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jueves, 21 de diciembre de 2017

El Matrimonio según los Padres de la Iglesia - 1 de 5


Como es de público conocimiento, se ha originado un debate acerca de la firmeza y estabilidad del matrimonio[1]. El Cardenal Walter Kasper, seguido por muchos teólogos y pastores, propone, en contra de la doctrina tradicional de la Iglesia, que los divorciados en nueva unión puedan, en determinados casos concretos, recibir los sacramentos de la penitencia y de la Eucaristía, viviendo como cónyuges. Se deberían cumplir ciertas normas (“preceptos de hombres”, según dice el mismo Señor en Mc. 7, 7, hablando a los fariseos, lo que nos recuerda la oración compuesta por el p. Castellani), que él ha expuesto en un discurso durante el Consistorio de febrero de 2014, en Roma, como introducción al Sínodo extraordinario para la Familia, realizado en octubre del año 2014.
Ha invocado, en ese momento y posteriormente, haciendo referencia a su propuesta, la autoridad de Orígenes, san Agustín, san Gregorio Magno y sobre todo la de Basilio Magno, y una cierta praxis benigna de la Iglesia Ortodoxa, llamada Oikonomía, que estaría fundamentada en una mirada más antigua (y, por ende, más pura) de la Iglesia.
Nada mejor, entonces, que realizar un análisis de muchos de los textos patrísticos, para conocer el genuino pensamiento de los Padres de la Iglesia sobre la cuestión.
“La Iglesia no saca solamente de la Sagrada Escritura su certeza acerca de todas las verdades reveladas”[2], sino que también tiene en cuenta la Tradición viviente de la Iglesia, que es la enseñanza oral de la Palabra de Dios.
Dicha Tradición se manifiesta en los monumentos de arqueología sagrada, en los documentos litúrgicos y sobre todo en los textos de los Padres de la Iglesia.
“Las enseñanzas de los Santos Padres testifican la presencia viva de esta Tradición, cuyos tesoros se comunican a la práctica y a la vida de la Iglesia creyente y orante. Por esta Tradición conoce la Iglesia el Canon de los libros sagrados, y la misma Sagrada Escritura se va conociendo en ella más a fondo y se hace incesantemente activa.”[3] Es decir, la enseñanza de los Padres es esencial para conocer el Canon bíblico (el conjunto de los libros inspirados) y para que sepamos interpretar adecuadamente la Sagrada Escritura.
Así, por ejemplo, ¿cómo interpretar aquel texto en el que se dice: “Yo os digo, quien repudia a su mujer salvo el caso de adulterio, y se casa con otra, comete adulterio” (Mt. 19, 9)? ¿Qué significa “salvo el caso de adulterio”? Para evitar el libre examen de los protestantes, o el “dejarse zarandear por cualquier viento de doctrina, que conduce engañosamente al error” (Ef. 4, 14) tenemos la enseñanza patrística. Veremos que ellos son muy claros al respecto.
Pero para que los Padres de la Iglesia manifiesten la Tradición de la Iglesia es necesario que su testimonio sea unánime. Así lo definió la Iglesia en el Concilio Vaticano I: “Mas como quiera que hay algunos que exponen depravadamente lo que el santo Concilio de Trento, para reprimir a los ingenios petulantes, saludablemente decretó sobre la interpretación de la Escritura divina, Nos, renovando el mismo decreto, declaramos que su mente es que en materias de fe y costumbres que atañen a la edificación de la doctrina cristiana, ha de tenerse por verdadero sentido de la Sagrada Escritura aquel que sostuvo y sostiene la santa madre Iglesia, a quien toca juzgar del verdadero sentido e interpretación de las Escrituras santas; y, por tanto, a nadie es lícito interpretar la misma Escritura Sagrada contra este sentido ni tampoco contra el sentir unánime de los Padres.”[4] Cuando el consenso es unánime entre los Padres de la Iglesia en la interpretación de la Escritura, entonces su sentido está fijado por la Tradición de la Iglesia.
Son “Padres de la Iglesia” solamente a los que reúnen estas cuatro condiciones necesarias: ortodoxia de doctrina, santidad de vida, aprobación eclesiástica (al menos tácita) y antigüedad. Por lo tanto, su período llega hasta la muerte de San Gregorio Magno (+ 604) o de San Isidoro de Sevilla (+ 636) en Occidente; o bien hasta la muerte de San Juan Damasceno (+ 749) en Oriente. Todos los demás escritores son conocidos con el nombre de “escritores eclesiásticos”, en expresión acuñada por San Jerónimo[5].
Como sería sumamente extenso conocer todo lo que enseñan los Padres de la Iglesia sobre una materia determinada, he pensado en divulgar los textos que aparecen en el Enchiridion Patristicum.
Un Enchiridion es un manual al modo de un pequeño libro que resume una materia determinada. El más conocido es el Enchiridion Symbolorum, popularizado con el nombre de su primer editor, Denzinger[6], que sintetiza toda la enseñanza magisterial de dos mil años. Junto a él existen otros, como el Enchiridion Patristicum, Enchiridion Liturgicum, Enchiridion Marianum, etc.
El Enchiridion Patristicum es una compilación de las obras de los Padres realizada por Rouët de Journel. Este Enchiridion será el puñal para las tesis progresistas[7], defendidas por el Card. Kasper y sus secuaces, pues son ajenas a la Tradición de la Iglesia.
El texto contiene al final un índice que resume los temas de la teología: Religión revelada (Números 1 al 32), la Iglesia (33 al 64), la Sagrada Escritura (65 al 77), la Tradición (78 al 85), Dios Uno (86 al 140), Dios Trino (141 al 187), la Creación (168 al 236), las Virtudes (237 al 287), el Pecado (288 al 307), la Gracia Actual (308 al 352), la Gracia Habitual (353 al 372), el Verbo Encarnado (373 al 428), la Mariología (429 al 436), los Sacramentos (437 al 582) y los Novísimos (583 al 612).
Dentro de este esquema, al Matrimonio le corresponden los números que van desde el 568 al 582. Cada uno de ellos desarrolla un tema, con otro número que remite a los textos patrísticos, que se encuentran en el interior del libro. Sólo algunos están en negrita, para expresar que son más fundamentales.
Intentaré, con la gracia de Dios, dar a conocer en sucesivos artículos (para que no se haga demasiado extenso) todos los aportes de los Padres que aparecen en este libro sobre la materia en cuestión. Algunos textos aparecerán citados más de una vez, para facilitar su lectura[8].
568     Los fines del matrimonio son la generación de la prole, la ayuda mutua de los cónyuges y el remedio de la concupiscencia                       1094     1640     1642     1867     1869
569     De qué modo el matrimonio ha quedado inducido por el pecado de Adán       804       1150
570     El matrimonio cristiano es un verdadero sacramento   67        319       320       384       505       1094     1176         1249     1253     1640     1812     1867     1876     2108     2155     2189     2218     2374
571     Se perfecciona con el mutuo consenso de los cónyuges; por lo tanto hubo un verdadero  matrimonio entre María y José   1326     1361     1610     1868
572     El matrimonio realiza un vínculo absolutamente indisoluble     86        119       420       506       507       642         854       922       1002     1212     1308     1322     1351     1352     1388     1642     1861     1863     1867         2015     (2017)   2155     2297
573     Que ni siquiera en caso supuesto de adulterio uno de los cónyuges puede disolver                    86        507         642       854       922       1351     1861     1863
574     Se exceptúa, sin embargo, el caso del Apóstol  1190     1307
575     El sacramento del matrimonio produce un vínculo exclusivo    167       186       271       1097     1176     1322         2017     2189
576     Sin embargo, a veces en el antiguo testamento se toleraba la poliginia   1641     1867     2155
577     Sobre las segundas nupcias     88        167       366       1097     1349     1790
578     A la Iglesia compete determinar los impedimentos del matrimonio       918       2299     2301
579     No importa lo que en este caso establezca la ley humana                      1212     1308     1352     1867     2299
580     El voto de castidad impide el matrimonio subsiguiente 568       921       1115      1335     1378     (1789)   2015
581     Aunque el matrimonio sea lícito y bueno         1077     1115      1349     1361     1378     1876     2155     2374
582     Es preferible el celibato y máximamente la virginidad   67        1077     1166     1253     1349     1975     2374

Los fines del matrimonio son la generación de la prole,
la ayuda mutua de los cónyuges y el remedio de la concupiscencia
S. Epifanio, cerca 315 – 403
Contra el hereje Panario, 374 - 377
1094    Herejía 51, c. 30. En Caná de Galilea fueron celebradas unas nupcias con gran solemnidad, y el agua verdaderamente llegó a ser vino elegido convenientemente por dos razones: para que la libido dispersa de los hombres furiosos en el mundo sea contenida en la castidad y la honestidad de las nupcias, y para que se enmiende lo que falta y se ablande con la suavidad de la gracia y del vino más ameno; y también para cerrar las bocas de aquellos que se han levantado contra el Señor, para que Él mismo sea declarado Dios, junto con el Padre y el Espíritu Santo.
S. Agustín, 354 – 430
Sobre el bien conyugal, 400 / 401
1640     C. 3 n. 3. Acerca del bien del matrimonio, que también el Señor en el evangelio confirmó, no sólo porque prohibió expulsar a la esposa salvo el caso de fornicación [Mt. 19, 9], sino también porque fue invitado a las nupcias [Jn. 2, 2], se busca la razón por la que sea merecedor del bien. Lo que para mí no parece por la sola procreación de la prole, sino también a causa de la misma sociedad natural en diverso sexo… Contienen también el bien conyugal, porque la continencia carnal o juvenil, aunque sea viciosa, se vuelve honesta para la propagación de la prole, para que la cópula conyugal realice buena a la unión desde la maldad de la libido.
1642    C. 24, n. 32. El bien de las nupcias para todas las naciones y para todos los hombres está en la causa de la generación y en la fe de la castidad; pues lo que pertenece al pueblo de Dios, y a la santidad del sacramento, por el cual va contra el orden establecido también el repudio del alejado para contraer nupcias con otro, mientras vive su esposo, ni siquiera por la misma causa de la generación; la cual como sea única la causa por la cual las bodas se realizan, ni siquiera con la misma cosa no subsiguiente por la cual se realiza se desata el vínculo nupcial sino sólo con la muerte del cónyuge. De la misma manera se realiza la ordenación del clero para congregar al pueblo, aun cuando no se siga luego la congregación del pueblo, permanece sin embargo en aquellos ordenados al sacramento de la ordenación, y si por alguna culpa alguno es removido de su oficio, no carecerá con el sacramento del Señor impuesto de una vez para siempre, cuanto quiera que permanece hasta el juicio.
Sobre las nupcias y la concupiscencia, 419 / 420
1867     L. I, c. 10, n. 11. Porque realmente no sólo la fecundidad, cuyo fruto es la prole, ni tampoco sólo la castidad, cuyo vínculo es la fe, sino también el verdadero sacramento de las nupcias es encomendado a los fieles cónyuges, de donde dice el Apóstol: “Maridos, amad a vuestras mujeres, como también Cristo ama a la Iglesia” [Ef. 5, 25]; lejos de dudas, es la realidad de este sacramento, en cuanto que el varón y la mujer unidos en matrimonio mientras viven perseveran unidos inseparablemente, y no le es lícito, excepto en caso de fornicación, a un cónyuge separarse de otro [Mt. 5, 32]… Lo que si alguno lo hizo, no con la ley de este mundo, es concedido sin crimen con la intervención del repudio con otros unirse a otros matrimonios, lo que también el Señor ha testificado al santo Moisés que permitiera a los israelitas, a causa de la dureza de sus corazones, aunque con la ley del Evangelio es reo de adulterio, como también aquella que se casa con otro [Mt. 19, 8-9]… Así permanece entre los vivientes tal bien conyugal, que ni la separación ni con otra cópula puede ser arrancada. Y permanece la pena de la culpa, no el vínculo de la ley; del mismo modo que el alma del apóstata, alejándose del yugo de Cristo, incluso con la pérdida de la fe, no pierde el sacramento de la fe, que aceptó con el lavado de la regeneración.
1869     L. I, c. 17, n. 19. Sin embargo, en las nupcias son amados los bienes conyugales: la prole, la fe y el sacramento. Pero la prole, no sólo en cuanto que nazca, sino también para que renazca; pues nace para la pena y renace para la vida. Y la fe, no la que tienen también entre ellos los infieles que celan la carne… Y el sacramento, que no se pierde ni por separados ni por adulterados, que los cónyuges custodian con concordia y castamente.

De qué modo el matrimonio ha quedado inducido por el pecado de Adán
S. Atanasio, 295 – 373
Fragmentos
804       Fragmento en Ps. 50, 7. He aquí que he sido concebido en mis iniquidades, y en pecados me engendró mi madre” ya que lo primero que se arroja de Dios, no en cuanto que naciéramos por el matrimonio y para la corrupción, sino para las nupcias a causa de la transgresión del mandato al cual nos indujo la iniquidad de Adán, esto es, que dada para sí por Dios menospreciase su ley. Pues todos los que llegan a ser desde Adán son concebidos en iniquidades, antepasado caído por su condenación. Y aquel: “Y en pecados me engendró mi madre”, significa que Eva, madre de todos nosotros, primero había concebido el pecado, como estando inclinada a la voluptuosidad.
S. Juan Crisóstomo, 344 – 407
Homilías en el Génesis, 388
1150    Homilía 15, n. 4. Pues tras aquella conversación ocurrió la prevaricación; pues hasta aquélla se movían como si fueran ángeles en el paraíso, no ardiendo en las concupiscencias, no infectados por otras afecciones, no sujetos a las necesidades de la naturaleza, sino enteramente incorruptibles y creados inmortales, donde ni siquiera allí poseían el manto de las vestiduras. Dice: “Estaban, pues, ambos desnudos, pero no se avergonzaban” [Gen. 2, 25]. Pues como el pecado y la prevaricación todavía no estaba presente, ellos estaban vestidos con la gloria, que venía de lo alto; por el contrario, después de la trasgresión del precepto ha entrado tanto la vergüenza como el conocimiento de la desnudez.



[1] Este texto es una pequeña adaptación del que apareció publicado por primera vez en la página Adelante la Fe el día 22 de septiembre de 2015, y puede consultarse aquí.
[2] Concilio Vaticano II, Dei Verbum, n. 9.
[3] Concilio Vaticano II, Dei Verbum, n. 8.
[4] Concilio Vaticano I, Sessio III: Const. Dogm. De Fide Catholica, Cap. 2, Denz. 1788.
[5] De viris illustribus, pról.; Epistola 112, 3.
[6] Hay otras dos actualizaciones de las compilaciones de Enrique Denzinger, hechas por Schönmetzer y por Hünermann.
[7] La misma palabra en griego evgceiri,dion quiere decir “manual, libro pequeño”, y “puñal, daga”.
[8] Como no soy experto en lenguas clásicas, pido a todos los lectores la benignidad en sus juicios, y a los peritos la ayuda para mejorar las traducciones defectuosas.

sábado, 2 de septiembre de 2017

Oración de los nuevos fariseos progresistas


Completando el texto publicado anteriormente, nuevamente el p. Castellani nos ilustra acerca del terrible mal del fariseísmo en la Iglesia actual[1].
Hoy los nuevos fariseos son los progresistas, que bien podrían apropiarse la siguiente oración…
Habla de los católicos  “post-Concilio Vaticano II”, pero podríamos también agregar “post-Sínodo para la Familia 2014 – 2015”…



LA NUEVA ORACIÓN DEL FARISEO


Publicación de una revista literaria de Cartagena. España – Septiembre de 1968.

SEÑOR: Aquí nos tienes, de pie y a la vanguardia de tu Iglesia. Somos los practicantes del catolicismo auténtico, el impoluto, el primi­tivo, renacido con el post-Concilio Vaticano II.
SEÑOR: Gracias te damos porque nosotros no somos como esos católicos miopes, cerrados, inquisitoriales y supersticiosos que todavía nos rodean postrados y sumidos a la tradición caduca, y a las Jerar­quías perimidas. Nosotros somos los que ahora sabemos solo del “Cristo Cósmico”, el que junta y mezcla a todos los hombres, sea cual fuere su fe y su ideología.
SEÑOR: Nosotros somos los que evitamos la “inflación Mariana” y nos apena tanto fetichismo de medallas y rosarios, imágenes y ex­votos, mensajes celestiales y milagrería barata. Nosotros somos los que queremos, acaso, los templos de paredes lisas y peladas, crucifijos de hierros, ininteligibles y retorcidos, de imágenes sublimadas en un puro simbolismo que no estorben nuestra cristocéntrica oración salmódica, o mental inexistente.
SEÑOR: Nosotros tenemos compasión de las viejas beatas y sus inútiles monsergas. Definimos como beaterías insoportables y monólo­gos sosos: la acción de gracias en la Comunión, la monotonía de las novenas, y todas las inoperantes devociones medioevales. Ahora ha lle­gado la hora de la acción-orante convertida en Bienestar Social.
SEÑOR: ¡Qué bien entendemos las exigencias de nuestro moderno cristianismo! Aborrecemos, por tanto, todo triunfalismo en tu Pura, aérea, invisible e insustancial Iglesia: tal como Tú la fundaste, exenta de juridicismo, escolasticismo y ostentosos formalismos litúrgicos. Comprendemos que tu Iglesia debe ser totalmente espiritual, sin pesado moralismo y con una dogmática simbólica, asistemática a toda ascética. Nosotros, Señor, vamos a borrar de tu Esposa los estigmas de la funesta era Constantiniana, y del fatídico Concilio de Trento y el de Nicea.
SEÑOR: Nosotros somos los que creemos que el ideal es el Estado laico y socialista, la Escuela sin religión obligatoria, el cura sin sotana, el Templo sin campanas, la evangelización sin conversiones, el Bautismo en edad madura, la Misa dominical facultativa, la disimulada suspensión total y paulatina de la Eucaristía; todo ello, en pro de un Ecumenismo fraternal y pleno con nuestros hermanos los comunistas, masones, ju­díos ateos, y todos los hermanos separados.
SEÑOR: No podemos tolerar a los Integristas, que tanto daño ha­cen a tu Iglesia con su cerrazón contra-reformista, viviendo todavía en las tinieblas del “Syllabus” al que, en ciertas expresiones, desgraciada­mente, ahora parecería acercarse nuestro venerado Paulo VI.
SEÑOR: ¡Danos católicos con mentalidad nueva! ¡Danos jerarquía y clero en pleno “aggiornamento’’! Católicos que no den importancia al Sexto Mandamiento (¿o es el Séptimo?) y solamente se inflamen con la caridad, es decir, que sepan callar caritativamente los dogmas estan­cados en las caducas fórmulas escolásticas, para devenir en un continuo mundo evolutivo y progresista. Fieles católicos de mentalidad abierta y dialoguista, de moral flexible y ecumenista, de testimonio sin palabras evangélicas y sí con hechos prácticos.
SEÑOR: ¡Líbranos de los católicos con espíritu de Cruzada! ¡Lí­branos de los curiosos y pedantes católicos Apocalípticos! ¡Líbranos de los teólogos pesimistas y aguafiestas! ¡Concédenos, Señor, más bien, el signo de la pobreza más eficiente en nuestra hora, que es el despojo y desmantelamiento de nuestros templos, y que nuestros Obispos sean elegidos democráticamente por el pueblo laical, con los votos de los militantes y seguidores de Congar y Teilhard de Chardin, en esta era venturosa que ha nacido para tu Santa Iglesia.
SEÑOR: Te rogamos que pronto, nuestros sacerdotes celebren la Misa sin ornamentos, o que no la celebren, si les place. Que resuenen en nuestros templos, pronto, las alegres estridencias de la música que es grata al corazón de nuestras juventudes “hippies”: guitarras, pan­deretas, saxofones y matracas; castañuelas, bombos y bandoneones. ¡Que caigan Señor, los últimos restos de arcaicas maniguncias!
SEÑOR: Escucha nuestra oración, la de tus católicos “aperturistas y modernistas”, los únicos católicos sinceros, los que han existido en todos los siglos —aunque dormidos— empeñados en la purificación de tu Iglesia, cargada con tantos lastres inútiles, mientras nosotros, ento­namos desde ahora el “mea culpa” gratuito por sus manchas y pecados.
SEÑOR: Para que nuestro testimonio sea más tangible, permite Señor, que este ardiente himeneo entre tu Iglesia y el Mundo se vea coronado, ya sin hipocresía, con la supresión del celibato eclesiástico, que se legalice universalmente el divorcio, se canonice al onanismo y al homosexualismo, y que en las puertas de tus templos se regalen las píldoras anti-conceptivas. Esto será Señor, la puesta al día de tu inma­culada Esposa, en cálida amistad con el Comunismo y Capitalismo como mancebos aliados a tu gloria, en pacífica coexistencia con todas las confesiones y credos, suprimida toda exterioridad que separa, borrados los Santos y las beatitudes que molesten, y eliminados de su seno a todos los católicos negativos: los de la moral del “no” y los anatemas.
ENTONCES, SEÑOR: Será el Paraíso en la tierra; frenado y anu­lado para siempre el dogma cavernícola de la infalibilidad pontificia, tu Iglesia será pura, repura, ¡recontrapura! y habremos llegado así a la cosmovisión plena del Señor, al punto Omega, a la integración con la Divinidad, hasta desaparecer todos, en el Todo.
AMEN

“Ibis ad Epistolam Alternam”
Revista “Jauja” – Nº 25, 26 y 27 – Marzo 1969




[1] El siguiente artículo fue publicado originalmente en la página Adelante la Fe, el día 15 de marzo de 2015, como puede verse aquí.

martes, 11 de julio de 2017

Delenda est Carthago

Razón del nombre

Cuenta Plutarco en su clásica obra Vidas paralelas que éste era el grito de Catón: «Siempre que daba dictamen en el Senado sobre cualquier negocio que fuese, concluía diciendo: “Este es mi parecer, y que no debe existir Cartago.”»[1]
Catón se destacó por su probidad moral. Discípulo de Platón, «se apasionó más de la sencillez y de la templanza»[2] que a adquirir riquezas y honores. «Fácilmente perdonaba todos los yerros, a excepción de los suyos»[3]. Era su deseo «más contender en virtud con los buenos que en riqueza con los más ricos, o en codicia con los más acaudalados»[4]. Por esta razón fue apodado Catón[5].
Su virtud era una imitación del auténtico espíritu romano. Defensa de la familia y de la tradición religiosa y cultural, y por eso mismo de su patria, decía a Escipión que «el mal principalmente estaba en que estragase la antigua frugalidad del soldado»[6]. La virtud del patriotismo la ejerció ya de joven, luchando a los 17 años por Roma contra la invasión de Aníbal, el gran general cartaginés, quedando desde entonces con heridas de guerra. De adulto, no dejó de arengar a sus conciudadanos para la defensa del Imperio, y de defender el bien común en el Senado.
Sin embargo, «para él merecía más alabanzas un buen marido que un buen senador»[7].
Catón personificaba el espíritu romano, que defendía la herencia recibida. Como dice Antonio Caponnetto en el capítulo II de su libro El deber cristiano de la lucha, llamado El sentido de la lucha en Grecia y Roma: «El héroe estaba indisolublemente unido al destino de su ciudad y de su pueblo»[8].
El combate de los Romanos era, en palabras de Cicerón, «pro aris et focis»[9], «por los altares y los hogares». «El romano cultivaba el amor por las formas arquetípicas. Su pragmatismo – del que se ha hablado muchas veces con ligereza – era una vocación por regir arquitectónicamente las cosas. Pero ese regir era una potestad y un señorío – un acto de imperium – y esas cosas, cualesquiera fuesen, las de la guerra o las de la paz, poseían un sentido sacral ante el cual se mostraban piadosos. La realidad conducía a una ulterioridad trascendente. El orden proporcionado de las cosas revelaba un misterio, suponía un principio ordenador»[10].
Opuesta a esta visión del mundo estaba la mirada de otra ciudad antigua, Cartago. Ya Aristóteles, analizando la constitución de Cartago, observaba: «No es menos peligroso hacer venales las funciones más elevadas, como las de rey y de general. Una ley de esta clase honra más al dinero que al mérito, e infiltra en toda la república el amor al oro»[11]. Antonio Caponnetto desarrolla esta idea del Estagirita: «Cartago, la antigua colonia fenicia y adoradora de Moloch, era suntuosa y sensual, entregada al comercio y a las conquistas mercantiles. Era la insolencia de los plutócratas y la presión de los oligarcas sobre la genuina aristocracia. Era la milicia de mercenarios y aventureros que invocando a Baal destruían a su paso las mieses y los vergeles. Cartago era el desprecio por los altares y por las águilas coronadas, y era el apego al dinero y a la fuerza bruta. Ciudad impostada, crecida al calor de la piratería y entregada al hedonismo […] Cartago era ciudad de ricos ensoberbecidos, con un rechazo no sólo sociológico sino ontológico por los pobres y desvalidos. De una riqueza habida a cualquier precio y costo, desde el comercio ilícito en los hombres hasta el oficio de meretrices en las mujeres. Ciudad codiciosa y sórdida, sin poetas ni filósofos, su signo fue ponerse bajo la protección de Afrodita y su vocación amasar ganancias sin límites»[12].
Por esta razón, Roma y Cartago no podían coexistir. Inspiradas por dos amores distintos, y como anticipo de la Ciudad de Dios y de la ciudad del hombre, según la clásica división augustiniana[13], necesariamente una debía subsistir, y otra fenecer. Por ello Catón lucha contra Cartago, porque el buen soldado de la ciudad permanente debe luchar contra la ciudad inmanente, porque no puede coexistir el culto al verdadero Dios en pureza y en verdad, con el culto a Moloch, a Baal y a Astarté en la sensualidad y la riqueza mal habida.
Como el mal no puede subsistir en sí mismo, si no es en una naturaleza buena, de la misma manera tiende a su propia autodestrucción, y sólo avanza tanto cuanto Dios se lo permite, pues como Señor de la historia le pone un límite a su accionar. Por esto dice Chesterton en su libro El hombre eterno: «Cartago cayó porque fue fiel a su propia filosofía y siguió hasta su lógica conclusión su propia visión del universo: Moloch había devorado a sus hijos»[14].
De esta forma, como sigue diciendo el escritor inglés: «La forma legendaria, fundada sobre las ruinas de Troya y triunfante sobre Cartago, representaba un heroísmo que era lo más cercano que el paganismo pudo haber estado de la caballería medieval»[15]. Y, como dice santo Tomás, «como la gracia no destruye la naturaleza, sino que la eleva»[16], así también la defensa del orden sobrenatural asumió como propia las consignas clásicas. Así, por ejemplo, Monsieur Henri de La Rochejacquelein, en su lucha contra el liberalismo masónico de la revolución francesa alentaba a los vendeanos con la consigna: «Pro aris, rege et focis»[17], arengando tras de sí a sus campesinos: «Si avanzo, seguidme; si retrocedo, matadme; si muero, vengadme»[18].
«Puede sonar raro decir que los hombres nos podemos encontrar en las mesas de café o en las tertulias campestres son secretos adoradores de Baal o de Moloch. Pero esta especie de mentalidad comercial tiene su propia visión del universo y es la visión de Cartago. Una visión que está impregnada de la misma equivocación brutal que supuso su ruina»[19]. Si los cristianos no combatimos contra el pecado, amando al pecador y buscando su conversión, caeremos entonces en la connivencia de aceptar el mal moral en sus múltiples manifestaciones. Por esto «en sentido muy verdadero, el cristiano es peor que el pagano, el español peor que el indio, o incluso el romano, potencialmente, peor que el cartaginés. En un sentido, únicamente, y no precisamente el de ser positivamente peor. El cristiano es peor sólo porque su cometido es el de ser mejor»[20]. Se cumple así el famoso adagio: «Corruptio optimi, pessimi», «La corrupción de lo óptimo es lo pésimo». Como dice el Señor, si la sal no sala, «sólo sirve para ser tirada y pisada por los hombres» (Mt.5, 13).
También nosotros en este nuevo blog que hoy presentamos, carthagodelendaest.blogspot.com, haremos nuestra la consigna de Cicerón, que expresa en positivo el «Delenda est Carthago» de Catón: «He de luchar contra ti en favor de nuestros altares y nuestros hogares, en ayuda de los templos y santuarios de los dioses, y de las murallas de la ciudad, que vosotros, los pontífices, afirmáis son santas, al tiempo que os mostráis más solícitos de cercar la ciudad con ceremonias religiosas que con fortificaciones; y mi conciencia me prohíbe abandonar su causa mientras me sea posible respirar.»[21]



[1]Delenda est Carthago” (PLUTARCO, Vidas Paralelas, L. III, cap. XXVII).
[2] Idem, cap. II.
[3] Idem, cap. VIII.
[4] Idem, cap. X.
[5] Dice Plutarco que «llaman Catón los Romanos al hombre precavido». (Idem, cap. I).
[6] Idem, cap. III.
[7] Idem, cap. XX.
[8] ANTONIO CAPONNETTO, El Deber Cristiano de la Lucha, Scholastica, 1992, p. 112. Quiero agradecer públicamente al prof. Antonio Caponnetto por el asesoramiento que me ha brindado para que pudiera escribir este artículo.
[9] Cf. CICERO, De natura Deorum, L. III, Cap. XI, n. 94.
[10] ANTONIO CAPONNETTO, El Deber Cristiano de la Lucha, Scholastica, 1992, p. 106-107.
[11] ARISTÓTELES, Política, L. II, cap. VIII.
[12] ANTONIO CAPONNETTO, El Deber Cristiano de la Lucha, Scholastica, 1992, p. 109.110.
[13] Cf. SAN AGUSTÍN, De Civitate Dei, L. XXVIII, cap. XIV.
[14] CHESTERTON, El Hombre Eterno, Cap. 7.
[15] Idem.
[16] SANTO TOMÁS, Suma de Teología, I, 1, 8, ad 2.
[17] P. ALFREDO SÁENZ, La Nave y las Tempestades, t. 10: La epopeya de La Vendée, p. 84.
[18] Idem, p. 198-199.
[19] CHESTERTON, El Hombre Eterno, Cap. 7.
[20] Idem.
[21] “Est enim mihi tecum pro aris et focis certamen et pro deorum templis atque delubris proque urbis muris, quos vos pontifices sanctos esse dicitis diligentiusque urbem religione quam ipsis moenibus cingitis; quae deseri a me, dum quidem spirare potero, nefas iudico.” (CICERO, De natura Deorum, L. III, Cap. XI, n. 94).