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jueves, 7 de septiembre de 2017

Décimo aniversario del Motu Proprio Summorum Pontificum del Papa Benedicto XVI


Traduzco la conferencia dada por el Card. Robert Sarah, que aparece aquí, con ocasión de cumplirse el décimo aniversario del famoso documento del Papa Benedicto XVI. El Cardenal describe la importancia de la liturgia en la vida de la Iglesia, su situación actual, y las soluciones posibles. Interpreta de este modo cuál ha de ser la verdadera reforma: no que el sacerdote se transforme en un showman, sino un volver continuamente a las fuentes. El Prelado africano hace esta hermenéutica en base al pensamiento del Papa alemán, expresado ante todo en sus obras litúrgicas, las cuales, junto con sus exégesis bíblicas y patrísticas, son el fruto más excelente de su legado a la Iglesia.


Para una reconciliación litúrgica

Por el Cardenal Robert Sarah

Nosotros celebramos el 7 de julio el décimo aniversario del Motu Proprio Summorum Pontificum de Benedicto XVI. Estamos felices y muy honrados de proponerles, para abrir este dossier, una reflexión apasionante del Cardenal Robert Sarah, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino, que nos invita a colocar plenamente en obra este Motu Proprio.

«La liturgia de la Iglesia ha sido para mí la actividad central de mi vida […] ella ha devenido el centro de mi trabajo teológico»[1], afirma Benedicto XVI. Sin embargo, ha enseñado sólo un poco sobre ella durante su pontificado. Ciertamente, sus homilías permanecerán como documentos insuperables por generaciones. Pero es necesario también subrayar la importancia mayor del Motu Proprio Summorum Pontificum. Lejos de apuntar solamente la cuestión jurídica del estatuto del antiguo misal romano, el Motu Proprio coloca la cuestión de la esencia misma de la liturgia y de su lugar en la Iglesia. La enseñanza contenida en este documento no apunta entonces solamente a reglamentar la coexistencia armoniosa de dos formas de la Misa romana. ¡No! Lo que está en causa, es el lugar de Dios, el primado de Dios. Como lo subraya el «Papa de la liturgia»: «La verdadera renovación de la liturgia es la condición fundamental para la renovación de la Iglesia»[2]. El Motu Proprio es un documento magisterial capital sobre el sentido profundo de la liturgia, y por consecuencia, de toda la vida de la Iglesia. Diez años después de su publicación, importa hacer un balance: ¿Hemos puesto por obra esa enseñanza? ¿La hemos comprendido en profundidad?
La liturgia se ha vuelto un campo de batalla, el lugar de los enfrentamientos entre los defensores del misal preconciliar y aquellos del Misal nacido de la reforma de 1969. El Sacramento del amor y de la unidad, el sacramento que permite a Dios devenir nuestro sustento y nuestra vida, y de divinizarnos quedándose Él en nosotros y nosotros en Él, se ha vuelto en una ocasión de odio y de menosprecio. El Motu Proprio ha puesto definitivamente fin a esta situación. En efecto, Benedicto XVI afirma con su autoridad magisterial que «no es conveniente de hablar de dos versiones del Misal Romano como si se tratase de “dos Ritos”. Se trata ante todo de un doble uso del único y mismo Rito.»[3]
De este modo, él reorganiza de dos en dos todos los combatientes de la guerra litúrgica. Las expresiones del Papa son fuertes, ellas revelan claramente una intención de enseñar de manera definitiva: los dos misales son dos expresiones de la misma lex orandi. «Estas dos expresiones de la lex orandi de la Iglesia no inducen alguna división de la lex credendi de la Iglesia; son, en efecto, dos puestas en obra del único rito romano»[4].
Estoy íntimamente persuadido que no se ha terminado de descubrir todas las implicancias prácticas de esta enseñanza. Yo quiero aquí deducir algunas consecuencias.
Desde luego, la Iglesia no se contradice: no hay una Iglesia preconciliar frente a otra Iglesia posconciliar. No hay más que una única Iglesia, sacramento y presencia continua de Cristo sobre la tierra. Es tiempo que los cristianos contemplen esta presencia de Cristo con la mirada de la fe y, por consiguiente, expulsen las visiones mundanas, ideológicas, sociológicas o mediáticas. La Iglesia es una, santa, católica y apostólica, en el espacio y en el tiempo, según nuestro Credo. Toda reforma en la Iglesia es un retorno a las fuentes, jamás la victoria de un clan sobre otro.
También, aquellos que pretenden que el uso de la forma extraordinaria del rito romano vuelva a poner en cause la autoridad del Concilio Vaticano II se engañan gravemente. Como lo afirma Benedicto XVI con autoridad, «este temor no es fundado»[5]. ¿Cómo suponer que el Concilio haya querido contradecir eso que se hacía antes? Tal hermenéutica de ruptura es contraria al espíritu católico. El Concilio no ha querido romper con las formas litúrgicas heredadas de la tradición, sino al contrario profundizarlas. La Constitución Sacrosantum Concilium estipula: «Las nuevas formas deben partir desde las formas antiguas por un desarrollo de alguna manera orgánico» (SC 23). Sería entonces erróneo considerar que las dos formas litúrgicas realzan dos teologías opuestas. ¡La Iglesia no tiene más que una sola verdad para enseñar y para celebrar: Jesucristo, y Jesús crucificado! Esto es lo que afirma San Pablo a los Corintios: « Hermanos, esto no es con el prestigio de la palabra y de la sabiduría que yo os he venido a anunciar el misterio de Dios. Porque he decidido no saber nada entre vosotros, sino a Jesucristo y Jesucristo crucificado.» (1 Cor. 2, 1-2).

LA RIQUEZA MUTUA
Esta verdad tiene consecuencias en cuanto a la teología y a la práctica de la liturgia. Puesto que hay continuidad profunda y unidad entre las dos formas del rito romano, entonces necesariamente las dos formas deben aclararse y enriquecerse mutuamente. Benedicto XVI coloca un principio profundo y fecundo: «No hay ninguna contradicción entre una y otra edición del Misal Romano. La historia de la liturgia está hecha de crecimiento y de progreso, jamás de ruptura»[6]. Él bosqueja allí apenas las consecuencias: «Las dos formas en uso del Rito Romano pueden enriquecerse recíprocamente». Da algunas pistas: «En el antiguo Misal podrían estar y deberían ser insertados nuevos santos[7] y algunos nuevos prefacios… en la celebración de la Misa según el Misal de Pablo VI podría estar manifestado de manera más fuerte aquellos elementos que todavía no lo han sido hasta el presente, esa sacralidad que atrae a numerosas personas hacia el antiguo rito»[8].
Es prioritario que con la ayuda del Espíritu Santo, nosotros examinemos, en la oración y en el estudio, cómo retornar a un rito común reformado siempre con esta finalidad de una reconciliación en el interior de la Iglesia porque, por el momento, hay todavía violencia, menosprecio y oposiciones dolorosas que demuelen la Iglesia y nosotros nos alejamos de esta unidad por la cual Jesús ha rezado y ha muerto sobre la Cruz.
Él nos recuerda, diez años después de este acto profético, de poner por obra esta riqueza mutua que el Papa Benedicto llamaba una «reconciliación interna de la Iglesia»[9]. El coraje pastoral del Papa Francisco nos invita aquí a ser muy concretos. ¡Sigámoslo!

A AQUELLOS QUE PRACTICAN LA FORMA EXTRAORDINARIA
Yo quisiera dirigirme desde luego a todos aquellos que practican la forma extraordinaria del rito romano. Queridos amigos, la celebración de una forma litúrgica no debe devenir una postura estética, burguesa, una forma de arqueologismo cultural. El Papa Francisco, hace apenas poco, nos ha puesto en guardia contra una actitud de rigidez defensiva. «La liturgia consiste en entrar verdaderamente en el misterio de Dios, en dejarse llevar al misterio y estar en el misterio», dijo él. La forma extraordinaria lo permite excelentemente, ¡no la transformen en ocasión de división! El uso de la forma extraordinaria es parte integral del patrimonio vivo de la Iglesia católica, ella no es un objeto de museo, testimonio de un pasado glorioso pero ya pasado. ¡Tiene vocación a ser fecundada por los cristianos de hoy! También sería hermoso que aquellos que utilizan el misal antiguo observen los criterios esenciales de la Constitución sobre la liturgia sagrada del Concilio. Es indispensable que estas celebraciones integren una justa concepción de la participatio actuosa de los fieles presentes (SC 30).
La proclamación de las lecturas debe poder ser comprendida por el pueblo (SC 36). Por lo mismo, los fieles deben poder responder al celebrante y no contentarse con ser espectadores extranjeros y mudos (SC 48). En fin, el Concilio llama a una noble simplicidad del ceremonial, sin repeticiones inútiles (SC 50).
Él delega a la Comisión Pontificia Ecclesia Dei de proceder en esta materia con prudencia y de manera orgánica. Se puede desear, allí donde sea posible, si hay comunidades que lo pidan, una armonización de los calendarios litúrgicos. Se debe estudiar las vías hacia una convergencia de los leccionarios.
En todos los casos, la forma extraordinaria del rito romano no puede ser llamada el «rito preconciliar». Ella es ya una forma de la liturgia romana que debe ser aclarada, vivificada y guiada por la enseñanza del Vaticano II. ¡Con humor se puede afirmar que Benedicto XVI ha hecho de la forma extraordinaria una liturgia postconciliar!
Es necesario estimular fuertemente la posibilidad de celebrar según el antiguo Misal Romano como signo de identidad permanente de la Iglesia. Porque esto que era hasta 1969 la liturgia de la Iglesia, la cosa más sagrada para todos nosotros, no puede haber devenido, después de 1969, la cosa más inaceptable. Es absolutamente indispensable reconocer que eso que era fundamental en 1969, permanece también así en 2017 y después: es una misma sacralidad, una misma liturgia.

LA MISMA LEX ORANDI
Las dos formas litúrgicas manifiestan la misma lex orandi. ¿Cuál es esta ley fundamental de la liturgia? Permítanme citar todavía al Papa Benedicto: «La mala interpretación de la reforma litúrgica que se ha difundido largamente en el seno de la Iglesia Católica ha conducido cada vez más a colocar en el primer lugar el aspecto de la instrucción, y aquel de nuestra propia actividad y creatividad. El “hacer” del hombre casi ha provocado el olvido de la presencia de Dios. […] La existencia de la Iglesia saca su vida de la celebración correcta de la liturgia. La Iglesia está en peligro cuando la primacía de Dios no aparece más en la liturgia, y por consiguiente, en la vida. La causa más profunda de la crisis que ha arruinado a la Iglesia se encuentra en el oscurecimiento de la prioridad de Dios en la liturgia»[10]. El Cardenal Joseph Ratzinger nos vuelve a decir que el «“misterio pascual”, de otro modo dicho el núcleo más íntimo del evento redentor de toda la humanidad, constituye el núcleo de “la obra de Jesús”; esto es el “misterio pascual”, y no la obra del hombre, que está verdaderamente contenida en la liturgia. En ella, por la fe y la oración de la Iglesia, “la obra de Jesús” reúne continuamente al hombre para penetrarlo y restituirlo a su filiación divina»[11].
He aquí entonces eso que la forma ordinaria debe volver a aprender con prioridad: la primacía de Dios. Ella puede, ella debe dejarse aclarar por la forma extraordinaria. ¡«La liturgia está principalmente y tiende todo el culto de la Divina Majestad», nos enseña el Concilio! Ella nos pone en presencia del misterio de la trascendencia divina. Ella no tiene un valor pedagógico más que en la medida donde ella está toda entera ordenada a la glorificación de Dios y al culto divino. «Cristo no ha abolido lo sagrado sino que él lo ha llevado a su cumplimiento, inaugurando un culto nuevo, que ciertamente es plenamente espiritual, pero que sin embargo, en tanto que nosotros estamos en camino en el tiempo, se engarza todavía de signos y de ritos»[12]. Permítanme expresar humildemente mi temor: la liturgia de la forma ordinaria nos podría hacer correr el riesgo de extraviarnos de Dios por el hecho de la presencia masiva y central del sacerdote. Él está constantemente delante de su micro, y tiene sin cesar la mirada y la atención tornada hacia el pueblo. Es como un filtro de luz opaco entre Dios y el hombre. Cuando nosotros celebramos la Misa, ponemos siempre sobre el altar una gran cruz, una cruz que se vea bien, como punto de referencia para todos, para el sacerdote y para los fieles. De este modo, nosotros tenemos nuestro Oriente porque finalmente el Crucificado es el Oriente cristiano, dice Benedicto XVI.

DE LA IMPORTANCIA DE LOS GESTOS
Estoy persuadido que la liturgia puede enriquecerse con actitudes sagradas que caracterizan a la forma extraordinaria, todos estos gestos que manifiesten nuestra adoración de la Santa Eucaristía: mirar los dedos juntos después de la consagración, hacer la genuflexión antes de la elevación, o después del Per ipsum, comulgar de rodillas, recibir la comunión sobre los propios labios dejándose alimentar como un niño, como Dios mismo lo pide: «Yo soy el Señor tu Dios, abre bien tu boca, y yo te saciaré» (Ps. 81, 11).
No hay allí nada de infantilismo o vuelta hacia una mentalidad supersticiosa. El Pueblo de Dios, guiado por su intuición de la fe, sabe que, sin una humildad radical hecha de gestos de adoración y de ritos sacros, no tiene amistad posible con Dios. Los fieles, aún los más simples, saben que estos gestos sagrados son uno de sus tesoros más preciados.
El uso del latín en ciertas partes de la Misa puede también ayudar a reencontrar la esencia profunda de la liturgia. Realidad fundamentalmente mística y contemplativa, la liturgia está fuera de ser alcanzada por nuestra acción humana. Por lo tanto, ella supone de nuestra parte una apertura al misterio celebrado. Así la Constitución conciliar sobre la liturgia recomienda a la vez la plena inteligencia de los ritos (SC 34) y prescribe «que los fieles puedan decir o cantar juntos en lengua latina las partes del ordinario que aparecen» (SC 36 y 54). En efecto, la inteligencia de los ritos no es la obra de la razón humana dejada a ella misma, que debería tomarse toda, toda comprendida, toda dominada. Pero, ¿se tiene el coraje de seguir al concilio hasta aquí? Exhorto a los jóvenes sacerdotes a abandonar con osadía las ideologías de los fabricantes de liturgias horizontales y a volver a las directivas de Sacrosantum Concilium. Que vuestras celebraciones litúrgicas lleven los hombres a reencontrar a Dios cara a cara y a adorarlo, y que este reencuentro los transforme y los divinice.
«Cuando el rostro sobre Dios no está determinado, todo el resto pierde su orientación»[13], nos dice Benedicto XVI. La reciprocidad es verdadera: cuando se pierde la orientación del corazón y del cuerpo hacia Dios, se cesa de determinarse con respecto a Él, literalmente, se pierde el sentido de la liturgia. Orientarse hacia Dios es ante todo un hecho interior, una conversión de nuestra alma hacia el único Dios. La liturgia debe operar en nosotros esta conversión hacia el Señor que es el Camino, la Verdad, la Vida. Para ello, ella utiliza signos, medios simples. La celebración ad orientem en parte lo hace. Ella es uno de los tesoros del pueblo cristiano que nos permite conservar el espíritu de la liturgia. La celebración orientada no debe devenir la expresión de una actitud partisana y polémica. Debe quedarse, al contrario, como la expresión de un movimiento más íntimo y más esencial de toda liturgia: nosotros nos tornamos hacia el Señor que viene.

LA IMPORTANCIA DEL SILENCIO
He tenido la ocasión de subrayar también la importancia del silencio litúrgico. En el Espíritu de la liturgia, el Cardenal Ratzinger escribía: «Cualquiera ha hecho la experiencia de una comunidad unida en la plegaria silenciosa del Canon sabe que representa un silencio verdadero. Allí, el silencio es a la vez un grito creyente, penetrante, lanzado hacia Dios, y una comunión de oración llenada del Espíritu.» En su tiempo, había afirmado con fuerza que la recitación en voz alta de la integralidad de la Oración eucarística no era el único modo para obtener la participación de todos. Nosotros debemos trabajar por una solución equilibrada y abrir espacios de silencios en este dominio.
¡Apelo con todo mi corazón a poner por obra la reconciliación litúrgica enseñada por el Papa Benedicto, en el espíritu pastoral del Papa Francisco! Jamás la liturgia debe devenir la bandera de un partido. Para algunos, la expresión «reforma de la reforma» ha venido a ser sinónimo de dominación de un clan sobre otro, esta expresión corre el riesgo entonces de devenir inoportuna. Prefiero entonces hablar de reconciliación litúrgica. ¡En la Iglesia, el cristiano no tiene adversario! Como escribía el Cardenal Ratzinger, «nosotros debemos reencontrar el sentido de lo sagrado, el coraje de distinguir entre lo que es cristiano y lo que no lo es; no para erigir sus barreras, sino para transformar, para ser verdaderamente dinámicos»[14]. Más todavía que una «reforma de la reforma», ¡él habla de la reforma de los corazones! Se realiza con una reconciliación de las dos formas de un mismo rito, con un enriquecimiento mutuo. ¡La liturgia debe siempre reconciliarse con ella misma, con su ser profundo!
Esclarecidos por la enseñanza del Motu Proprio de Benedicto XVI, confortados por la audacia del Papa Francisco, es tiempo de ir hasta el extremo de este proceso de reconciliación de la liturgia con ella misma. Este signo magnífico sería si nosotros pudiéramos, en una próxima edición del Misal romano reformado, insertar en anexo las oraciones al pie del altar de la forma extraordinaria, pudiendo ser en una versión simplificada y adaptada, y las oraciones del ofertorio que contienen una tan bella epíclesis que vienen a completar el Canon romano. ¡Sería, al fin, manifiesto que las dos formas litúrgicas se esclarecen mutuamente, en continuidad y sin oposición! Entonces, ¡nosotros podríamos devolver al Pueblo de Dios, un bien que es tan profundamente atacado!
Hace algunos días, para Pentecostés, el Papa Francisco nos ha exhortado: «Conviene evitar dos tentaciones recurrentes. La primera, aquella de buscar la diversidad sin la unidad. Aquella llega cuando se quiere distinguir, cuando se crean coaliciones y partidos, cuando se mantiene firmes sobre posiciones que excluyen, cuando se enferma sobre particularismos, juzgando que se es mejor y que siempre se tiene la razón. […] La tentación opuesta consiste en buscar la unidad sin la diversidad. La unidad deviene así uniformidad, obligación de hacer todo junto y todo semejante, de pensar todos siempre de la misma manera. De esta manera, la unidad termina por ser homologación y no hay más libertad. O, como dice San Pablo, allí donde el Espíritu del Señor está presente, allí está la libertad.»





[1] Benedicto XVI, Prefacio a la versión alemana de sus Obras Completas sobre la liturgia, 29 de junio de 2008.
[2] Benedicto XVI, Prefacio a la versión rusa de sus Obras Completas sobre la liturgia, 11 de julio de 2015.
[3] Carta a los Obispos, acompañando el Motu Proprio del 7 de julio de 2007.
[4] Motu Proprio Summorum Pontificum, art. 1.
[5] Carta a los Obispos, acompañando el Motu Proprio del 7 de julio de 2007.
[6] Ibid.
[7] Por ejemplo, Maximiliano Kolbe, Edith Stein (Sor Teresa Benedicta de la Cruz), los mártires de España, aquellos de Ucrania, Josefina Bakhita, Clementina Anuarite, etc.
[8] Ibid.
[9] Ibid.
[10] Benedicto XVI, Prefacio a la versión rusa de sus Obras Completas sobre la liturgia, 11 de julio de 2015.
[11] Cf. Alrededor de la cuestión litúrgica con el Cardenal Ratzinger, Abadía Notre-Dame de Fontgombault, julio 2001.
[12] Benedicto XVI, Homilía para la Fiesta de Corpus Christi, junio de 2012.
[13] Benedicto XVI, Prefacio a la versión alemana de sus Obras Completas sobre la liturgia, 29 de junio de 2008.
[14] J. Ratzinger, Servidor de vuestra alegría, Milán, 2002, 127.

jueves, 20 de julio de 2017

Uso de lenguas vernáculas: Cuando Étienne Gilson recordó que las palabras tienen un sentido...


Me ha parecido importante reproducir este artículo de Paix Liturgique[1], porque expresa el vaciamiento de la fe que muchas veces es impuesto desde la cúspide de la Iglesia por las conferencias episcopales en todos los lugares en los que se termina aplicando un determinado Misal. Malas traducciones (sobre todo de textos dogmáticos), empobrecimiento de la fe, adaptaciones vulgares en lugar de traducciones fidedignas. Recordamos, a modo de ejemplo, el deseo expreso del Papa Benedicto XVI en el que sostenía que el “pro multis”, usado en la misma Consagración del cáliz, fuera traducido literalmente como “por muchos”, deseo del Papa que fue categóricamente rechazado por obispos que están en “comunión” con la Sede de Pedro. Ni la carta autógrafa que envió al episcopado alemán sirvió para disuadirlos de sus propósitos. El Misal usado en la parte sur de América Latina (que el artículo cita a  modo de ejemplo por su celeridad al aprobarse) no es la excepción: no respeta los mínimos principios de la Instrucción Liturgiam Authenticam, quinta Instrucción de la Congregación para el Culto y Disciplina de los Sacramentos sobre las traducciones en lengua vernácula. El único fruto positivo de dicha Instrucción es, probablemente, el actual Misal inglés. Esta reticencia al obedecer una sabia norma es una muestra del estado general de rebeldía que hay en la Iglesia actual, producto del liberalismo, del comunismo y del modernismo, las tres ranas que brotan de la boca del demonio y del anticristo, según el p. Castellani, siendo un nuevo signo de que estamos cerca del fin de los fines. Son estos obispos desobedientes (y no sólo cada sacerdote en su parroquia, como dice benignamente el comentario de Paix Liturgique a la carta de Gilson) los que después reclaman a sus sacerdotes y a sus fieles que formen filas detrás de sus extravagancias.

P. Jorge Luis Hidalgo

Recomendado por Pablo VI «en el primer rango entre aquellos que han iniciado a nuestros contemporáneos en las riquezas, frecuentemente olvidadas o desdeñadas, de la filosofía medieval», Étienne Gilson (1884-1978) es uno de los pensadores católicos mayores del siglo XX. 
Miembro de la Academia francesa, ha enseñado en la Sorbona, en Harvard y ha participado en la fundación del Instituto pontificio de estudios medievales (PIMS) de Toronto. Sobre todo, ha mantenido una numerosa correspondencia con las mayores celebridades, tales como Jacques Maritain y el Padre Henri de Lubac[2]. Habiéndose distanciado fuertemente por su sensibilidad política (fue senador MRP) y religiosa, durante el Concilio, de la Escuela romana de teología y de los teólogos de Pío XII, él es reencontrado, después del Concilio, de entre los grandes desaprovechados.
En 1965, Jean de Fabrègues publica en primera página de La France Catholique un artículo de Gilson titulado “¿Soy yo cismático?”. Un título evidentemente retórico, pero que traduce la realidad de una pregunta que se coloca el filósofo sobre la traducción en lengua vernácula de las verdades de la fe, hasta entonces expresadas en latín. Este es el texto que nosotros os propondremos hoy.


I – LA TRIBUNA DE ÉTIENNE GILSON
(La France Catholique, n° 970, 2 de julio de 1965) 
¿SOY YO CISMÁTICO? 
por Étienne Gilson de la Academia francesa. 
Se habla mucho de cisma, en este tiempo. Esto, desde luego, me ha sorprendido, pero sin inquietarme. Había creído siempre que los cismas eran secesiones colectivas por las cuales algunos grupos cristianos se separaban de la Iglesia en conjunto para constituirse ellos mismos en iglesias distintas. Aquello no ocurre frecuentemente, pero esta manera de entender las cosas excluye todo temor de creer para sí mismo un pequeño cisma personal. Vengo a aprender que esta confianza está mal fundada, y que en un solo individuo puede ofrecerse el lujo de un cisma privado, previsto solamente en el caso de que se establezca, consciente e intencionalmente, hasta un grupo distinto entre los fieles. 
Aquel puede hacerse efectivo de dos maneras. La más evidente que conozco es aquella de ese sacerdote de Boston, que hace poco se ha excluido del cuerpo de la Iglesia por su obstinación a enseñar, eso que me han enseñado desde mi infancia, que fuera de la Iglesia no hay ninguna salvación posible. ¡Y él mismo ha querido irse afuera! Debe estar muy sorprendido, pero su caso puede inquietar a otros más, porque sostiene, en efecto, desde su lugar que una persona particular puede devenir cismática sin apercibirse. Él lo sostiene por aquello de negar su adhesión a alguna fórmula particular de la doctrina que la Iglesia enseña y prescribe que se acepte. Yo comienzo a preguntarme si, contra mi intención más profunda, yo no estaría engañándome a mí mismo sobre el camino de un mismo peligroso error.
He aquí los hechos.
En una de las parroquias que yo frecuento, se distribuye a los fieles, antes de la Misa principal, el texto de las oraciones litúrgicas que deben ser cantados en francés, o en un dialecto aproximado, previendo que no se sabe más latín, y menos aún griego. Yo no veo allí por mi parte algún inconveniente y puesto que esta reforma litúrgica está en curso, los fieles no tienen otra opción más que conformarse. ¡Va entonces para “tierra entera”, puesto que es inflexible! [Juego de palabras: El original dice “Va donc pour "terre entière" puisque entière il y a!”]
Había sido desconcertado, por lo tanto, en el debut por un pasaje del Credo francés, donde se dice que el Hijo es "de la misma naturaleza" que el Padre. Podía cantar bien el resto, pero eso de “la misma naturaleza” no podía. Reflexionando en ello, yo haría ver el por qué. Esto que habíamos cantado siempre, en latín, que el Hijo es “consustancial al Padre”, me parecía curioso que esta consustancialidad se hubiera así cambiado en una simple connaturalidad.
Nuestros sacerdotes, encima, no parecen haber sido informados del evento. En la Misa principal, el oficiante continua imperturbablemente cantando "consubstantialem Patri", como si nada hubiera pasado, pero nosotros, los otros, laicos de país llano, nosotros no tenemos más que seguir la liturgia simplificada a nuestro uso. Esto es lo que me responde el joven vicario a quien yo termino un día por preguntarle, recibiendo de él mi Misa francesa, si “de la misma naturaleza” no era, más bien una falta de impresión. Él me dijo: “Yo estoy aquí para distribuir las hojas; todo lo que vosotros tenéis que hacer es cantar eso que está escrito debajo." 
En el fondo, él tenía razón. ¿Por qué yo debería mezclarme? La gran ventaja, para los laicos, de estar invitados a una pasividad completa, es por haber descargado por allí mismo toda nuestra responsabilidad. ¡Ellos lo serían sin ese diablo de cisma! Dos seres de la misma naturaleza no son necesariamente de la misma sustancia. Dos hombres, dos caballos, dos puerros, son de la misma naturaleza, pero cada uno de ellos es una sustancia distinta, y es por lo mismo por lo cual son dos. Si digo que ellos son de la misma sustancia, yo digo del mismo cuerpo que tienen la misma naturaleza, pero ellos pueden ser de la misma naturaleza sin ser de la misma sustancia. ¿Yo todavía debo creer que el Hijo es consustancial al Padre? ¿O, por el contrario, yo solamente debo creer que los dos son de la misma naturaleza? Y si yo me obstino a creerlos, desde luego, consustanciales, ¿no voy yo como cismático, en contra de la liturgia de mi parroquia, y, por lo mismo, separándome de la Iglesia a la cual yo he atacado profundamente? 
Esta es una situación bastante molesta. Se podría suponer que la Iglesia de Francia persigue en ella un fin ecuménico; pero no, los símbolos griegos de Epifanio y de Nicea dicen expresamente del Hijo que Él es “o`moou,sion tw|/ patri,” (omousion tô patri). El símbolo llamado de Dámaso, usado en Galia hacia el año 500, dice bien del Padre y del Hijo que ellos son “unius naturae” (de única naturaleza), pero él agrega también “uniusque substantiae unius potestatis” (de única sustancia y de única potestad). El antiguo símbolo “Clemens Trinitas est una divinitas” (La Trinidad clemente es una única Divinidad) afirma en estos términos la unidad de la Trinidad divina, porque las tres personas son "una sola fuente, una sola sustancia, una sola virtud y un solo poder". Las personas tienen la misma naturaleza, divina, en tanto que ellas son tres; en tanto que ellas están en un solo Dios, ellas tienen la misma sustancia: "Tres, ni confundidos ni separados, sino conjuntos en la distinción y distintos en la conjunción: unidos por la sustancia, pero distintos por los nombres; conjuntos por la naturaleza, distintos por las personas". Yo citaría otras fórmulas de la fe que se podrían anatematizar, con el Concilio Romano de 382, aquellos que no proclaman abiertamente que el Espíritu Santo, el Padre y el Hijo, son “unius potestatis atque substantiae” (de única potestad y sustancia), y, censurándolo, la unidad de substancia implica la unidad de naturaleza, aunque, por otra parte, los textos que afirman la unidad de sustancia, mencionan o no la unidad de naturaleza, yo no recuerdo de alguno donde la unidad de naturaleza sea mencionada únicamente: "Se cree que el Hijo es de la misma sustancia con el Padre: es porque se le dice “o`moou,sioj” (homoousios) con el Padre, esto es “ejusdem cum Patre substantiae” (de la misma sustancia del Padre), en efecto, en griego, “o`moj(homos) quiere decir “uno”, et  “ouvsi,a” (ousia) quiere decir “substancia”, de suerte que los dos juntos quieren decir: una sola sustancia."
El Concilio de Toledo (675) me parece hablar muy bien. Las tres personas divinas son un solo Dios porque ellas son una sola sustancia: "Hae tres personae sunt unus Deus, et non tres dii: quia trium est una substantia, una essentia, una natura, una divinitas, una immensitas, una aeternitas."  (“Estas tres personas son un único Dios, y no tres dioses: porque los tres son una única Sustancia, una única Esencia, una única Naturaleza, una única Divinidad, una única Inmensidad, una única Eternidad”); el Decreto sobre los Jacobitas (1441) coloca todavía en primer lugar la unidad de sustancia, fuente de todas las otras.
¡El símbolo francés de 1965 es, yo creo, el primero que no tiene culpa en eliminarlo!
¿Qué pensar de todo esto? Sería seguramente más sabio no decir nada. Un texto litúrgico visto, ciertamente examinado previamente por las más altas competencias teológicas, y adoptado por ellas, debe presentar todas las garantías necesarias. Si no quiere ciertamente volver a traernos  el “o`moiou,sioj” (homoiousios) de otro tiempo, fuente de uno de los cismas más terribles que hayan dividido a la Iglesia: la menor sospecha de este género sería absurda. Por lo tanto, esto no puede ser por azar, por ignorancia ni por negligencia que la naturaleza ha venido allí reemplazada por la substancia. ¿Por qué esta sustitución ha sido allí operada? 
Por un motivo apostólico, yo creo, y generosamente cristiano. Se quiere facilitar a los fieles el acceso a los textos litúrgicos. Se lo quiere si ardientemente se llega hasta incluso eliminar del francés ciertas palabras teológicamente precisas, para sustituirlas por otras que lo son menos, pero se piensa, con o sin razón, que ellas “dirán cualquier cosa” a los simples fieles. “De la misma naturaleza” parece más fácil de comprender que “de la misma sustancia”. En efecto, esto es si se toma este término literalmente, y se hace referencia con ello a eso que pensaban los arrianos, pero los liturgistas del texto no pensaban ciertamente que el Hijo sea de una esencia parecida al Padre. Ellos no lo piensan, ni lo dicen, ni lo quieren decir; entonces la única manera segura de excluir ese falso sentido es la de mantener el “consubstantialem Patri” de la tradición. 
Se estaría amenazando con pensar que una suerte de deformación del pensamiento teológico amenaza con tentar certezas, diciendo de sí que, en el fondo, ciertos detalles técnicos no tienen casi importancia. Porque, ¿a qué fin facilitar el acto de creer, si es necesario para ello desvalijar a una parte de su sustancia el contenido mismo del acto de fe?

II – LAS REFLEXIONES DE PAIX LITURGIQUE
1) 50 años después de la pregunta de Étienne Gilson, la cuestión de la traducción, no sólo en lengua vernácula de los textos litúrgicos, sino también de la Escritura en general, se vuelve a colocar siempre. En 2001, “Liturgiam authenticam”, la Quinta Instrucción (¡la quinta instrucción, sin hablar de las cartas, moniciones, etc., deplorando los innumerables «abusos», todos ellos impotentes!) para la correcta Aplicación de la Constitución sobre la Santa Liturgia del Concilio Vaticano II (Sacrosanctum Concilium) ha sido publicada por la Santa Sede. Ella tiene por objeto acompañar la presentación, el año siguiente, de la editio typica tertia del Misal romano. En el texto de presentación de la Instrucción, él recuerda:
– la necesidad de una atención permanente a fin de garantizar la identidad del Rito Romano sobre todo el mundo,
– el valor sacro de la Liturgia y la necesidad que las traducciones reflejen atentamente esta característica,
– la referencia a los diferentes documentos pontificios precedentes en materia de acercamiento para la traducción de los textos litúrgicos, de manera que ella responda a un criterio que no sea tanto el de la creatividad, sino sobre todo al de la fidelidad y de la exactitud en la traducción vernácula, originaria del texto latino.
Desde el 2001-2002, todas las comisiones litúrgicas internacionales han sido llamadas a preparar la puesta al día de los misales en lengua vulgar en función de la editio tertia y de las recomendaciones de Liturgiam authenticam. Que la aparición de los primeros misales en lengua vulgar hayan sido casi simultáneos a la publicación del misal de Pablo VI, más de diez años después, se espera siempre la traducción francesa de su editio tertia... En 2009 ha sido introducida la edición española para Chile, Argentina y Uruguay, pero tanto España como México están todavía a la espera (en efecto, existen muchas versiones del misal en los países hispánicos). La traducción inglesa, por su parte, no ha sido introducida más que en 2011; y la traducción en italiano está en el mismo punto que la nuestra. Brevemente, la “razonable demora” prevista en el parágrafo 77 de Liturgiam authenticam parece más que dejada atrás, lo cual prueba exactamente como ese sujeto es sensible porque es teológicamente significativo.
2) El texto de Étienne Gilson es evidentemente muy importante para la interrogación doctrinal que él subraya, y nosotros recordamos próximamente sobre la traducción del Credo en francés. Pero él vio otro tanto, porque revela el clima de los años conciliares y explica por otra parte por qué Benedicto XVI ha hablado de la hermenéutica de la ruptura.
Gilson cita el caso del sacerdote de Boston declarado cismático por no haber querido ser fiel a la divisa “extra Ecclesiam nulla salus” (“fuera de la Iglesia no hay salvación”). La historia es verídica, tanto como compleja: se refiere al suceso de aquel jesuita Leonard Feeney que llamó la atención en los años 50 en Estados Unidos y que Gilson, en la época de Toronto, ha tenido la ocasión de conocer (él mismo y las comunidades que adherían a su teología, habiendo sido condenados por Pío XII, en 1949, porque ellos asimilan a la condenación la no pertenencia explícita a la Iglesia Católica). Gilson arremete también con el joven vicario que niega, o es incapaz, de darle una explicación teológica, contentándose con afirmar de no tener otro rol más que el de distribuir las hojas de canto… ¿Falta de formación, incapacidad de diálogo, lenguaje de bot, burocratización, inexperiencia? Gilson se niega a encontrar una explicación a esta actitud del vicario y se contenta con concluir que el fiel haría mejor en aceptar cierta “completa pasividad” a la cual es invitado.
Este es el humor de segundo grado que Gilson profesa: mientras que los defensores de la reforma conciliar quieren hacer de la “participación activa” de los fieles uno de sus grandes palabras de orden, Gilson ve desde 1965 que hay en ello una activa pasividad y una sumisión casi absoluta a los tiranos locales  –patéticos y frecuentemente incompetentes, obrando como verdaderos propietarios de su  parroquia, no dependiendo de nadie y sobre todo de sus propios obispos– ¡ante cuales los fieles deben formar filas!
3) En esto que denuncia Étienne Gilson, se ve lo que arriba Benedicto XVI calificara como «hermenéutica de la ruptura» (como si él quisiera decir: otra interpretación del Concilio): las hojas del vicario portan una nueva traducción del Credo son un atentado al dogma. Pero Gilson explica bien la naturaleza de esta herida del dogma. Él no ataca solamente a aquellos que traducen «consustancial» por «de la misma naturaleza», insinuando una herejía cristológica: ellos desean simplemente facilitar a los fieles el acceso a los textos litúrgicos banalizando allí los términos difíciles, acercándose a los falseados, y sobre todo explicando su sentido. O estos términos están directa (el consustancial) o indirectamente (las oraciones que hablan de sacrificio propiciatorio), aquellos por los cuales la Iglesia enseña la fe. Se está en presencia, no sólo de una ruptura teológica -¡ay! podría decirse, porque la herejía necesita interesarse por el lenguaje del Magisterio-, sino, dice Gilson, de una «deformación teológica». El discurso litúrgico postconciliar (al igual que en la predicación y en la catequesis) ha podido caer perfectamente en la herejía. Pero procede sobre todo con una edulcoración de la teología, de un desinterés por el dogma, y por un total desazonamiento de la fe, en el cual se ve hoy sus desastrosas consecuencias. 



[1] El artículo fue publicado por primera vez en Adelante la Fe, el día 8 de noviembre de 2014, cuya entrada puede verse aquí.
[2] Justamente, los dos personajes que citan no son los mejores exponentes de la teología tomista contemporánea. Henri de Lubac ha sostenido la nouvelle theologie, mientras que Maritain, en muchos casos ortodoxo, sin embargo introduce una distinción peligrosa entre individuo y persona, con funestas consecuencias en el orden social, como lo advirtió en nuestra Patria el padre Julio Meinvielle. [Nota del blog]