos ni anglófilos ni francófilos (aunque también el iluminismo haya traicionado a las verdaderas Inglaterra y Francia). Somos parte de la España que descubre mundos para Cristo, como lo hizo claramente en América, hasta tal punto que el Papa León XIII llegó a afirmar: “Este evento es por sí mismo el más grande y hermoso de todos los que tiempo alguno haya visto jamás.”
No queremos una patria que reniegue de su vocación sobrenatural, que pida perdón el 12 de octubre por el exterminio de los indígenas o que lo declare día de luto nacional, sino más bien día de la verdadera  hispanidad, el día del encuentro de dos mundos, el medieval hispano y el antiguo autóctono; el día en que la forma hispana (con todo lo que implica: cristianismo, instituciones medievales, etc., e incluso la propia lengua) actualizó la materia indiana, pues “la gracia no destruye, sino que perfecciona la naturaleza” (Santo Tomás, S Th. I, 1, 8, ad 2), pues “Cristo era el Salvador que anhelaban silenciosamente” (Benedicto XVI), pues España defendió como nadie los derechos de los descubiertos, hasta tal punto que fue la creadora del derecho internacional.
Por eso es que España es una sola, ya sea en la península, como en las tierras descubiertas. Su fin es único, que es el de seguir haciendo resonar la verdad del Evangelio con la cultura greco-latina que hemos recibido.
Por eso, sólo España descubrió América. No se la chocó por casualidad, sino que le transmitió su alma, su destino y su vocación. Descubrir es, como dice el dr. Alberto Caturelli, un dirigirse con inteligencia y voluntad hacia las cosas para desentrañar su esencia; un hacer patente lo que está oculto.
“Europa es la fe, y la fe es Europa”, escribió Hilaire Belloc. “Será lo que debas ser, o no serás nada”, dijo el Papa Clemente XIII a los jesuitas. Por eso hoy asistimos a la desintegración de Europa, o a un falso intento de amalgamar todo inútilmente, tanto en la apostasía del Viejo Continente, como en la falsa hermandad latinoamericana. No. Realizaremos la vocación que Dios nos marcó como pueblo, o marcharemos a nuestra autodestrucción. Y si renunciamos a nuestra vocación, perderemos aún lo que creemos tener (cf. Lc. 19, 26). Como escribió el padre Julio Meinvielle: “España o es católica o no es nada. Su grandeza de héroe sólo puede alcanzarla en Cristo… El pueblo español no quiere saber nada de la existencia sin Cristo Rey.”
De la misma manera que el modernismo (y su consecuencia lógica, el progresismo) ha variado la fe católica, profesando exteriormente el mismo Credo, pero teniendo una fe distinta; así también hoy se intenta una modificación en nuestro ser patriótico, cambiando la verdadera hispanidad por una falsa. “Los tales son falsos apóstoles, obreros engañosos que se disfrazan de apóstoles de Cristo. Y no es de extrañar, pues el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz. No es, pues, gran cosa que sus ministros se disfracen de ministros de justicia. Su fin será correspondiente a sus obras.” (2 Cor. 11, 13-15). El demonio sabe que el hombre es por naturaleza un ser religioso, y por eso modifica la fe desde dentro. Y sabe que también es un ser patriótico, y por eso, al no hacerlo mirar a su vocación sobrenatural como nación, lo quiere hacer construir “una ciudad y una torre, cuya cumbre llegue hasta el cielo; y un monumento” (Gn. 11, 4), resultando todo, al final, una verdadera babel, una confusión, prototipo de la discordia final de Babilonia (cf. Apoc. 18, 1-19). El caballo de Troya hoy es una falsa “Unión Europea” sin Cristo y sin su única Iglesia; y una noción de Hispanoamérica que está sirviendo para la penetración ideológica más eficaz del comunismo en nuestro suelo, como sostiene el dr. Antonio Caponnetto.
Hoy debemos reconocer nuestra vocación, dada por Dios. Debemos evitar caer en el “barroquismo” religioso y moral (descrito como el fariseísmo interior) que fue la causa de la decadencia de España como nación, según el p. Leonardo Castellani. Y debemos luchar denodadamente para que se reconozca el orden natural recibido de la mejor filosofía que hubo, la clásica de Platón y Aristóteles; el mejor ordenamiento temporal habido, tal como fue el derecho romano; y la profesión de la única fe revelada reconocida públicamente como verdadera, fe que llevó a ser a España la primera potencia en su vocación de descubrir nuevos mundos ignotos, no sólo materialmente, sino a “sacar el velo que cubría a las naciones” (Is. 25, 7), que es el sentido más profundo de la palabra, como dice el p. José Iraburu, para llevarlos al único Camino, Verdad y Vida (cf. Jn. 14, 6), que es Jesucristo.
Éste es, sin duda, el fin del hombre peninsular y del hombre latinoamericano, éste es el fin del hombre español, que esperamos realizarlo, con la gracia de Dios. Esto es lo que intentaremos de hacer, desde este humilde lugar, con el auxilio del Señor.



[1] Este artículo fue publicado originalmente para la inauguración de la página Adelante la Fe, el 19 de octubre de 2014. Puede verse aquí.