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martes, 13 de mayo de 2025

Prólogo: La Psicopolítica, ciencia y arte fundamental del comunismo



         Publicamos en nuestro pequeño blog el prólogo que el P. Julio Meinvielle escribiera en la traducción de este pequeño libro, que el querido amigo Fernando Estrada tradujera.

         Al leer estas páginas es imposible no pensar automáticamente en la gran manipulación que se hizo en el 2020 y en el 2021 en todo el orbe con el llamado "coronavirus" y la supuesta vacunación masiva a la cual sometieron compulsivamente a toda la población. Para que se vea que esto es más actual que nunca.

         La foto de la portada ha sido generosamente concedida por los amigos de la Junta de Estudios Históricos del Barrio de Versailles. Vaya también para ellos nuestro agradecimiento.


KENNETH GOFF

 

PSICOPOLÍTICA

TÉCNICA DEL LAVADO DE CEREBRO

 

PRÓLOGO

 

La Psicopolítica, ciencia y arte fundamental del comunismo

 

El comunismo intenta la creación de un hombre “nuevo”, totalmente nuevo, y diferente de aquel que ha conocido la tradición humana y cristiana de los pueblos. En esa tradición, como he tenido la ocasión de exponerlo en recientes obras, el hombre trabaja para disponer de riquezas que le aseguren el vivir; vive para conseguir un alto enriquecimiento cultural de la vida del pensamiento; piensa, en fin, para acercarse a Dios que es su Principio y Fin. El hombre en definitiva está hecho para contemplar a Dios. Podrá, es cierto, ocuparse de otras muchas actividades, pero sólo en la medida en que le dispongan y preparen para esta su tarea esencial, que es lo único para lo que ha sido creado. El comunismo, en cambio, al suprimir a Dios del horizonte del hombre, sostiene que éste no es sino una herramienta de trabajo, útil en la gran fábrica en que se transforma toda ciudad de hombres. Esta transformación plenaria del concepto del hombre ha de implicar una nueva concepción del universo en el cual todo ha de reducirse a un proceso dialéctico en el sentido hegeliano-marxista. O sea, a un proceso de los seres, del mismo hombre, de los pueblos y de la historia en una lucha incesante, interminable del ser y del no ser, de la mentira, del odio y del crimen. Todo ha de convertirse en Guerra Revolucionaria contra el hombre. Guerra Revolucionaria por la conquista del poder en un pueblo y luego, ya en el poder, Guerra Revolucionaria para convertir al hombre en un mero esclavo de la nueva sociedad revolucionaria. Pero para que la Guerra Revolucionaria sea realmente eficaz no debe actuar desde fuera del hombre sino en el hombre mismo y en su totalidad, alcanzando no sólo al cuerpo, sino también al alma. De aquí que el comunismo preste cada vez mayor atención a la ciencia de la Psicopolítica o ciencia del lavado del cerebro. Cuando se habla de lavado del cerebro, la gente tiende a pensar que éste no se practica sino a escala individual. Por ello preferimos el nombre de Psicopolítica que hace referencia explícita a lo político o colectivo, dimensión en la que de preferencia práctica el comunismo el lavado de cerebro. Es ésta, con toda verdad, la ciencia de la domesticación de los pueblos. Una nueva especie de ciencia arquitectónica que, echando mano de todas las conclusiones de las otras ciencias humanas, en especial de la Psicología y Sociología, trabaja en la elaboración de un nuevo tipo de hombre domesticado. Algo ya ha trascendido a gran público del poderío de esta ciencia con “1984” de Orwell y con “Una nueva visita al hombre feliz”, de Aldous Huxley. Pero como éstos son libros de ficción, el lector puede estar inducido a pensar que, por ahora la práctica de esta formidable ciencia, quedaba limitada al campo de la fantasía. Por esto, se ha hecho urgente y necesario hacer conocer a los lectores de la Argentina el texto comunista de Psicopolítica, tal como ha llegado al mundo occidental. El primer material sobre Psicopolítica fue hecho conocer en los Estados Unidos, en el año 1955 por Charles Stickley y luego en 1956 por Kenneth Goff, quienes hicieron conocer en realidad el mismo texto usado por el poderoso policía de la Unión Soviética Laurenti Beria. La edición que presentamos hoy es el texto de Stickley que concuerda sustancialmente con el de Goff. El lector ha de advertir prontamente que el grandioso progreso operado por las ciencias fisio-psicológicas y psiquiátricas de los últimos cincuenta años ha sido puesta al servicio de esta praxis de transformación de la psiquis humana. Una praxis podríamos decir diabólica de transformación del hombre. Para ello se utilizan no sólo las teorías del psicoanálisis de la escuela freudiana sobre el almacenamiento en el fondo de la conciencia de todo lo que el hombre, aun sin percatarse de ello, recibe a través de los sentidos, sino también las teorías de los reflejos condicionados elaborada en las célebres experiencias de los perros de Pavlov.

Por la práctica de la Psicopolítica pueblos enteros se convierten en laboratorios donde individuos o grupos más o menos grandes de individuos son sometidos con diferentes técnicas a un tratamiento de domesticación, como si fueran vulgares bestias, de las que no se trata sino de lograr el mayor rendimiento con el menor esfuerzo. De esta suerte, ciencias nobilísimas como la política y la economía que hasta aquí eran consideradas como ciencias de valor humano, se convierten en técnicas de domesticación colectiva que no rebasan la esfera de fisiología animal. El hombre no es sino un ser, movido por fieros instintos, cuya manipulación puramente fisiológica ha de resolver en manos de expertos psicopolíticos, los grandes problemas de la conducción de los pueblos. El lector argentino podrá apreciar el valor y la importancia de las páginas que publicamos si tiene en cuenta que en este preciso momento nuestra querida Patria está sometida por Fuerzas ocultas internacionales a la Guerra Revolucionaria comunista. En consecuencia, también en nuestra Patria ha de estar operando febrilmente un grupo de hombres que, dotados de poderosos recursos internacionales, y con todo el atuendo de las Ciencias Psicológicas y Sociológicas novísimas, se proponen la tarea criminal y diabólica de aplicar en nuestros niños, adolescentes, jóvenes y aun en ciertos hombres maduros, colocados en puestos claves de la vida nacional esta ciencia de la domesticación del hombre. Ya llegará el momento de revelar algo en esta materia. Baste por hoy saber que uno de los centros más activos de los visibles lo constituye actualmente el grupo, vastamente ramificado, que se reúne alrededor de los judíos comunistas, el psicólogo Jaime Berstein y el sociólogo Gino Germani de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. El autorizado texto de Psicopolítica que por vez primera se publica entre nosotros ha de contribuir a crear conciencia de la terrible peligrosidad del comunismo.

 

 

 

 

            Pbro. Dr. Julio Meinvielle, Buenos Aires, fiesta de Reyes de 1963

martes, 21 de mayo de 2024

Julio Meinvielle y sus estudios sobre el marxismo

 


Oscar H. Travaglino

 

La personalidad intelectual de mi maestro Julio Meinvielle no necesita ser presentada al lector de esta hoja. Su obra no sólo es conocida en nuestro país sino que, además, trascendiente el ámbito del pensamiento hispanoamericano contemporáneo y sus límites geográficos, ha suscitado el interés de la inteligencia europea. Así –para ejemplificar lo afirmado– debe mencionarse que su De Lamennais a Maritain, traducido al francés por Hervé Le Lay, fue editado en París, en el año 1956, por el equipo de La Cité Catholique  y que la Enciclopedia Filosófica, publicada en Italia por el Centro di Studio Filosofici di Gallarate (Venezia-Roma, Istituto per la collaborazione culturale, 1957/58), le ha dedicado un artículo en el que se observa que “Il principale contributo filosófico del M. e in campo político, e nei fondamenti metafisici della dottrina politica.” (Tomo III, art. Meinvielle, Julio, págs. 478 s.).

Si bien es cierto que su prestigio viene de muchos años atrás –tal vez desde cuando en la revista Criterio hiciera una aguda crítica a la teoría política de Leopoldo Lugones– sin embargo es preciso considerar que sus actuales conferencias y publicaciones sobre el marxismo han contribuido a incrementarlo entre los estudiosos, y sus trabajos son hoy seguidos aún por el lector no especializado en cuestiones filosóficas al cual preocupa, no obstante, la crisis y el destino de nuestro ser nacional y de la cultura de Occidente.

A sus estudios de teoría política y económica y a sus obras sobre la filosofía social-política de Jacques Maritain y el problema teológico del ser histórico del judío, Meinvielle agrega ahora un libro que constituye serio aporte a la historiografía marxista: El poder destructivo de la dialéctica comunista. (Buenos Aires, Theoria, Biblioteca de Ensayistas Contemporáneos, 1962).

En este libro el autor se ha propuesto “determinar en qué consiste la esencia del comunismo inventado por Marx en el siglo pasado” y coloca en “la dialéctica el corazón mismo del consumismo, pero no en la dialéctica pura, operando el vacío, sino en la dialéctica penetrando en las dimensiones constitutivas del hombre”. A su vez, para Meinvielle, esta penetración antropológica de la dialéctica antropológica de la dialéctica revolucionaria obliga, si se quiere lograr una visión totalizadora del comunismo, a “mantener en adecuado equilibrio, tres ideas fundamentales: la de la dialéctica, la de alienaciones y la de trabajo como constitutivo del equilibrio en trabajos, por otros motivos excelentes, que han precedido al suyo. En efecto, mientras Jean Ivez Calvez (La pensé de Karl Marx, París, ed. du Seuil, 1956) destaca con prolijo rigor el examen de las alienaciones no hace lo mismo con la dialéctica. Por otra parte, Jean Ousset (El Marxismo Leninismo, Buenos Aires, La Ciudad Católica, 1961) y Mac Fadden (La filosofía del comunismo, Valladolid, Cever-Cuesta, 1961) puntualizan la importancia de la dialéctica pero aminoran la relevancia de las alienaciones, Meinvielle, por su parte, ha conseguido un equilibrio cabal entre estas tres categorías “que recíprocamente se solicitan y complementan en la esencia del comunismo”.

En base a esta perspectiva totalizadora del marxismo como teoría y praxis revolucionaria el autor desarrolla críticamente el estudio de la dialéctica (Capítulos I-III), las alienaciones (económica, social, política, filosófica y religiosa) y la alienación fundamental del trabajo (Capítulo IV-V y VII) y la economía dialéctica de Marx (Cap. VI).

Es necesario ponderar como Meinvielle subraya que la potencia destructora de la dialéctica radica en el hecho de que asume una regresión hacia la nada, originada por el olvido de la noción metafísica del ser como un todo unívoco en el que se identifica su plenitud con la nada absoluta. Un análisis aparte merecería la exégesis que realiza (págs. 147 ss.), del clásico texto aristotélico de la Ethica Nicomachea (112b, 21-1134a, 16) – sobre el valor de uso y el valor de cambio de las cosas – en la que demuestra los equívocos de la exégesis marxista y reivindica la efectuada por Tomás de Aquino (In X Libros Ethicorum Expositio). El carácter de este periódico no me permite una detenida exposición de la exégesis de Meinvielle y de todo su libro; dejo empero consignada su importancia.

Asimismo tienen especial significación en sus estudios sobre el marxismo, las conferencias que viene pronunciando sobre la guerra revolucionaria en nuestro país. En ellas se hace de manifiesto en forma decisiva el poder destructivo de la dialéctica comunista. Esta otra faz del oficio intelectual de Meinvielle que emerge desde nuestra concreta circunstancia argentina, se postula como un testimonio intelectual comprometido o –si se prefiere el vocablo que Américo Castro propuso para llevar al castellano el sentido del engagement francés– una inteligencia arriesgada y, en el caso de Meinvielle, hechos recientes verifican que tal calificación no es metafórica.

 

 

Segunda República, 27 de marzo de 1963, Año III, Nº 47, 4.

martes, 30 de abril de 2024

Conceptos Fundamentales de la Economía

 


Prólogo, por el Dr. Marcelo Ramón Lascano

 

Aun cuando es innecesario prologar un libro consagrado y resulta muy difícil poder agregar algún comentario de trascendencia sobre su contenido debo reconocer que es el empeño del editor el que inspira en definitiva la realización de este prólogo.

Nada de lo que sugiere Meinvielle en Concentos Fundamentales de la Economía puede ser esclarecido o mejorado. Antes bien, una obra admirablemente equilibrada, conceptualmente independiente y lo más destacado, tan cargada de saberes tradicionales, corre el riesgo inmerecido de ver perturbada su armonía a partir de los comentarios convencionales de terceros.

Sin embargo, guardando la fidelidad indispensable que recomienda esa preocupación, acometo la honrosa tarea de formular algunas consideraciones sobre el pensamiento de nuestro ilustre autor, esclarecido patriota y religioso consagrado. Me parece interesante puntualizar aquellos aspectos de la economía que Meinvielle concibió con más originalidad y que se separan del tratamiento convencional de los mismos temas. El criterio escogido para ello no es arbitrario, sino que descansa, básicamente, en el orden de los conceptos según enseña el saber tradicional.

Es común conocer la economía como una disciplina que se ocupa de los bienes sin mayores referencias respecto del hombre como sujeto central de los procesos de cambio. En general, da la impresión de que la economía está constituida por realidades que están fuera del hombre. En efecto, la relación causal se sitúa sobremanera en el campo de los bienes, de las cosas, con independencia de los protagonistas, lo cual es absurdo porque la disciplina es por su naturaleza una ciencia práctica y de realizaciones concretas inspiradas con criterio de eficiencia. La más célebre definición de la economía en cuanto la identifica con la asignación de recursos escasos y de uso alternativo, lo confirma.

A partir de este criterio del Profesor Robbins, la asignación de recursos es el núcleo de la economía. Da la impresión de que los recursos se asignaran por sí mismos, esto es, sin responder a otro criterio rector, y esto constituye una irregularidad lógica, porque el destino de los factores productivos, necesariamente derivado, debe responder a los resultados que se espera de ellos a partir de la definición concreta de recursos disponibles, necesidades a satisfacer y de escaseces. En un orden conceptual más razonable por decir lógico, no debería definirse una ciencia por sus instrumentos o medios sino por su objeto, que en el caso de las disciplinas prácticas, se identifica formalmente con sus propósitos o fines últimos.

A partir de esta pretensión irrumpe la necesidad de humanización de la economía en reemplazo de su "cosificación" como fenómeno reciente. Digo reciente, porque el proceso de cosificación de la economía aparece como inevitable consecuencia de las nuevas concepciones que aparecen durante el siglo XVIII, aunque como siempre ocurre en el mundo de las ideas, con un buen catálogo de antecedentes previos a su formulación ordenada. Hasta los pródromos de la revolución francesa, la economía no constituía una disciplina en el sentido formal del término. El hombre –la persona– ocupaba el núcleo de la acción política y era el soberano quién resolvía, generalmente con criterio político, las necesidades individuales y sociales a satisfacer y la consiguiente asignación de los recursos económicos, a partir de la premisa de que los medios deben ordenarse a los fines. En rigor de verdad, la política comercial, la técnica fiscal, y la administración monetaria constituyen antecedentes para la elaboración de la economía como ciencia, precisamente, por su carácter instrumental.

Como ha señalado Eduard Heiman, las tres revoluciones que conmocionan al mundo intelectual en los últimos siglos facilitan la comprensión de por qué la economía irrumpe tardíamente en el mundo de la cultura y con una fuerza casi sin precedentes. Es la abolición del antiguo orden a través de la revuelta protestante encabezada por Martín Lutero; de la reforma política que supone la revolución francesa y del movimiento romántico del siglo XVIII, lo que deja expedito el camino para que sea el mercado en lo sucesivo y en el príncipe quien resuelva qué hacer, cómo, cuándo y dónde. El gobierno de la ciudad y la preservación del orden natural económico a través del poder político es reemplazado por el gobierno impersonal del mercado, del mismo modo que se pretende imponer el orden social a través del gobierno impersonal de las leyes identificado con la voluntad general de Rousseau. El resultado ha sido un progreso técnico de incalculables proyecciones, acompañado de irritantes desigualdades sociales, de la masificación de los seres humanos y de la mecanización de la actividad económica a extremos incompatibles con la dignidad y armonía que debe presidir las relaciones sociales. En el nuevo sistema, la riqueza de medio pasa a constituir un fin. Es el desenlace que fractura al hombre por dentro y al orden social en muchas de sus manifestaciones cotidianas.

Meinvielle llamó la atención sobre este desenlace resultante de la nueva disciplina, a partir de dos observaciones que no pueden dejar de mencionarse como un mérito indiscutible de nuestro autor. Se trata de la ubicación de la economía en el cuadro general del saber científico y de su vinculación con la moral. En esta inteligencia puntualiza que la economía es actividad humana y que sin acción racional no habría economía. Por cierto, actividad sobre cosas exteriores que son escasas. Ahora bien, a partir de ello, la economía constituye un saber práctico, no teórico, en tanto las operaciones económicas son el resultado de la acción del hombre libre y no realizaciones que se encuentran en la naturaleza y que por definición son independientes de la acción del hombre. Ello no supone negar que se trate de una ciencia sujeta a sus propias reglas, pero es muy importante la distinción, precisamente cuando la influencia de las ciencias naturales y de la matemática han invadido el territorio propio de la economía, quizá desnaturalizándola a propósito de la técnica de modelos y matrices que procuran reducir todo a sistemas, exagerando las posibilidades de sus alcances como herramientas auxiliares que son en nuestra disciplina. La economía, reitera el autor, pertenece al orden de la razón, en tanto ésta se manifiesta como actividad racional dirigida a procurar resultados eficientes. Las ciencias naturales, en cambio, se ocupan de un orden que es en sí, independiente de la razón humana. Esta simplemente lo considera más no lo produce.

De esta apreciación resulta la necesidad de vincular economía con la moral y si se quiere con la política. Vínculo que sin embargo permite distinguir aunque sin separar. Si el ser humano, protagonista de los procesos económicos, constituye una unidad psíquica sujeta a principios rectores, entonces de ninguna manera puede independizar sus actos económicos de sus obligaciones morales, desde que en términos de esa unidad, los comportamientos, en cuanto acciones concretas relacionadas con los semejantes, no admiten desdoblamientos, porque en este caso las reglas de la moralidad resultarían ajenas al deber ser. La relación entre economía y política se ha planteado como subalternación de la primera con respecto a la segunda. Meinvielle sostiene “que la economía es una ciencia práctica que se diferencia de la política, aunque debe por su índole colocarse a su servicio”. Con esta afirmación fractura interpretaciones extremas que pierden rigor lógico e introducen factores de perturbación, como cuando la relación se formula a partir de una hipótesis de dependencia. Para Lenin la política era expresión concentrada de la economía. Para cierto sector de la doctrina, el más abstractista, son esferas independientes. Para algún sector quizá menos gravitante, la economía es inseparable de la política.

La opinión de Meinvielle es la que ubica la cuestión en su justa dimensión. El orden social del cual participa el orden económico es inescindible. Ahora bien, la economía tiene su propio ámbito dirigido a satisfacer necesidades en los planos individual, familiar y colectivo o social, pero de ello no se sigue subordinación. Quizá sea oportuno hablar de integración en el sentido de complementar los fines de una sociedad que se nuclean en la política como síntesis de acciones dirigidas a conseguir el bien común del consorcio político. La economía opera bajo las reglas de la eficiencia y en este sentido tiene carácter normativo, precisamente para conseguir mejores resultados de los recursos escasos. Ello no impide que en algunas ocasiones la eficiencia económica ceda a la conveniencia política por razones de superlativo interés público actual o futuro. Fabricar armas nucleares puede no ser eficiente en un momento dado, pero puede ser conveniente como acto de previsión, propio del adecuado ejercicio de la política. En este caso no hay subordinación. Prevalece la prudencia como virtud rectora.

La metafísica es en cierto modo ciencia de ciencias en tanto incluye en su objeto, por su universalidad, el de las demás disciplinas. Pero de ello no puede válidamente deducirse que aquélla defina el contenido u objeto del resto de los otros saberes. Su cometido, en verdad, se limita a establecer con alguna precisión los límites o alcances de las demás categorías del saber. Por ello vano resulta deducir la economía de la filosofía o confundir política y economía. La política participa del ancho mundo de la moral, pero tiene su objeto circunscripto al bien común a través de la observancia de reglas prácticas. No existe confusión o subordinación. Cada orden tiene su propio campo de acción, eso sí dentro de la unidad que supone la conducta humana como respuesta a su condición de creatura superior, sujeta a ese orden total que en definitiva es de naturaleza moral.

La economía, diferente de la moral y de la política, no puede ser neutral frente a los fines superiores del hombre en sociedad, y en este orden, debe, con sentido de finalidad, ponerse al servicio de aquéllos. En esta inteligencia, nuestro autor plantea como “enteramente inaceptable la pretensión de los economistas que quieren hacer de la economía una ciencia neutra frente a lo que ellos denominan las doctrinas”. La respuesta es sencilla, aunque cobija dificultades en la vida de relación entre intereses. En efecto, pues en definitiva, aunque el economista o el operador económico crea en la neutralidad, en última instancia actúa condicionado por los valores incorporados que ha registrado su modo [de][1] pensar, seguramente influenciado por alguna doctrina de vigencia más o menos formal. El drama, desde la óptica de la cultura, es que quien así actúa, desconoce la lógica y los orígenes de su modo de actuar, que es el resultado de su modo de pensar. Tenía razón Keynes cuando afirmaba que los hombres de negocios que se creen exentos de influencias intelectuales tal vez sean víctimas de las ideas de algún economista difunto.

Con esa misma claridad con que Meinvielle ha encarado el tema de la economía en el cuadro general del saber científico, acometió profundizar el tema de la oferta y la demanda, tan caro al pensamiento liberal y a la suerte del sistema económico que encuentra precisamente en el mercado una de sus manifestaciones o fundamentos definitorios. Para nuestro autor, la ley de la oferta y de la demanda tiene carácter inexorable, porque está íntimamente ligada “con la realidad más primaria de la economía”. Pero a renglón seguido puntualiza que, sin embargo, la tentación de hacer operar sus mecanismos en provecho propio, impide que los sujetos económicos puedan quedar automáticamente a expensas de su funcionamiento. No se trata de suprimir o regular el cambio que constituye “ex definitione” el núcleo del proceso económico sino de moderar sus consecuencias para evitar rupturas en el equilibrio natural que debe presidir las prestaciones económicas, como parte de una madeja mucho más compleja de relaciones sociales.

Es la ley de la reciprocidad en los cambios la que debe regir, inseparablemente, las transacciones, para evitar que una vez celebradas éstas, alguna de las partes quede más rica que antes a expensas de un tercero. Algún autor liberal ha sugerido la inoperancia o inconsistencia de este principio, porque nadie participa del intercambio sino es para ganar. Esta afirmación supone una equivocación básica. El principio no impide acrecentar el enriquecimiento, pero lo condiciona para que no se realice en proporción al empobrecimiento de otros. Cuando la renta nacional no registra modificaciones, la mejoría de unos inevitablemente se explica por el perjuicio de otros. Aquí la irrupción de plusvalías es un resultado que no puede conducir sino a la fractura de la concordia política, a la acumulación desproporcionada de riquezas y a la lucha de clases. El ciclo económico tiene parte de sus orígenes, precisamente, en desproporciones como las que resultan de la inobservancia ética de la ley de reciprocidad en los cambios, una de cuyas manifestaciones más ostensibles es la vigencia de relaciones internas y externas de dominio o sujeción entre personas o naciones.

La relación de dominio entre personas se pone de manifiesto cuando a partir de una posición ventajosa se aprovecha de ésta y no se entrega lo que es debido en cantidad y calidad como contraprestación. El hecho de que no siempre se pueda precisar el alcance exacto de lo debido, no le niega virtualidad al principio, como tampoco lo niega la dificultad de medir con exactitud la utilidad del consumidor frente a diferentes dosis de un mismo bien. Aquí la idea de razonabilidad de las pretensiones yace en el centro de la cuestión, como sucede con los alcances de la razón jurídica, no siempre sujeto a la medida de la expresión numérica. La vigencia del monopolio operando alejado del punto de Cournot, maximiza beneficios sin quizá difundir bienestar en la sociedad, o "bien ser" como expresión más ambiciosa y acertada de Fanfani. Es Meinvielle uno de los de la razón jurídica, no siempre sujeta a la medida periferia, hoy tan difundida, sobre todo por Prebisch, para poner de manifiesto relaciones de dominación entre los países. En efecto, en la primera edición de esta obra, denuncia el fenómeno como una concreta manifestación de ruptura de la ley de reciprocidad en los cambios, en tanto suscita acumulación de riquezas en unos países correlativas con el empobrecimiento de otros. Luego, la discordia entre las naciones tiene sus puntos de referencia también, o entre otras cosas, en la ruptura del principio que comentamos, en tanto las inversiones directas antes, financieras hoy, y aún el intercambio de bienes y servicios, no guardan un adecuado "do ut des" que los legitime.

Sería abusar de la paciencia del lector extender los alcances de este prólogo. Sin embargo, a propósito de su actualidad, parece oportuno detenerse brevemente en el tema de la intervención del estado en la vida económica. Meinvielle, siguiendo como en toda su vida intelectual el pensamiento tradicional de Aristóteles y de los Padres de la Iglesia, culmina sus razonamientos sobre el particular, significando que el estado no puede dejar de intervenir en la vida económica de la comunidad, aunque no lo quiera la intransigencia liberal, porque en ese caso serán inevitablemente los grupos de intereses prevalecientes quienes orientarán en su provecho los destinos de la organización productiva. Con esta línea de razonamiento se aparta del tratamiento ideológico del tema para incorporarlo en el plano del realismo político y de la filosofía práctica.

No se trata de un tema para debate, sino de la recta interpretación del mismo con la finalidad de tratarlo según los postulados del bien común como fin último del buen gobierno. De esta apreciación resulta que la cuestión tampoco debe ser examinada según criterios cuantitativos. En rigor de verdad, la intervención debe merituarse en función de lo que el estado hace para afirmar la felicidad del pueblo como sostenía Platón pensando en el gobierno de las leyes. Sería temerario suponer que la estabilidad o el desarrollo económico pudieran concretarse sin el concurso de la acción estatal, que no tiene por qué inscribirse en la acción económica directa, sino más bien en crear las condiciones propicias para lograrlo, siempre con arreglo a las circunstancias espacio-temporales predominantes, donde en ocasiones, el solo hecho de remover los escombros que dificultan el desenvolvimiento de los negocios, puede, por sí mismo, contribuir a mejorar el nivel de vida de los pueblos, que constituye también una manera de promover en definitiva la práctica voluntaria de la virtud, por lo menos como fenómeno colectivo, ya que la indigencia según "communis consensus" sino la obstaculiza, al menos la debilita.

La irrupción del neoclasicismo con Marshall, Menger, Walras, Jevons, alrededor de 1870, precisamente como propósito de adecuación de la teoría económica a la realidad de su tiempo, está inspirada en los desajustes resultantes del modelo clásico donde el estado virtualmente no tenía cabida. Ni la economía cosmopolita de Adam Smith, ni la ley de mercados de Say-Ricardo, habían conseguido el equilibrio general del sistema o dominar las denominadas fluctuaciones cíclicas. Como subproducto, en el mejor de los casos, de la espontaneidad del sistema económico. El socialismo utópico a principios del siglo XIX y la refutación del socialismo científico de Marx y Engels a mediados de la misma centuria, son precisamente respuestas al caos recurrente que experimentaban las economías nacionales sin otra consigna que esperar hasta que la recuperación sobrevenga, también espontáneamente. El triunfo del keynesianismo durante la virtual agonía del capitalismo, allá por los años treinta, significó en ese particular contexto, reflotar al sistema a partir de la acción estatal, a la sazón única alternativa viable para conseguirlo sin peligrosas demoras. Las desviaciones que la política intervencionista suponga en términos de otras valoraciones, de ninguna manera legitima proclamar una neutralidad que no es sincera y que consciente o inconscientemente se traduce en la supremacía, cuando no en la omnipotencia, de quienes proclaman una libertad irrestricta que no concluye sino subalternizando todo el orden político, económico y social. Veritas filia temporis. ·

 

 

Prólogo (I-X), a Meinvielle, J. (1982). Conceptos Fundamentales de la Economía. 3º ed. Buenos Aires: Cruz y Fierro Editores.

Originalidad de la Doctrina Económica de Julio Meinvielle (223-231), en AAVV. (2023). Julio Meinvielle: Una inteligencia Católica. San Rafael (Mendoza): EDIVE.



[1] Falta en el texto original. Juzgamos que por error de tipeo. [N. del E.]

lunes, 22 de abril de 2024

Declaración de Sacerdotes Argentinos

 


Un hecho de excepcional gravedad

La vida argentina ha sido conmovida por un hecho de excepcional gravedad. Después de cien años desde la muerte de Urquiza se repite un crimen abominable, totalmente ajeno a nuestro modo de ser nacional: otro ex – presidente ha sido asesinado.

Y cuando el coro de repulsas a absolutas es prácticamente unánime en nuestra desintegrada Argentina, sólo un sector silencia su voz o es representado por expresiones que disuenan y hieren la conciencia nacional. Porque van ellas desde la condena en sí pero suave, retaceada y matizada, hasta las explicaciones insensatas y las defensas personales más o menos abiertas, y hasta la apología misma del crimen.

¿Qué pasa, pues, con nuestra Iglesia argentina, otrora hidalga, noble y benefactora, y dedicada toda de lleno a conducir sus conciudadanos por caminos elevados de luz y de amor?

¿Cómo es que hoy desintegra cuando siempre vivificó, ennobleció y preservó el cuerpo nacional desde su cuna?

¿Y qué pasa con la Iglesia de tantas partes, desde las cuales llegan también hasta nosotros ecos desconcertantes?

 

Esencia y misión de la Iglesia

Hace casi dos mil años que existe la Iglesia Católica.

Fundada por Jesucristo, en quien Ella reconoce al Hijo mismo de Dios, ha cumplido hasta el presente la misión que Él le encomendara de enseñar a todos los hombres que tienen ellos en Dios –Creador, Gobernador y Juez– un Padre dispuesto a perdonarles sus ofensas, a comunicarles su propia vida divina, a considerarlos por ende y a tratarlos como a sus hijos, a ayudarlos durante su existencia temporal aquí abajo, y a conducirlos con seguridad a la posesión de una vida de comunión íntima con Él, inefable y sin fin, más allá de la muerte corporal, en el cielo.

Su fin último esencial, la gloria de Dios, que coincide con la felicidad del hombre, sólo se alcanza plenamente en el más allá. Por eso la Iglesia tiene poderes directos únicamente en lo relativo a esa gloria y en la conducción de los hombres hacia ese fin último trascendente. Pero como esa gloria ya empieza a labrarse en este mundo y como ese fin hay que merecerlo precisamente aquí abajo, viviendo rectamente la vida temporal y construyendo a esta tierra según los planes de Dios, la Iglesia ha recibido también de Jesucristo poderes indirectos sobre los asuntos profanos: poder de dar doctrina, poder de proporcionar ayuda espiritual –sanante de la oscuridad, debilidad y desorden de nuestras potencias– y poder de orientación, para que a la luz del fin eterno sepamos prudencialmente utilizar las cosas de este mundo, también en nuestro beneficio temporal. Y sólo supletoriamente, cuando en alguna circunstancia histórica y en algún lugar determinado, no existe quien se encargue de promover los asuntos de este mundo con derecho propio de un modo adecuado, sólo entonces y allí la Iglesia tiene poder y obligación de actuar directamente.

Obrando de acuerdo con estos principios la Iglesia ha merecido durante veinte siglos bien de la humanidad. Ha dado adecuadamente gloria a Dios, ha salvado enormes multitudes para la eternidad, ha educado y promovido innumerables pueblos en las sendas de la cultura y de la civilización, en colaboración con el Estado. Y ha sido de esta manera puerto seguro para sus hijos, y punto de referencia y aun faro luminoso y salvador para los que no lo son, en ese navegar por mares de tormenta que es la vida terrena de cada hombre y es la marcha de pueblos y naciones por los caminos de la Historia.

 

Un empeño por cambiar la imagen de la Iglesia

Pero he aquí que desde hace unos años un grupo de sacerdotes, cada vez más numeroso, de diversas jerarquías y ubicados en todas las latitudes, se hallan empeñados en cambiar la imagen de la Iglesia, del Cristianismo y aun del mismo Jesucristo. Con sus palabras o con sus actos quieren estos sacerdotes presentarnos una imagen de la Iglesia –y también, lógicamente, de la misión de Jesucristo y del sentido del Evangelio– radicalmente falsa. Porque es la de una nueva Iglesia antropocéntrica, ya que volcada toda Ella y sólo en la promoción del hombre, sin preocuparse para nada de la gloria de Dios; temporalista, porque la describen como una institución dirigida principal, si no exclusivamente, a la consecución de la felicidad humana aquí abajo, sin atender, al menos de modo suficiente, al más allá; naturalista, en cuanto esta Iglesia insólita no parece contar sino con los esfuerzos y posibilidades de la naturaleza humana –y considerar a ésta como si fuera exenta de pecado original o sin resabios de él–, sin valorar ante todo el papel de la Gracia de Dios; y la pintan materialista, porque le hacen otorgar tal prevalecencia a la dimensión económica del hombre que pierden casi toda importancia en ella, los valores espirituales; y también democratista, en cuanto imaginan en su seno al pueblo como sujeto terreno originario de todo poder, de manera semejante a lo que ocurre en la sociedad civil; y secularizante esta Iglesia de nuevo cuño, porque pretenden para su fin, su esencia, sus instituciones, su actividad y sus agentes responsables, características similares a las que son propias de la sociedad temporal. Y la conciben además tan invertebrada, abierta, mimética y mudable, que creen que ella debe estar siempre atenta a descubrir la voluntad de Dios respecto de su modo de ser y de actuar, en las características múltiples y cambiantes de la comunidad humana terrenal, las que ha de adoptar dócilmente para ella misma.

Es una peregrina Iglesia la que pretenden imponer: sin principios, ni valores, ni dogmas permanentes; sin una moral esencialmente siempre igual a sí misma; con un sacrificio divino transformado en asamblea puramente humana y temporal; con sacramentos abolidos, cambiados o minimizados; con una autoridad que emana del pueblo y sólo debe estar atenta a escucharlo, interpretarlo y acatarlo; con instituciones divinas o humanas milenarias o seculares que han de ser derogadas o devenir caducas, obsoletas; desprendida de los tesoros que el arte más sublime había producido para la alabanza de Dios y la elevación de los hombres; despojada de los bienes instrumentales destinados a servir sus sublimes fines; convertida en incipiente, quizá en primitiva, porque olvidada voluntariamente de la sabiduría de la experiencia; complaciente con todos los desvaríos de la humanidad contemporánea; mal remedo de las sociedades seculares… estéril para el cielo y la tierra.

Y como estas notas falsas van informando a amplios sectores de la Iglesia verdadera, se va deteriorando ésta misma, y por tanto su imagen, delante de sus propios hijos y del mundo. Con lo que de hecho va resultando ella atacada profundamente en su ser y en su operar, y afectada en sus notas esenciales de unidad, santidad y catolicidad. Y va resultando carcomida por varios cánceres que destruyen: pululan las opiniones, las sectas, las oposiciones y las luchas; numerosos clérigos y religiosos abandonan sus puestos de avanzada; los jóvenes dejan de ser atraídos a su servicio; muchos militantes se fatigan o pervierten; tantos hijos la abandonan; los de afuera le vuelven las espaldas, indiferentes o escandalizados…

 

Algo todavía peor: al servicio del marxismo

Todo lo que acabamos de señalar es sumamente grave. Pero no es lo peor, sin embargo. Porque ocurre que desde hace muy pocos años ha irrumpido en nuestra vida argentina, como en otros lados de América y del mundo, otro tipo más avanzado todavía de sacerdotes.

Son los que no sólo conciben su misión –y la de la Iglesia– como temporalista y secularizante, sino que además se hallan embarcados al servicio del marxismo. Porque son marxistas en la descripción del mundo actual, la interpretación de sus males, la detectación de las causas de los mismos, los remedios que proponen y los métodos que preconizan y emplean. Describen las “estructuras” de nuestras sociedades occidentales como radicalmente injustas, violentamente opresoras y sin remedio posible. Sostienen que no hay otra solución que la destrucción de las mismas y su reemplazo por una sociedad colectiva o socialista. Piensan que ese cambio debe llegar por presión de los de abajo, para lo cual deben ellos ser conducidos a la toma de conciencia, la resolución y la lucha. Aceptan como el camino conducente la lucha de clases y justifican en ella cualquier medio: también el pillaje, el robo, el asalto, el secuestro, el crimen, la lucha sangrienta, el caos… Y todo ello en nombre del cristianismo, del Evangelio, y de Jesucristo, y por imperativo de sus conciencias cristianas y sacerdotales, olvidando, al parecer, que la condenación del comunismo, por parte del Magisterio Supremo, no ha sido jamás rectificada. Naturalmente, por lo demás, odian y difaman a las potencias occidentales y ensalzan a La Habana, Pekín y Moscú, y admiran a Marx, Lenin, Mao, el “Che”, Fidel Castro, Camilo Torres…

 

Preocupaciones

Esta tremenda enfermedad surgida en el seno de nuestra Iglesia no nos preocupa por la Iglesia misma. Ella es divina, como que es Dios su Fundador, y Cabeza invisible, Jesucristo, y “los poderes del infierno jamás prevalecerán sobre ella”. Pero nos preocupa enormemente por los hombres, nuestros hermanos. Nos preocupa por los católicos, sobre todo los jóvenes, que puedan creer que esa imagen es la de la Iglesia verdadera, e ingenuamente la acepten y aun la sigan, o por el contrario, abominando de esa imagen abandonen equivocadamente a su Madre. Y nos preocupa por los no católicos, por todos aquellos que consideraban a la Iglesia con respecto y aun simpatía, por todos los que desde lejos la miraban como a un faro luminoso, por los que sin ser sus hijos se sentían sostenidos por su serena e inmutable fortaleza…

Y nos preocupa además grandemente por nuestro país. Porque nos alarma y duele con intensidad que la sal de la tierra, en vez de preservar de toda corrupción, pueda constituirse en algún caso –aunque fuera uno solo– en agente de desintegración para nuestro cuerpo social argentino, tan espléndidamente dotado por Dios y que la Iglesia verdadera engendrara otrora para Jesucristo y aun preparara para los destinos más altos…

 

Quiénes somos y por qué hablamos

Constituimos un grupo de sacerdotes argentinos que, no obstante las propias deficiencias, de las cuales somos conscientes, quieren amar a Jesucristo, a la Iglesia de siempre y a su Patria.

Hace bastante tiempo que sufrimos los males que hemos recordado y hemos tratado de preservar a nuestros fieles de tanto error.

Hubiéramos deseado, con todo, que una voz más autorizada que la nuestra se elevara en este momento, particularmente grave, para pronunciar una palabra esclarecedora. Y que hiciera saber a los fieles y a los demás conciudadanos quién es Jesucristo y quién no es, cómo es la verdadera Iglesia y cómo no es ella, quizá… cuáles son los verdaderos pastores y cuáles no…

Respetamos las razones que puedan existir para que esa palabra todavía no haya sido dicha. Pero nos hemos sentido obligados en conciencia a aclarar la mente de los fieles que nos han sido confiados y de los argentinos que quieran escucharnos, aceptando el respaldo modesto pero real, que dan a nuestra palabra nuestras vidas y nuestras obras sacerdotales. Por otra parte, nos acucian igualmente estas recientes palabras del Papa: “El coraje de la verdad se impone más que nunca a los cristianos, si quieren ser fieles a su vocación de dar un alma a este mundo nuevo que se está buscando. Que nuestra fe en Cristo sea sin resquebrajaduras en esta época nuestra que lleva la contraseña, como la época de Agustín, de una verdadera «miseria y penuria de verdad» (Serm., 11, 11). «Que cada uno esté dispuesto a dar la vida por la verdad» (Jovenal, Sat., IV, 91). El coraje de la verdad es también la primera e indispensable caridad que los pastores deben ejercitar. No admitamos jamás, ni siquiera con el pretexto de la caridad para con el prójimo, que un ministro del Evangelio anuncia una palabra puramente humana. Va en ello la salvación de los hombres. Por eso en este recuerdo todavía fresco de la fiesta de Pentecostés, queremos hacer un llamamiento a todos los pastores responsables para que eleven su voz, cuando sea necesario, con la fuerza del Espíritu Santo (Hechos, 1, 8), con el fin de aclarar lo que está turbio, enderezar lo torcido, calentar lo que está tibio, fortalecer lo que está débil, iluminar lo tenebroso.” (S. S. Paulo VI, alocución ante el Sacro Colegio Cardenalicio, del 18 de mayo de 1970; cfr.  “L’Osservatore Romano”, edición semanal en lengua española, nº 22 (74), página 7).

Pertenecemos a aquella gran parte de la Iglesia que adhiere al Concilio Ecuménico Vaticano II, pero también a todos los precedentes; acepta sus textos auténticos, pero no siempre la interpretación de los “peritos”; acata la autoridad del Concilio Ecuménico, pero también la del Romano Pontífice.

Pertenecemos a aquella gran parte de la Iglesia que quiere con empeño la elevación material y espiritual de los hombres, clases y pueblos pobres, pero por caminos diversos en absoluto de los de Marx, Lenin, el “Che” o Mao… y que con elemental nobleza, estricta justicia histórica y ausencia de lastimosos complejos, reconoce agradecida todo lo que la misma Iglesia ha hecho a este respecto en 20 siglos, en gesta estrictamente incomparable.

Estamos ciertos, por lo demás, de que expresamos el pensamiento de la mayor parte de los sacerdotes argentinos y el sentir de la mayoría de los fieles de nuestras parroquias.

Ojalá entonces que estas modestas palabras sirvan para recordar, a católicos y no católicos, que la verdadera Iglesia sigue siempre viva entre nosotros, predicando el genuino Evangelio del Señor y haciéndolo presente al verdadero Jesucristo, con su doctrina de salvación eterna y de paz y progreso temporal, con su sacrificio glorificador de Dios y redentor de los hombres, con sus sacramentos portadores de vida divina, de Fe, Esperanza y Caridad, con sus instituciones y su gobierno, que conducen al cielo a los hombres mediante la edificación de la tierra a la claridad de su luz y el calor de su amor. Está siempre viva y operante esa Iglesia verdadera, por más que no haga ruido, ni viva solicitando la atención de la prensa con conferencias y comunicados, o con hechos espectaculares, no siempre de acuerdo con la ley divina positiva y ni siquiera con la natural.

Y ojalá también que estas palabras contribuyan a que las cosas queden claras. Y que pronto se discierna la verdadera Iglesia de la que no lo es. Bastará quizá para ello que nuestros conciudadanos recuerden la frase esclarecedora de Jesucristo: “Por sus frutos los conoceréis”.

Claro está que no juzgamos intenciones de nadie, cosa que corresponde sólo a Dios.

Dejamos, por lo demás, constancia de que hubiéramos deseado no tener que hablar mal de nadie, ni siquiera indirectamente. Pero la necesidad tiene cara de hereje: aquí está en juego la vida eterna de muchos hombres a nosotros confiados y la subsistencia moral de nuestra Patria.

 

Firman: Mons. Enrique H. Lavagnino, Guillermo Furlong, Luis M. Etcheverry Boneo, Alberto García Vieyra, Antonio González, Alfredo Sáenz S. J., Ignacio Garmendía, Fernando Carballo, Luis De Fornari, Pedro Somolinos, José María Lombardero, Juan Guidolini, Jaime Garmendía, Severino Silva, Ezequiel Cárdenas, Marcelo Sánchez Sorondo, Alfredo Caxaraville Garzón, Roberto Martinetti, Armando Monzón, Eleuterio Pianarosa, Luis Cimino, Osvaldo Ganchegui, Adolfo Abeijón, José Torquiaro, Luis Cimino, Jorge Sabione, Gabriel Foncillas, Ramón Re, Miguel Bózzoli, Amelio Calori, Pablo Di Benedetto, Vicente Desimone, Julio Meinvielle, Enrique Imperiale, Pedro Darío, Alejandro Vigano, Silvio Grasset, Juan Carlos Franco, Silvio Vellere, Pedro Raúl Luchia Puig, José Varela, José Bonet, Mons. Luis Actis, Isidro Blanco Vega, Miguel André, Tomás Dean, Pbro. Casella, Pbro. Passelli, Juan Kaaglioti, Secundino Lombardi, Antonio Martínez, Héctor Marioni, y Mons. Miguel Lloveras, Angel B. Armelin.

Buenos Aires, julio de 1970.

 

Esta “Declaración de Sacerdotes Argentinos” ha sido firmada inicialmente por cincuenta sacerdotes de Buenos Aires y del Gran Buenos Aires.

Sus promotores invitan a suscribirla también a todos los sacerdotes del país que adhieran a sus términos, lo que pueden hacer en el domicilio de Monseñor Enrique Lavagnino, Jujuy 1241 (teléfono 97-2760), Bueno Aires.

viernes, 4 de septiembre de 2020

La Devoción al Sagrado Corazón de Jesús

 


Presentamos aquí una pequeña exposición, donde se nos habla de la importancia de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.

La devoción es el acto interno principal de la virtud de la religión. Como dice Santo Tomás, consiste en «la prontitud de la voluntad para entregarse a las cosas que pertenecen al servicio de Dios»[1]. El culto que debemos a Dios es un acto de adoración o de latría, que pertenece a la esencia de la naturaleza humana, y, por ello, el Señor lo promulgó en el Primer Mandamiento del Decálogo.

Como Jesucristo es el «Mediador entre Dios y los hombres» [1 Tim. 2, 5], es el medio sin el cual nadie puede salvarse. Por disposición de Dios, la Virgen Santísima, a pesar de ser una mera criatura, sin embargo es el instrumento que el Señor ha querido utilizar para reinar más fácilmente en el mundo, como dice San Luis María Grignion de Montfort[2]. Los demás actos de piedad hacia los Santos no son de precepto, distinto éstos dos, uno por naturaleza y otro por imperio de la Divina Majestad de Dios.

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús es el remedio para nuestra época, que ha caído en el relativismo doctrinal y en la tibieza espiritual.

En primer lugar, para combatir el relativismo, nada mejor que el Corazón de Cristo. Al darle culto a Él, hacemos profesión de Fe de los dogmas referidos a Nuestro Señor, en el pasado, del tiempo de su aparición y nos prevenimos de los errores modernos. Y, para demostrarlo, citaremos las palabras de los Sumos Pontífices al respecto.

Para prevenir los errores del pasado, le damos al Corazón del Señor el culto de adoración propio de la Divinidad. Así profesamos que Él es una única Persona Divina, con dos naturalezas, humana y divina. Dice, en efecto, el Papa Pío XII: «El Verbo de Dios no ha tomado un cuerpo ilusorio y ficticio, como ya en el primer siglo de la era cristiana osaron afirmar algunos herejes, que atrajeron la severa condenación del Apóstol San Juan: Puesto que en el mundo han salido muchos impostores: los que no confiesan a Jesucristo como Mesías venido en carne. Negar esto es ser un impostor y el anticristo [2 Jn. 7]. En realidad, Él ha unido a su Divina Persona una naturaleza humana individual, íntegra y perfecta, concebida en el seno purísimo de la Virgen María por virtud del Espíritu Santo. Nada, pues, faltó a la naturaleza humana que se unió el Verbo de Dios. El la asumió plena e íntegra tanto en los elementos constitutivos espirituales como en los corporales, conviene a saber: dotada de inteligencia y de voluntad todas las demás facultades cognoscitivas, internas y externas; dotada asimismo de las potencias afectivas sensibles y de todas las pasiones naturales. Esto enseña la Iglesia católica, y está sancionado y solemnemente confirmado por los Romanos Pontífices y los Concilios Ecuménicos: Entero en sus propiedades, entero en las nuestras[3]; perfecto en la divinidad y Él mismo perfecto en la humanidad[4]; todo Dios [hecho] hombre, y todo el hombre [subsistente en] Dios[5].»[6]

Podemos agregar lo que dice el Papa Pío XI, que la necesidad de reparar el Corazón dolorido del Señor por nuestras ingratitudes y desprecios contrarresta el error del naturalismo, que cree que el hombre es un “buen salvaje”, al estilo de Rousseau, donde se niega la existencia y las consecuencias del pecado original. Contra este error, dice el citado Pontífice: «Este deber de expiación incumbe a todo el género humano, ya que éste después de la miserable caída de Adán, debiera haber sido precipitado en la ruina sempiterna, según se nos enseña por la fe cristiana, inficionado como quedaba de la mancha hereditaria, sujeto a las concupiscencias y miserablemente depravado. Niegan esto ciertamente los soberbios de nuestro tiempo, seguidores del antiguo error de Pelagio, divulgando una virtud ingénita de la naturaleza humana tal que, por propia fuerza se eleva más y más continuamente; empero rechaza el Apóstol estos falsos inventos de la humana soberbia trayéndonos a la memoria que éramos por naturaleza hijos de ira [Ef. 2, 3].»[7]

Para corregir los errores de la época, el Sagrado Corazón se manifestó a Santa Margarita María para que los hombres no cayeran en el jansenismo, que los alejaba de la recepción de los sacramentos. Dice también Pío XI: «Pues, como en otro tiempo quiso Dios que al humano linaje, que salía del arca de Noé, apareciese una señal de amistoso pacto, el arco iris visible en las nubes [Gen. 2, 14], de la misma manera, en los recientes turbulentísimos tiempos, como se extendiese la famosa herejía jansenista, la más taimada de todas, enemiga del amor y piedad para con Dios, que predicaba que éste no tanto debía ser amado como padre cuanto temido como implacable juez, el benignísimo Jesús manifestó en alto a las naciones su Corazón sacratísimo, como bandera de paz y caridad, y como presagio de no dudosa victoria en la contienda.»[8]

Contra las herejías de nuestra época, la devoción auténtica al Sagrado Corazón nos previene de los recientes errores, que son el liberalismo, el comunismo y el modernismo, los cuales, al decir del p. Castellani, son los tres espíritus que brotan de la boca del anticristo[9].

Contra el liberalismo, escribió el Papa León XIII: «Precisamente en estos últimos tiempos se ha procurado con todo empeño que mediase como un muro entre la Iglesia y la sociedad civil. En la constitución y gobierno de los pueblos, se tiene en nada la autoridad del derecho sagrado y divino, con el intento de que la religión no influya lo más mínimo en el modo de ser de la vida ordinaria. Lo cual casi equivale a hacer desaparecer la fe de Cristo, y desterrar de la tierra, si se pudiese, al mismo Dios. […] De ahí la violencia de los males que hace tiempo están como de asiente entre nosotros y que reclaman vigorosamente que busquemos la ayuda del único con cuya virtud podemos lanzarlos lejos de nosotros. Y, ¿quién puede ser éste, fuera de Jesucristo Unigénito de Dios? Pues ningún otro nombre se ha dado a los hombres bajo el cielo en el que nos hayamos de salvar [Hech. 4, 12]»[10]

Advirtiendo de los tres errores juntos, el liberalismo, el comunismo y el modernismo, escribió el Papa Pío XII: «Hay también además quienes, por considerar que tal culto exige muy principalmente la penitencia, la reparación y las demás virtudes que llaman pasivas, pues no producen frutos externos, no lo juzgan apto para reavivar la piedad espiritual de nuestros tiempos, que precisa dirigir sus esfuerzos más bien a una abierta e intensa actividad, [a saber] al triunfo de la fe católica, y a la valiente defensa de la moral cristiana; moral ésta, por cierto, que hoy, como todos saben, fácilmente se encuentra inficionada por los falaces sofismas de los indiferentistas, que teórica y prácticamente no reconocen criterio para distinguir lo verdadero de lo falso, y miserablemente se ve también afeada por los principios del llamado materialismo ateo y del laicismo»[11].

El desprecio de las llamadas “virtudes pasivas” comenzó con el americanismo, condenado por el Papa León XIII[12], y fue retomado por el modernismo, condenado por el Papa San Pío X, en su Encíclica Pascendi[13].

El materialismo es el nombre por el cual el Papa Pío XI denominó al comunismo, condenándolo. En él «no queda lugar ninguno para la idea de Dios»[14].

El laicismo es el liberalismo, condenado más extensamente por el Papa León XIII en numerosos escritos, entre los cuales sobresale la Encíclica Libertas, donde se nos explica que el error de fondo «reside en una errónea y adulterada idea de la libertad»[15].

En segundo lugar, para quitar la tibieza espiritual, nada mejor que la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Dice Santo Tomás, «ningún ejemplo de virtud está ausente de la Cruz»[16]. Como dice San Buenaventura, citado por el Papa Pío XII: «Por eso fue herido (tu Corazón), para que, a través de la herida visible, veamos la herida invisible del amor.»[17]

Frente a los desprecios al Amor de Dios, donde la Fe es ninguneada y ridiculizada; frente a  la indiferencia de quienes viven como si Dios no existiera, y que ahora se ocupan más de la salud del cuerpo que la del alma; frente al odio que tantos profesan públicamente contra Dios y su Santa Ley, nunca mejor recordar estas palabras de Pío XI: «Viene como a poner el colmo a estos males, ya la inercia y desidia de los que titubeando en la fe, a la manera de los discípulos que dormitaban y huían, abandonan miserablemente a Cristo oprimido por la angustia o rodeado de los satélites de Satanás, ya la perfidia de aquéllos que, habiendo seguido el ejemplo del traidor Judas, o comulgan sacrílegamente o se fugan al campamento de los enemigos. Y así aun al espíritu indispuesto se le ocurre que se acercan aprisa los tiempos de que vaticinó Nuestro Señor: Y puesto que abundó la iniquidad, se enfriará la caridad de muchos [Mt. 24, 12]. Y, en verdad, cuantos fieles meditaren piadosamente estas cosas, encendidos en el amor de Cristo dolorosísimo, no podrán menos de expiar con gran fervor sus culpas, y las de los otros, resarcir el honor de Cristo, y promover la eterna salvación de las almas.»[18]

La reparación al Amor que no es amado es la obligación de las almas que aman. La Comunión Reparadora de los primeros viernes de mes, la Hora Santa, el trabajar por extender la devoción a los Sagrados Corazones, el entronizar la imagen del Sagrado Corazón en las familias, etc., debe ser nuestra respuesta a la caridad infinita del Señor, frente a tanta indiferencia y tibieza espiritual, que presagia el acercamiento de la última etapa de la Iglesia, donde abundarán los tibios[19].

Concluimos colocando la oración que formulara el Papa León XIII para consagrar al mundo al Sagrado Corazón, en su versión original:

«Jesús, dulcísimo Redentor del género humano, míranos postrados humildemente delante de tu Altar; tuyos somos y tuyos queremos ser, y a fin de estar más firmemente unidos a ti, he aquí que, hoy día, cada uno de nosotros se consagra espontáneamente a tu Sagrado Corazón. Muchos, Señor, nunca te conocieron; muchos te desecharon al quebrantar tus Mandamientos; compadécete, Jesús, de los unos y de los otros, y atráelos a todos a tu Santo Corazón. Sé Rey, ¡Señor!, no sólo de los fieles que jamás se separaron de ti, sino también de los hijos pródigos que te abandonaron; haz que vuelvan pronto a la casa paterna, no sea que perezcan de miseria y de hambre. Sé Rey de aquéllos a quienes engañaron opiniones erróneas y desunió la discordia; tráelos al puerto de la Verdad y a la unidad de la Fe, para que luego no quede más que un solo Rebaño y un solo Pastor. Sé Rey de los que aún siguen envueltos en las tinieblas de la idolatría o del islamismo. A todos dígnate atraerlos a la luz de tu Reino. Mira, finalmente, con ojos de misericordia, a los hijos de aquel pueblo, que en otro tiempo fue tu predilecto; que también descienda sobre ellos, como bautismo de redención y vida, la sangre que reclamó un día contra sí. Concede, Señor, a tu Iglesia incolumidad y libertad segura, otorga a todos los pueblos la tranquilidad del orden; haz que del uno al otro polo de la tierra resuene esta sola aclamación: “ALABADO SEA EL DIVINO CORAZÓN, POR QUIEN HEMOS ALCANZADO LA SALUD; A ÉL GLORIA Y HONOR, POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS”. Así sea.»[20]




[1] Santo Tomás, Summa Theologiae, II-II, 82, 1.

[2] «Por medio de la Santísima Virgen María vino Jesucristo al mundo y también por medio de Ella debe reinar en el mundo.» (S. Luis María G. de Montfort, Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen, n. 1)

[3] S. León I Magno, Epist. Dogm. Lectis dilectionis tuae ad Flavianum Const. Patr. 13 de junio de 449.

[4] Concilio de Calcedonia, a. 451.

[5] S. Gelasio Papa, Tract III: Necessarium  de duabus naturis in Christo.

[6] Pío XII, Car. Enc. Haurietis Aquas, n. 21.

[7] Pío XI, Car. Enc. Miserentissimus Redemptor, n. 8.

[8] Pío XI, Car. Enc. Miserentissimus Redemptor, n. 2.

[9] Cf. Castellani, L, El Apokalypsis de San Juan, Vórtice, Bs. As., 4º ed., pp. 226-227.

[10] León XIII, Car. Enc. Annum Sacrum, n. 9. 10.

[11] Pío XII, Car. Enc. Haurietis Aquas, n. 7.

[12] Cf. León XIII, Carta Testem Benevolentiae al Card. Gibbons, del 22 de enero de 1899.

[13] Cf. S. Pío X, Car. Enc. Pascendi Dominici Gregis, n. 37.

[14] Pío XI, Car. Enc. Divini Redemptoris, n. 9.

[15] León XIII, Car. Enc. Libertas Praestantissimum, n. 1.

[16] S. Tomás, Collatio 6 super Credo in Deum.

[17] Pío XII, Car. Enc. Haurietis Aquas, n. 44, citando a San Buenaventura, Opusc. Vitis mystica, c. III, n. 5.

[18] Pío XI, Car. Enc. Miserentissimus Redemptor, nn. 19-20.

[19] Cf. Castellani, L, El Apokalypsis de San Juan, Vórtice, Bs. As., 4º ed., pp. 81-82.

[20] León XIII, Car. Enc. Annum Sacrum, n. 14.