Mostrando las entradas con la etiqueta Patria. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Patria. Mostrar todas las entradas

sábado, 12 de agosto de 2017

Jordán Bruno Genta y Carlos Alberto Sacheri, mártires de Cristo Rey


Hemos conmemorado durante el año 2014 el cuadragésimo aniversario de la muerte de Jordán Bruno Genta y de Carlos Alberto Sacheri [1]. Hemos narrado su vida, sus escritos y las circunstancias de su muerte. Para reafirmar lo dicho, y concluir ambos artículos debemos afirmar, sin lugar a dudas, que ambos patriotas del Cielo y de la tierra deben ser considerados, con toda propiedad, mártires.
Santo Tomás, en la Suma de Teología, en su tratado sobre la virtud de la fortaleza, donde explica el martirio, como primer analogado del hombre fuerte, nos enseña que «pertenece a la razón del martirio mantenerse firme en la verdad y en la justicia contra los ataques de los perseguidores» (II-II, 124, 1). Genta, proscripto primero por enseñar la verdad de la fe con todas sus consecuencias, expulsado del rectorado por no ser genuflexo al poder político, soportando la pobreza para él y su familia para no ceder ante falsas prioridades; y amenazado luego de muerte reiteradas veces, fue al fin asesinado por no dejar de ver clarividentemente y de enseñar, en su caso, la necesidad de fortalecer a las Fuerzas Armadas de la Nación para enfrentar al poder comunista. Sacheri, por otra parte, sabiendo todos que él sería el sucesor doctrinal de Genta, a pesar de que había sido intimidado de muerte luego de la caída del primero, no claudicó en la enseñanza de la doctrina social de la Iglesia, ni dejó de denunciar los errores del tercermundismo dentro de su mismo seno, con su obra “La Iglesia Clandestina”, que le valió su muerte violenta.
Como nos sigue diciendo el Angélico: «no debe uno dar a otro ocasión para obrar injustamente, pero si el otro obrara así, él debe soportarlo con moderación» (II-II, 124, 1 ad 3). Ahora bien, es evidente que ni Genta ni Sacheri dieron ocasión para que los enemigos los ataquen. Ambos luchaban por el bien temporal de la patria, abierto a la fe católica, único modo de realizarse el bien en este mundo, de modo individual y social, advirtiendo acerca de los males que los acechaban. Pero no debe decirse que ellos se expusieron temerariamente a la muerte por denunciar los errores de nuestro tiempo, ni tampoco por dar nombres concretos de aquellos que los promovían (como hizo Sacheri en “La Iglesia Clandestina”), porque, como dice Santo Tomás: «A ella [la ciencia de la verdad] pertenece aceptar uno de los contrarios y rechazar el otro; como sucede con la medicina, que sana y echa fuera a la enfermedad. Luego así como propio del sabio es contemplar, principalmente, la verdad del primer principio y juzgar de las otras verdades, así también lo es luchar contra el error.» (Suma Contra Gentiles, I, 1)
Tanto en Genta como en Sacheri han brillado todas las virtudes que resplandecen en los mártires. «El martirio se relaciona con la fe como el fin en el que uno se afirma; y con la fortaleza como su hábito de donde procede.» (II-II, 124, 2, ad 1). «Al acto del martirio inclina la caridad como primer y principal motivo o como virtud imperante; la fortaleza, en cambio, como motivo propio y virtud productora.» (II-II, 124, 2, ad 2). Las virtudes teologales fueron el motor de sus existencias, por las opciones de sus propias vidas. Por la fe permanecieron en su propia patria, en épocas difíciles; por la fe despreciaron los bienes y los cargos temporales; por la fe pospusieron sus propias vidas por la proclamación de la verdad. Virtud de la fe, que no sólo implica la adhesión intelectual a la verdad de Dios que se revela, sino también su profesión externa, con todo lo que conlleva. Por eso agrega más adelante el Doctor Común: «Pertenece al martirio el que el hombre dé testimonio de su fe, demostrando con sus obras que desprecia el mundo presente y visible a cambio de los bienes futuros e invisibles.» (II-II, 124, 4). «Padece como cristiano no sólo el que sufre por la confesión de su fe de palabra, sino también el que sufre por hacer cualquier obra buena, o por evitar cualquier pecado por Cristo: porque todo ello cae dentro de la confesión de la fe». (II-II, 124, 5, ad 1). Por la virtud de la esperanza, poniendo su confianza más en Dios que en los auxilios humanos, se arrojaron en el poder de Dios, para que Él hiciera su obra, a pesar de faltarles recursos humanos; por la esperanza no temieron incluso en morir, sabiendo que Dios suscitaría a otros que en su lugar tomarían sus puestos, en la defensa de la verdad. Por la virtud de la caridad, amaron más a Dios que a sus bienes, a sus sitios, a sus honras, a sus familias e incluso a sus propias vidas, prefiriendo antes el permanecer firmes, como el centinela: «En lo alto de la torre, mi Señor, estoy de pie todo el día, y en mi puesto de guardia permanezco alerta toda la noche.» (Is. 21, 8) «El martirio es, entre todos los actos virtuosos, el que más demuestra la perfección de la caridad, ya que se demuestra tener tanto mayor amor a una cosa cuando por ella se desprecia lo más amado y se elige sufrir lo que más se odia… Según esto, parece claro que el martirio es, entre los demás actos humanos, el más perfecto en su género, como signo de máxima caridad, conforme a las palabras de San Juan (15, 13): “Nadie tiene mayor amor que el dar uno la vida por sus amigos”.» (II-II, 124, 3) Esta máxima caridad es la que se ve en estos dos intrépidos defensores de la fe católica.
Esta fe y esta caridad que demostraron durante toda su vida, y sobre todo en el momento de su muerte, fueron las que hicieron meritorio su acto de martirio, como causa y como raíz fontal de toda acción. «Los mártires de Cristo son como testigos de su verdad. Pero se trata de la verdad de la fe, que es, por tanto, la causa de todo martirio. Pero a la verdad de la fe pertenece no sólo la creencia del corazón, sino también la confesión externa, la cual se manifiesta no sólo con palabras por las que se confiesa la fe, sino también con obras por las que se demuestra la posesión de esa fe… Por tanto, las obras de todas las virtudes, en cuanto referidas a Dios, son manifestaciones de la fe, por medio de la cual nos es manifiesto que Dios nos exige esas obras y nos recompensa por ellas. Y bajo este aspecto pueden ser causa del martirio.» (II-II, 124, 5) «El que [el testimonio de la sangre] sea meritorio le viene de la caridad, como a todo acto virtuoso. Por tanto, sin la caridad no tiene valor alguno.» (II-II, 124, 2, ad 2)
Fueron en ellos las virtudes teologales que dieron origen en sus almas a las virtudes morales. «El acto principal de la fortaleza es el soportar, y a él pertenece el martirio, no a su acto secundario, que es el atacar. Y como la paciencia ayuda a la fortaleza en su acto principal, que es el soportar, se sigue que también en los mártires se alabe la paciencia por concomitancia.» (II-II, 124, 2, ad 3) «El martirio abarca lo que puede haber de sumo en la obediencia, es decir, el ser obediente hasta la muerte, como se nos dice de Cristo en Flp. 2, 8: que “se hizo obediente hasta la muerte”.» (II-II, 124, 3, ad 2). Vemos claramente su paciencia, en soportar grandes adversidades, sin rehusarlas, por amor a la fe católica, demostrada hasta el martirio, sin claudicar ni un momento. Reluce su obediencia a la vocación intelectual que Dios les había dado, vocación que no dejaron de seguirla a pesar de las grandes dificultades que se le presentaban en su época. Sin duda, para que pudieran ser fieles a su magisterio se requería una virtud singular, heroica, que se requería en su caso para su santificación. «No hay ningún acto de perfección que cae bajo consejo que en algún caso no caiga bajo precepto como necesario para salvarse, por ejemplo, según San Agustín en el libro De Adulterinis Coniugiis, si uno se ve en la necesidad de guardar la continencia por ausencia o enfermedad de su mujer. Y por eso no va contra la perfección del martirio el que en algún caso sea necesario para salvarse.» (II- II, 124, 5, ad 1)
No sólo Genta y Sacheri aceptaron la muerte violenta que sufrieron, sino que además la vieron venir en sus propias vidas, y no la evadieron por amor al reinado de Cristo en nuestra patria. Esta acción suya, sin duda, fue meritoria. « El mérito del martirio no se da después de la muerte, sino en soportarla voluntariamente, es decir, cuando uno sufre libremente la inflicción de la muerte.» (II- II, 124, 4, ad 4).
Nada mejor para demostrar su martirio que el propio testimonio de sus verdugos, que ya hemos recordado al narrar la vida de Carlos Sacheri. Ese comunicado confirma que los mataron por odio a la fe.
Por lo tanto, tanto por su vida, su obra y su muerte, como por la carta de sus homicidas, podemos concluir con certeza que el deceso de ambos se debe al odio a la fe católica, y que, por ende, deben ser considerados mártires de Cristo Rey.
Podemos concluir con santo Tomás: «En el martirio el hombre es confirmado sólidamente en el bien de la virtud, al no abandonar la fe y la justicia por los peligros inminentes de muerte, los cuales también amenazan en una especie de combate particular, por parte de los perseguidores… Por tanto, está claro que el martirio es acto de la fortaleza. Y por eso dice la Iglesia, hablando de los mártires, que se hicieron fuertes en la guerra.» (II-II, 124, 2). Es claro que esto se ve en Jordán Bruno y en Carlos Alberto de modo especial. Ellos no temieron las provocaciones de los enemigos, perseveraron en el «buen combate de la fe» (2 Tim. 4, 7), «se hicieron fuertes en la guerra», y por ello su sangre derramada se ha unido a la única Sangre derramada para la salvación de la humanidad.



[1] El siguiente artículo fue publicado en la página web Adelante la Fe, el día 15 de enero de 2015, como puede verse aquí.

jueves, 13 de julio de 2017

El martirio de Jordán Bruno Genta, soldado de Cristo Rey


Hoy[1] se cumplen cuarenta años del martirio de Jordán Bruno Genta, asesinado por uno de los grupos de comunistas de nuestra padecida Argentina, el ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo). Además, el 22 de diciembre próximo se cumplirá el mismo aniversario que mataron a quien debería ser “su sucesor doctrinal” (en palabras del propio Genta), que era Carlos Alberto Sacheri. No podemos dejar de enumerar a otros católicos que tuvieron el mismo fin, tal como el ingeniero Raúl Amelong y al Capitán Argentino del Valle Larrabure, el primero asesinado por Montoneros el 4 de junio de 1975, y el segundo por el ERP, el 19 de agosto de 1975.
Jordán Bruno Genta nació el 2 de octubre de 1909 en Buenos Aires, de una familia atea. Siendo el mismo un marxista fervoroso de joven, cursó filosofía en la Universidad de Buenos Aires. Fue discípulo dilecto de Francisco Romero (1891 – 1962). Debido a una enfermedad pulmonar, en 1934 fue a vivir a las sierras de Córdoba. Allí leyó y estudió a los filósofos griegos, sobre todo a Platón y a Aristóteles, realizando una verdadera conversión intelectual. Alarmado por su evolución, Romero envía a Alejandro Korn (1860 – 1936) a visitarlo. Luego de haberlo escuchado, Korn le dice: “Genta, usted se nos va”. Le ofreció inútilmente una beca en Francia. La meditación de santo Tomás, san Agustín, Maritain y Maréchal hicieron que Genta pidiera el santo bautismo, que lo recibió en 1940.
Comenzó a enseñar en la Universidad Nacional del Litoral, y fue designado como Interventor en 1943. Al año siguiente llegó a ser director del Instituto Nacional del Profesorado Secundario, pero por motivos políticos fue dejado cesante en 1945. Fue entonces cuando inauguró una Cátedra Privada de Filosofía, en la cual ejerció la docencia hasta su muerte. Esta cesantía que sufrió por no ser genuflexo ante el poder, él la vio como un acto de la bondad de Dios: “Pienso que en realidad he sido favorecido por la Divina Providencia, porque yo no sé si mi flaqueza humana y las necesidades apremiantes de la familia no me hubieran llevado a tener que ir cediendo todo sentido de dignidad, de altivez, que pueda haber en un hombre… Ese es el sentido cristiano de la vida: hacer de la muerte sirviente de la vida, hacer del mal sirviente del bien, hacer del sufrimiento el verdadero instrumento de la alegría.” (El asalto terrorista al poder, Edic. Buen Combate, 2º edic., 2014, p. 85)
Para conocer su pensamiento, es necesario hacer un boceto de su doctrina pedagógica, luego de su doctrina filosófica (que quedó trunca), para concluir con su doctrina política aplicada a la acción.
Nos revela su doctrina pedagógica en su obra “Acerca de la libertad de enseñar y de la enseñanza de la libertad”. Coloca como modelo a Sócrates, “el más sabio y virtuoso de los hombres”. Busca formar la inteligencia con la metafísica, la cual da una “pedagogía del Arquetipo”, y engendra santos y héroes como modelos de la educación. Entre los héroes, el propone para los argentinos la figura del General José de San Martín.
Esto lo explaya en su obra “Curso de Psicología”: luego de exponer las nociones generales de la filosofía y de la psicología, y de analizar la vida afectiva y volitiva, propone como modelo educativo a arquetipos humanos en función de los valores: Sócrates o el educador; Aristóteles o el filósofo; San Francisco o el amor; Don Quijote o el caballero; Shakespeare o el artista; San Martín o el soldado; y Claude Bernard o el investigador.

Insiste en que la política debe reflejar la filosofía, y ésta la teología. Por ello sostiene la primacía de la contemplación, y por esto se opone a la política liberal y a la revolución marxista engendrada por la anterior. Reclama por la vuelta de Aristóteles a la Universidad, pues “el fin de la Universidad es la contemplación de la Verdad inmutable y el cuidado del alma de la Nación”, como el desarrollo consecuente de la tradición heredada de España.
Su doctrina filosófica aparece truncada por su martirio. En “El filósofo y los sofistas” nos recuerda que el “hombre normal” no es el “hombre común” (propio de épocas pusilánimes como la actual), sino “el santo, el héroe, el filósofo, el poeta, el político”, y sobre todo el gran contemplativo.
Partiendo desde el consejo socrático: “Conócete a ti mismo” llega a la necesidad de descubrir al hombre interior, que implica el llamado a “hacernos mejores”, lo cual reclama nuestra espiritualidad e implica la exigencia de una mayor perfección. También reinterpreta la afirmación platónica de que “saber es recordar”, entendiendo por él el “aprender a encontrar la misma verdad”. Así, la sabiduría verdadera es la virtud entera. Sólo el virtuoso es señor de sí, y por eso sólo él debe gobernar la ciudad. El virtuoso sabe que por sí pasa el peso de la tradición. La desgracia actual es que se busca la eficiencia, en lugar de la contemplación; que lo que importa es la ideología científica; y que el modelo es hoy Descartes, y no Platón.
En “La idea y las ideologías” revela la inmaterialidad del alma. Por la abstracción toda la realidad material se ha transfigurado para el alma. El alma existe por la Verdad por y para la cual milita. Absolutamente, lo Uno es Dios, pero relativamente, se participa en cada ente. Siguiendo el “Teeteto” de Platón, hoy se trata de “la restauración de la inteligencia” por el ser. Pero para los Protágoras de ayer y de hoy, que afirman como el sofista de antaño que “el hombre es la medida de todas las cosas”, esto es necedad. Ellos son los negadores de la tradición metafísica. De este modo, Protágoras llega a ser el padre remoto del liberalismo. Sobre la Idea del ser, él lo refiere “el ser que está en todas las cosas” sin confundirse con ellas. Así, distingue y jerarquiza la realidad. Nada proviene de la nada. Los contingentes son puestos en el ser por el acto creador, pues se trata de una “posición total del efecto”. Lo primero ha sido nombrar las cosas, y luego, hacerlas; es decir, primero la metafísica, y luego la acción.
Su compromiso político lo realiza sin ninguna estructura partidaria, con sus propias obras. Se propone la difusión de la verdad, y el desarrollo de la conciencia nacional según la tradición hispánica, inspirada en arquetipos y hechos ejemplares, buscando la “rehabilitación de la inteligencia” y reafirmando el principio de autoridad, contra el proceder, tanto del liberalismo como del comunismo. Se propone formar cristianamente a las Fuerzas Armadas del país, pues de ellos dependerá la restauración de la patria. Por esto diagnostica claramente el problema en el que estaban inmersas: “Las Fuerzas Armadas han sido oficialmente vaciadas. Se les ha infundido una mentalidad profesionalista y burocrática. Se les ha quitado todo espíritu militar. Porque el espíritu militar tiene como característica primera la disposición para la muerte. Si a un soldado le falta esa disposición no es soldado, no puede serlo. Y además de eso, se ha distorsionado en forma total la conciencia de la misión específica de las armas, como hemos dicho tantas veces acá. Se les ha quitado la conciencia de que las armas de la Patria existen y tienen como misión, conquistar, sostener, defender y consolidar la soberanía política de la Nación.” (El asalto terrorista al poder, Edic. Buen Combate, 2º edic., 2014, p. 83)
Su pensamiento está plasmado en obras como “Guerra contrarrevolucionaria”, Edición crítica al “Manifiesto Comunista”, “Principios de la política”, Estudios sobre el terrorismo en la Argentina (compilados en el libro “El asalto terrorista al poder”), “Seguridad y desarrollo”, “El nacionalismo argentino”, “Opción política del cristiano”, entre otras.
Advertía con claridad los males, y así los denunciaba, con verdadera libertad de espíritu (no la actual parresía de la que han hecho alarde en el Sínodo extraordinario sobre la Familia, y que fue una excusa para destruir la fe, la moral, el derecho, la teología y la pastoral de la Iglesia; sino la verdadera parresía, la de los Apóstoles, que eran capaces de decir toda la verdad delante del Sanedrín, aunque por ello sufrieran prisión y azotes, actitud que está muy lejos de muchos Padres Sinodales “abiertos a los problemas del mundo”). Nos recuerda el Profesor: “Estamos viviendo un momento tal de ignorancia y de confusión que aún la gente que se entrega a los ejercicios espirituales o cosas similares, buscando con toda sinceridad una renovación interior y logran, sí, ese objetivo, no superan, sin embargo, esta ignorancia respecto de la naturaleza del proceso revolucionario y de sus verdaderas causas. En esa gente, incluso, se advierte una gran dificultad para entender la realeza de Cristo en lo temporal; porque la parte más difícil de admitir en este momento es la realeza de Cristo. Los cristianos son propensos a aceptar esa realeza en el orden interior, en la propia vida, hasta en la vida de la familia, en la profesión que cultivan; pero esos mismos cristianos piensan, y actúan en consecuencia, que hay un terreno que está vedado a Cristo, que es el terreno de la política. Pero si Cristo es Rey y es Soberano y el verdadero y único Soberano de todo lo temporal, es también soberano en la política. En consecuencia en este momento, en Argentina, se plantea a todo cristiano este problema: ¿quién es el soberano en la Ciudad? ¿Cristo o el número? ¿La soberanía de Cristo o la soberanía popular? Yo pregunto, ¿dónde está Cristo en la política? No está en ninguna parte.” (El asalto terrorista al poder, Edic. Buen Combate, 2º edic., 2014, p. 264)
Semejante claridad y valentía no podía ser tolerada por el enemigo. Fue por ello que, luego de repetidas amenazas, finalmente con once balazos terminaron con su vida. Él mismo había tenido como ideal a Sócrates, que fue “fiel hasta la muerte” (El Filósofo y los sofistas, p. 174), y consideraba que el cristiano debía “estar dispuesto a morir por la Patria” (El Filósofo y los sofistas, p. 221). La verdadera filosofía enseña a bien morir (El Filósofo y los sofistas, p. 47); y la educación según el Arquetipo, en definitiva, “prepara para una muerte digna” (Acerca de la libertad de enseñar y de la enseñanza de la libertad, p. 134). Esta es “la ocupación más razonable, más sensata y hasta más práctica de la vida” (El Filósofo y los sofistas, p. 252-253 y 221). Como lo afirma en su “Testamento Político”: “Acaso sea mejor para los hombres, y en especial para los cristianos, tener que vivir peligrosamente, expuestos a morir en cualquier momento”; pues “no hay otro modo de llegar a la Vida verdadera, que recorrer el itinerario de Nuestro Señor Jesucristo” (p. 25). Por eso bien lo ha caracterizado el padre Leonardo Castellani diciendo que fue “el pedagogo del ¡O juremos con gloria morir!”.
Sus enseñanzas no fueron solamente palabras: él las rubricó con “el testimonio verdadero” (como él solía decirlo), que es el de la sangre, lo que enseñó también con su ejemplo. No por nada los comunistas lo mataron el día de Cristo Rey, según la forma tradicional, el último domingo de octubre. Sí sabían a quién mataban. Al asesinarlo, quisieron exterminar sus ideas, sus ideas de orden natural y sobrenatural, sus ideas de virtudes y arquetipos, sus ideas para restaurar la patria bajo el cetro de Cristo Rey. Esto es el comunismo, esencialmente beligerante, contra todo orden, virtud, arquetipo, o mérito. En definitiva, “intrínsecamente perverso”: “un sistema lleno de errores y sofismas, que contradice a la razón y a la revelación divina, subversivo del orden social, porque equivale a la destrucción de sus bases fundamentales, desconocedor del verdadero origen de la naturaleza y del fin del Estado, negador de los derechos de la persona humana, de su dignidad y libertad”, en palabras del Papa Pío XI, en la Divini Redemptoris (n. 14). Es, en definitiva, la lucha histórica y metahistórica entre las dos ciudades: la Ciudad de Dios y la ciudad del hombre, entre el amor de Dios y el amor de sí mismo, entre el sacrificio de Cristo y la soberbia del demonio.
Lamento profundamente que no se recuerde públicamente su excepcional ejemplo, y sí se promuevan ejemplos equívocos, como lo hizo, por ejemplo, el Cardenal Poli al “celebrar” el cuadragésimo aniversario del “martirio” (sic) del padre Mujica, sacerdote tercermundista, que alentó la subversión, y que al final resultó muerto por ella misma cuando intentaba alejarse del comunismo para morir dentro de la Iglesia (en palabras que él mismo le dijera al p. Julio Meinvielle). Hoy volvemos a pedir por su pronta canonización, para que su claridad ilumine nuestra ignorancia, y su fortaleza robustezca nuestra debilidad.
«Cristo Jesús, Señor y Salvador nuestro que por tu preciosísima sangre redimiste a la humanidad caída y abriste el camino a la Patria Celestial. Te pedimos que nos ayudes a transitar los senderos de nuestra amada Argentina siguiendo el ejemplo de tu hijo Jordán Bruno a quien iluminaste con tu sabiduría para que fuera sal de la tierra y luz de la verdad en las tinieblas de la inteligencia ensombrecida por el pecado.
A él lo señalaste para que diera testimonio de tu presencia y no desoyó tu llamado.
A él lo premiaste con la máxima entrega que puede dar el cristiano, al coronar una vida dedicada a Ti, con su sangre derramada “sobre el asfalto y el lirio”.
Que como tu devoto servidor Jordán Bruno podamos dar fiel testimonio de la Verdad y entregarnos a tu Divina Providencia con la misma Fe, Esperanza y Caridad para curar las heridas de nuestra querida Nación, restablecer el orden en la paz y la justicia, dedicar la vida al servicio del Bien Común y la defensa de la Verdad.
Te pedimos, Cristo Jesús, que por la intercesión de tu hijo Jordán Bruno, nos des la fortaleza necesaria y nos colmes de bendiciones para hacer de la Argentina un reflejo de la Patria Celeste y nos concedas la gracia de (se pide la gracia que se desea obtener). Amén.»
Termino con un poema del Dr. Antonio Caponnetto en honor a tan eximio Profesor, a quien le agradezco su generosidad intelectual al permitirme difundirlo. Está titulado: “La muerte de Genta: A 40 años de su martirio”
Ya casi el mediodía y en domingo. Es octubre.
El viento se ha callado, acaso como un signo.
Las campanas que doblan, el fuego. Me persigno.
No sé si es sangre o ceibo rojo que me cubre.

Entonces era cierto lo que el Fedón decía,
eran ciertas las nobles enseñanzas helenas.
Buenos Aires, de pronto, se remozó en Atenas,
y a aprender a morir llamé filosofía.

La calle me amortaja como a una rama trunca
desprendida de estiajes al filo de una daga,
mi propia voz se escucha, vertical se propaga
convertida en un eco que no se acalla nunca.

Pero aun siento las manos y con el alma vibro,
por esta patria rota, por esta Iglesia en llamas,
por los cuarteles solos, marchitos de oriflamas,
por el claustro ultrajado, sin cátedra ni libro.

Estos once trallazos son víctimas del odio,
de rencores oscuros, de abisales inquinas,
se llevan la materia, como el mar las neblinas,
no fusilan los pliegos de mi Ángel Custodio.

Dejé dicho que es libre el que de Dios es siervo,
el que elige el poema a bursátiles prosas,
que quiero a la Argentina de Juan Manuel de Rosas
y al que hace de su vida imitación del Verbo.

Que sabio es quien conoce, mas jerárquicamente,
que prefiero al mercado la lumbre de las ágoras,
al maestro que vence el ardid de Protágoras
y de existencias busco peligrosamente.

Dejé dicho asimismo, la noche postrimera,
la noche de apremiantes y urgidos anticipos
que podamos la gracia de emular Arquetipos
y veintiún cañonazos honrando a la bandera.

Señor, mi testamento: la pobreza que muestro,
la esperanza indeleble, la sed de los testigos,
No me prives tu vista… “de nuestros enemigos…
Es hora de misa, “…líbranos, Señor, Dios nuestro…”



[1] Este artículo fue publicado primeramente en la página Adelante la Fe el 27 de octubre de 2014, aniversario del martirio de Jordán Bruno Genta. Puede verse aquí.

miércoles, 12 de julio de 2017

La verdadera Hispanidad


Al comenzar una nueva página web, invitado por el p. Santiago González a escribir unas líneas en ella[1], a quien agradezco su deferencia, inmediatamente se me presentó el fin al cual debe tender un cristiano: “El hombre ha sido creado para amar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y así salvar su alma”, como dice san Ignacio en el inicio de sus Ejercicios Espirituales.
Pero nuestro fin se realiza en el mundo, amando lo que Dios ha puesto en nuestras manos. Nuestra vocación de cristianos se realiza en la hispanidad. No es mediante la abolición de la patria que llegaremos a la Cristiandad, reinado social de Cristo en nuestro tiempo, sino afirmando nuestra verdadera identidad, purificando los elementos culturales que vayan contra el Evangelio, y siendo elevados por Dios a un nuevo orden, el sobrenatural, que no puede adquirirlo el hombre con sus solas fuerzas.
Pues la verdadera hermandad entre los pueblos se da sólo con la presencia de Cristo, reconocido como el “Primogénito entre muchos hermanos” (Rom. 8, 29); la verdadera hermandad se da cuando somos todos hijos del mismo Dios, que nos ha elevado a la gracia por el santo bautismo y al cual permanecemos adheridos mediante la profesión de la única fe revelada, la católica, por la cual debemos luchar, y que ha sido “dada de una vez para siempre a los santos” (Jds. v. 3). Otra hermandad es imposible en el mundo, salvo la pseudo hermandad masónica. Otro Dios es inexistente, salvo en las utopías de los ideólogos ecumenistas, que niegan los artículos de fe revelados por Jesucristo.
Esta identidad nuestra, de los hispano hablantes, es la de la hispanidad; es decir, nuestro amor a la patria abierto a la trascendencia. Del mismo modo que Jesucristo se hizo “Luz para todos los pueblos” (Lc. 2, 32) haciéndose “semejante a los hombres” (Flp. 2, 7), perteneciendo a una nación y cumpliendo determinados ritos (cf. Lc. 2, 21-24. 41-42); así también nosotros correremos tras el aroma de sus perfumes (cf. Ps. 118, 32; Cant. 1, 2-3) viviendo en plenitud nuestra consagración bautismal amando nuestra identidad. Así las culturas se redimen y se abren a la trascendencia. Aunque, a veces, como Cristo, debemos llorar sobre nuestra propia ciudad (cf. Lc. 19, 41-44).
Nosotros pertenecemos a la España eterna, a la inmortal, a la evangelizadora por antonomasia, a la que se desgastó, en todos los aspectos, social, cultural, política y económicamente, para la propagación del Evangelio. No pertenecemos a las ideologías baratas que lloran sobre lo que recibimos. O que hacen sacar la imagen de Cristóbal Colón, el “cristóforo”, el portador de Cristo. No somos ni anglófilos ni francófilos (aunque también el iluminismo haya traicionado a las verdaderas Inglaterra y Francia). Somos parte de la España que descubre mundos para Cristo, como lo hizo claramente en América, hasta tal punto que el Papa León XIII llegó a afirmar: “Este evento es por sí mismo el más grande y hermoso de todos los que tiempo alguno haya visto jamás.”
No queremos una patria que reniegue de su vocación sobrenatural, que pida perdón el 12 de octubre por el exterminio de los indígenas o que lo declare día de luto nacional, sino más bien día de la verdadera  hispanidad, el día del encuentro de dos mundos, el medieval hispano y el antiguo autóctono; el día en que la forma hispana (con todo lo que implica: cristianismo, instituciones medievales, etc., e incluso la propia lengua) actualizó la materia indiana, pues “la gracia no destruye, sino que perfecciona la naturaleza” (Santo Tomás, S Th. I, 1, 8, ad 2), pues “Cristo era el Salvador que anhelaban silenciosamente” (Benedicto XVI), pues España defendió como nadie los derechos de los descubiertos, hasta tal punto que fue la creadora del derecho internacional.
Por eso es que España es una sola, ya sea en la península, como en las tierras descubiertas. Su fin es único, que es el de seguir haciendo resonar la verdad del Evangelio con la cultura greco-latina que hemos recibido.
Por eso, sólo España descubrió América. No se la chocó por casualidad, sino que le transmitió su alma, su destino y su vocación. Descubrir es, como dice el dr. Alberto Caturelli, un dirigirse con inteligencia y voluntad hacia las cosas para desentrañar su esencia; un hacer patente lo que está oculto.
“Europa es la fe, y la fe es Europa”, escribió Hilaire Belloc. “Será lo que debas ser, o no serás nada”, dijo el Papa Clemente XIII a los jesuitas. Por eso hoy asistimos a la desintegración de Europa, o a un falso intento de amalgamar todo inútilmente, tanto en la apostasía del Viejo Continente, como en la falsa hermandad latinoamericana. No. Realizaremos la vocación que Dios nos marcó como pueblo, o marcharemos a nuestra autodestrucción. Y si renunciamos a nuestra vocación, perderemos aún lo que creemos tener (cf. Lc. 19, 26). Como escribió el padre Julio Meinvielle: “España o es católica o no es nada. Su grandeza de héroe sólo puede alcanzarla en Cristo… El pueblo español no quiere saber nada de la existencia sin Cristo Rey.”
De la misma manera que el modernismo (y su consecuencia lógica, el progresismo) ha variado la fe católica, profesando exteriormente el mismo Credo, pero teniendo una fe distinta; así también hoy se intenta una modificación en nuestro ser patriótico, cambiando la verdadera hispanidad por una falsa. “Los tales son falsos apóstoles, obreros engañosos que se disfrazan de apóstoles de Cristo. Y no es de extrañar, pues el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz. No es, pues, gran cosa que sus ministros se disfracen de ministros de justicia. Su fin será correspondiente a sus obras.” (2 Cor. 11, 13-15). El demonio sabe que el hombre es por naturaleza un ser religioso, y por eso modifica la fe desde dentro. Y sabe que también es un ser patriótico, y por eso, al no hacerlo mirar a su vocación sobrenatural como nación, lo quiere hacer construir “una ciudad y una torre, cuya cumbre llegue hasta el cielo; y un monumento” (Gn. 11, 4), resultando todo, al final, una verdadera babel, una confusión, prototipo de la discordia final de Babilonia (cf. Apoc. 18, 1-19). El caballo de Troya hoy es una falsa “Unión Europea” sin Cristo y sin su única Iglesia; y una noción de Hispanoamérica que está sirviendo para la penetración ideológica más eficaz del comunismo en nuestro suelo, como sostiene el dr. Antonio Caponnetto.
Hoy debemos reconocer nuestra vocación, dada por Dios. Debemos evitar caer en el “barroquismo” religioso y moral (descrito como el fariseísmo interior) que fue la causa de la decadencia de España como nación, según el p. Leonardo Castellani. Y debemos luchar denodadamente para que se reconozca el orden natural recibido de la mejor filosofía que hubo, la clásica de Platón y Aristóteles; el mejor ordenamiento temporal habido, tal como fue el derecho romano; y la profesión de la única fe revelada reconocida públicamente como verdadera, fe que llevó a ser a España la primera potencia en su vocación de descubrir nuevos mundos ignotos, no sólo materialmente, sino a “sacar el velo que cubría a las naciones” (Is. 25, 7), que es el sentido más profundo de la palabra, como dice el p. José Iraburu, para llevarlos al único Camino, Verdad y Vida (cf. Jn. 14, 6), que es Jesucristo.
Éste es, sin duda, el fin del hombre peninsular y del hombre latinoamericano, éste es el fin del hombre español, que esperamos realizarlo, con la gracia de Dios. Esto es lo que intentaremos de hacer, desde este humilde lugar, con el auxilio del Señor.



[1] Este artículo fue publicado originalmente para la inauguración de la página Adelante la Fe, el 19 de octubre de 2014. Puede verse aquí.

martes, 11 de julio de 2017

Delenda est Carthago

Razón del nombre

Cuenta Plutarco en su clásica obra Vidas paralelas que éste era el grito de Catón: «Siempre que daba dictamen en el Senado sobre cualquier negocio que fuese, concluía diciendo: “Este es mi parecer, y que no debe existir Cartago.”»[1]
Catón se destacó por su probidad moral. Discípulo de Platón, «se apasionó más de la sencillez y de la templanza»[2] que a adquirir riquezas y honores. «Fácilmente perdonaba todos los yerros, a excepción de los suyos»[3]. Era su deseo «más contender en virtud con los buenos que en riqueza con los más ricos, o en codicia con los más acaudalados»[4]. Por esta razón fue apodado Catón[5].
Su virtud era una imitación del auténtico espíritu romano. Defensa de la familia y de la tradición religiosa y cultural, y por eso mismo de su patria, decía a Escipión que «el mal principalmente estaba en que estragase la antigua frugalidad del soldado»[6]. La virtud del patriotismo la ejerció ya de joven, luchando a los 17 años por Roma contra la invasión de Aníbal, el gran general cartaginés, quedando desde entonces con heridas de guerra. De adulto, no dejó de arengar a sus conciudadanos para la defensa del Imperio, y de defender el bien común en el Senado.
Sin embargo, «para él merecía más alabanzas un buen marido que un buen senador»[7].
Catón personificaba el espíritu romano, que defendía la herencia recibida. Como dice Antonio Caponnetto en el capítulo II de su libro El deber cristiano de la lucha, llamado El sentido de la lucha en Grecia y Roma: «El héroe estaba indisolublemente unido al destino de su ciudad y de su pueblo»[8].
El combate de los Romanos era, en palabras de Cicerón, «pro aris et focis»[9], «por los altares y los hogares». «El romano cultivaba el amor por las formas arquetípicas. Su pragmatismo – del que se ha hablado muchas veces con ligereza – era una vocación por regir arquitectónicamente las cosas. Pero ese regir era una potestad y un señorío – un acto de imperium – y esas cosas, cualesquiera fuesen, las de la guerra o las de la paz, poseían un sentido sacral ante el cual se mostraban piadosos. La realidad conducía a una ulterioridad trascendente. El orden proporcionado de las cosas revelaba un misterio, suponía un principio ordenador»[10].
Opuesta a esta visión del mundo estaba la mirada de otra ciudad antigua, Cartago. Ya Aristóteles, analizando la constitución de Cartago, observaba: «No es menos peligroso hacer venales las funciones más elevadas, como las de rey y de general. Una ley de esta clase honra más al dinero que al mérito, e infiltra en toda la república el amor al oro»[11]. Antonio Caponnetto desarrolla esta idea del Estagirita: «Cartago, la antigua colonia fenicia y adoradora de Moloch, era suntuosa y sensual, entregada al comercio y a las conquistas mercantiles. Era la insolencia de los plutócratas y la presión de los oligarcas sobre la genuina aristocracia. Era la milicia de mercenarios y aventureros que invocando a Baal destruían a su paso las mieses y los vergeles. Cartago era el desprecio por los altares y por las águilas coronadas, y era el apego al dinero y a la fuerza bruta. Ciudad impostada, crecida al calor de la piratería y entregada al hedonismo […] Cartago era ciudad de ricos ensoberbecidos, con un rechazo no sólo sociológico sino ontológico por los pobres y desvalidos. De una riqueza habida a cualquier precio y costo, desde el comercio ilícito en los hombres hasta el oficio de meretrices en las mujeres. Ciudad codiciosa y sórdida, sin poetas ni filósofos, su signo fue ponerse bajo la protección de Afrodita y su vocación amasar ganancias sin límites»[12].
Por esta razón, Roma y Cartago no podían coexistir. Inspiradas por dos amores distintos, y como anticipo de la Ciudad de Dios y de la ciudad del hombre, según la clásica división augustiniana[13], necesariamente una debía subsistir, y otra fenecer. Por ello Catón lucha contra Cartago, porque el buen soldado de la ciudad permanente debe luchar contra la ciudad inmanente, porque no puede coexistir el culto al verdadero Dios en pureza y en verdad, con el culto a Moloch, a Baal y a Astarté en la sensualidad y la riqueza mal habida.
Como el mal no puede subsistir en sí mismo, si no es en una naturaleza buena, de la misma manera tiende a su propia autodestrucción, y sólo avanza tanto cuanto Dios se lo permite, pues como Señor de la historia le pone un límite a su accionar. Por esto dice Chesterton en su libro El hombre eterno: «Cartago cayó porque fue fiel a su propia filosofía y siguió hasta su lógica conclusión su propia visión del universo: Moloch había devorado a sus hijos»[14].
De esta forma, como sigue diciendo el escritor inglés: «La forma legendaria, fundada sobre las ruinas de Troya y triunfante sobre Cartago, representaba un heroísmo que era lo más cercano que el paganismo pudo haber estado de la caballería medieval»[15]. Y, como dice santo Tomás, «como la gracia no destruye la naturaleza, sino que la eleva»[16], así también la defensa del orden sobrenatural asumió como propia las consignas clásicas. Así, por ejemplo, Monsieur Henri de La Rochejacquelein, en su lucha contra el liberalismo masónico de la revolución francesa alentaba a los vendeanos con la consigna: «Pro aris, rege et focis»[17], arengando tras de sí a sus campesinos: «Si avanzo, seguidme; si retrocedo, matadme; si muero, vengadme»[18].
«Puede sonar raro decir que los hombres nos podemos encontrar en las mesas de café o en las tertulias campestres son secretos adoradores de Baal o de Moloch. Pero esta especie de mentalidad comercial tiene su propia visión del universo y es la visión de Cartago. Una visión que está impregnada de la misma equivocación brutal que supuso su ruina»[19]. Si los cristianos no combatimos contra el pecado, amando al pecador y buscando su conversión, caeremos entonces en la connivencia de aceptar el mal moral en sus múltiples manifestaciones. Por esto «en sentido muy verdadero, el cristiano es peor que el pagano, el español peor que el indio, o incluso el romano, potencialmente, peor que el cartaginés. En un sentido, únicamente, y no precisamente el de ser positivamente peor. El cristiano es peor sólo porque su cometido es el de ser mejor»[20]. Se cumple así el famoso adagio: «Corruptio optimi, pessimi», «La corrupción de lo óptimo es lo pésimo». Como dice el Señor, si la sal no sala, «sólo sirve para ser tirada y pisada por los hombres» (Mt.5, 13).
También nosotros en este nuevo blog que hoy presentamos, carthagodelendaest.blogspot.com, haremos nuestra la consigna de Cicerón, que expresa en positivo el «Delenda est Carthago» de Catón: «He de luchar contra ti en favor de nuestros altares y nuestros hogares, en ayuda de los templos y santuarios de los dioses, y de las murallas de la ciudad, que vosotros, los pontífices, afirmáis son santas, al tiempo que os mostráis más solícitos de cercar la ciudad con ceremonias religiosas que con fortificaciones; y mi conciencia me prohíbe abandonar su causa mientras me sea posible respirar.»[21]



[1]Delenda est Carthago” (PLUTARCO, Vidas Paralelas, L. III, cap. XXVII).
[2] Idem, cap. II.
[3] Idem, cap. VIII.
[4] Idem, cap. X.
[5] Dice Plutarco que «llaman Catón los Romanos al hombre precavido». (Idem, cap. I).
[6] Idem, cap. III.
[7] Idem, cap. XX.
[8] ANTONIO CAPONNETTO, El Deber Cristiano de la Lucha, Scholastica, 1992, p. 112. Quiero agradecer públicamente al prof. Antonio Caponnetto por el asesoramiento que me ha brindado para que pudiera escribir este artículo.
[9] Cf. CICERO, De natura Deorum, L. III, Cap. XI, n. 94.
[10] ANTONIO CAPONNETTO, El Deber Cristiano de la Lucha, Scholastica, 1992, p. 106-107.
[11] ARISTÓTELES, Política, L. II, cap. VIII.
[12] ANTONIO CAPONNETTO, El Deber Cristiano de la Lucha, Scholastica, 1992, p. 109.110.
[13] Cf. SAN AGUSTÍN, De Civitate Dei, L. XXVIII, cap. XIV.
[14] CHESTERTON, El Hombre Eterno, Cap. 7.
[15] Idem.
[16] SANTO TOMÁS, Suma de Teología, I, 1, 8, ad 2.
[17] P. ALFREDO SÁENZ, La Nave y las Tempestades, t. 10: La epopeya de La Vendée, p. 84.
[18] Idem, p. 198-199.
[19] CHESTERTON, El Hombre Eterno, Cap. 7.
[20] Idem.
[21] “Est enim mihi tecum pro aris et focis certamen et pro deorum templis atque delubris proque urbis muris, quos vos pontifices sanctos esse dicitis diligentiusque urbem religione quam ipsis moenibus cingitis; quae deseri a me, dum quidem spirare potero, nefas iudico.” (CICERO, De natura Deorum, L. III, Cap. XI, n. 94).