Mostrando las entradas con la etiqueta cultura. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta cultura. Mostrar todas las entradas

miércoles, 5 de junio de 2024

Cultura y Educación

 


Pbro. Dr. Julio Ramón Meinvielle[1]

 

La cultura es un estado de perfección en la línea humana del saber, del obrar y del hacer; comporta madurez. Madurez de las facultades que sólo se alcanzan cuando sus virtualidades operativas se han convertido en hábitos. Los hábitos –cosa muy distinta de costumbres o rutinas que son mera mecánica–, son una fuente de valores vitales, cuyo enriquecimiento se acrecienta con su uso, siempre que sea éste también vital.

La cultura –para merecer el nombre de tal, es decir madurez del espíritu– debe dar frutos que procedan de las fuentes vitales del hombre. Pero, para que ello así acontezca, es necesario que esas fuentes hayan sido previamente enriquecidas desde fuera. Enriquecidas vitalmente, esto es, no por una mera ingestión de conocimientos sino por una comunicación tal que, después de haber sido ellos asimilados multipliquen las fuerzas originarias y las hagan capaces de energías inéditas.

La formación cultural exige una comunicación de espíritus, una coincidencia y encuentro de vidas; porque el saber profundo, vital, es aquel que, para su aparición, ha tocado aquél punto de engarce del alma con sus facultades de donde surge la concepción unitaria de la vida; en último análisis, es una comunicación de vitalidad social. Por esto es tan fuerte y tan ineludible el poder de un medio social. Impregna a los individuos, por todo cuanto les ha comunicado en la modalidad y en la substancia de los conceptos, de los afectos, de las percepciones, para recibir luego de ellos, lo que, en cierto modo, les ha dado. Si alguien, viniendo de otro predio, quisiera permanecer impermeable a las influencias del nuevo medio, tendría que aislarse totalmente; y si, en cambio, quisiera influir sobre él y modificarlo, tendría para ello que transmitirle su propia vitalidad, a través de las condiciones y características de ese mismo medio. Lo cierto es, que no se opera comunicación de almas sino a través de una comunidad vital, de una coincidencia común. Por ello, el lenguaje que es el vehículo de comunicación está tan cargado de cambiante vivencia social.

La cultura es necesariamente vitalista. Y por lo mismo ha de serlo la educación que no es sino la información de la cultura, en sujetos capaces de adquirirla. Si la cultura comporta madurez, la educación supone crecimiento y un moverse de la imperfección a la perfección de la cultura. La educación es, entonces, también necesariamente vitalista.

Si se examinara con detención, la ineficacia y el fracaso de pedagogías y de pedagogos, dotados de excelentes doctrinas, de buenos propósitos, de ingeniosos métodos, llegaríamos a la conclusión de que en la falta de conexión con lo vital radica la causa de tales fracasos.

La orfandad de historicidad, he ahí el mal de muchas pedagogías en las que se respetan los valores eternos del hombre, su metafísica y su teología.

Porque es cierto que el hombre no es pura movilidad. Que es una esencia con un destino y que, en definitiva, toda la tarea educativa debe terminar en un gran éxito de los valores permanentes, de su eternidad. Pero allí está precisamente la cuestión; que la pedagogía es la conducción de alguien que se mueve en el tiempo, y a través del tiempo y anda sumergido en el tiempo. Y nada le llega al hombre que no sea envuelto en el tiempo. Luego, lo eterno le llega a través del tiempo. Pretender que lo eterno le llegue a través de lo eterno, es pretender que no le llegue; pretender que le llegue a través de lo anacrónico, es pretender asimismo que no le llegue. Un saber, un obrar y un hacer ahistóricos son la negación de la pedagogía.

***

Estas reflexiones se le hacen a uno presentes cuando advierte el magnífico despertar a realidades más hondas que se obra en las nuevas generaciones. Hay un tomar conciencia del destino del hombre, del hombre-individuo, del hombre-familia, del hombre-nación, del hombre-humanidad. Hay sobre todo un fuerte y nuevo sentido de la responsabilidad por el niño, el adolescente y el joven de hoy, que serán el hombre de mañana. Y para educarlos se piensa restaurar los valores permanentes de la metafísica y de la teología, volver a la frecuentación de Aristóteles, Santo Tomás y los clásicos y hacer resurgir el sentido heroico de la vida.

Todo ello es exactísimo. Pero si no se dice ni se hace más que esto, se incurre en un gravísimo peligro que, por resultancia, va a poner en peligro, este magnífico intento de restauración de los valores permanentes.

Porque si presentamos esta restauración como una cosa en sí que ha de suplir todo un modo de vida irremediablemente execrable, y no abrimos, en cambio, el ancho y nuevo panorama de las conquistas reales de la vida moderna, y sobre todo su incontenible dinamismo, que, aún para continuar existiendo, exigen y claman por su integración en aquellos valores permanentes, nos exponemos a fracasar, por no haber sabido superar el reaccionismo.

He aquí lo que se debe denunciar seriamente, en estos momentos, en que se trata de imprimir una nueva orientación a la enseñanza primaria, media y superior del país. Pudiera percibirse en la adopción de algunas medidas a criterios, en la designación de catedráticos, en los tópicos y tono de algunos discursos, aun de los pronunciados recientemente en la inauguración de la Escuela Superior del Magisterio, en el Luna Park, un poner el acento en la vuelta o valores del pasado.

Grave peligro. Se olvida que si la metafísica y la teología han de prender en lo social del hombre moderno, si han de morder en su alma, ha de ser por VÍA CULTURAL; es decir, como algo reclamado por sus actuales condiciones existenciales, por su actual historicidad.

Esta es la gran tarea de pensadores y dirigentes. Presentar los valores eternos como solución no meramente abstracta sino vital de las angustias del desgarrado hombre moderno.



[1] Nuestro Tiempo, Nº 7 (11 de agosto de 1944), pag. 4-5. La foto de portada fue generosamente cedida por la Junta de Estudios Históricos del Barrio de Versailles, donde el Padre Julio fue párroco y fundó el Ateneo Popular de Versailles.

viernes, 26 de abril de 2024

Antropología Filosófica

 


Pbro. Dr. Julio R. Meinvielle

 

 

El tema del hombre concentra en torno de sí toda la especulación filosófica. Porque siendo el hombre compendio del universo e imagen de Dios, la posición que frente a él adopte la mente humana, implicará asimismo la que adopte frente al mundo y frente a Dios. De aquí que la “Antropología Filosófica” que Ernst Cassirer nos ha dejado, como fruto maduro de intensa labor intelectual, encierre lo más expresivo de su pensamiento, tan laboriosamente consignado en su gran obra “Filosofía de las Formas Simbólicas”.

Las múltiples y diversas manifestaciones de la vida humana que se expresan y contienen en una cultura determinada – p. ej.: La Ilustración, para referirnos a una expresión cultural tan prolijamente estudiada por Cassirer – comportan, sin lugar a dudas, una unidad. Pero el problema se torna interesante, cuando se trata de determinar la naturaleza de esta unidad, vale decir, qué implicaciones importa en la realidad misma del hombre. Veamos, cómo se explica Cassirer.  La filosofía de las formas simbólicas, dice en su Antropología, pág. 133, parte “del supuesto de que, si existe alguna definición de la naturaleza o esencia del hombre, ésta debe ser entendida tan solo como una definición funcional y no substancial. No podemos definir el hombre mediante ningún principio inherente que constituya su esencia metafísica, ni tampoco por ninguna facultad o instinto congénitos que se le pudiera atribuir por la observación empírica. La característica sobresaliente y distintiva del hombre no es una naturaleza metafísica o física sino su obra. Es esa obra, el sistema de las actividades humanas, lo que define y determina el círculo de humanidad. El lenguaje, el mito, la religión, el arte, la ciencia y la historia son otros tantos “constituyentes”, los diversos sectores de este círculo. Una filosofía del hombre sería por lo tanto, una filosofía que nos proporcionara la visión de la estructura fundamental de cada una de estas actividades humanas y que, al mismo tiempo, nos permitiría entenderlas como un todo orgánico. El lenguaje, el arte, el mito, y la religión no son creaciones aisladas o fortuitas. Se hallan entrelazadas por un vínculo común. Pero no se trata de un vínculo substancial, como el concebido y descrito por el pensamiento escolástico, sino, más bien de un vínculo funcional.”

Esta definición cultural del hombre, intentada por Cassirer en un esfuerzo por superar la vieja definición aristotélico-tomista, mide lo que de valioso y débil encierra su concepción y método filosófico. De valioso digo, porque el conocimiento de la obra del hombre, totalizada en la unidad funcional de una cultura, y mejor aún, en el desenvolvimiento de las culturas que han dejado su huella en la historia, nos ayudan a comprender, en toda su abarcadora amplitud, las posibilidades concretas de la especie humana. Cassirer, al estimar como patrimonio exclusivo del hombre lo que él llama su pensamiento simbólico con toda la riqueza de cultura que este vocablo encierra, ha señalado el abismo insalvable que media entre él y las otras especies animales.

De débil, digo sin embargo, porque Cassirer juzga que esa obra cultural del hombre, y sólo ella, le define y constituye. Cassirer pareciera oponer lo “funcional” a lo “substancial”, la cultura a la realidad metafísica o física del hombre. Pero ninguna unidad o vínculo funcional tiene sentido si no se admiten realidades que funcionen; si no se admiten unidades reales, que sean centro y principio de unificación de la obra que se realiza. La cultura que nos revela la naturaleza del hombre, como el efecto manifiesta la causa, supone su realidad substancial, tanto en el plano físico como compuesto de cuerpo y alma, cuanto en el plano metafísico, definido como animal racional. La cultura no constituye sino que supone una antropología y la antropología supone y está suspendida, en el orden ontológico, de una metafísica.

Los primeros principios de los seres y del conocimiento, es cierto, no nos descubren el hombre y, mucho menos, nos revelan su inexhaustiva realidad. Pero toda la observación de la obra cultural del hombre, por exhaustiva que se la suponga, es, a su vez, radicalmente incapaz para descubrirnos la más ínfima realidad del hombre si aquellos primeros principios del ser y del conocer no la mueven y dirigen. Tan cierto es ello que la misma obra de Cassirer en lo que puede significar de positivo aporte cultural ha de ser interpretada con referencia al ser. Porque lo que no es ser, es nada y la nada, nada es.

Los supuestos kantianos vician toda la obra de Cassirer. ¿Qué son, en efecto, estas funciones que ni son substancia, ni se apoyan en realidad substancial? ¿Cómo se mueven sino se asigna el principio eficiente y el final de su movimiento? Toda antropología es radicalmente imposible, aún en la comprensión de sus meros aspectos culturales, en caso de que pudieran ser estos desgajados de la realidad substancial del hombre, si no se tiene presente que la perfección cultural se funda en perfección substancial del hombre. Santo Tomás lo ha dejado consignado en forma decisiva e irrebatible, cuando escribe: “Debe decirse que hay dos clases de perfección de una cosa: primera y segunda. Por la primera es perfecta la cosa en sus substancia; perfección que es la forma del todo, que resulta de la integridad de las partes; la segunda, es el fin, que consiste o bien en una operación, como del citarista, el tañer; o en algo a que se llega por la operación como la casa construída es el fin del constructor. Mas, la perfección primera es causa de la segunda, puesto que la forma es el principio de la operación. Así, pues la perfección última, que es el fin del universo entero, consiste en la bienaventuranza de los santos y se realizará en la consumación del tiempo; más la perfección primera cifrada en la integridad del universo quedó consumada en la primera institución de los seres.” (Sum. Teol. I, 73, 1).

Cassirer que no ha sabido liberarse de las redes del idealismo kantiano ignora esta doble perfección del hombre. Aquella perfección primera que es natural y sobrenatural porque tal salió el hombre de las manos del Creador; la natural que conoció la filosofía griega y que tan maravillosamente nos transmitió Aristóteles con su teoría del alma intelectiva, forma del cuerpo orgánico y aun aquella perfección sobrenatural, conque, por encima de las exigencias naturales, quiso Dios agraciar al hombre, y de la que se ocupa la teología. Ignora asimismo la perfección segunda que consiste en el acrecentamiento intelectual, moral y artístico del hombre y que se mide por relación a los dos fines supremos, natural y sobrenatural, a que ha sido destinado.

Este fin constituye precisamente la regla de valoración de los materiales que nos ofrece la actividad cultural del hombre. Si se ignora el fin que ha de poner en marcha el funcionamiento antropológico, cualquier funcionamiento es igualmente legítimo y valioso. Es lo que ocurre precisamente en la obra de Cassirer que comentamos. Todas las manifestaciones de la vida humana, mito, religión, lenguaje, ciencia y arte de las más diversas civilizaciones parecieran situarse en un mismo y único plano de valoración. Y si hubiere de admitirse una jerarquía de diferenciación, lejos de favorecer a la religión verdadera, y aun a la ciencia, al arte y al lenguaje verdadero, vale decir, a aquellas que verdaderamente perfeccionan al hombre porque le conforman con el fin – fuera y por encima de él – para que fue creado, favorecería a las falsas y funestas. Porque para Cassirer “la cultura humana, tomada en su conjunto, puede ser descrita como el proceso de la progresiva autoliberación del hombre. El lenguaje, el arte, la religión, la ciencia constituyen las varias fases de este proceso. En todas ellas el hombre descubre y prueba un nuevo poder, el de edificar un mundo suyo propio, un mundo ideal.” (Antropología filosófica, 412).

Si el hombre fuera Dios, esto es, si tuviera dentro de sí el principio y el fin de su existencia, podría darse el lujo de hacer consistir la razón de su ser en “edificar un mundo suyo propio, un mundo ideal”; pero si por naturaleza es un ser “religado”, en frase de Zuviri, su actividad sólo le dignifica, sólo puede estimarse cultural, cuando se endereza hacia Aquel que es principio y fin de su existencia.

 

 

Revista Balcón, 11 (16 de agosto de 1946), 5 - 6.