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viernes, 11 de agosto de 2017

María, Paraíso de Dios









Lecturas: Núm. 6, 22-27; Ps. 66; Gal. 4, 4-7; Lc. 2, 16-21.


«María es el Paraíso de Dios y su mundo inefable, donde el Hijo de Dios entró para hacer maravillas, para guardarle y tener en él sus complacencias.»[1]
Con esta frase, san Luis María alaba la Maternidad Divina de María Santísima, y nos recomienda entrar en su Santuario Inmaculado, a través de la esclavitud mariana.
Celebramos hoy este inmenso privilegio de Nuestra Señora, como la otra faceta del misterio de la Navidad: El 25 de diciembre hicimos hincapié en el anonadamiento del Verbo Encarnado, hoy lo hacemos mirando a Aquella pura criatura de la que Dios quiso necesitar para salvar a la humanidad.


Esta verdad de fe, creída por siempre por la Iglesia, según las palabras que Isabel le dice a la Santísima Virgen: «¿De dónde me viene, que la Madre de mi Señor venga a mí?» (Lc. 1, 43), fue proclamada solemnemente por la Iglesia en el Concilio de Éfeso, contra los errores del Patriarca Nestorio, el cual afirmaba que en Jesucristo no había una unión real entre su divinidad y su humanidad, sino que Dios habitaba en el hombre como si fuera un templo. De este modo, Jesucristo no sería una única persona, ni se podría afirmar que María es Madre de Dios, sino solamente madre del hombre Jesucristo.


Frente a esta herejía, el Concilio de Éfeso, en el año 431, declaró la maternidad divina de María Santísima: «No decimos que la naturaleza del Verbo, transformada, se hizo carne; pero tampoco que se trasmutó en el hombre entero, compuesto de alma y cuerpo; sino, más bien, que habiendo unido consigo el Verbo, según hipóstasis o persona, la carne animada de alma racional, se hizo hombre de modo inefable e incomprensible y fue llamado hijo del hombre, no por sola voluntad o complacencia, pero tampoco por la asunción de la persona sola, y que las naturalezas que se juntan en verdadera unidad son distintas, pero que de ambas resulta un solo Cristo e Hijo; no como si la diferencia de las naturalezas se destruyera por la unión, sino porque la divinidad y la humanidad constituyen más bien para nosotros un solo Señor y Cristo e Hijo por la concurrencia inefable y misteriosa en la unidad… Porque no nació primeramente un hombre vulgar, de la santa Virgen, y luego descendió sobre Él el Verbo; sino que, unido desde el seno materno, se dice que se sometió a nacimiento carnal, como quien hace suyo el nacimiento de la propia carne… De esta manera [los Santos Padres] no tuvieron inconveniente en llamar madre de Dios a la santa Virgen.»


«Padres de la Iglesia se llaman con toda razón aquellos santos que, con la fuerza de la fe, con la profundidad y riqueza de sus enseñanzas, la engendraron y formaron en el transcurso de los primeros siglos», en palabras de Juan Pablo II. A ellos la Iglesia siempre debe volver, para conservar la unidad de la fe, para profesarla siempre «con el mismo sentido y con la misma sentencia», como escribió san Vicente de Lérins. Entre las enseñanzas de estos santos podemos citar a san Ignacio de Antioquía, quien en el año 108 escribió: «Nuestro Dios, Jesucristo, ha sido llevado en el seno de María, según la economía divina, nacido “del linaje de David” (Jn. 7, 42; Rom. 1, 3; 2 Tim. 2, 8) y del Espíritu Santo. Él nació y fue bautizado para purificar el agua por su pasión.» Como dice también san Atanasio, en el año 365: «El Verbo que ha sido engendrado desde lo alto por el Padre de modo inefable, inexplicable, incomprensible y eterno, Él mismo ha sido generado en el tiempo abajo desde la Virgen María, Madre de Dios, para que, los que antes fueron engendrados abajo, nazcan en segundo lugar desde lo alto, es decir desde Dios.» Como explica santo Tomás: «La Santísima Virgen se llama Madre de Dios, no porque sea Madre de la Divinidad, sino porque, según la humanidad, es Madre de la persona que tiene la Divinidad y la humanidad.»
No cabe una unión superior a ésta entre el Hijo de Dios y criatura alguna. Porque, en la ordenación de los seres, nada hay más grande que Dios; y en el orden de la naturaleza, no hay unión más grande entre dos personas que la de la maternidad. Por ello, la relación existente en entre María Santísima y su Hijo supera el orden de la naturaleza e incluso el de la gracia. Ella está asociada al orden hipostático, es decir, aporta todos los elementos humanos a la persona de Jesucristo, superando de este modo a los seres más nobles y puros que existen en el universo por su cooperación al actual plan de salvación de Dios.


Esta excelsa criatura, «tesoro digno de ser venerado por todo el orbe, lámpara inextinguible, corona de la virginidad, trono de la recta doctrina, templo indestructible, lugar propio de aquel que no puede ser contenido en lugar alguno», en palabras de san Cirilo de Alejandría, gran defensor de este dogma, es, por pura misericordia de Dios, también Madre nuestra. Por ello debemos hacernos sus hijos más pequeños, ponernos en su regazo. Por eso su Corazón Inmaculado debe ser nuestro seguro refugio, y quien nos alcance hasta Dios. Por esto debemos renunciar a nosotros mismos, como consecuencia necesaria de nuestro Bautismo, y poner nuestro ser en manos de Jesucristo, a través de su más limpia criatura. «María no es como las demás criaturas, que si nos adherimos a ellas podrían más bien separarnos de Dios que aproximarnos a Dios: la inclinación más fuerte de María es unirnos a Jesucristo, su Hijo, y la inclinación más fuerte del Hijo es que se vaya a Él por su Santísima Madre».


Este es «el camino fácil, corto, perfecto y seguro para llegar a la unión con Dios que es la perfección cristiana». Por esto, algunos miembros de nuestra parroquia harán hoy su esclavitud mariana, como signo de querer hacer en todo la santa Voluntad de Dios, renunciando a sí mismos, y queriendo luchar contra todo lo que desagrada a Dios, al mundo, al demonio y a la propia carne.
Sabemos que el demonio no se quedará de brazos cruzados. Vendrá a atacarnos para matar en nuestra alma el deseo de perfección. El principal enemigo somos nosotros mismos, que no podemos vencer nuestros vicios dominantes; que seguimos atados al pecado mortal, o al pecado venial deliberado; que nos sigue importando el respeto humano, antes que los derechos de nuestro Dios.
Pero también conocemos que el demonio utilizará a algunos secuaces, que se harán sus títeres, consciente o inconscientemente. Esos han sido los que han profanado nuestro sagrario; los que han roto la imagen de Nuestro Señor, el Pantocrátor; los que han revolcado por el piso los objetos de la Legión de María. Estos son los que han saqueado la casa de Dios… Dios tenga misericordia de sus almas, y nos dé a nosotros espíritu para reparar semejantes infamias.


Sí, «para nosotros la lucha no es contra sangre y carne, sino… contra los poderes mundanos de estas tinieblas» (Ef. 6, 12). El enfrentamiento es desparejo, no porque los demonios vengan contra nuestras pobres fuerzas humanas, sino porque ellos nada pueden contra Dios. «A una se confabulan contra el Señor y contra su Mesías» (Ps. 2, 2). Y nada pueden contra el Vaso Digno de Honor, que es la Madre del Señor. Como dice la Escritura: «El Señor quebranta las guerras; Señor es su nombre… El Señor Todopoderoso le hirió, entregándolo en manos de una mujer, que le quitó la vida» (Jdt. 16, 3. 7). Por esto nos alistaremos en las tropas de la Santísima Virgen, para que Ella nos alcance la victoria, para que Ella en nosotros pisotee al pecado, al demonio y a la muerte, para que en nuestra alma se cumpla la sentencia de San Juan de la Cruz: «Sólo mora en este monte honra y gloria de Dios».


Por ello terminamos con las palabras de la homilía más famosa de la antigüedad, de San Cirilo, que también nosotros hacemos nuestras: «Te saludamos a Ti, que encerraste en tu seno virginal a aquel que es inmenso e inabarcable; a Ti, por quien la santa Trinidad es adorada y glorificada; por quien la cruz preciosa es celebrada y adorada en todo el orbe; por quien exulta el cielo; por quien se alegran los ángeles y arcángeles; por quien son puestos en fuga los demonios; por quien el diablo tentador cayó del cielo; por quien la criatura, caída en el pecado, es elevada al cielo; por quien toda la creación, sujeta a la insensatez de la idolatría, llega al conocimiento de la verdad; por quien los creyentes obtienen la gracia del bautismo y el aceite de la alegría; por quien han sido fundamentadas las Iglesias de todo el orbe de la tierra; por quien todos los hombres son llamados a la conversión».








[1] Esta homilía fue predicada y publicada el día 1 de enero de 2015, en la parroquia Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, del barrio Butaló (Santa Rosa), como puede verse aquí.

viernes, 28 de julio de 2017

La perfecta consagración a Jesús por María


“Soy todo tuyo, mi Amada Señora, con todo lo que tengo”[1].
Luego de haber meditado en estos días los motivos de la verdadera consagración a la Virgen[2], es bueno recordar que nuestro fin último es sólo Jesucristo, y sólo por Él podemos salvarnos[3]. Hemos sido comprados “con la Sangre preciosa de Cristo, el Cordero sin mancha y sin defecto” (1 Ped. 1, 19). Ahora somos esclavos, no del demonio por el pecado, sino siervos por amor de Jesucristo[4]. Pero para pertenecer totalmente a Él debemos vaciarnos interiormente de nuestros propios defectos, y para ello necesitamos ser verdaderos devotos de la Virgen para morir a nosotros mismos[5]. Más aún, no sólo necesitamos de la única Mediación de Jesucristo, sino que necesitamos un mediador entre el mismo Mediador, para que la debilidad de nuestros ojos no quede enceguecida con “la Luz inaccesible” (1 Tim. 6, 16), que es Dios[6]. Esta mediación es la de la Santísima Virgen, Medianera de todas las gracias. Todavía más, siendo tan frágiles nosotros, por llevar “este tesoro en recipientes de barro” (2 Cor. 4, 7), menester es que alguien custodie nuestros pobres méritos del pecado mortal, que puede hacer perder el trabajo espiritual de años. Ese alguien también es nuestra Madre: poniéndonos en sus manos nuestros pobres tesoros se verán protegidos de las astucias del Tentador[7].
Pero es imprescindible no confundir esta devoción, con cualquier otra falsa, o con un espejismo[8]. Las tentaciones frente a ella son:
·         Los devotos críticos, que se creen a sí mismos justos y desprecian las prácticas de piedad de la gente sencilla[9];
·      Los devotos escrupulosos, que temen deshonrar al Hijo honrando a la Madre, siendo que en realidad Cristo fue el primero en cumplir los diez Mandamientos, entre los cuales se encuentra el cuarto: “Honra a tu padre y a tu madre” (Ex. 20, 12; Deut. 5, 16)[10];
·    Los devotos exteriores, que cifran su amor a la Virgen sólo en prácticas externas, pero realizadas sin atención, sin devoción, sin pureza del corazón[11];
·     Los devotos presuntuosos que esconden con el nombre de cristianos su amor al mundo y sus desórdenes pasionales, con sus vicios dominantes, sin combatirlos tenazmente[12], cayendo así en el pecado del fariseísmo que, como dice el p. Leonardo Castellani, “es el gusano de la religión… Todo lo que es mortal muere; y antes de morir, cae… Es la soberbia religiosa: es la corrupción más grande de la verdad más grande… No quiere decir que uno debe ignorar que es un gesto religioso; quiere decir que su objeto debe ser Dios y no yo mismo.”[13]
·       Los devotos inconstantes, que por momentos son fervientes, y luego tibios[14];
·       Los devotos hipócritas, que cubren sus malos hábitos bajo el  manto de María[15];
·       Los devotos interesados, que sólo le piden a la Virgen en momentos de necesidad, y luego se olvidan de que son sus hijos[16].
Esta verdadera devoción se nutre de prácticas interiores y exteriores. Interiores tales como honrar su  nombre; meditar sus virtudes; contemplar sus grandezas; rendirle actos de amor; invocarla de corazón; unirse a Ella; obrar en todo para agradarle; comenzar, continuar y concluir todo por Ella, en Ella, con Ella y para Ella, que es la esencia de la esclavitud mariana[17]. Prácticas exteriores pueden ser alistarse en la Legión de María u otras Cofradías u Órdenes marianas; publicar sus alabanzas; hacer limosnas o mortificaciones por Ella; llevar el Rosario, el escapulario o una cadenilla; rezar el Rosario, el Oficio Parvo u otras oraciones; cantar en su honor; vivir en su presencia; adornar sus estatuas; proclamar su devoción; consagrarse a Ella; etc.[18] Todo esto realizado con pureza de intención, con atención, piedad y modestia[19].
Con esto queda respondida la objeción de algunos que se hacen llamar esclavos de la Virgen, pero que en realidad se olvidan de la asistencia a la santa Misa, o de vivir en gracia de Dios, o descuidan sus deberes para con el prójimo. Como dice san Luis María: “Algunos se quedarán con lo que tiene de exterior, sin pasar más adelante, y éstos serán el mayor número; otros, que serán pocos, entrarán en lo más recóndito, pero no subirán más de un grado… ¿Quién será el que permanezca en él habitualmente? Solamente aquel a quien el Espíritu Santo revele este secreto.”[20]
“Consiste esta devoción en entregarse enteramente a la Santísima Virgen para ser todo de Jesucristo por medio de María”, dándole nuestro cuerpo con sus sentidos, nuestra alma con sus potencias, nuestros bienes exteriores e incluso los interiores, es decir, los méritos, las virtudes y buenas obras pasadas, presentes y futuras, es decir todo lo que tenemos en el orden de la naturaleza, de la gracia y de lo que tendremos en la gloria[21]. Los méritos se los damos para que ella los conserve, y las súplicas que hacemos en favor de los demás están supeditadas a su voluntad, porque Ella sabe mejor que nosotros lo que necesita nuestro prójimo[22]. Por esto, todo fiel esclavo de amor de María “no puede ya disponer del valor de ninguna de sus buenas acciones”, pero esta ofrenda se realiza “según el orden de Dios y los deberes del propio estado”[23], es decir, el sacerdote y el religioso cumpliendo su ministerio, los esposos amándose entre sí, engendrando muchos hijos y educándolos para Dios, etc.
Dicho de otro modo, esta devoción consiste en la renovación de las promesas bautismales, pues se renuncia para siempre al demonio y a sus engaños, y se toma a Jesucristo por el único Soberano del alma[24], con la diferencia que aquí incluso se renuncia por sí mismo, poniendo todo en manos de la Virgen expresamente. San Luis María se queja: “¿No hacen traición casi todos los cristianos a la fe prometida a Jesucristo en el bautismo?”[25] Esta es la causa de los males más profundos que se ven en la Iglesia y en el mundo, es la causa del oscurecimiento de la fe de cada vez más personas, de instituciones, de países, y de incluso en muchos ambientes eclesiásticos.
¿Qué debemos hacer?” (Hech. 2, 37) ¿Cómo perseverar? ¿Cómo no caer, cuando han caído tantos? “¿Quién podrá salvarse?” (Lc. 18, 26) “Si el justo apenas se salva, ¿qué pasará con el impío y el pecador?” (Prov. 11, 31; 1 Ped. 4, 18). San Luis María, siguiendo la enseñanza de la Escritura y de la Tradición de la Iglesia, prevé el surgimiento de bestias enemigas que “perseguirán a los que lean y pongan en práctica” esta devoción. Pero nos alienta frente a la persecución: “¿Qué importa? Tanto mejor. Esta perspectiva nos anima y hace esperar un gran éxito, es decir, un gran escuadrón de bravos y valientes soldados de Dios y de María, de uno y otro sexo, para combatir al mundo, al demonio y a la naturaleza corrompida en los tiempos, más que nunca peligrosos, que van a venir”[26], o que ya han llegado. Seamos de estos soldados, perseveremos en el combate, alistémonos en las tropas de la Virgen, resistamos la persecución del demonio y de sus hordas angélicas y humanas, que quieren callar la verdad y el bien que viene sólo de Dios, que quieren igualar la Iglesia de Cristo con la “sinagoga de Satanás” (Apoc. 2, 9), que “matan a los profetas y apedrean a los que le son enviados” (Lc. 13, 34) y que hoy este gran secreto permanecerá “oculto a sus ojos” (Lc. 19, 42). “Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios” (Mt. 5, 8). Sólo ellos conocerán, y practicarán íntegramente este secreto, que forjará a los más grandes santos al fin de los tiempos, a los que cada vez nos acercamos más vertiginosamente.


[1] S. Luis M. Grignion de Montfort, Tratado de la Verdadera Devoción, n. 266. En adelante, si no se indica el libro ni el autor, corresponde a esta obra de s. Luis María.
[2] La siguiente homilía fue predicada el sábado 21 de noviembre de 2014 en la parroquia Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, en el barrio Butaló, Santa Rosa (La Pampa), y fue publicada el 26 de noviembre del mismo año en la página Adelante la Fe; puede leerse aquí.
[3] N. 61 - 67.
[4] N. 68 - 77.
[5] N. 78 - 82.
[6] N. 83 - 86.
[7] N. 91.
[8] N. 92.
[9] N. 93.
[10] N. 94 - 95.
[11] N. 96.
[12] N. 97 - 100.
[13] P. Leonardo Castellani, El Evangelio de Jesucristo, Itinerarium, Buenos Aires, 1957, p. 235.
[14] N. 101.
[15] N. 102.
[16] N. 103 - 104.
[17] N. 115.
[18] N. 116.
[19] N. 117 - 118.
[20] N. 119.
[21] N. 121.
[22] N. 122 y 132.
[23] N. 124.
[24] N. 126.
[25] N. 127.
[26] N. 114.

lunes, 24 de julio de 2017

Necesidad de la Devoción a la Santísima Virgen

“Soy todo tuyo, mi Amada Señora, con todo lo que tengo”[1].
Comenzamos hoy la novena parroquial[2], en honor a la Santísima Virgen. Meditaremos este año en la mejor forma de devoción a la Madre de Dios, que es la esclavitud mariana, según la han enseñado varios santos, sobre todo san Luis María Grignion de Montfort en su libro “Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen”.
El sentido de meditar esta devoción sublime es por ser “el medio más perfecto y más corto”[3] para llegar a la santidad, desprendiéndose “uno más fácilmente de este espíritu de amor propio que se desliza en las mejores acciones imperceptiblemente”[4]. El segundo motivo de meditar y aconsejar vivamente a la mayor cantidad de personas a realizar este acto sublime es que ellos han de ser, siempre en palabras de san Luis María, los “verdaderos apóstoles de los últimos tiempos a quienes el Señor de las virtudes dará la palabra y la fuerza para obrar maravillas y ganar gloriosos despojos a los enemigos”[5]. “Tendrán en sus labios la espada de doble filo de la palabra de Dios; llevarán sobre sus espaldas el estandarte ensangrentado de la Cruz, el Crucifijo en la mano derecha, el rosario en la izquierda, los nombres sagrados de Jesús y de María en el corazón y la modestia y mortificación de Jesucristo en toda su conducta.”[6]
Hoy ya estamos en estos “últimos tiempos”, pues el modernismo, que es el “conjunto de todas las herejías”[7], en palabras de san Pío X, ha penetrado hasta lo más sagrado del templo de Dios, tales como la liturgia, el culto a los santos y la jerarquía de la Iglesia, corriendo el riesgo cualquier persona que, en lugar de que, como dice la Escritura, “la medida del ángel sea la medida del hombre” (Apoc. 21, 17), es decir, que la medida de lo celestial sea la de lo terrenal, la Iglesia se transforme más bien en que “el hombre sea la medida de todas las cosas”, como dijo Protágoras. De esta manera, el relativismo imperante termina en la antropolatría, la adoración del propio hombre, y prepara para la venida del “hombre de la iniquidad, el hijo de la perdición” (2 Tes. 2, 3), que es el anticristo. Nunca nada mejor, entonces, que nosotros formemos parte del talón de la Mujer, que está en pugna continua contra “la Serpiente antigua, llamada Diablo o Satanás” (Apoc. 12, 9). Ellos serán “pequeños y pobres según el mundo”, pero “ricos en gracia de Dios, que María les distribuirá abundantemente… tan perfectamente asistidos del divino socorro, que con la humildad de su pie, en unión con María, aplastarán la cabeza de la serpiente infernal y harán que Jesucristo triunfe.”[8]
Como enseña santo Tomás, la religión es la relación de justicia del hombre para con Dios y que, por supuesto, nunca le daremos el culto debido por nuestros propios medios, dado que somos sus criaturas. Entre los actos de la virtud de la religión, tenemos los interiores y los exteriores. Los actos interiores son la devoción y la oración. La devoción es el acto esencial de la virtud de la religión, y, por lo mismo, lo más importante que tiene en sí el hombre, luego de las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad. Dice el santo Doctor que “la devoción es el acto de la voluntad por el que el hombre se ofrece a servir a Dios, que es su último fin”.[9]
La Iglesia ha distinguido el culto de adoración o de latría, dado exclusivamente a Dios nuestro Señor, y a Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, ya sea en la santa Comunión, donde está presente verdadera, real y sustancialmente, o en su Sagrado Corazón e incluso a la santa Cruz, del culto de dulía dado a los santos. Entre ellos, se destaca la Santísima Virgen, porque, como dice san Luis María: “Jesucristo ha venido al mundo por medio de la Santísima Virgen, y por medio de Ella debe también reinar en el mundo.”[10] Esta devoción dada a Ella se llama hiperdulía, la máxima posible entre todos los santos, porque, como escribió el Cardenal Cayetano: “María ha sido elevada hasta los confines de la Divinidad”[11]. En este sentido, dijo santo Tomás: “La bienaventurada Virgen por ser Madre de Dios tiene una cierta dignidad infinita que le proviene del bien infinito que es Dios.”[12]
Su vida ha sido un “estar escondido con Cristo en Dios” (Col. 3, 3). Dios mismo quiso ocultarla, por pedido expreso incluso de Ella, para que sea conocida sólo por los verdaderos hijos de Dios. Como dice san Luis María: “Es la obra maestra del Todopoderoso, cuyo conocimiento y posesión Él se ha reservado para sí.”[13] Su gracia, sus virtudes y sus méritos son sólo conocidos por Dios. Por eso dijo san Bernardo: “De Maria numquam satis”. Nunca se hablará suficiente de Ella. “María se merece todavía más alabanzas, respeto, amor y servicio”[14] que los prodigados por todos los ángeles y santos. Sólo Dios puede honrarla como se merece.
“María, transformada toda en Dios por la gracia y por la gloria que transforma a todos los santos en Él, no pide, no quiere ni hace cosa alguna que sea contraria a la eterna e inmutable voluntad de Dios.”[15]
Por esto es que la verdadera devoción a la Virgen es prenda de salvación. “Quien no tenga a María por Madre no tiene por Padre a Dios.”[16] Por ello nos sigue diciendo san Luis María que es “la señal más infalible y más indudable para distinguir un hereje, un hombre de mala doctrina, un réprobo, de un predestinado, está en que tanto el hereje como el réprobo, no tienen sino menosprecio o indiferencia para con la Santísima Virgen.”[17] “Sólo María ha encontrado gracia ante Dios sin auxilio de ninguna otra pura criatura.”[18]
La esclavitud mariana, la principal forma de devoción a la Virgen, que consiste en renunciar a todo lo que soy y tengo, que es la renovación consciente de las promesas del bautismo, para “ejecutar todas las acciones por María, con María, en María y para María”[19], formará los más grandes santos al fin de los tiempos. Como dice nuestro santo: “La formación y la educación de los grandes santos que habrá hacia el fin del mundo le está reservada.”[20] Éstos la tendrán siempre presente, “como su perfecto modelo para imitarlo, y como su poderosa ayuda para implorar su auxilio”[21] La victoria que alcanzó María sobre el demonio con su humildad, pisándole la cabeza, la alcanzará Ella para sus hijos más fieles, siendo un modelo acabado de santidad.
Termina san Luis María: “Dios quiere que su Santísima Madre sea ahora más conocida, más amada, más honrada que lo ha sido jamás”[22]. Los esclavos de María “conocerán las grandezas de esta Virgen Soberana y se consagrarán completamente a su servicio como súbditos suyos y esclavos de su amor; sabrán que María es el medio más seguro, más fácil, más corto y el más perfecto camino para ir a Jesucristo, y se entregarán a Ella en cuerpo  y alma.”[23]
Quiera Dios suscitar numerosas almas que hagan esta promesa, y que la cumplan fielmente; para que en el momento de las pruebas contra la fe, que provienen desde el mundo y desde el interior de la misma Iglesia, queriéndonos que por un falso amor amalgamemos la verdad con el error, y la fe con la herejía, María Santísima nos dé fuerzas para permanecer adheridos a la Cruz de Jesucristo, único Camino para llegar a la Vida eterna. “La Virgen salvará a la Iglesia”[24], escribió el p. Julio Meinvielle. Tomémonos de su manto, para que estemos entre los predestinados.





[1] S. Luis M. Grignion de Montfort, Tratado de la Verdadera Devoción, n. 266. En adelante, si no se indica el libro ni el autor, corresponde a esta obra de s. Luis María.
[2] La siguiente homilía fue predicada el 18 de noviembre de 2014 en la Parroquia Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, en el barrio Butaló, de la ciudad de Santa Rosa (La Pampa). La misma fue originariamente publicada en la página Adelante la Fe, como puede verse aquí.
[3] N. 139.
[4] N. 137.
[5] N. 58.
[6] N. 59.
[7] S. Pío X, Pascendi Dominici Gregis.
[8] N. 54.
[9] II – II, 82, 1 ad 1.
[10] N. 1.
[11] Card. Cayetano, In II – II, 103, 4 ad 2.
[12] I, 25, 6 ad 4.
[13] N. 5.
[14] N. 10
[15] N. 27.
[16] N. 30.
[17] N. 30.
[18] N. 44.
[19] N. 257.
[20] N. 35.
[21] N. 46.
[22] N. 53.
[23] N. 55.
[24] P. Julio Meinvielle en el prólogo de la obra de Pierre Virion, La masonería dentro de la Iglesia, Cruz y Fierro Editores (sin año de edición), p. 13.