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sábado, 12 de agosto de 2017

Jordán Bruno Genta y Carlos Alberto Sacheri, mártires de Cristo Rey


Hemos conmemorado durante el año 2014 el cuadragésimo aniversario de la muerte de Jordán Bruno Genta y de Carlos Alberto Sacheri [1]. Hemos narrado su vida, sus escritos y las circunstancias de su muerte. Para reafirmar lo dicho, y concluir ambos artículos debemos afirmar, sin lugar a dudas, que ambos patriotas del Cielo y de la tierra deben ser considerados, con toda propiedad, mártires.
Santo Tomás, en la Suma de Teología, en su tratado sobre la virtud de la fortaleza, donde explica el martirio, como primer analogado del hombre fuerte, nos enseña que «pertenece a la razón del martirio mantenerse firme en la verdad y en la justicia contra los ataques de los perseguidores» (II-II, 124, 1). Genta, proscripto primero por enseñar la verdad de la fe con todas sus consecuencias, expulsado del rectorado por no ser genuflexo al poder político, soportando la pobreza para él y su familia para no ceder ante falsas prioridades; y amenazado luego de muerte reiteradas veces, fue al fin asesinado por no dejar de ver clarividentemente y de enseñar, en su caso, la necesidad de fortalecer a las Fuerzas Armadas de la Nación para enfrentar al poder comunista. Sacheri, por otra parte, sabiendo todos que él sería el sucesor doctrinal de Genta, a pesar de que había sido intimidado de muerte luego de la caída del primero, no claudicó en la enseñanza de la doctrina social de la Iglesia, ni dejó de denunciar los errores del tercermundismo dentro de su mismo seno, con su obra “La Iglesia Clandestina”, que le valió su muerte violenta.
Como nos sigue diciendo el Angélico: «no debe uno dar a otro ocasión para obrar injustamente, pero si el otro obrara así, él debe soportarlo con moderación» (II-II, 124, 1 ad 3). Ahora bien, es evidente que ni Genta ni Sacheri dieron ocasión para que los enemigos los ataquen. Ambos luchaban por el bien temporal de la patria, abierto a la fe católica, único modo de realizarse el bien en este mundo, de modo individual y social, advirtiendo acerca de los males que los acechaban. Pero no debe decirse que ellos se expusieron temerariamente a la muerte por denunciar los errores de nuestro tiempo, ni tampoco por dar nombres concretos de aquellos que los promovían (como hizo Sacheri en “La Iglesia Clandestina”), porque, como dice Santo Tomás: «A ella [la ciencia de la verdad] pertenece aceptar uno de los contrarios y rechazar el otro; como sucede con la medicina, que sana y echa fuera a la enfermedad. Luego así como propio del sabio es contemplar, principalmente, la verdad del primer principio y juzgar de las otras verdades, así también lo es luchar contra el error.» (Suma Contra Gentiles, I, 1)
Tanto en Genta como en Sacheri han brillado todas las virtudes que resplandecen en los mártires. «El martirio se relaciona con la fe como el fin en el que uno se afirma; y con la fortaleza como su hábito de donde procede.» (II-II, 124, 2, ad 1). «Al acto del martirio inclina la caridad como primer y principal motivo o como virtud imperante; la fortaleza, en cambio, como motivo propio y virtud productora.» (II-II, 124, 2, ad 2). Las virtudes teologales fueron el motor de sus existencias, por las opciones de sus propias vidas. Por la fe permanecieron en su propia patria, en épocas difíciles; por la fe despreciaron los bienes y los cargos temporales; por la fe pospusieron sus propias vidas por la proclamación de la verdad. Virtud de la fe, que no sólo implica la adhesión intelectual a la verdad de Dios que se revela, sino también su profesión externa, con todo lo que conlleva. Por eso agrega más adelante el Doctor Común: «Pertenece al martirio el que el hombre dé testimonio de su fe, demostrando con sus obras que desprecia el mundo presente y visible a cambio de los bienes futuros e invisibles.» (II-II, 124, 4). «Padece como cristiano no sólo el que sufre por la confesión de su fe de palabra, sino también el que sufre por hacer cualquier obra buena, o por evitar cualquier pecado por Cristo: porque todo ello cae dentro de la confesión de la fe». (II-II, 124, 5, ad 1). Por la virtud de la esperanza, poniendo su confianza más en Dios que en los auxilios humanos, se arrojaron en el poder de Dios, para que Él hiciera su obra, a pesar de faltarles recursos humanos; por la esperanza no temieron incluso en morir, sabiendo que Dios suscitaría a otros que en su lugar tomarían sus puestos, en la defensa de la verdad. Por la virtud de la caridad, amaron más a Dios que a sus bienes, a sus sitios, a sus honras, a sus familias e incluso a sus propias vidas, prefiriendo antes el permanecer firmes, como el centinela: «En lo alto de la torre, mi Señor, estoy de pie todo el día, y en mi puesto de guardia permanezco alerta toda la noche.» (Is. 21, 8) «El martirio es, entre todos los actos virtuosos, el que más demuestra la perfección de la caridad, ya que se demuestra tener tanto mayor amor a una cosa cuando por ella se desprecia lo más amado y se elige sufrir lo que más se odia… Según esto, parece claro que el martirio es, entre los demás actos humanos, el más perfecto en su género, como signo de máxima caridad, conforme a las palabras de San Juan (15, 13): “Nadie tiene mayor amor que el dar uno la vida por sus amigos”.» (II-II, 124, 3) Esta máxima caridad es la que se ve en estos dos intrépidos defensores de la fe católica.
Esta fe y esta caridad que demostraron durante toda su vida, y sobre todo en el momento de su muerte, fueron las que hicieron meritorio su acto de martirio, como causa y como raíz fontal de toda acción. «Los mártires de Cristo son como testigos de su verdad. Pero se trata de la verdad de la fe, que es, por tanto, la causa de todo martirio. Pero a la verdad de la fe pertenece no sólo la creencia del corazón, sino también la confesión externa, la cual se manifiesta no sólo con palabras por las que se confiesa la fe, sino también con obras por las que se demuestra la posesión de esa fe… Por tanto, las obras de todas las virtudes, en cuanto referidas a Dios, son manifestaciones de la fe, por medio de la cual nos es manifiesto que Dios nos exige esas obras y nos recompensa por ellas. Y bajo este aspecto pueden ser causa del martirio.» (II-II, 124, 5) «El que [el testimonio de la sangre] sea meritorio le viene de la caridad, como a todo acto virtuoso. Por tanto, sin la caridad no tiene valor alguno.» (II-II, 124, 2, ad 2)
Fueron en ellos las virtudes teologales que dieron origen en sus almas a las virtudes morales. «El acto principal de la fortaleza es el soportar, y a él pertenece el martirio, no a su acto secundario, que es el atacar. Y como la paciencia ayuda a la fortaleza en su acto principal, que es el soportar, se sigue que también en los mártires se alabe la paciencia por concomitancia.» (II-II, 124, 2, ad 3) «El martirio abarca lo que puede haber de sumo en la obediencia, es decir, el ser obediente hasta la muerte, como se nos dice de Cristo en Flp. 2, 8: que “se hizo obediente hasta la muerte”.» (II-II, 124, 3, ad 2). Vemos claramente su paciencia, en soportar grandes adversidades, sin rehusarlas, por amor a la fe católica, demostrada hasta el martirio, sin claudicar ni un momento. Reluce su obediencia a la vocación intelectual que Dios les había dado, vocación que no dejaron de seguirla a pesar de las grandes dificultades que se le presentaban en su época. Sin duda, para que pudieran ser fieles a su magisterio se requería una virtud singular, heroica, que se requería en su caso para su santificación. «No hay ningún acto de perfección que cae bajo consejo que en algún caso no caiga bajo precepto como necesario para salvarse, por ejemplo, según San Agustín en el libro De Adulterinis Coniugiis, si uno se ve en la necesidad de guardar la continencia por ausencia o enfermedad de su mujer. Y por eso no va contra la perfección del martirio el que en algún caso sea necesario para salvarse.» (II- II, 124, 5, ad 1)
No sólo Genta y Sacheri aceptaron la muerte violenta que sufrieron, sino que además la vieron venir en sus propias vidas, y no la evadieron por amor al reinado de Cristo en nuestra patria. Esta acción suya, sin duda, fue meritoria. « El mérito del martirio no se da después de la muerte, sino en soportarla voluntariamente, es decir, cuando uno sufre libremente la inflicción de la muerte.» (II- II, 124, 4, ad 4).
Nada mejor para demostrar su martirio que el propio testimonio de sus verdugos, que ya hemos recordado al narrar la vida de Carlos Sacheri. Ese comunicado confirma que los mataron por odio a la fe.
Por lo tanto, tanto por su vida, su obra y su muerte, como por la carta de sus homicidas, podemos concluir con certeza que el deceso de ambos se debe al odio a la fe católica, y que, por ende, deben ser considerados mártires de Cristo Rey.
Podemos concluir con santo Tomás: «En el martirio el hombre es confirmado sólidamente en el bien de la virtud, al no abandonar la fe y la justicia por los peligros inminentes de muerte, los cuales también amenazan en una especie de combate particular, por parte de los perseguidores… Por tanto, está claro que el martirio es acto de la fortaleza. Y por eso dice la Iglesia, hablando de los mártires, que se hicieron fuertes en la guerra.» (II-II, 124, 2). Es claro que esto se ve en Jordán Bruno y en Carlos Alberto de modo especial. Ellos no temieron las provocaciones de los enemigos, perseveraron en el «buen combate de la fe» (2 Tim. 4, 7), «se hicieron fuertes en la guerra», y por ello su sangre derramada se ha unido a la única Sangre derramada para la salvación de la humanidad.



[1] El siguiente artículo fue publicado en la página web Adelante la Fe, el día 15 de enero de 2015, como puede verse aquí.

miércoles, 2 de agosto de 2017

Abrazar la Cruz


CARTA DE UNA RELIGIOSA







La autora de la dramática misiva se llama Lucy Vertrusc. No es, lamentablemente, la única religiosa violada en esta guerra singularmente feroz de Bosnia-Hersegovina. Como las restantes, se negó al aborto y asumió su maternidad, en medio de la mayor pobreza, como la voluntad de Dios, nunca tan misteriosamente expresada. Lo que sigue es el texto completo de un testimonio dramático, que resume piedad y amor a Dios y al prójimo, dirigido a la superiora de su Congregación.






Soy Lucy, una de las jóvenes religiosas que ha sido violada por los soldados serbios. Le escribo, Madre, después de lo que nos ha sucedido a mis hermanas Tatiana, Sandría y a mí. Permítame no entrar en detalles del hecho. Hay en la vida experiencias tan atroces que no pueden contarse a nadie más que a Dios, a cuyo servicio, hace apenas un año me consagre. 






Mi drama no es tanto la humillación que padecí como mujer, ni la ofensa incurable hecha a mi vocación de consagrada, sino la dificultad de incorporar a mi Fe un evento que ciertamente forma parte de la misteriosa voluntad de Aquél, a quien siempre consideré mi Esposo Divino. 






Hacía pocos días que había leído «Diálogos de Carmelitas», y espontáneamente pedía al Señor la gracia de poder también yo morir mártir. Dios me tomó la palabra, pero ¡De qué manera! Ahora me encuentro en una angustiosa oscuridad interior. El ha destruido el proyecto de mi vida, que consideraba definitivo y exaltante para mí y me ha introducido improvisadamente en un nuevo designio suyo que, en este momento, me siento incapaz de descubrir. 






Cuando adolescente escribí en mi Diario: «Nada es mío, yo no soy de nadie, nadie me pertenece». Alguien, en cambio, me apreso una noche, que jamás quisiera recordar, me arrancó de mí misma, queriendo hacerme suya...






Era ya día cuando desperté y mi primer pensamiento fue el de la agonía de Cristo en el Huerto. Dentro de mí se desencadenó una lucha terrible. Me preguntaba por qué Dios permitió que yo fuese desgarrada, destruida precisamente en lo que era la razón de mi vida; pero, también me preguntaba a qué nueva vocación El quería llamarme.






Me levanté con esfuerzo y mientras ayudada por sor Josefina me enderezaba, me llegó el sonido de la campana del convento de las Agustinas, cercano al nuestro, que llamaba a oración de las nueve de la mañana. Me hice la señal de la Cruz y recité mentalmente el himno litúrgico: «En esta hora sobre el Gólgota, / Cristo, verdadero Cordero Pascual, / paga el rescate de nuestra salvación».






¿Qué es madre, mi sufrimiento y la ofensa recibida, comparada con el sufrimiento y la ofensa de aquel por quien había jurado mil veces dar la vida?. Dije despacio, muy despacio: «Que se cumpla tu voluntad, sobre todo ahora que no tengo donde aferrarme y que mi única certeza es saber que Tú, Señor, tu estás conmigo.» 


Madre, le escribo no para buscar consuelo, sino para que me ayude a dar gracias a Dios por haberme asociado a millares de compatriotas ofendidas en su honor y obligadas a una maternidad indeseada. Mi humillación se añade a la de ellas y porque no tengo otra cosa que ofrecer en expiación por los pecados cometidos por los anónimos violadores y para reconciliación de las dos etnias enemigas, acepto la deshonra sufrida y la entrego a la misericordia de Dios.






No se sorprenda, Madre, si le pido que comparta conmigo un «gracias» que podría parecer absurdo. En estos meses he llorado un mar de lágrimas por mis dos hermanos asesinados por los mismos agresores que van aterrorizando nuestras comunidades y pensaba que no podría sufrir más de eso, ¡tan lejos estaba de imaginar lo que me había de suceder!






A diario llamaban a la puerta de nuestro convento centenares de criaturas hambrientas, tiritando de frío con la desesperación en los ojos. Hace unas semanas un muchacho de dieciocho me dijo: «Dichosas ustedes que han elegido un lugar donde la maldad no puede entrar». El chico tenía en la mano el rosario de las alabanzas del profeta. Y añadió en voz baja: «Ustedes no sabrán nunca lo que es la deshonra».






Pensé largamente sobre ello y me convencí que había una parte secreta del dolor de mi gente que se me escapaba y casi me avergoncé de haber sido excluida. Ahora soy una de ellas, una de las tantas mujeres anónimas de mi pueblo, con el cuerpo desbastado y el alma saqueada. El Señor me admitió a su misterio de vergüenza. Es más, a mí, religiosa, me concedió el privilegio de conocer la fuerza diabólica del mal.






Sé que de hoy en adelante, las palabras de ánimo y de consuelo que podré arrancar de mi pobre corazón, ciertamente serán creíbles, porqué mi historia, su historia y mi resignación, sostenida por la Fe, podrá servir, sino de ejemplo, por lo menos de referencia. De su acción moral y afectiva.






Basta un signo, una vocecita, una señal fraterna, para poner en movimiento la esperanza de tantas criaturas desconocidas. Dios me ha elegido –que él me perdone esta presunción– para guiar a las más humilladas de mi pueblo hacia un alba de redención y de libertad. Ya no podrán dudar de la sinceridad de mis palabras, porque vengo como ellas, de la frontera del envilecimiento y la profanación. 


Recuerdo que cuando frecuentaba en Roma la Universidad «Auxilium» para la Licenciatura en Letras, una anciana eslava, profesora de literatura me recitaba estos versos del poeta Alexej Mislovic: «Tú no debes morir / porque has elegido estar / de la parte del día». La noche, en que por horas y horas fui destrozada por los serbios me repetí estos versos que los sentía como un bálsamo para el alma, enloquecida ya casi por la desesperación. 


Ahora ya todo pasó y al volver hacia atrás tengo la impresión de haber sufrido una terrible pesadilla. Todo ha pasado, Madre pero todo empieza. En su llamado telefónico después de sus palabras de aliento, que le agradeceré toda la vida, usted me hizo una pregunta concreta: «¿Qué harás de la vida que te han impuesto en tu seno?». Sentí que su voz temblaba al hacerme esa pregunta, pregunta que no creí oportuno responder de inmediato, no porque no hubiese reflexionado por el camino a seguir, sino para no turbar sus eventuales proyectos respecto de mí. Yo ya decidí. Seré madre. El niño será mío y de nadie más. Sé que podría confiarlo a otras personas pero él - aunque yo no lo quería y no lo esperaba - tiene el derecho a mi amor de madre. No se puede arrancar una planta con sus raíces. El grano de trigo caído en el surco tiene necesidad de crecer allí, donde el misterioso, aunque inicuo sembrador lo echó para crecer. 


Realizaré mi vocación religiosa de otra manera. Nada pediré a mi congregación que me ha dado ya todo. Estoy muy agradecida por la fraterna solidaridad de las hermanas que en este tiempo me han llenado de delicadezas y atenciones, y particularmente por no haberme importunado con preguntas indiscretas. Me iré con mi hijo, no sé dónde, pero Dios que rompió de improviso mi mayor alegría me indicará el camino a recorrer para hacer su voluntad.






Volveré pobre, retornaré al viejo delantal y a los zuecos que usan las mujeres los días de trabajo y me iré con mi madre a recoger a nuestros bosques la resina de la corteza de los árboles...








Alguien tiene que empezar a romper la cadena de odio que destruye desde siempre nuestros países. Por eso, al hijo que vendrá le enseñare solo el amor. Este, mi hijo, nacido de la violencia, testimoniará junto a mí que la única grandeza que honra al ser humano es la del perdón.